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Los respiraderos

lacasa

a Irina, uno de ellos.

Atendemos la carnalización del daño en nosotros cuando nos reunimos con amigos que otrora veíamos o escuchábamos frecuentemente. De repente, oyes sus voces y te das cuenta que no sólo el tiempo ha pasado, sino también la alegría que acompañaba a la convocatoria de los encuentros. Nos veremos, pero no como siempre. Ahora debemos vigilar la llegada de la noche, la voluntad del peligro. Ya nada nos resguarda, ampara o protege nuestro amor por la vida. Te das cuenta que nos está costando vivir así, sin las pobres certezas que nuestra indiferencia edificó, legitimó y vitalizó en nuestras vidas públicas e íntimas.

Llegamos a la casa de los encuentros. Celebramos cuánto amamos abrazarlos; cuánta fiesta delicada nos invade al verlos, a pesar de que sus miradas están invadidas por los temblores fundados por los lugares e instantes bárbaros. Sentimos un llanto íntimo, como si un ángel se hubiera suicidado en nosotros; pero nos mantenemos serenos, porque los amigos merecen los lenguajes y acciones del silencio. El vínculo sagrado de la amistad es un compromiso con la comprensión. Sin ésta, la ternura es un desecho, algo muerto. Tan acertado nuestro amado maestro y poeta Eugenio Montejo : Los amigos son nuestra familia.

En la casa de los encuentros confirmas también que hemos ido siendo los personajes de la novela La Casa de los Encuentros, de Martín Amis. Lo confirmas cuando todos sentimos y expresamos que debemos marcharnos. Nadie lo dice, pero cada uno siente que las pocas horas que compartimos las llenamos de nuestra visión holocaústica sobre el país. Venezuela convertida en un campo de concentración, donde nuestras casas se convirtieron en barracas. Y nosotros, en animales, personas despojadas de la voluntad de amar, que buscamos el mínimo resquicio, la mínima oportunidad para huir y salvarnos. Salvarnos de nosotros mismos. Salvarnos de los monstruos que nuestra indiferencia amamantó y educó, porque hemos visto que son reales.

Nos despedimos. No hay fecha para un próximo encuentro. En el hogar de la emociones, el estómago, sentimos el tiempo perdido. Horrorizados, vemos cómo el daño se corporizó y nos obliga a hablar sólo de él , de él en nosotros.

Silencioso, entro a mi casa. Veo a mis guardianes amorosos y agradezco. Busco en mi biblioteca Consejo Gratuito, de Ilse Aichinger, poeta austríaca, y leo : “La brutalidad es un proceso lingüístico: comisarías de policía, cárceles…el lenguaje se dirige hacia el abismo”.