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Tomás Straka: “Hay que entender esta bomba para desactivarla”

Tomás Strakka
12/03/2017
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FOTO: ANDREA HERNÁNDEZ/ARCHIVO

En estos días se estrena Anthropoid, la inclemente película que reconstruye los hechos que derivaron en la masacre nazi del pueblo checo de Lídice en 1942 y, por extensión, en el cambio de nombre de un barrio del noroeste de Caracas. El historiador Tomás Straka viene del otro tipo de intolerancia: por parte paterna, desciende de alemanes expulsados de la desaparecida Checoslovaquia como represalia por el nazismo.

“En este momento, por motivos casi terapéuticos, estoy leyendo Después del Reich¸ de Giles McDonogh, sobre cómo se repusieron los alemanes luego de la Segunda Guerra Mundial. No sólo tiene que ver con mi historia familiar: para cualquier venezolano, puede ser de interés estudiar un desastre y cómo se sale de un desastre. Es como el relato del padre Arrupe, el jesuita que observó la explosión de Hiroshima: ¿cómo se sobrevive a una bomba atómica? Ese es el tipo de libros que deberíamos estar leyendo”, lanza su granada.

Por la rama materna le fluye sangre de Barlovento, El Callao y Trinidad y Tobago. La mezcla genética extrema de este hombre descomunal, que te hace sentir como Mowgli al lado del oso Baloo, sirve de pretexto para que se convierta en uno de los pocos historiadores con los que te puedes sentar a hablar de la belleza de las venezolanas. “Los testimonios sobre mujeres bonitas son una constante de todos los viajeros que llegan a Venezuela ya desde el siglo XVII, lo que sugiere que no todo es producto del mestizaje, aunque éste hizo que fuera una belleza más variada”.

Divorciado y sin hijos, es individuo de número de la Academia Nacional de Historia y director de su archivo desde 2016 . La conversación ocurre en el Palacio de las Academias, que hasta que el gobierno decida otra cosa (ha andado bien ocupado en otras), es una institución del Estado que en ocasiones presta asesoría al Ministerio de Educación. Debería llamarse el Palacio de los Desoídos.

Straka (Caracas, 1972), por tanto, es un extraño caso de empleado público. Se une a la serie sobre el joven intelecto acorralado en Venezuela.

—¿Se considera usted un intelectual?

—Trabajo con las ideas, sin duda. Trato de participar en la opinión pública, no voy a decir que no, y lo hago de distintas maneras. Pero hay un elemento fundamental en esta ecuación: no me corresponde a mí decirlo. Que yo trate de participar es una cosa, pero que influya en la opinión pública es otra. Como todo estatus social, no se lo autoimpone uno. El intelectual es un intermediario entre el conocimiento y las mayorías. Cada vez hay menos personajes como estos. El lugar del intelectual es la prensa, que como se ha demostrado, cada vez tiene menos influencia. Para lo bueno y lo malo, la gente desarrolla hoy su propia opinión en Internet y redes sociales sin necesidad de entender primero lo que dice un Arturo Uslar Pietri, un Mariano Picón Salas o un Arístides Rojas. Los ciudadanos son más libres para escoger. No es que yo, montado en un púlpito, les voy a decir que los tiros van por tal lado: de inmediato van a googlear para ver si eso es así. Pero eventualmente las redes sociales también pueden fortalecer actitudes sectarias.

—¿De que están viviendo los historiadores?

—Los historiadores están tan mal como están todos los académicos. Bueno, tan mal como todos los venezolanos. En general vivimos como profesores universitarios, y en alguna proporción, como docentes de liceos o miembros de departamentos de investigación en bibliotecas o centros culturales. Sufrimos todas las limitaciones que puedan suponerse, empezando porque la Academia Nacional de la Historia dispone del mismo presupuesto reconducido desde hace años. Por otra parte, nunca la historia ha sido tan atendida y tan escrutada como el día de hoy. Dentro de lo sombrío, han aparecido también algunas oportunidades.

