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Sanciones de EEUU ponen a Maduro en el mismo punto de Noriega en Panamá

VENEZUELA-CRISIS-MADURO
15/08/2019
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FOTOGRAFÍA: AFP

Las sanciones aplicadas por EEUU en contra de figuras del entorno de Nicolás Maduro y al gobierno, dieron al régimen la excusa para abandonar la mesa de diálogo en Barbados. La estrategia de ganar tiempo y alargar “por muchos años” las negociaciones no pudo continuar por el nivel que han alcanzado las medidas que colocan el conflicto a un punto de no retorno en el que se abriría una salida de fuerza.

A pesar de que el enviado especial de Estados Unidos para Venezuela y quien fuera uno de los más importantes asesores en el caso de la salida del general Manuel Noriega de Panamá, Elliott Abrams, ha sostenido que “la opción militar para Venezuela no es la política actual de Estados Unidos” las recientes sanciones económicas abren el camino a otro nivel del conflicto en el que la salida de fuerza podría abrirse como una opción.

Abrams había advertido que “el diálogo no durará mucho si no hay progreso”. Y el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, precisó que “por primera vez en tres décadas, EEUU sanciona a un supuesto gobierno en nuestro hemisferio congelando sus activos. Nuestro compromiso con la gente de Venezuela en su lucha por la libertad sigue inquebrantable.”

Con esas medidas se le expide a Venezuela una suerte de certificado de país manejado por una dictadura de los niveles que ocupó el régimen de Manuel Antonio Noriega en Panamá, con sanciones y métodos persuasivos semejantes a los aplicados en aquella década; desde 1983 hasta su captura en 1989 cuando se produjo la invasión militar que secuestró al dictador para llevarlo a prisión.

En aquella oportunidad se produjeron varios intentos de negociación directa en las que se le ofrecía una salida a un tercer país y el levantamiento del proceso por narcotráfico que cursaba en su contra en tribunales estadounidenses, dada su alianza con el cartel de Medellín.

Venezuela acompaña ahora a países como Irán, Corea del Norte, Cuba y Siria, entre otros a los que se aísla de la economía mundial y que deben su supervivencia a sus alianzas con países enfrentados a las democracias occidentales, liderados por China y Rusia; y a los negocios que se manejan a través del crimen organizado con operaciones petroleras y ahora con mayor fuerza, la venta del oro de Guayana, que le permiten al régimen mantener sus operaciones y a la élite política, militar y empresarial que sostiene a Maduro en el poder.

La intensidad que han alcanzado las sanciones individuales y económicas al régimen de Maduro que lo colocan en este “club de los dictadores” marca el comienzo del fin de una etapa de negociaciones que luego de tres sesiones no arrojaron ningún acercamiento a una vía que desemboque en un proceso electoral libre con todas las garantías y sin Nicolás Maduro al frente del Gobierno.

Un diálogo eterno

Durante las semanas de encuentros auspiciados por el gobierno de Noruega, el régimen madurista no dio señal o pista que apuntase hacia unas elecciones presidenciales con un nuevo CNE y supervisión internacional y mucho menos sin Maduro en el poder.

Por el contrario Diosdado Cabello, el segundo hombre en el mando, con gran influencia en el ejército y en los cuerpos de seguridad del Estado, y quien preside la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, venía asegurando que no habrá elecciones presidenciales y que en 2021 se realizarán solo elecciones Parlamentarias. Esa estrategia se desarrollaría sin tomar en cuenta los resultados en las conversaciones de Barbados, en las que el sector de Maduro ya descartaba hacer algún tipo de concesión.

De esa manera, el régimen aspira a eliminar el único poder legítimo que queda en Venezuela que es la Asamblea Nacional que en la actualidad tiene mayoría opositora y es el organismo reconocido por la comunidad democrática internacional. Con ello se pretende neutralizar la legitimidad de su presidente, Juan Guaidó.

En paralelo, el madurismo había desatado una campaña para dividir a la oposición venezolana, alentando que ya se había llegado a un acuerdo electoral junto a una guerra sucia en redes sociales contra dirigentes opositores sobre presuntos arreglos tras bastidores.

Pasada esa etapa, el propio Nicolás Maduro declaró que los diálogos en Barbados podrían extenderse durante años; dando a entender que no habría cerca ningún tipo de acuerdo; lo cual agudizó la pelea interna entre opositores, aumentando el desaliento y el cuestionamiento a Guaidó y al diálogo.

Aunque Estados Unidos no participaba directamente en la mesa de diálogo es evidente que es el más importante actor en el desenlace que ocurra en esa instancia de negociación. Sus voceros daban pocas esperanzas de que se accediera a un acuerdo aceptable en el que se produjeran elecciones libres sin Maduro en el Poder. Y también habían advertido: “mientras Maduro esté en el poder no cesarán las sanciones”.

