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Niños que sueñan vestir la Vinotinto se desmayan en la cancha por hambre

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30/06/2016
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FOTOGRAFÍAS: CRISTIAN HERNÁNDEZ

Brayan, Miguel, Kelvin y Wilfraklin quieren jugar en la Vinotinto, como Juan Arango o Tomás Rincón, y le dan forma a sus sueños en los campos de fútbol de Petare, junto a más de 3.000 jóvenes. Sin embargo, los cuatro solo comen una o, con suerte, dos veces al día. Como consecuencia se han desmayado en las prácticas. La precaria situación económica del país ha alcanzado sus hogares y, poco a poco, atenta contra sus posibilidades de defender el tricolor nacional.

El reloj marca las 7:00 am cuando Brayan se levanta a preparar el desayuno de sus cuatro hermanitos: Abraham, Sharon, Andrea y Valentina. Tiene solo 11 años, pero mamá y papá ya no están en casa, pues salen a trabajar a las 3:30 am; a partir de este momento es el encargado de las labores del hogar. El pequeño, habitante del barrio El Winche, del kilómetro 18 de la carretera Petare-Santa Lucía, monta las arepas en el budare: la primera de dos comidas que ingerirán durante el largo día.

“Desayunamos muy temprano porque mis hermanos estudian en la mañana –en el colegio Generalísimo Francisco de Miranda. Yo me quedo cuidando a la niña (Valentina, de 3 años), y cuando ellos llegan me voy a estudiar yo”, relata el niño de cuerpo delgado y corta estatura. “Cuando hay comida, almorzamos a las 12 del mediodía”. ¿Y cuándo no hay? “Abraham y yo salimos a tumbar mangos detrás de la casa, los hervimos y comemos como jalea”. El mismo procedimiento aplica cuando consiguen yuca o ñame, que ellos mismos han sembrado en un terreno trasero.

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El panorama empeora cuando lo poco que tienen no alcanza. “Si no hay mucho, mi hermano y yo no comemos para que puedan desayunar las niñas”, confiesa Brayan. Pese a sus cortas edades, los pequeños han debido asumir las riendas de una niñez truncada por el hambre. La cena no compensa la malnutrición. Comen plátano sancochado, arepa y cuando hay, arroz o pasta. “La semana pasada mi mamá pudo traer alitas y carne molida”, cuenta con la emoción de quien rememora un buen momento. “Pero solo alcanzó para un día”.

Brayan habla con bastante fluidez, y una triste naturalidad, sobre el tema; pero enmudece cuando se le interroga sobre la responsabilidad que tiene sobre sus jóvenes hombros. No obstante, su sueño es su bandera. “Quiero ser futbolista, y sé que si entreno fuerte, estudio y no me porto mal, puedo ser un gran jugador”.

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Miguel, su compañero en el equipo de fútbol Diaconía, vive una situación similar. Tras el asesinato de su padre, el pequeño se mudó a casa de su abuela, pues su madre vive con su padrastro y sus dos hermanitas. Tiene otros dos hermanos paternos, que residen con sus respectivas madres. En casa, la comida debe repartirse entre él, su abuela, su bisabuela y un primo de 3 años. “Tengo cinco días sin almorzar”, dice, y agrega rápidamente: “pero siempre desayuno y ceno”.

Arepa con mayonesa o mantequilla en la mañana; arroz o pasta con mayonesa o mantequilla en la noche. En eso consiste la dieta de Miguel, que con tan solo 10 añitos, ya entiende perfectamente que el dinero no alcanza para satisfacer las necesidades de todos. “Mi tío (de 25 años) es el único que trabaja en la casa. Gana 10 mil semanales como albañil, pero debe repartirlo en varios hogares, y solo nos puede dar 2.500 bolívares los jueves. Todo está muy caro, por eso no comemos mucho; mi primito es el único que almuerza, porque llora cuando tiene hambre. Mi abuela le prepara sopa, y también toma mi bisabuela. Cuando no puedo almorzar yo, aguanto hasta la noche”.

