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Los pescaítos venezolanos

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Un infanticidio tiene en vilo a todo un país. Los españoles no salen de su asombro, de su perplejidad, de su dolor. El 27 de febrero, en la localidad de Níjar (Almería, sur de España), Gabriel Cruz, un niño de ocho años, desapareció mientras recorría un trecho de cien metros entre la casa de sus abuelos y la de unos primos, que antes había recorrido cientos de veces, sin novedad. Más de cuatro mil personas, entre funcionarios y voluntarios, participaron en su búsqueda. Gabriel –apodado “Pescaíto” porque desde pequeño mostró un gran interés y amor por los peces- había sido estrangulado el mismo día de su desaparición por Ana Julia Quezada, una dominicana que era pareja del padre del niño.

La Guardia Civil sospechó de ella desde un principio, pues se veía más acongojada que los mismos padres aunque no tenía buena relación con el niño, y más tarde porque ella encontró (en unos terrenos que habían sido harto requisados) la franela que llevaba el niño al momento de su desaparición. La franela, además, estaba bastante limpia para haber estado días a la intemperie en un lugar donde había llovido torrencialmente. Los agentes no la perdieron de vista desde ese momento y la siguieron hasta que descubrieron que llevaba el cadáver del niño en la maleta de su carro.

Al momento de su detención, los mismos funcionarios policiales se abrazan llorando desconsolados. La Quezada, con una sangre fría que deja como un niño de pecho al asesino más feroz, fue casi linchada por los vecinos a la salida de un juzgado, donde tuvo que ser rodeada de infinidad de agentes. Ahora se investiga si la muerte de una de sus hijas hace 22 años fue accidental o si ella es la autora material. La niña cayó de un séptimo piso cuando apenas tenía cuatro años. Para ello tuvo que haber movido una pesada mesa hasta la ventana y abrir de par en par unas ventanas de marcos de hierro. La Policía Nacional ha reabierto el caso.

Una tragedia, sin lugar a dudas, que como comenté al comienzo de este artículo tiene a la nación entera –y a quienes supimos de ella en todo el mundo- en estado de estupor, por decir lo menos. Sin embargo, en Venezuela, hay infinidad de Pescaítos que mueren día a día sin que nadie se entere, sin que nadie los llore, sin que nadie pague por sus muertes. Porque esos Pescaítos venezolanos también han sido asesinados: sí, asesinados por balas peregrinas que llegaron a sus cuerpecitos en un intercambio entre bandas enemigas de malandros. O fueron matados de hambre porque sus familias no tienen con qué comprarles comida. O fallecieron de mengua en un hospital donde –a pesar de la buena voluntad de los médicos- no había antibióticos, ni hablar de medicamentos para enfermedades crónicas.

Nuestros Pescaítos mueren, pero sus compatriotas, anestesiados de tanta congoja, de tantas dificultades, de tantos abusos, prefieren no enterarse. Optan por voltear hacia otro lado, porque hay momentos cuando no se puede con tanto dolor. Entre esos Pescaítos venezolanos se nos han ido cientos de potenciales músicos, de científicos, de astronautas y abogados. Miles de futuros agricultores, médicos, ingenieros y escritores. Niños cuyas vidas y cuyos sueños fueron truncados por asesinos, unos que usaron sus balas y otros que usaron su indiferencia. El resultado es el mismo. Pero no hay detrás un país indignado, como en el caso de España, sino un país resignado, como el nuestro.

Pero yo estoy segura de que habrá algo que nos hará despertar de ese letargo, de esa mansedumbre, de esa sumisión. Y ese día lloraremos juntos a nuestros Pescaítos y exigiremos justicia. Porque en cada crimen existe un asesino y una víctima, una Quezada y un Pescaíto. Cuando la justicia se recupere, podremos finalmente decir que estamos en vías de reconstruir la destrucción física y sobre todo moral a la que hemos estado sometidos los últimos veinte años. Y esa justicia recuperada castigará a los asesinos de nuestros Pescaítos, esos venezolanitos que nunca supieron lo que fue tener un país. Mientras ese día llega, no olvidemos los nombres de los Quezada venezolanos que mataron a nuestros hijos.