Abrams, en entrevista concedida a dos periodistas del Instituto Empresarial Americano (AEI) sostuvo que el régimen de Maduro abusó de las dos primeras rondas simplemente para ganar tiempo y tratar de dividir a la oposición. Advertía que “las conversaciones podrían colapsar hoy, esta semana, la próxima semana. Podrían colapsar fácilmente si el régimen no ofrece nada u ofrece opciones fraudulentas”; lo cual en efecto, ocurrió.

Abrams explicó que en conversaciones con funcionarios de la Unión Europea, quienes aspiraban a unas elecciones, aún con Maduro en la presidencia, argumentaban que: “Inundaremos la zona con observadores electorales”. Para el enviado especial de Estados Unidos para Venezuela esa era una posición muy ingenua ya que lo que sucedería es que “supongamos que son honestos. Así que tienes una elección dentro de un año y medio a partir de ahora, en enero de 2021. Y, por supuesto, ellos intentan robársela y los observadores electorales dicen: «¡Oh, estas no fueron elecciones justas!» Eso es exactamente lo que sucedió en mayo [de 2018]. Hubo observadores y Maduro se robó las elecciones, ¿y qué? Él todavía está sentado allí. Este es un plan realmente malo y lo hemos dejado claro: no levantaremos nuestras sanciones mientras Nicolás Maduro esté en el poder. En cierto sentido, no nos importa qué trato se haga. Si Nicolás Maduro está en el poder, no vamos a levantar nuestras sanciones.”

Abrams describe el escenario señalando: “Maduro está allí, está sentado en el palacio presidencial. Tiene el Ejército, la Guardia Nacional, la inteligencia militar, la inteligencia civil. Tiene 2.500 cubanos, tiene estos llamados colectivos armados, que son pandillas. ¿Vas a tener una elección libre? ¡Esto es ridículo! Si usted es un venezolano promedio, está sentado en su casa y llega la noticia: «Se llegó a un acuerdo y Nicolás Maduro se quedará como presidente pero hará elecciones libres». ¡Te ríes! Porque sabes que no van a ser libres. ¿Piensas que vas a creer en una votación secreta? Este es un trato realmente malo. Un compromiso realmente malo. Y estamos diciendo eso a la Unión Europea y a los venezolanos: no caigan en eso porque él [Maduro] permanecerá en el poder y no habrá elecciones libres.”

La salida militar

Cuando se habla de salida militar no es un solo factor el que determina tal decisión. Durante los primeros años del régimen del dictador Manuel Antonio Noriega, Estados Unidos aplicó severas medidas económicas, manejó distintos escenarios y en ellos el presidente, los asesores, el poder militar y el Congreso estaban involucrados. Ronald Reagan no estaba dispuesto en esa etapa a ir a la guerra por Panamá.

Se estimaba que las severas sanciones elevarían el nivel de protestas en las calles y pondrían a Noriega en la disposición de abandonar el poder para darle paso a un gobierno de transición que encaminaría al país a un proceso democrático. Collin Powell, quien para el momento era secretario de Seguridad escribió en sus memorias que Reagan jamás consideró una invasión y a Powell tampoco le gustaba la idea. La operación era demasiado riesgosa y las posibilidades de encontrar a Noriega eran escasas.

Las sanciones y el proceso por narcotráfico que se llevaba adelante en los tribunales estadounidenses debilitaron la dura postura de Noriega y a casi 2 años de la invasión, a comienzos de 1988, Noriega aceptó negociar con EEUU y dos representantes de Washington viajaron a Panamá. Entre sus exigencias estaba que no habría venganzas, los jefes de la policía conservarían sus cargos durante 5 años y se conformaría un gobierno de reconciliación. A Noriega se le otorgaba una salida a un tercer país. Las peticiones fueron aceptadas por Reagan y se firmó el acuerdo en mayo de 1988. Pero unos días después Noriega desistió del acuerdo.

A partir de allí la amenaza militar de Reagan se hizo más contundente y de inmediato se estableció una nueva mesa de negociaciones. De nuevo el equipo de Reagan se reunió con los abogados de Noriega y firmaron un segundo acuerdo en el que se incluía el retiro de los cargos por narcotráfico. Su salida debía concretarse para el mes de agosto de 1988. Pero este acuerdo también fue retirado por Noriega cerrando así las posibilidades de una nueva negociación. Un punto de la crisis muy parecido al que viven hoy el gobierno de Maduro y los venezolanos.

Análisis posteriores de los hechos de Panamá indican que las presiones internas de los militares y subordinados de Noriega se opusieron al acuerdo, al pensar que su salida los dejaría expuestos a procesos judiciales internacionales y venganzas. Otros aspecto que jugarían serían los compromisos económicos con las mafias y los carteles colombianos y mexicanos cuyos recursos sostenían el poder de Noriega, a pesar de las sanciones. En ese dilema, Noriega pensaría que la amenaza militar era solo una estrategia de presión.