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Su sonrisa inocente no se borra. Ni siquiera cuando relata que la semana pasada, un miércoles, debió comer solo la mitad de su cena. “Mi tío nos trae el dinero los jueves, y esa noche no teníamos harina para las arepas del día siguiente; entonces dividí mi plato de arroz –una ración de una taza- por la mitad, y con lo que guardé, desayuné”. Ese día no comió nada más.

Pero el hambre no borra sus metas ni sus anhelos. “Me gustaría que esto cambiara. Que hubiese comida como antes, cuando conseguíamos pasta y arroz, y que tuviésemos el dinero para comprarla. También quiero ser un gran futbolista y médico cuando sea grande”.

Precoces responsabilidades

En casa de los Montiel Méndez, en el sector El Encantado del barrio San Blas, viven cuatro hermanitos futbolistas. Albert Omar, Owerman, Overman y Omar son apasionados del balompié, y aspiran llegar lejos con el Deportivo Petare, divisa que los acogió en su cantera. Todavía comen tres veces al día, la mayoría de las veces. Pero, ante el único ingreso monetario –producto del trabajo de parquero de su padre- los más grandecitos alternan, voluntariamente, las clases y las prácticas de fútbol con oficios “para alivianar la carga de papá”.

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“Aprendí a jugar parley en diciembre. Me llamaba la atención y como vi que podía ganar dinero para ayudar a mis papás, seguí jugando”, cuenta Overman, de 13 años. En sus zapatos se lee una frase inspirada en lo que dijo Samuel Etoo cuando firmó con el Barcelona: “No soy de prometer cincuenta goles, pero correr como un negro para mañana vivir como un blanco, seguro que correré”. “Todos los días me levanto a las 5:00 am a comprar los periódicos para ver los datos, porque a las 6:00 am ya no quedan en el kiosco. Luego, después de clases, voy a jugar. De lo que gano, le regalo algo a mi mamá para la comida, porque mi papá es el único que trabaja y quiero quitarle tanta responsabilidad. Uso el dinero que me queda para afeitarme y para mis cosas personales. Todos los días aparto el dinero del siguiente parley”.

El niño comenta que cada día la situación es más complicada. “Antes comíamos mejor, pero ahora solo lo que se consigue. A veces, cuando no tenemos para almorzar, desayunamos tarde, nos comemos una galleta de merienda para aguantar y luego cenamos”. Su corta edad no es limitante para comprender el difícil momento económico que le tocó vivir. “Muchos amigos míos se han desmayado entrenando porque la situación está muy difícil y los papás no tienen los recursos para alimentar a sus hijos”.

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Su hermano Omar, el mayor de todos (casi 14 años), también decidió comenzar a trabajar para colaborar en el hogar. “Mi tío es conductor en el sector Carpintero, y desde hace tiempo soy su colector. El dinero que gano se lo doy a mi mamá para comprar comida, porque sé que los dos trabajos de mi papá no alcanzan. Guardo un poquito, y le doy a mis hermanos para que compren merienda en el colegio”.

Comparte el sueño de sus hermanos: quiere ser futbolista aunque falta a algunos entrenamientos. “A veces me siento mal porque no puedo hacer lo que me gusta todo el tiempo. Hay días que no practico para poder trabajar, pero me hace sentir bien poder ayudar a mis papás”. Su sacrificio cobra valor cuando ve la sonrisa de sus hermanitos pequeños Albert (7) y Owerman (10), quienes ríen inocentemente incluso cuando cuentan de primera mano las necesidades que padecen.

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“Yo me como una arepita con queso, bollitos o una panqueca sin azúcar –porque no hay- pero a veces mi mami me prepara otra chiquita porque como mucho”, relata Albert Omar. “Me encanta cuando hay leche, porque nos tomamos un vaso en la mañana, y luego mi mamá prepara fororo en la cena. También comemos plátano. En el almuerzo comemos arroz con sardina, y me encanta cuando están fritas y crujientes”, dice saboreando sus labios.

