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Suprema irresponsabilidad

maduro0987
17/09/2019
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FOTOGRAFÍA: EFE

Después de dañar gravemente la economía y deshacer la institucionalidad, el grupito aferrado al poder busca batir su propia marca de irresponsabilidad creyendo que se salva jugando a la guerra.

Que el fascismo fue, en el principio, el reino de las palabras, nos dice en su lucido estudio sobre el discurso mussoliniano el ensayista italiano David Bidussa. Palabras que más que dichas, gritadas desde el poder fueron capaces de desencadenar acontecimientos trágicos, porque nunca concibió la política como administración o buena gestión, sino “como proclamación, como agitación”. Nuestros revolucionarios hablan y hablan. Jamás escuchan porque no dialogan. Su dificultad para hacerlo deriva de que su discurso, aquel que unifica y moviliza a los suyos, ajeno al pluralismo, no reconoce la legitimidad de los otros. Esa contradicción es el principal problema a la hora de negociar con ellos, siempre les costará explicar en público cualquier concesión hecha en privado, porque “Venezuela cambió para siempre” es un absoluto que desconoce la realidad naturalmente cambiante.

Ese conflicto con la realidad, aparentemente insuperable, por la confusión que generan la superstición ideológica y la desbocada lujuria por el poder, se ha traducido en la profunda crisis social, económica y política que sus políticas insensatas, experimentalmente comprobadas como fracasos, han generado y parece estar en camino de meterse en la calle ciega de la que puede ser su máxima irresponsabilidad. La de dejar a este país metido en una guerra e incluso acabar provocando una intervención extranjera.

En el entendido de que no se producirá pero creyendo que de sus palabras pueden obtener réditos políticos, los corifeos rojos gozan hablando de la guerra. Brindan refugio a los que renuncian a la paz que Colombia tanto anhela y a los que siguen apostando a las armas con un mal disimulado interés en sórdidos negocios. Denuncian amenazas externas que al mismo tiempo provocan con desplantes. Desafían a la primera superpotencia militar del planeta, convencidos de que nunca vendrán y alimentan los supuestos, sean nexos delictivos, geopolíticos o estratégicos que sustentan la argumentación de los halcones. Los cálculos basados en la política electoral estadounidense, aparte de ofrecer un paisaje limitado, porque olvida la región y sus riesgos, ignora las propias complejidades del proceso político en la democracia norteña.

Comparado con las consecuencias que esta irresponsabilidad puede traer, cargarse la Constitución, disolver el bolívar, producir una hiperinflación a nivel histórico planetario, desbaratar Pdvsa y empujar a la emigración a cinco millones de personas, pueden resultar menores. Los efectos en nuestra sociedad y también nuestra fuerza armada pueden ser devastadores. Es la irresponsabilidad suprema.