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Venezuela y el Apartheid: la maldad tampoco toca fondo

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22/06/2017
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FOTOGRAFÍA: GUSTAVO VERA | EL ESTÍMULO

Un joven totalmente desnudo es humillado por las fuerzas represivas, pero jamás les agacha la cabeza. Los niños de la calle se incorporan activamente a una lucha contra la opresión que no distingue clases sociales.

El gobierno decreta leyes para prohibir el cierre de vías y el uso de cascos y máscaras antigás en protestas, mientras colectivos con armas de fuego se encargan del trabajo sucio que legalmente no pueden ejecutar los cuerpos de orden público.

Los políticos de oposición son unos traidores blandengues que se encargan de negociar elecciones y ese tipo de ridiculeces mientras la gente en la calle pone los muertos. Luego de 93 días ininterrumpidos de manifestaciones y más de 100 víctimas fatales, el dictador hace sus maletas y huye del país como las ratas, igual que Pérez Jiménez en 1958.

No sé si todavía está en el candelero (aquí todo pasa muy rápido), pero hace poco se habló mucho de Winter on Fire: Ukraine’s Fight for Freedom (“Invierno en fuego: la lucha de Ucrania por la libertad”), un documental de 2015 del director Evgeny Afineevsky disponible en el servicio de streaming Netflix y que relata las protestas de la Plaza Maidan de Kiev a partir del 21 de noviembre de 2013 que condujeron a la salida del presidente pro-ruso Viktor Yanukovich el 22 de febrero de 2014 (casi al mismo tiempo que Leopoldo López se estaba entregando: Ucrania y Venezuela como que tienen mucho de países hermanos).

Aunque aquí no cae nieve ya ni en el Pico Bolívar, cualquiera puede encontrar similitudes entre Winter on Fire y lo que ocurre en Venezuela en los últimos 70 y pico días, por supuesto. En Ucrania la calle siempre se estaba enfriando, por motivos obvios. Lo que nosotros llamamos colectivos allá lo llamaban Titushky, un término vinculado a los deportes de combate que son toda una institución en la esfera de la Europa Oriental. Uno de los políticos de oposición a Yanukovich que son retratados en el documental como poco más que ineptos, por cierto, es el ex campeón mundial peso pesado de boxeo Vitali Klitschko. Hoy es alcalde de Kiev.

Cabe decir que en Winter on Fire sólo se expresa una perspectiva de los acontecimientos de Maidan, lo que es lógico: ningún documental de 90 minutos puede contarlo todo.

Aparte del clima, por supuesto, las diferencias con Venezuela también son notables. El punto de quiebre en Maidan es una masacre con francotiradores que aquí (hasta ahora) no ha ocurrido. Se supone que los mandos militares se negaron a seguir respaldando a Yanukovich, lo que explicaría su relativamente rápida huida (en Venezuela, sin novedad en el Fuerte).

Acá hay un componente de crisis económica que no estaba tan marcado en Ucrania. La protesta se hizo fuerte en una plaza que estaba cerca de los poderes públicos en Kiev, no en el municipio Chacao. La Unión Europea era un factor de presión mucho más fuerte que la OEA, que ha pasado meses reuniéndose para ver si se reúnen. En Ucrania hay un componente étnico que no existe en Venezuela, y de hecho, después de febrero de 2014 no todo fue felicidad: vino la represalia de Rusia con la anexión militar de Crimea.

En estos días los venezolanos andamos como locos buscando referencias en otras partes del mundo para anticipar lo que viene. Y a mí se me ocurre que, además de la Ucrania de Maidan, quizás debamos invernar nuestras expectativas y mirar también a la Sudáfrica del Apartheid.

Pasarse las leyes por el forro

 

De Sudáfrica generalmente sabemos que hubo una minoría blanca racista que oprimió a una mayoría negra. También la épica de Nelson Mandela, que pasó 27 años preso antes de ser elegido presidente: con suerte, en menos tiempo, el destino ineludible de nuestro Leopoldo López.

Hay otro aspecto menos conocido y bastante escalofriante: cómo se construyó la arquitectura legal del Apartheid en los años cincuenta y sesenta.