Owerman, quizá por su edad, se muestra un poco más afectado por lo que ocurre, sin embargo, admira el esfuerzo de sus padres. “Antes nos comíamos dos arepas, y ahora solo una, y cuando no hay comida debemos aguantar. Pero mi papá siempre llega del trabajo con algo para cenar, lo esperamos, comemos todos juntos y nos acostamos a dormir”.

Madres que sufren en silencio

Sonriente, amable y cordial. Así es Marbelly Méndez, madre de los hermanitos Montiel. Se mudó con su familia y los tres primeros niños desde Maracaibo, buscando calidad de vida en Caracas. Su madre padece de insuficiencia renal y, por ello, no trabaja, pues debe dividir su tiempo entre sus hijos y los cuidados de su progenitora. Es una mujer fuerte y valiente. Sin embargo, su voz flaquea cuando habla sobre la nutrición de sus pequeños. “Es muy difícil y decepcionante. Nos vinimos buscando una vida mejor, pero ahora todo ha cambiado mucho. Hay hambre e inseguridad”.

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Marbelly ve en el deporte una salida para sus chamos, de la agobiante situación. “No los dejo salir de la casa si no es para estudiar o entrenar, porque quiero que sean buenos muchachos. A ellos les encanta el fútbol”. Es el pilar de sus niños; y ellos son el pilar de su existencia. “A veces, la comida no alcanza para mí, y sin que lo sepan les doy mi ración. Debemos dividir un kilo de harina en tres partes, para que alcance para varias comidas”, relata.

“Mi esposo y yo nos sentamos a hablar por las noches sobre como comeremos al día siguiente. Tenemos esperanza, pero cuesta creer que esto cambiará. Sin embargo, cuando los veo me lleno de fuerza. Nos convertimos en magos, distribuimos el dinero, y tratamos de darles todo lo que necesiten”, concluye Marbelly.

Para Esmeralda Padilla, esposa del instructor de fútbol Wilfran Ávila, la situación es incluso más difícil. Tiene ocho hijos, con edades comprendidas entre los 2 y 18 años. Dos de ellos, también fichas del Petare, se desmayaron durante los entrenamientos en el último mes. “Kelvin y Wilfranklin estaban en las prácticas cuando se desvanecieron”, comenta la habitante del sector El Arco, del barrio Las Parrillas, en el municipio Sucre. “Me da mucha tristeza que estas cosas pasen, y le pedimos mucho a Dios para que no se repitan; pero es que para mí no es fácil darles una buena alimentación”.

Su esposo y ella perciben ambos sueldo mínimo; ella trabajando en hogares y él como pintor. Pero para ocho niños es  insuficiente. “Me desespera ver que no tenemos nada, pero tratamos de mantener la calma para no afectarlos. Ellos estudian y juegan fútbol, y eso nos gusta, porque los aleja de las malas influencias y despeja sus mentes”.

En casa, solo desayunan y cenan con regularidad; el almuerzo es un lujo que solo pueden darse tres veces por semana. Las comidas se alternan entre arepa, plátano, yuca, arroz o pasta. Aunque esta semana comieron pollo dos veces. “Antes comíamos muy bien, las tres comidas. Pero desde hace un año eso cambió y siempre me quedan con hambre. Más nunca nos comimos una ensalada ni nada. Uno grande aguanta, pero los niños no”, reflexiona Padilla.

Tres de sus chamos están a punto, incluso, de repetir el año escolar por inasistencia. “No puedo mandarlos al colegio sin desayunar. No pueden estar sin comer todo el día. Si están aquí, puedo salir a buscar algo y traerles para desayunar”, concluye la madre de la casa.

