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Opinión | Vida y riesgo en el barrio

AP
23/07/2019
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TEXTO: SAÚL JIMÉNEZ BEIZA / FOTOGRAFÍA: AP

Sabrina es una joven mujer de 22 años y con tres niños a cuestas de 5, 4 y 3 meses respectivamente,  y que vive arrimada en la casa de la mamá que la crió, que a su vez tiene 5 niños, entre ellos el último de la misma edad del sobrino; es decir en una pequeña casa de barrio viven 2 familias y 11 personas, de los cuales solo trabaja una persona con un sueldo mínimo y todas las bocas por consumir.

A esa familia no llega ni Madres del Barrio ni ningún otro programa implementado por el chavismo para paliar la situación. Son las cifras ocultas de la pobreza y necesidad, es vivir en el hoy y el ahora, es de esas familias que no es interés de la clase política, del activismo; pareciera que son las familias que no aportan nada a la política y por lo tanto no son del interés de nadie. Ellos están en su barrio soportando su miseria y hambre sin una luz que ilumine su horizonte hacia el futuro.

Ellas, con sus ocho niños, sólo tienen el acompañamiento del programa social que llevan las monjitas en el barrio y que consiste en una comida caliente y balanceada al día (a las 12 pm) y luego esperar para ver qué se consigue para comer en la tarde. O esperar al día siguiente para ver lo que les proveerá Dios y el almuerzo en el comedor comunitario. Así pasan y languidecen sus días entre una esperanza y una espera o que llegue alguien a calentarle la oreja a Sabrina y que quizás le pinte una vida bonita que termine en una nueva barriga y un nuevo abandono.

En cada barrio al que se acude son éstas las realidades que se viven, y todavía no se vislumbra una estrategia que permita sacar a estas personas de la línea de pobreza donde están inmersos y de donde cuesta mucho salir cuando no existe una política de estado que conlleve a un acompañamiento de capacitación, formación y bolsas de trabajo que conduzca a la superación de la persona en forma individual y el barrio en forma colectiva, y donde la producción individual y colectiva les permita a estas personas salir adelante.

Esta realidad se va repitiendo en el transcurso de los días y semanas en los diferentes barrios donde asistimos y donde trabajamos con los programas sociales, casi todos similares. Una abuela cargada de ocho muchachos abandonados por las hijas que se fueron a buscar nuevos rumbos y que está para ser atendida no soportar esa carga encima; aún así, ella la lleva con orgullo de madre comprometida con el futuro de sus nietos, pero es muy poco lo que puede hacer para resolver su situación.

Indudablemente que debemos revisarnos y revisar donde perdimos el rumbo. Si fue en el 98 o más atrás. Lo cierto es que nosotros pasamos de ser un país de clase media profesional en los años 70-80 a un país en decadencia, algunas veces leyendo las novelas de Gallegos o los poemas de Andrés Eloy Blanco o cualquiera de los historiadores, novelistas, cuentistas de esa época y siempre se repite la historia de los niños macilentos mermados por el hambre, la malaria, tuberculosis y pare de contar las diversas enfermedades y epidemias que pasaron nuestros habitantes en la década de los años 20-30-40 del siglo pasado, con todo el atraso y pobreza que como país teníamos, con dictaduras férreas que a través de la represión y el hambre se iba mermando nuestra población, sobre todo la más joven, que estaba presa, muerta o desterrada. Y todo dentro de un país con poco tiempo de haber descubierto el petróleo y que ya empezaban a llegar contingentes extranjeros a trabajar en las petroleras.

Ahora, en el inicio del siglo XXI, volvemos a empezar a nombrar enfermedades erradicadas de nuestro vocabulario en la centuria pasada, como tuberculosis, malaria, difteria, sarampión, dengue o mal de chagas, las cuales generalmente se localizaban en las zonas más apartadas de las ciudades y sin embargo ahora las conseguimos en ciudades como Valencia, Maracay, Caracas y Barquisimeto.

Es decir nuestra población está totalmente desprotegida y no nos extrañe que dentro de poco también tengamos repunte de enfermedades como la gastroenteritis con sus síntomas más recurrentes como diarreas severas, vómitos, fiebre e igual la neumonía, meningitis, sinusitis y otitis, ya que no se están aplicando en forma regular las vacunas rotavirus y neumococos en los centros de atención primaria de salud. Eso afecta fundamentalmente a los sectores populares que no pueden recurrir a los centros de salud privados, donde las vacunas se consiguen a un costo de 150$ cada una; es decir que los niños menores de dos años están corriendo otros riesgos mayores.

Toda esta situación nos debe llamar a la reflexión y que todos pensemos más en nuestro país y en los sectores populares y menos en nuestros proyectos particulares y nos avoquemos a rescatar a Venezuela, su gente y sobre todo a los sectores más vulnerables de la sociedad. Ese es el reto y ahí debemos estar comprometidos todos para no continuar generando atrasos en nuestra población infantil.