Sería el 20 de diciembre de 1989 que finalmente, durante la presidencia de George Bush, Estados Unidos toma la decisión de llevar adelante la invasión a Panamá denominada “Operación Causa Justa” para capturar a Noriega. Se necesitó la intervención de 26 mil soldados y 45 días de ocupación para poder llevarse a Noriega ante los tribunales estadounidenses donde fue condenado a 40 años de prisión. La acción militar fue condenada por la ONU y la OEA.

Uso de la fuerza en Venezuela

En este momento los venezolanos estamos viviendo la etapa del recrudecimiento de las sanciones que al compararse con la experiencia panameña podríamos decir que se vive una etapa similar en la que las negociaciones ya no son factibles.

Abrams, en su entrevista para el Instituto Empresarial Americano (AEI), publicada antes de la salida del sector de Maduro de las negociaciones, aclaraba que la política de Estados Unidos en esta etapa era “fundamentalmente apoyar a Guaidó y apoyar a la oposición demócrata. Apoyo a la Asamblea Nacional, la última institución democrática del país. Esa es, si se quiere, una estrategia de abajo hacia arriba: apoyar el movimiento democrático en Venezuela. Pero lo estamos haciendo pacíficamente, no lo estamos haciendo a través de las armas. ¿Por qué? Una razón es que la mayoría de ellos no quieren que lo hagamos. Lo último que Venezuela realmente necesitaría es mucho más derramamiento de sangre”.

“En segundo lugar, si nos fijamos en la coalición que tenemos de 55 países que apoyan a Juan Guaidó, destruiremos esa coalición si seguimos vociferando sobre la intervención militar que los latinoamericanos no quieren y que los europeos no quieren. Es posible que pueda encontrar dos o tres países que dicen en privado: «Sí, se debería invadir Venezuela», no encontrará mucho más que eso. No creo que sea una política inteligente. Ahora, constantemente le digo a la gente: si le hubieras dicho a George H. W. Bush en 1988 cuando era vicepresidente: “Vas a invadir Panamá en un año o dos”, habría dicho: «¡Estás loco!».

Esta reflexión del enviado especial de Estados Unidos para Venezuela deja un margen de incertidumbre y de opciones que podrían producirse en los próximos meses y la experiencia de Panamá aporta variables que indican que las sanciones por sí solas no provocaron aquel desenlace; pero sí crearon las condiciones para que un escenario, como la invasión militar, al que nadie apostaba, se produjera.

Los sucesos del pasado 30 de abril, en los que se puso de manifiesto que figuras cercanas a Maduro negociaban con Estados Unidos para buscar una salida, radicalizaron las posturas del régimen. Cambiaron a los jefes de inteligencia y al Alto Mando Militar, se profundizaron las detenciones de militares y dirigentes opositores, se incrementó la represión, y abandonaron la mesa de negociaciones.

Estados Unidos y los países aliados hacen su parte con estas medidas económicas que se alinean con las sanciones al entorno íntimo de Nicolás Maduro y la acusación por narcotráfico a Tareck El Aissami, vicepresidente del área económica y ministro para Industrias y Producción.

Pero, según han reconocido tanto Abrams como John Bolton, secretario de seguridad, Estados Unidos mantiene contacto con altos jefes políticos y militares del régimen de Maduro que siguen negociando una salida. De allí la fuerte represión en esos componentes y el profundo espionaje en sus filas que han sido denunciado por prisioneros y familiares.

Las razones que motivan a Estados Unidos a actuar las refleja Abrams indicando en su entrevista al Instituto Empresarial Americano (AEI) que Venezuela: “está desestabilizando a toda la región, cuando tienes un flujo de refugiados que ahora es de cuatro millones rumbo a cinco millones y si no pasa nada en Venezuela serán seis, serán siete. Puede desestabilizar a todos los países de la región, luego ir al norte hacia las islas y, finalmente, hacia los Estados Unidos. Estamos hablando de un flujo masivo de refugiados que tiene que ser motivo de preocupación para nosotros”.

“En segundo lugar, estamos hablando de los cubanos, los rusos, los chinos, que sabemos han tenido a Cuba durante mucho tiempo; pero en realidad no han tenido nada en América del Sur. Ahora se encuentran miles y miles de agentes de inteligencia cubanos en Venezuela. Encuentras a Maduro in extremis ahora acercándose a Irán”.

“Desde el punto de vista de la seguridad nacional, este no es un asunto trivial. No quiero exagerar, pero es algo de lo que obviamente debemos preocuparnos”, concluye el emisario que hoy se ocupa del caso de Venezuela.