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Papá, quiero estudiar Letras

ucv pasillos

La relación de los padres con la lectura es muy extraña. Con frecuencia, en los colegios, manifiestan preocupación porque los niños no leen. Pues bien, si ustedes tampoco leen, ¿por qué les preocupa tanto que sus hijos no lean? ¿Acaso leer es una cuestión de etapa? «Ah, yo cuando era joven leía mucho» ¡Listo, ya está resuelto! Eso es: los padres hoy día no leen porque ya leyeron en el colegio y en la universidad. Pero sí quieren que el hijo lea, ahora, en este momento histórico de su juventud, porque leer, claro, es de jóvenes, ¿no?

Pero no sólo llama a la risa este asunto de los padres (que no leen) preocupados porque sus hijos no leen; también está el problema de los hijos que leen.

Cuando un muchacho lee demasiado, los padres comienzan a preocuparse. Piensan que con tanta insistencia en la lectura, están perdiendo el tiempo. «Ese carajito no hace más que leer; no hace un carajo útil».

Entonces, ahí lo tiene usted, si no lee es porque no lee, y si lee, es porque es un gandul. También puede que piensen que te vas a volver loco, como me dijeron una vez a mí de carajito unos ciertos tíos por ahí. ¡Qué grande la influencia de Cervantes, ¿no?!

Pero, ¡un momento! Todavía falta. Lo peor está por asomarse, porque puede que, vea usted y aguante, llegue un día en que el jovencito lector decida estudiar Letras. ¡Pues la casa se derrumba y andan todos desmarañados, llorando por las esquinas y contándole la vaina a las tías y a los abuelos y cuanto sicólogo se atreviese por el camino! Al muchacho ese del carrizo se la ha ocurrido estudiar una carrera que lo mantendrá en la pobreza para el resto de la vida.

¡Qué dolor, qué dolor, mi muchacho va a estudiar Letras!

Bueno, en verdad, ¿a cuántos se les ocurre esa vaina? No a muchos, pero pasa. Hoy día los padres hasta prefieren que el manganzón haga un curso de esclavo, es decir, de cocinero, que a que estudie Letras.

¿Pero qué se hace con Letras?

Vamos, la respuesta es inmediata: se es profesor, de universidad o de colegio. En ambos casos, qué pena, porque un profesor en ningún lado gana nada, ni en la universidad ni en el colegio.

Y bueno, así estamos.

Yo estudié Letras, y soy profesor universitario, y en efecto, no soy millonario. Pero como me dijo una vez alguien: Fedosy, si hubieras querido ser millonario no hubieras estudiado Letras. Así de sencillo, así de simple. Y es que no todo el mundo ha de ser millonario, y con esto no me ando confesando comunista. Ni tampoco capitalista, porque mire usted, que en el capitalismo, los millonarios no son muchos. Tampoco en el llamado socialismo, porque acá, donde se supone que tenemos uno, cada día somos más pobres, y los ricos muy pocos, pero estos tan ricos como el más rancio capitalista de Washington D.C.

El asunto, creo yo, con o sin país vuelto un desastre, es que uno puede andar falto de cobres siendo abogado, ingeniero o licenciado en Letras. ¿Qué de qué depende? No sé. ¿De usted, de su empeño, de sus ganas de salir de abajo e incluso de su suerte? Mire que tiene una carrera universitaria, y ya tener un título es mucho, creo yo, y da para bastante.

Yo, se sabe, me licencié en tal cosa como Letras, y así pasé a trabajar en televisión. ¿Que le vendí mi alma al diablo? Pues mi alma es mía, amigo mío, y no se meta, porque hay gente que emprende peores patrañas, como los enchufados, por ejemplo, y esos sí que tendrán sus cuentas pendientes con el infierno. Yo tuve en buen trabajo en televisión, y gracias a ese trabajo viajé a México, Guatemala, Belice, Honduras, Argentina, Perú y hasta a la Antártida. Ah, y luego como escritor (que creo yo es algo más duro y estresante para los padres que decir que vas a estudiar Letras) he viajado a Estados Unidos, Perú de nuevo y Colombia, además de haber tenido el placer de patearme distintas ciudades de mi propio país. Trabajando en televisión conocí escritores, pintores, investigadores, académicos, artesanos, políticos, músicos, luchadores sociales, guerrilleros y hasta, lamentablemente, presidentes. Pero sobre todo, conocí gente de todos los días, gente buena que camina las calles del mundo. Ahora soy profesor universitario y trabajo con editoriales y con revistas como El Estímulo y Clímax. ¿Y sabe qué?, todo lo que hago me gusta y lo disfruto. Y también conozco gente maravillosa.

Como dijo Aristóteles, tampoco está mal tener algo de bienes de fortuna, y yo, Licenciado en Letras, hago lo posible (oh qué burgués todo esto) por vivir bien. Pero, en especial, estoy orgulloso de lo que he hecho y de lo que hago, de lo que aprendido, de lo que he visto, de lo que he vivido siendo, disculpe que repita, Licenciado en Letras. Y no, no voy a decir la ridícula frase esa de Neruda de «Confieso que he vivido» y tal.

El asunto es ese que uno ama la lectura, y un buen día, decide seguir leyendo, aprendiendo y hasta escribiendo para el resto de la vida. Hay quienes se ponen a estudiar Educación, otros Filosofía. Imagínese usted, qué horror, se van a morir de hambre. Pero peor es morir por malandro, ¿no? Por otro lado, eso de morirse por ser lector, no está como tan fácil. A menos que usted sea Bluma Lennon, aquel personaje de La casa de papel, novelita fabulosa de Carlos María Domínguez. Aquella insigne profesora, recordemos, muere atropellada por andar descuidada leyendo poemas de Emily Dickinson.

No me ha ido mal con mi carrera de Letras y menos como escritor. Y hablo de mí, recuerde, un chico de Puerto Cabello. No me quejo, en serio. Y no es que me quiera poner como ejemplo. Sólo le cuento, a usted que es padre, o a usted que es hijo. Sólo eso, muchas gracias.