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Nosotros y ciertos libros

biblio

a Rubén Wisotzki, el lector

Amo compartir mis lecturas. Amo sugerir distancias con respecto a libros pobres en escritura e imaginación. Porque hay libros que nacen muertos. Y al llegar a las librerías son dotados de toxinas y voracidad: intoxican o envenenan a los desprevenidos con una violencia anuladora de defensas o esquivos. Son escritos por sedientos de luces y pasarelas; por quienes necesitan, desesperadamente, ser vistos, no como personas, sino como escritores. Cada página revela la ausencia de talento, oficio y paciencia. Cada línea es un seminario sobre el tedio y la asfixia. Leerlos es cavar, anticipadamente, nuestra tumba. Hojearlos es castrarnos; enterrar los sentimientos necesarios para que sucedan los viajes de la vida. No son libros, sino pájaros de la claustrofobia: no vuelan; agitan sus alas para crear encierros. Son como esas llamadas, que finalizadas, nos dejan el cuerpo agotado, sin alma, sin proyecto sanguíneo.

Es que toparse con la ausencia de imaginación significa estar en presencia de una enfermedad contagiosa. Esa ausencia es seductora, fácil, ligera, maquillada, llena de trucos, de anclajes, de paraísos instantáneos…Es similar al efecto tuiter: la profundidad del dato se viste con los atributos del conocimiento. La ignorancia holgazana finge ser un saber. ¿Cuál es el resultado? Un disfraz: la mediocridad queriendo entrar a la fiesta de la voluntad, la inteligencia y la imaginación. Y, a veces, dependiendo del estado y arte de la estupidez en una sociedad cualquiera, logra entrar y bailar como una honorable y admirable persona. Lo cual revela en qué medida un país eligió invitar, admirar y honrar lo mediocre, la estafa, lo burdo, lo rechazable, lo sórdido, lo oscuro…

Nosotros y ciertos libros somos terrenos, edificios y constructores de la pobreza y el olvido. Las Bibliotecas de la Humanidad nos revelan que los libros resguardados en ellas contienen las moléculas y cuántos de los bienes materiales y espirituales necesarios para hacernos la convivencia admirable y celebrable. Un cuento, dotado de asombros verbales, despierta regiones inesperadas del porvenir. Unos poemas de Eugenio Montejo, Rafael Cadenas o Luz Machado, nos convence de la condición amorosa de Dios. Una novela de Eduardo Liendo, Tomás González o Ana Teresa Torres, nos permite recuperar los viajes perdidos en medio de la violencia. Un ensayo de Federico Vegas, Mirla Alcibíades o John Berger nos coloca en el lugar donde gobierna la bondad del pensamiento paciente y silencioso.