Futuro incierto: La Generación de Oro del Hambre

Alrededor de 10 niños se han desmayado en el último mes en los campos de Petare, donde funciona la Liga de Fútbol Municipal Sucre, que cuenta con la participación de aproximadamente 3.900 niños, distribuidos en más de 50 equipos. Esta situación se replica en diferentes sectores, disciplinas y comunidades. No es un secreto para nadie que la escasez y falta de poder adquisitivo ha menguado la calidad de vida del venezolano.

Gabriel León, nutricionista deportivo, advierte sobre las graves consecuencias de una alimentación deficiente en los pequeños atletas: “Esta situación se está viendo no solo en el deporte, sino en la población venezolana global. Las familias solo están consumiendo carbohidratos, porque es relativamente lo más económico. Pero ni siquiera son carbohidratos fibrosos –reguladores de los triglicéridos y producción de insulina- sino simples, por lo que en unos años, estos niños serán adultos con tendencia a padecer de diabetes y colesterol”.

El especialista asegura que en muchos casos la malnutrición no es evidente físicamente, pero eso no niega su existencia. “Hay chamos con pesos normales, y hasta con kilos de más, pero cuando les haces los exámenes médicos, te das cuenta que tienen la hemoglobina baja, deficiencia de hierro y un montón de problemas”. A este síndrome se le conoce como “hambre oculta”, y se debe al alto consumo de grasas y harinas, una dieta no balanceada. “La desnutrición es un problema real, y los niños están bajando su rendimiento deportivo por esto”.

León afirma que un pequeño deportista, con edad promedio de 12 años que entrene para jugar fútbol, debería consumir diariamente un menú que contenga seis raciones de fruta variada (no solo mango), una buena porción de carbohidrato, grasas saludables (aguacate, sardinas, semillas, frutos secos y aceite de oliva), 300 gramos de proteína y mínimo un vaso de leche, aunque lo ideal son dos. “El rendimiento de un atleta que coma mal no será el mejor, es imposible”.

Advierte que que mientras más tiempo esté sometido el joven a dichas condiciones, más complicado será revertir los efectos: “Si un niño tiene una posible altura de 1,75 metros, genéticamente establecida, pero no se alimenta correctamente, es poco probable que alcance este tamaño. El cuerpo deja de crecer, y utiliza esa energía para la actividad que demanda el organismo, en este caso el deporte”.

¿Puede revertirse? La respuesta de León es sí. “Existe un proceso llamado sobrecompensación, que consiste en regular la alimentación del niño. Da resultado en unos 90 días. No obstante, solo se sabrá si el crecimiento se vio afectado a través de una placa de edad ósea”.

Entrenadores, héroes anónimos

Jesús Gianfranceso es coordinador de las categorías menores del Deportivo Petare y entrenador de la divisa Mister Soccer, del sector La Dolorita. A diario ve como sus pequeños pupilos se enfrentan sin escudo a una batalla inhumana, que vulnera sus vidas, su salud y sus objetivos. “Nuestros niños se están desmayando de hambre, y ya no podemos quedarnos callados. Muchos tratan de ocultar esta situación, pero es real y es hora de que todos lo sepan”, expresa con la preocupación de un padre.

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Su respaldo hacia los representantes es incondicional, y es capaz de quitarse el pan de la boca para dárselo a sus niños. No es raro verle comprar desayuno para sus jugadores e incluso llevarlos a su casa para almorzar. “Nosotros como entrenadores queremos verlos crecer y triunfar, pero cómo lo harán si a veces ni siquiera pueden ir a las prácticas. Es hora de que dejen de ignorarlos y los ayuden”.

Como él, Yesenia Aguilera, secretaria de la divisa Diaconía, del barrio El Winche, es testigo de la preocupante situación: “Vemos como los niños llegan sin desayunar, como muchos ni siquiera cuentan con el apoyo de sus padres, porque están más preocupados en trabajar o en otras cosas que en atenderlos. No tienen recursos para comer, menos para jugar. Nosotros incluso tenemos uniformes de varias tallas y se los prestamos para los partidos, porque no tienen para comprarlos. Es momento de que hagan algo por nuestros niños y los rescaten de este triste problema”.