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Malvivir bajo la cola y el sol de Maracaibo

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18/08/2016
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FOTOGRAFÍA: DAGNE COBO BUSCHBECK (@KAYOYANDO)

A Mariam se le va el día al frente del supermercado. Conversa para matar el tiempo, mientras observa cómo al lado de ella, decenas de hombres y mujeres consumen sus horas entre empujones, rasguños y hasta golpes. Todos parecen estar pegados por la mezcla de sudores y olores que generan cuando se arrejuntan huyendo del sol.

La meta no es dejar ni un milímetro libre en la cola, afirman quienes la hacen. Advierten que un espacio abierto es una oportunidad para que un vivo se filtre en ese muro humano y pueda comprar los productos que llevan horas buscando. La táctica es para los más fuertes: una mujer cede y se desmaya.

Hacinados y recostados sobre un muro que pareciera les fuera caer encima, la cacería por productos les absorbe la primera mitad del día.

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En la lucha por conseguir comida en los sectores más pobres de Maracaibo hay mucha hambre, vandalismo y poca ley. Si no tuviera 62 años, a Mariam le tocaría hacer la fila que ve con desdén. Desde la madrugada, 100 personas con copias de cédulas en mano hacen tres colas en la acera de la Circunvalación 2, una de las principales vías de la capital zuliana, para obtener dos rollos de papel tualé y cuatro Harina PAN a precios regulados.

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El castigo, si cabe el término, se hace en una esquina que da al Centro 99, un supermercado del barrio Los Estanques. La necesidad es democrática y por eso las filas son sufridas por todos: embarazadas, personas en sillas de ruedas y madres con jóvenes down hacen una; pensionados y desempleados a los 60 años en otra y la última está destinada para los “bachaqueros”, explica la ama de casa Mariam.

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En Maracaibo la temperatura puede alcanzar en este época del año hasta 39° C,  pero el calor parece crecer al paso de la indignación y los abusos. Esas actitudes florecen ante la mirada de los policías llamados a organizar las colas. Los más débiles, como siempre, son los que pagan las acciones de quienes imponen la ley. Una mujer embarazada respira hondo cuando un agente le exige un ecosonograma para comprar. Otra discute con un policía por las horas que lleva esperando. El uniformado resuelve la discusión con una frase: “llámame cuando tengas el muchacho, para yo quedar como el héroe”.

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Enfermos de cáncer también aguantan las penurias. Ancianos al igual que los pensionados se resignan porque el dinero solo alcanza para comprar productos regulados. Mariam observa y sentencia que estos problemas no solo pasan en Maracaibo sino en toda Venezuela: “Aquí ya no se vive, se malvive”.

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Los productos siguen escasos en esta ciudad petrolera de más de dos millones de habitantes, a pesar que el gobernador del Zulia, Francisco Arias Cárdenas, firmó el 11 de marzo pasado -y en medio de un fuerte racionamiento eléctrico- el decreto 1.035 para importar desde Colombia 50 rubros destinados a “garantizar el abastecimiento, distribución equitativa y justa de alimentos y productos” en toda la región durante 120 días, en principio.

Las colas también siguen en otras zonas de la entidad. Incluso, el hambre mina en el municipio La Guajira, donde hay denuncias de niños muriendo por la falta de alimentos.

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En Maracaibo, los alimentos y productos importados alivian las necesidades de al menos 20% de los consumidores, estima Gilberto Gudiño, presidente la Unión Empresarial del Comercio y los Servicios del estado Zulia. Dice que la medida impacta entre los que tienen capacidad para adquirir una Harina Pan a Bs. 1.300 el kilo, un kilo de arroz en Bs. 2.000, un kilo de pasta en Bs. 1.700 o un paquete de 6 rollos de papel tualé en Bs. 3.000.

El resto se somete a las colas y a los caprichos de los revendedores. Tal es el caso de Ana, quien esperó seis horas para comprar cuatro paquetes de harina de maíz regulado a 190 bolívares cada uno en el local de Súper Tiendas Latino en la avenida El Milagro. “Hay qué hacer el sacrificio, pero ¿cómo se hace?”, dice con amargura esta pensionada, quien descartó acudir a un mercado ubicado a pocas cuadras, donde el producto de la misma marca se conseguía sin colas, pero costaba diez veces más por ser colombiano.

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El eslogán del “súper” Víveres de Cándido “donde comprar es un placer” parece calzar a la perfección en su amplio local ubicado en el sector Las Delicias. Productos importados llenan los anaqueles, aunque algunos están vacíos por la crisis. No hay colas ni límites para comprar. Muchos productos que ponen de cabeza a los consumidores están a la mano. La diferencia: se tiene que pagar a un precio igual a lo que ofrecen los revendedores más el 12% de IVA.

La ruta de los productos colombianos tiene misterios: se sabe que se obtienen en dólares en algún lugar cruzando la frontera, pasan en camiones por el control militar de Paraguachón con un permiso oficial que salta el cierre fronterizo de vehículos, transitan por la Guajira sin dejar rastro ni productos (se supone que el decreto iba a beneficiar a los wayúu) y llegan a Maracaibo. Diputados de oposición aseguran que mucha mercancía llega a la ciudad y se desvía a otras partes del país.

Hasta ahora, no hay información oficial sobre los comercios adheridos a este proyecto, la cantidad de productos distribuidos ni el tipo de cambio para importar la mercancía. “Creemos que es una empresa privada o algún organismo oficial que maneja todo. Es un misterio”, apunta Gudiño.

El dirigente gremial asegura que hay temor entre algunos comerciantes para adherirse al proyecto. Dicen que muchos comerciantes privados se sumaron a la iniciativa de Arias Cárdenas por supervivencia: “El decreto firmado por el gobernador es ambiguo en lo legal. Por eso hay temor. Hay comercios que entraron a un terreno que desconocen”, advirtió el presidente de la Unión Empresarial, que agrupa a 200 empresas.

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La comida importada llega solamente a los comercios privados. El local de la red pública Abastos Bicentenario en la circunvalación 2 sobrevive con un inventario mínimo. Por esa razón no hay colas. Llena sus grandes refrigeradores con desinfectantes. Sin aire acondicionado, el supermercado ofrece productos que parecen rarezas: jugo de uva brasileño importado por Corpomiranda, toallas húmedas chinas, vinos chilenos a Bs. 2.000 la botella y un gel de baño italiano importado por el Ministerio de Alimentación.

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“La razón de estos es que los privados obtienen los productos en dólares y a Abastos Bicentenario no puede hacerlo”, explica Gudiño.

Saltando el control de precios y el cierre fronterizo que avizora su fin definitivo, el polémico decreto de Arias Cárdenas parece ser una tabla de salvación para los privilegiados. El resto se hunde como  en el Titanic, pero entre colas. Y así se van los días.

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