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Venezolanos en Chile

Venezolanos en Chile
09/07/2019
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FOTOGRAFÍA: AFP - REFERENCIA

Acabo de estar en Chile atendiendo una invitación de un grupo de ex alumnas de la Universidad Católica de Temuco a dar una charla. Aproveché el viaje para conocer la Isla de Pascua, un deseo desde que era una niña, e ir a ver el eclipse total de sol con mi hija Irene.

Yo había estado en Chile hace cuatro años. En aquella oportunidad no me encontré a ningún venezolano. Ésta, sin embargo, fue muy distinta. Encontré venezolanos por todas partes, la mayoría jóvenes y profesionales, todos trabajando, todos bien, pero todos con mucha nostalgia.

El primero trabajaba en el comedor del hotel de Santiago al que llegué. En Venezuela trabajaba como administrador de empresas –su carrera- y ganaba tres veces el sueldo mínimo. En Chile –como mesonero- gana para vivir bien allá y ayudar a sus padres aquí. Me dijo que le hacía falta Venezuela, pero que no tuvo alternativas. Que se quedó aquí hasta que no pudo más y que si se arrepiente de algo, es de no haberse ido antes.

En la tarde salimos con mi amiga Arianna Martínez, que había acompañado a Juan Pablo Guanipa a una de las zonas donde están represados inmigrantes venezolanos, que ahora necesitan visa para entrar en Chile. Estaba desolada por lo que había visto. Tragedia tras tragedia. Personas que habían llegado a pie. Personas que dejaron todo atrás con tal de iniciar una vida nueva.

En Rapa Nui, el nombre originario de la Isla de Pascua, viven veinticinco venezolanos. ¡Veinticinco venezolanos en una isla en el medio del Océano Pacífico! Conocimos a tres de ellos durante los cinco días que pasamos allá. Uno es dueño de un restaurante y le va bien. Otro trabaja en una heladería preparando los helados más deliciosos. Dice que volverá cuando las cosas cambien. Igual nos dijo una joven de tan solo veintidós años, que está allá con su mamá y hermanito. Ella también trabaja en una heladería.

En La Serena llegamos a una posada donde los tres encargados son zulianos. Atentos, trabajadores, nos hablaron con dolor de lo castigado que está su estado por el régimen chavo madurista. Las noticias que les llegan son cada día más desalentadoras. No saben si van a regresar. La primera noche cenamos en un restaurante donde dos de los que nos atendieron eran venezolanos. Un muchacho encantador y una joven llena de vida y esperanzas. Ellos también esperan que “las cosas cambien”, pero no aseguran que regresen. Allá están muy bien.

Al día siguiente nos adentramos en el Valle del Elqui hacia Vicuña, un pequeño pueblo donde nació Gabriela Mistral. En el restaurante donde almorzamos nos atendió un venezolano. Luego conocimos a tres venezolanos más que trabajaban en la cocina. Todos jóvenes. Todos con “saudade”. Pero todos con la certeza de que habían hecho lo mejor, irse de Venezuela. ¡Qué dolor escuchar eso!

Caminando por las calles de Vicuña entramos en un negocio de celulares y artículos electrónicos que desplegaba en colores metalizados dos grandes banderas de Venezuela. El dueño era venezolano, igual que la señora que atendía la caja. Él llevaba puesta la camisa y la gorra de los Leones del Caracas. ¡Cuánta nostalgia encerrada en una franela, una gorra y dos banderas!

De regreso a Santiago, el conductor del Uber que nos llevó a nuestro alojamiento también era venezolano. Un ingeniero petroquímico que ahora trabaja como chofer. Su discurso con respecto a Venezuela fue lapidario: “yo no voy a regresar. Aunque pierda mi carrera, no lo voy a hacer. Ni siquiera que cambie la situación, porque aquí he aprendido lo que es civismo. No voy a volver a presenciar cómo continúa la anarquía, el amiguismo, los abusos, las matracas… Si los venezolanos no cambiamos, el país no va a cambiar. Y ese cambio es el que tomará más tiempo y yo no lo voy a ver… No, señora, yo me quedo aquí”. También nos habló de los malandros venezolanos: “no hay muchos, pero hacen ruido. Roban en motos, en pareja, en las zonas más afluentes. Aquí ha llegado de todo y entiendo que el gobierno chileno tiene que averiguar más antes de que miembros de colectivos venezolanos se instalen en Chile a acabar con la paz”.

Pensé en la gran diferencia entre Chile y Venezuela. Básicamente ellos tuvieron influencias tempranas en su vida republicana como la de Andrés Bello, quien fundó la universidad y redactó el código civil. Nosotros, en cambio, pasamos el siglo XIX entre caudillos y montoneras, con más malandros que hombres justos. Por cada Vargas, tuvimos miles de Carujos…

¡Pobre del país del que se van sus jóvenes! Jóvenes que están levantando otros países con su talento y su trabajo que tanto necesitamos aquí. Yo espero que muchos regresen, pero sé que cada día que pase será más difícil, porque una vez instalados y produciendo, ese regreso será pospuesto y tal vez nunca se llegue a dar.

El día del eclipse, un equipo de TV me entrevistó. Aproveché para agradecerle a Chile la acogida que les ha brindado a mis compatriotas. Sé que lo de los inmigrantes represados se resolverá también, y entiendo que hay que hacerlo con orden, porque ningún país está preparado para que entren tantas personas y, además, como me dijo el ingeniero petroquímico devenido en conductor, sin conocer sus antecedentes.

Hace años lo escribí y lo repito: por cada venezolano que se va, hay un pedazo de patria que se muere.