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Rodrigo Blanco: “Un héroe es incapaz de crear cultura”

Rodrigo Blanco
12/02/2017
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FOTO: LUISA FONTIVEROS

Su narrativa ha sido comparada con un terremoto y, junto a ella, encierra otra naturaleza incontrolable: la de polemista, requisito cuasi indispensable del buen intelectual, aunque, para variar, Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) no se considera uno. “Es el autor más importante de su generación, pero también ha corrido el riesgo de asumirse como la voz de su generación, lo que le ha traído no pocos enemigos. Para mí es mejor cuentista que novelista”, justiprecia un crítico literario, que prefiere resguardar su nombre, al autor de Thenight (2016) y tres libros de relatos.

El escritor criado en La Pastora, esa especie de Venecia decadente en la laguna de escarbadas inmundicias que es Caracas, está viviendo con su esposa Luisa Fontiveros en París, donde elabora una tesis doctoral en la universidad de La Sorbona. “Luisa y yo tenemos la posibilidad de vivir solos en un apartamento aquí, cosa que en Venezuela quizás no hubiéramos podido hacer”, admitió el egresado y profesor de la Escuela de Letras de la UCV a la periodista Cristina Raffalli en el libro Nuevo país de las letras.

Hijo de un cardiólogo y una siquiatra forense, Rodrigo Blanco es fanático del futbol y de los Tiburones de La Guaira, y su obra con frecuencia es atracada a mano armada por la violencia urbana inhalada en Caracas e influencias como Piglia, Massiani, Bolaño o Borges.

—¿Qué es un intelectual? ¿Te consideras uno?
—Cuando uno ve que, de un lado, hay gente que cree que Laureano Márquez es un intelectual o que, del otro lado, el Ché Guevara era un intelectual, por ponerte dos ejemplos extremos y hasta anacrónicos, uno se da cuenta que ya la categoría perdió sus contornos, si es que en algún momento los tuvo. De modo que no, no me considero un intelectual.

—¿La revolución que ha habido en Venezuela desde 1999 ha sido en contra del intelecto?
—El chavismo, entendido como movimiento revolucionario, fue primero una revolución antiestética. Una revolución contra la belleza y el cuidado de las formas. A partir de ese principio rector, vinieron los otros procesos de demolición. Más que antiintelectual, el chavismo ha sido un proceso anticultural, que no hay que confundir con lo contracultural, que requiere cierta inteligencia y refinamiento de los sentidos. Nos han tocado tiempos heroicos. Y como bien lo dijo Rafael López-Pedraza, el héroe es incapaz de crear riqueza y cultura. Esta revolución anticultural ha sido premeditada y llevada a cabo con método y constancia. Pero está movida por fuerzas más poderosas que la razón: el resentimiento, la envidia y los complejos.

—¿Un episodio concreto de la historia reciente en que se materializara esa revolución anticultural?
—Siempre recordaré el día en que, al pasar por el Celarg, vi que habían instalado un Mercal en la sala de usos múltiples. Al fondo, un grupo estaba haciendo una parrilla. Ese uso que se le estaba dando a la casa de Rómulo Gallegos expresaba bastante bien el cambio que se estaba dando en el país y las profanaciones posteriores que vendrían.

—¿Hubo algún momento en que te sintieras espiritualmente expulsado de Venezuela?
—Sí. Cuando vi el modo en que Capriles reaccionó en su última derrota ante Chávez. Creo que a partir de ese día dejé de tener interés en estar en primera fila para ver cómo se terminaba la película del chavismo. Quizás porque entendí que no se iba a terminar. O que faltaba mucho para que se terminara.

—Además de un acto creativo, escribir es una rutina física que requiere tiempo, privacidad, etc. ¿En algún momento sentiste afectada esa rutina en Venezuela?
—Creo pertenecer a una generación de escritores que hizo sus primeros libros en medio de un contexto difícil, sin ningún estímulo y más bien con todos los obstáculos posibles. Quizás por eso siempre he concebido la escritura como algo que se hace a contracorriente del barullo cotidiano. Sin embargo, llegó un momento en que los momentos de no escritura, que son la mayor parte del tiempo, se hicieron asfixiantes. Perdí el entusiasmo por ir a dar clases en la UCV y en ese momento decidí que debía cortar y cambiar de ambiente. La Escuela de Letras es uno de mis grandes afectos y no podía permitir que eso se envileciera.

—¿Llegaste a cuestionar en Venezuela si tu arte era patrióticamente útil? ¿Escribes para los ricos?
—Nunca me he propuesto la creación en términos de utilidad para la sociedad. Tampoco como un vino exquisito que sólo algunos cuantos conocedores pueden de verdad disfrutar. Es algo mucho más complejo, íntimo y difícil de explicar. Lo que sí he tenido claro es que lo escribo no busca eso que se llama el gran público. Pero ello no implica que se pueda delimitar ninguna clase privilegiada.

—¿Cómo es hoy tu relación con Venezuela?
—Detesto esas comparaciones donde Caracas o Venezuela es siempre una mujer golpeada y masoquista. Venezuela es un espacio y la condición de ese espacio está determinado por su gente. En esa interacción se cifran los afectos y los rechazos. Mi relación con el país va del amor absoluto a cierta tristeza. Mi odio se dirige, más bien, hacia ciertas personas, o grupos o actitudes que siento que hacen mucho daño.

—¿Qué aporte haces a Venezuela desde Francia, si acaso tienes esa aspiración?
—Antes de irme, dejé con Luis Yslas constituida y operativa la editorial Madera Fina. Es mi vínculo concreto con el país y por donde canalizo mi aporte a la cultura venezolana todos los días. Lo que pueda tener o no de aporte lo que yo escribo no puedo ni me toca señalarlo.

—¿A qué puede aspirar hoy un escritor en Venezuela?
—A seguir escribiendo y a no venderse al gobierno. Y a no envilecerse en la resistencia.

—¿Algún producto artístico ha plasmado lo ocurrido en Venezuela desde 1999 o es un libro por escribir?
—Creo que la obra secreta de Miguel Von Dangel es la mejor síntesis del desastre que nos ha ocurrido y la anticipación de lo que vendrá.

—¿Se sigue leyendo en Venezuela?
—Sí. Con una persistencia que nadie termina muy bien de comprender, en Venezuela se siguen editando libros y se sigue leyendo. Hace poco estuve de visita en Caracas y me sorprendió y me conmovió ver la cantidad de libros de poesía que se están editando en estos momentos.

Esta entrevista pertenece a una serie de jóvenes intelectuales venezolanos. Para leer las entrevistas a Guillermo Aveledo Coll, Daniel Esparza y Anabella Abadi haga click sobre sus nombres.

Rodrigo Blanco nació en Caracas en 1981. Es escritor y licenciado en Letras y ejerció como profesor en la UCV. Integrante del proyecto Bogotá 39. Ha publicado una novela, Thenight (2016), y tres libros de relatos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007) y Las rayas (2011). Ganador del concurso de cuentos de El Nacional con Los golpes de la vida en 2006. Fundador de la editorial Madera Fina. Elabora una tesis sobre la obra de Juan Carlos Méndez Guédez en la universidad de La Sorbona de París, donde está residenciado.

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