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Utopía y distopía, en esta parcela

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18/05/2017
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FOTOGRAFÍA: AP | ARCHIVO

Cuando escuchamos la palabra utopía, inmediatamente la asociamos con algo demasiado ideal, inclusive peligrosamente ideal como para ser realizable en este mundo, no solo imperfecto, sino difícilmente perfectible. También se asocia con el autor de la obra “utopía” (1516), Thomas More, mejor conocido como Tomás Moro, político y humanista inglés que vivió entre 1478 a 1535.

Al término de utopía lo acompaña su antónimo, la distopía o cacotopía, que equivale a una utopía negativa, donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal, representando una sociedad hipotética, muchas veces real, pero ciertamente indeseable.

Ambos términos, utopía y distopía, han colmado obras literarias, películas, ciencia ficción, ideologías, pero sobre todo realidades, especialmente en el caso de la distopía o anti utopía, porque la misma, también paradójicamente, abarca y absorbe casi en su totalidad el contenido utópico.

Cada vez que un individuo o un grupo de individuos plantea una sociedad ideal o utópica en la cual en su construcción media la destrucción de libertades, la infelicidad y la miseria, entre otros males, se construye una distopía.

En este mundo, cada quien puede tener su noción de una sociedad utópica o distópica, pero cuando la noción utópica es impuesta al resto de la sociedad, sin que medie ningún tipo de consenso, el ideal va perdiendo fuerza y comienza a transformarse en forma casi inmediata en una distopía.

Entonces, si las utopías son prácticamente irrealizables, cada vez que se escuche a alguien decir que la isla de utopía, como la visualizara Moro, es realizable en este mundo, el sufrimiento estará esperando a la vuelta de la esquina, porque si hay algo cierto, es que a pesar que el mundo es casi un milagro maravilloso, sea producto de un creador o no, no está exento de muchos seres poco evolucionados, con todo y la pedancia de decirlo, que están enfocados solamente en reafirmar el infierno, y no en ayudar a sus congéneres a salir de él.

¿Debemos renunciar a construir un mundo mejor? Nunca. Pero, tampoco debemos imponer nuestra particular utopía a los demás, porque la construcción de una sociedad mejor no está dentro del rango de los mundos pensables, sino posibles.

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