—El reposo que exige la historia no se la lleva bien con la histeria. ¿Cómo lleva que la gente le busque para predecir el futuro o proyectar sus frustraciones? ¿Por ejemplo, que usted les confirme que Maduro es el peor presidente de la historia?

—Con alguna angustia. Temo que cualquier cosa que diga sea interpretada en una dimensión distinta de lo que realmente merece, lo que puede conducir a desilusiones. Hay una rama de la historia, la prospectiva, que consiste en identificar algunas tendencias para tratar de prever hacia donde pueden ir los acontecimientos. La gente siente que, al uno tener esta herramienta, puede convertirse en un pronosticador. Es un terreno competido: están los astrólogos, los pitonisos y los Reinaldo Dos Santos. No es exactamente nuestro espacio. El objetivo de la historia no es profetizar el futuro, sino comprender la realidad en que estamos, y sobre esa comprensión, tomar decisiones.

“¿Por qué la gente se interesa tanto por la historia? Porque está angustiada. Necesita alguien que le dé una palabra de aliento. Que las conclusiones que uno les diga sean las que ellos esperan. No siempre se puede satisfacer esa demanda. En Venezuela al que teníamos que preguntar era a Walter Mercado, el único que dijo que Chávez se iba a morir. Los historiadores podemos, a lo sumo, ofrecer algunas tendencias”.

—Pero admita que Venezuela es un país que descoloca incluso hasta a los mejores historiadores. Ya vamos para 18 años escuchando que no hay mal que dure cien ídem.

—La primera limitante importante de los pronósticos a las prospectivas históricas es lo imponderable. Lo imponderable ocurre en cualquier nación, más si esa nación vive del petróleo. El petróleo, de hecho, fue un absoluto imponderable para los venezolanos. Otra limitante es la libertad de los hombres. Somos menos libres de lo que quisiéramos, pero más libres de lo que pensamos. Constantemente podemos tomar decisiones que pueden conducir a caminos completamente distintos. ¿Que si Venezuela es un país excepcional? No debe ser fortuito que la categoría de realismo mágico la creó Uslar Pietri para Venezuela. Es como la frase que usa el chavismo: lo extraordinario se hace cotidiano. En efecto, es extraordinario que la gente no consiga azúcar o papel higiénico.

“Durante el siglo XX también aconteció con frecuencia lo extraordinario. El petróleo generó dinámicas que propiciaron cambios rápidos y radicales, para elevarnos o para hundirnos. Por supuesto, el petróleo no tiene culpa de nada. Es lo que la gente hace con él. La mayor prueba de esto es que hasta los años setenta del siglo XX desarrollamos uno de los estándares de bienestar más altos de Latinoamérica, y luego del boom petrolero de principios del siglo XXI, ahora estamos en la cola”.

—Usted pertenece a la Academia Nacional de la Historia, un organismo público que se ha pronunciado contra las políticas oficiales. ¿Por qué no se escucha a los que se supone que saben?

—Porque este es un Estado refractario para todo aquello que no se alinee con sus intereses. Que esto sea así es un accidente, no el deber ser. Habla de un déficit de democracia, tolerancia y amplitud.

—¿Pero el gobierno actúa de buena fe o con un plan premeditado para barrer el conocimiento?

—La buena fe se presupone, aunque uno puede tener sospechas. Es el resultado de una perspectiva ideológica totalitaria. Todos los órdenes del Estado tienen que estar alineados en una misma opinión. El que no comparta esa opinión oficial es un hereje al que no hay que hacerle caso.

—¿Qué nota en sus alumnos de la UCAB, además del deseo de irse?

