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Maldad y estupidez

Fotografía: Archivo. Miguel Gutiérrez EFE. 2005. Venezuela
20/11/2017
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FOTOGRAFÍA: EFE | ARCHIVO

En una entrevista reciente en la revista XLSemanal, el dominical del diario ABC, a Arturo Pérez-Reverte, el creador de Las aventuras del capitán Alatriste confiesa que si anteriormente la maldad, la guerra o el dolor lo irritaban y lo impulsaban a escribir con furia, con los años descubrió que la estupidez es el peor de todos los males.

En tal sentido declara: “Con lo único que me he vuelto intransigente es con la estupidez… Gran parte de los males de la sociedad española actual provienen no de la maldad, sino de la estupidez. Si juntas a un malvado con mil idiotas, obtienes mil y un malvados”. Y visto el contenido y los movimientos políticos en los más diversos países en los últimos años, el vínculo íntimo entre maldad, estupidez y poder es, sin duda, un serio problema de salud pública a considerar.

No sé trata de entender por qué regímenes despóticos como el de Nicolás Maduro, en Venezuela, Robert Mugabe, en Zimbabue o Teodoro Obiang, en Guinea Ecuatorial, han llevado a sus países a la quiebra y la ruina moral, a niveles profundos de marginalidad e ignorancia, sino de comprender qué hay en la población que soporta gobernantes y procesos que los hunden en la ignominia.

La primera vez que pensé explícitamente sobre los extraños lazos que unen la estupidez y el poder fue durante el discurso del cierre de la campaña electoral de Hugo Rafael Chávez, el 2 de diciembre de 1998. La vacuidad del discurso, las risas infantiles cada vez que nombraba al caballo de Henrique Salas Römer, Frijolito, me hizo reflexionar sobre un problema que iba mucho más allá del nivel educativo o el desarrollo de los recursos y el capital humano porque se refería a una disposición arquetipal que compartimos todos.

En su libro sobre la obra del pintor alemán Anselm Kiefer y el ensayo de C.G. Jung sobre la psicología colectiva después de la segunda guerra mundial, Después de la catástrofe, el analista Rafael López-Pedraza detalla un cuadro de Kiefer titulado Operación León Marino I, referido a los ejercicios del Alto Mando militar nazi que practicaba el plan para invadir Gran Bretaña con pequeños barcos de juguete en un tanque de agua.

López-Pedraza resalta el macabro dramatismo y el humor irónico en la imagen de Kiefer y escribe: “Las imágenes nos hablan de la infinita capacidad del hombre para los juegos estúpidos cuando se encuentra poseído por el poder y, además, por la maldad y la destructividad que son su consecuencia.” López critica el descuido de la psicología moderna de incorporar a su campo de estudio “a la estupidez simple y llana”, una estulticia inseparable de la ambición de poder.

En el Diccionario del diablo, el escritor y satírico estadounidense, Ambrose Bierce, define idiota como “miembro de una tribu grande y poderosa cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante y decisiva.” Fija las modas, los gustos, la opinión y los límites de expresión. Pero es una tribu oculta y peligrosa por su conexión con la maldad.

Una de las imágenes más impactantes en ese sentido nos la da el escritor uruguayo, Horacio Quiroga, en su cuento de terror La gallina degollada, la historia de los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz, que lo único que saben es imitar y que asesinan fríamente a Bertita, la única inteligente y menor de los hermanos. Una reflexión y advertencia sobre la máscara de ingenuidad con que se presenta la sandez y sobre las consecuencias que tiene para los pueblos el imitar y dejarse llevar por los argumentos revolucionarios estúpidos.

@axelcapriles