Algo del tema pude repasar en Historia de Sudáfrica: el primer hombre, la última nación (Editorial Debate, 2004), un libro de R.W. Johnson que cayó en mis manos durante una cola de panadería en Caracas. En sus páginas entendí que, al igual que las crisis económicas, la maldad humana tampoco toca fondo. Donde quiera que una situación beneficie a una casta depredadora en el poder, se inventará algún tipo de justificación moral para sostenerla. Punto.

En Sudáfrica hubo racismo antes de 1948, pero la aplicación del Apartheid, un estadio superior de discriminación, requirió cambios constitucionales que se votaron con mayoría simple en el Parlamento bicameral, a pesar de que requerían mayoría calificada, al más puro estilo del “Afrikáner” Cabello. Los afectados fueron no sólo los negros, sino los inmigrantes de India y los mestizos (coloureds, en la jerga local): estos últimos se quedaron sin representación legislativa a partir de 1956.

No sólo se cambió la constitución, sino el concepto mismo de república: en un experimento de ingeniería social a gran escala que Johnson califica de grotesco, más de 3 millones de negros fueron trasladados a los bantustanes, colcha de retazos de republiquetas tribales gobernadas por títeres de Pretoria que convertirían a los africanos en extranjeros sin derechos civiles cuando pisaran Sudáfrica para trabajar como empleados de los blancos.

Una de las medidas más nocivas, que todavía tiene consecuencias en el presente, fue la eliminación de educación media y técnica para los negros, que Hendrik Verwoerd (principal arquitecto del Apartheid) justificó de esta manera: que los africanos aprendiesen matemáticas o inglés sería inútil pues sólo conduciría a “expectativas exageradas y frustración” (sic). El bueno de Verwoerd estaba protegiendo la salud mental de la gente, pues.

Quemar cauchos o prender velas

 

Hay que decir que negros, indios y coloureds ensayaron varios métodos de resistencia, algunos pacíficos y otros no tanto incluido el terrorismo con bombas. Aquello de que no se puede meter preso a un país completo es relativo: hubo hasta 18.000 detenidos en un único día, el 30 de marzo de 1960. En 1962 se intentó un movimiento cívico al estilo Ghandi que funcionó al principio, pero luego degeneró en violencia y perdió efectividad.

Las leyes relativas a seguridad se modificaron varias veces: en 1964 se decretó que una persona podía ser detenida sin juicio 180 días y en 1966 ese período pasó a ser ilimitado. En Venezuela ya vimos que, en plena Caracas, en El Paraíso, se pasaron la inviolabilidad del hogar por el forro sin mayores contratiempos.

Escribe R.W. Johnson: “La policía podía hacer lo que se le antojara. En 1968 se creó un nuevo organismo de inteligencia, el BOSS, con poderes todavía más amplios. A partir de entonces hubo muchas más infiltraciones en todos los partidos políticos, ONG y movimientos estudiantiles. Los periódicos decidieron autocensurarse a través de una junta. No sólo había desaparecido la oposición negra, sino que además los negros estaban asustados, intimidados y callados mientras el aparato de seguridad destrozaba los restos de la izquierda blanca.

Una vez hubo terminado, el BOSS se sentó sobre un montón de pedazos, gruñó y enseñó los dientes, bestia temible a la que nadie podía enfrentarse”.

Al final, ya sabemos lo que pasó: el Apartheid era insostenible en un país que hoy tiene 90% de población no blanca, pero sólo cayó después de 43 años. Una opinión personal del historiador Johnson: “El recurso a la violencia había sido un error: el Congreso Nacional Africano y los sindicatos hubieran podido conseguir mucho más de haber rechazado esa opción”. Lo que se dice fácil: una resistencia pacífica requiere una enorme disciplina.

En Venezuela puedes tener varias veces al día la sensación de que tanto Maduro como la oposición están liquidados. No me llamo Adriano Azzi y a cada rato dudo sobre la efectividad del pacifismo o la violencia. Lo único que puedo decir, después de ver Winter on Fire y leer sobre el Apartheid, es que es poco probable predecir el fin de una tiranía que domina todos los recursos materiales. Tan poco probable como pasarle por encima indefinidamente a millones de ciudadanos.

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