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Los indispensables del migrante

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12/12/2017
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FOTOGRAFÍA: MIGUEL GONZÁLEZ

Migrar es muchas cosas, entre ellas hacer una familia con los amigos que nos reencontramos y con los que vamos haciendo en el camino, que no reemplaza la que está en otra tierra, pero que ayuda a seguir adelante.

Una calle sola, oscura, dos personas que caminan apuradas y tres hombres que los rodean, un grito de “párate ahí y dame todo”, dos corazones que van tan rápido que parecen detenidos en un par de manos que se encuentran y no se sueltan, un “cállate y afloja que si no te quiebro” acompaña una pistola que apunta de frente, sin nervios de novata, a la cabeza, al pecho, a la cara, a cualquier lugar vivo, y ante un mísero amague dispara sin compasión: pum pum pum.

Abro los ojos y no estoy en esa calle de Caracas o La Guaira, Miguel no está desangrándose en la acera mugre, si no a mi lado, respirando, sano, vivo. Lo sé, pero lo despierto para cerciorarme y le pido que me abrace y no me suelte a ver si así puedo volver a dormir. Casi nunca lo logro.

Desde que salimos de Venezuela tengo pesadillas. Esta escena se turna con la de un funcionario del Estado, ensimismado a su rutina corrupta, asegurándome que más nunca veré a mis papás o con un médico diciéndome por teléfono que mi mamá se muere porque no hay medicinas para tratar su enfermedad.

A veces también sueño con que roban mi casa y destrozan todos nuestros recuerdos, que malogran a mi papá saliendo del estadio de ver a sus gloriosos Tiburones, y hasta con la playa de Oricao seca y vacía porque ya no hay turismo rentable.

Nada es real, pero sí posible, razones latentes que me empujaron a migrar y que hoy son un recordatorio de la atrocidad que vivimos. Pero, el Universo sabio (el catolicismo se quedó en la columna anterior), nos equilibra el camino con quienes nos blindan de la nostalgia de un país que ya no será eso que tanto quisimos que fuera: los amigos.

F es mi mejor amiga, con ella aplican todos los clichés sobre la amistad -que si la hermana que nunca tuve, mi BFF, etc.-, fue mi primera razón para venir a Chile y la que me dijo “vente que aquí resolvemos”; E, C y S, me enviaron a Venezuela champú, desodorantes y toallas sanitarias cuando todo eso se hizo inaccesible; V me empujó a hacer un plan para ver que sí podía; R y B ahorraron para ayudarme a pagar mi pasaje; B nos guió en Buenos Aires; con M y E dejamos nuestras maletas seguros de que estarán mejor que con nosotros; A nos ha pasado todos los tigres que han hecho crecer la alcancía migrante; J y Y nos confiaron las fotos de su boda, en la que bailamos y comimos como nunca.

Ellos son mi reafirmación de que la amistad es el mejor hilo conductor de este camino borrascoso que transitamos casi a ciegas, una fuerza luminosa que te ampara (sin catolicismos, esto es Star Wars puro y duro) cuando te enfrentas a un país desconocido en el que te sientes ínfimo, insignificante, una certeza entre tanta incertidumbre.

Sí, aunque emigres feliz, las dudas y la ansiedad también viajan en esa “maleta de sueños” tan mentada y fotografiada en el piso de Cruz Diez. Desde no saber moverte en la nueva ciudad, no manejar la moneda local, hasta aplicar a empleos que no tienes idea de cómo se hacen -porque necesitas el dinero-, o esperar por meses la respuesta de solicitud de tu visa.

Todos esos escenarios los viví con varias llamadas para saber cómo me había ido, para guiarme cuando me perdí o para felicitarme por la visa estampada.

Después de varios años despidiendo amigos, es un alivio escuchar por el auricular la misma ciudad que estoy pisando, y no alguna con otro huso horario, con otra estación.

Tenemos grandes amigos y esa es nuestra respuesta cuando nos preguntan cómo salimos de Venezuela: pedir ayuda a quienes sabes que te mandarían al carajo si les pides alguna barbaridad, porque son los mismos que te dan bienvenidas con mensajes en las ventanas y se arriesgan contigo a materializar sueños que parecen anhelos adolescentes.

El mío era vivir de escribir, leer y fotografiar, lo logré y tengo a los mismos habituales de hace doce años haciéndome el aguante, no solo en este porfío del periodismo, sino en crearnos un país paralelo que no se parece al que imaginamos, pero que nos sirve para cobijarnos entre pesadillas y añoranzas.