—Son muchachos que pudieran hacer suyo aquel poema de Andrés Eloy Blanco: Nací en una revuelta, viví una revolución. Es una generación muy parecida, en esa dimensión, a la de finales del siglo XIX y principios del XX. Sin duda vienen de un sistema educativo que cada día funciona peor, pero son mucho más inquietos y preocupados que hace 20 años. Se las han ingeniado para sobrevivir. Puede sonar contradictorio. La gente quiere que en la historia uno dé sentencias definitivas y absolutas, y los humanos pocas veces lo somos. A lo mejor la Madre Teresa de Calcuta siempre fue buena y Hitler siempre malo, pero entre ellos dos, los demás tenemos un poquito de cada cosa. Mis alumnos tienen más talento de lo que uno se imagina, aunque con dificultades para expresarlo. Por supuesto, están los que se quieren ir, pero no necesariamente como una huida, sino dentro de un proyecto. De los que se quieren quedar, sorprende la cantidad de vocaciones para asumir responsabilidades políticas. Lo que explica que Maduro siga donde está: hubo una generación a la que se le fue el autobús y ahora viene esta otra generación con inquietudes políticas, pero que no ha tenido todavía oportunidad de montarse.

“Por supuesto, hablo de universitarios. El mototaxista, las madres adolescentes, los emprendedores por su cuenta y los que se meten en una banda delictiva también son jóvenes. En general honestos, y otros no tanto, pero le agarraron la caída a algo. El que proyecte el futuro venezolano también debe tomarlos en cuenta”.

—¿Qué giro de la historia reciente le parece digno de estudio?

—Hay que tener mucho cuidado con los años setenta. El proyecto que venía ejecutándose con relativo éxito hasta entonces, cuando tenía todas las condiciones para despegar, adquiere otra velocidad y parece extraviarse. Si uno agarra Doña Bárbara hoy, se parece más al país en que vivimos que si uno hubiera leído la novela en los años noventa. Eso significa que hay cosas que no cambiaron tanto como pensábamos, o que el cambio era superficial. Uno se pregunta: ¿en qué momentos nos volvimos esto que somos hoy? ¿Cuándo aparece esta clase política que nos gobierna? Entender en qué momento se dio este giro es un reto que los venezolanos tenemos que enfrentar. Hay que entender cómo es esta bomba para desactivarla, o para que nuestro próximo proyecto nacional no se convierta en otra bomba.

—Importante en 2017: ¿Ezequiel Zamora, bandolero o precursor de las causas sociales?

—Un líder muy popular, que expresó el descontento social e izó banderas reivindicativas, al menos en sus lemas.  No fue un pensador o un teórico.  Un militar estupendo, sin duda. Un hombre que sabía concitar emoción en las mayorías, sin duda.  ¿Cuál era su plan último? Una bala en San Carlos nos impidió saberlo.  ¿Violento? Como todos los de su estirpe.  Quienes lo siguieron incendiaron pueblos y saquearon, y él no les puso remedio al principio.  Un bandolero no fue.  Se trató de un caudillo de su época, con todo lo que eso implica.

—Usted escribió La voz de los vencidos, sobre el pensamiento realista. ¿Se imagina escribiendo en 20 años un libro similar sobre los chavistas?

—No creo. Para que fuera similar, deberían haber sido borrados de la historiografía, como se hizo con los realistas venezolanos. Y no creo que eso ocurra.  Al contrario, me parece que se escribirá mucho de ellos. Las explicaciones de demasiados problemas que viviremos por generaciones van a conducir a sus ideas y ejecutorias.

Tomás Hellmuth Straka Medina (Caracas, 1972) es profesor de Ciencias Sociales egresado de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, doctor en Historia por la UCAB y magíster en Historia por la UCV. Desde 2016, individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia. Ha publicado, entre otros, los libros La voz de los vencidos: ideas del partido realista de Caracas (2000), Hechos y gente: historia contemporánea de Venezuela (2001), La épica del desencanto: bolivarianismo, historiografía y política en Venezuela (2009) y La república fragmentada: claves para comprender a Venezuela (2015).

Esta entrevista pertenece a una serie sobre jóvenes intelectuales venezolanos. Para leer las entrevistas a Guillermo Aveledo Coll, Daniel Esparza, Anabella Abadi, Rodrigo Blanco, Emilia Díaz-Struck, Erik del Búfalo Daniela Ortega deben pulsar sobre sus nombres

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