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Los mercaderes de miseria

Pedro Mattey. AVN
04/12/2017
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FOTOGRAFÍA: PEDRO MATTEY | AVN

Las largas colas para obtener el carnet de la patria durante las jornadas de inscripción ordenadas por Nicolás Maduro bajo el nimbo protector de las estatuas ecuestres del padre de la patria, Simón Bolívar, descubren el envilecimiento que trae consigo la cultura de la limosna.

En un país cercado por el hambre y la escasez, la práctica de la mendicidad es una estrategia de supervivencia. Un padre de familia es capaz de cualquier cosa con tal de obtener alimentos y llevárselos a sus hijos. Pero instrumentos como el carnet de la patria ponen de manifiesto las complejidades psicológicas de la pobreza como mecanismo de dominación. No son los capitalistas los que comercian con el dolor humano, los verdaderos mercaderes de miseria son los chavistas.

Una reciente biografía de Vladímir Lenin escrita por Victor Sebestyen señala que la obsesión del dictador bolchevique nunca fue la justicia social, la igualdad ni los pobres sino el poder político absoluto. Por ello escribió: “la victoria no es posible sin el máximo grado de terror revolucionario”. Y, sin duda, el hambre es una de las más formidables estrategias del terror.

Las repúblicas socialistas han sido pobres y han producido las peores hambrunas de la humanidad no sólo porque han sido tremendamente ineficientes o porque su visión y nociones de economía estén totalmente equivocadas sino porque, como lo demuestra la revolución cubana y la revolución bolivariana, procuran la dependencia y proliferación de pobres de manera activa.

Y no es que los revolucionarios piensen que la limosna es indispensable para ejercer la virtud cristiana de la caridad, como ocurrió en el enfrentamiento entre el dominico Domingo de Soto y el teólogo Juan de Medina y las disputas sobre la mendicidad en los siglos XVI y XVII, sino que conocen perfectamente el efecto de la pobreza sobre la integridad y la autoestima de las personas.

Distintas investigaciones llevadas a cabo en la India, Sudáfrica y otros países han encontrado que recibir comida gratis produce sentimientos de vergüenza y bochorno, emociones que indicen sobre la autoestima y dignidad. Hay un vínculo estrecho entre pobreza y vergüenza.

Ser un menesteroso, sentirse necesitado de la ayuda de otro, ser incapaz de producir para la propia manutención y la de la familia, recibir subvenciones, asistencia o auxilio, son experiencias vergonzantes, disminuyen la autoestima y degradan la dignidad de las personas. Estudios realizados en diversos países de África han revelado que la incapacidad para pagar las matrículas o útiles escolares es un factor de humillación.

 

Como señala Kettie Roelen, investigadora de la Universidad de Sussex, “la vergüenza, la falta de auto-confianza y una baja autoestima pueden afectar negativamente la percepción que las personas tienen de su propia habilidad para cambiar, sosteniendo una sensación de insuficiencia que puede debilitarles y atraparles en la miseria.” Es un círculo vicioso.

En artículos anteriores he abordado la psicología de la inflación, la manera en que los procesos inflacionarios deterioran la autoimagen y deprecian el valor de las personas. Tal vez este sea el más pérfido instrumento de dominio y el más terrible y cruel efecto de la revolución bolivariana, la desintegración del orgullo íntimo y la demolición de la autoestima de los venezolanos, el debilitamiento de la personalidad individual.

El sentimiento vergonzante atado a la pobreza no se da sólo entre pobres, de forma personalizada, también ocurre de manera abstracta y simbólica. Las elites y el liderazgo de las sociedades empobrecidas también actúan con el mismo sentimiento de minusvalía que los indigentes. La cultura de la pobreza, la psicología del miserable, debilitan a la población como un todo, impiden la reacción y sirven a los gobiernos autoritarios tolerando liderazgos opositores complacientes con el poder.

@axelcapriles

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