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No hay transición democrática en el horizonte

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01/09/2017
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FOTOGRAFÍA: VALERIA PEDICINI | EL ESTÍMULO

El año 2017 avanza de forma inexorable. Cada día que transcurre en Venezuela representa un día más del gobierno dictatorial de Nicolás Maduro. Durante agosto y al iniciarse septiembre se vive una suerte de pausa, tras varios meses de protestas y más de 150 muertos en durante el conflicto político en este año.

La incertidumbre sigue siendo el signo característico en Venezuela, mientras que tanto dentro como fuera del país se espera por una transición democrática, que en este momento luce distante.

El ejercicio predictivo en la ciencia política y en el análisis político es asunto riesgoso. A nuestro juicio, un escenario de cambio en Venezuela en este 2017 sólo era posible si se rompía la sinergia entre el gobierno de Maduro y las Fuerzas Armadas. Lamentablemente, para nuestro deseo de cambio democrático, tal cosa no sucedió.

Eso lo escribimos a fines de abril, cuando se cumplía un mes del inicio de la nueva ola de protestas callejeras. Si bien en ese momento la agenda política la marcaba la oposición a través de la Mesa de la Unidad Democrática, no se vislumbraba un quiebre en el poder del madurismo. Transcurrido un cuatrimestre, el régimen sigue controlando las finanzas públicas, las fuerzas armadas y el sistema judicial.

Ante la ola de protestas, Maduro lanzó su Asamblea Constituyente el 1 de mayo y contra todo pronóstico logró imponerla como realidad política en Venezuela, más allá de su carácter inconstitucional y del fraude que le acompañó en las votaciones del 30 de julio.

A fines de julio, en otro artículo, sosteníamos que ese mes sería recordado por al menos por tres imágenes: 1) una cruel y sostenida represión con aval del alto mando militar; 2) la ausencia del más mínimo atisbo de rectificación gubernamental; y 3) el empecinamiento de un Maduro, ya sin duda dictador, de imponer un fraude constituyente.

Maduro asimismo se atrincheró en los magistrados que controla dentro del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para validar políticamente sus decisiones, ya que ese tribunal también carece de legitimidad ya que sus magistrados fueron electos contraviniendo lo establecido en la Constitución vigente, aquella que promulgó Hugo Chávez en diciembre de 1999.

Los fallecidos en protestas callejeras, en su gran mayoría víctimas de disparos de los órganos de seguridad, se fueron registrando a cuentagotas. La ola represiva y las muertes políticas fueron asimiladas por el poder dictatorial, no produjeron el quiebre de la dictadura y al contrario estos meses (entre abril y julio) parecen haber estrechado los lazos entre quienes detentan el poder.

Tampoco las sanciones individuales que ha impuesto Estados Unidos contra altos funcionarios del régimen parecen haber hecho mella. En la lista de sancionados individualmente por Washington se incluyó a Maduro este 31 de julio. Al menos no públicamente. El discurso público de Maduro y sus adláteres en el poder recibió gasolina para continuar con sus mensajes antiimperialistas. A esto contribuyó, especialmente, el desafortunado anuncio del presidente Trump de que podría considerar una acción militar en Venezuela.

Agosto se inició con la instalación de la Asamblea Constituyente, dominada por Maduro, dedicada a terminar de socavar al legítimo Parlamento (Asamblea Nacional), dominado por la oposición y a la persecución política, como lo evidencia la destitución express de la Fiscal General Luisa Ortega Díaz, como primera decisión de los constituyentistas. Venezuela vive bajo un régimen dictatorial.

El caso de la fiscal Ortega Díaz simboliza un rápido y contundente caso de sanción del madurismo, de carácter ejemplarizante, para evitar otras deserciones en el alto gobierno.

Lo de la fiscal tendrá consecuencias para el madurismo, por la información privilegiada que ésta manejó mientras le fue leal al régimen. Pero aún es temprano para saber con exactitud la repercusión que tenga la eventual colaboración de Ortega Díaz con gobiernos de otros países, incluido Estados Unidos.

No todo han sido sinsabores para la lucha democrática en Venezuela, en este período. El más importante ha sido la valentía de los jóvenes venezolanos, quienes sin duda fueron protagonistas de la ola de protestas. El malestar social sigue latente.

El país entero, por otro lado, dio una muestra de civilidad el 16 de julio. Ese día de forma pacífica más de 7 millones de venezolanos acudieron a manifestarse en una consulta popular, que organizada por la MUD sin aval oficial del Consejo Electoral permitió calibrar la capacidad organizativa de la oposición.

El mandato, en mi opinión, fue claro: los venezolanos quieren una salida pacífica, democrática y electoral. En todo el período de manifestaciones callejeras, el 16 de julio fue la más contundente expresión de rechazo a la dictadura y a favor del cambio. Sin violencia.

Finalmente, el otro cambio de envergadura ha sido el que se produjo en la comunidad internacional. Tanto en las Americas como en Europa Occidental hay coincidencia del carácter dictatorial del régimen de Maduro y del fraude con la constituyente.

Sin embargo, el caso venezolano deja en evidencia, una vez más, la capacidad limitada que tiene de incidir por vía pacífica la comunidad internacional frente a una dictadura que no tiene intenciones de democratizarse y además controla la riqueza nacional. El apoyo internacional  es importante, sin duda, pero no resulta decisivo para desencadenar una transición democrática.

Comienza septiembre y ojalá esté equivocado, pero no vislumbro en el horizonte venezolano una transición democrática.

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