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Votar en dictadura

Caja de resguardo CNE

Votar no niega la existencia de una dictadura. Tampoco desmiente la concreción del Golpe de Estado chavista del 30 de julio.

La cita para elegir gobernadores no va a fortalecer ningún proceso constituyente. El ejercicio del voto no será atendido por la población para reconocer al gobierno, para premiar a Maduro, ni para pactar en sus términos. En ninguna parte, salvo tal vez en la sala de la casa de Ernesto Villegas, se registrarán loas a la democracia venezolana por su fortalecimiento, una vez consumada la consulta de gobernadores. Es al contrario: al votar, procuraremos desenmascarar el engaño oficial.

La cita para elegir a los gobernadores de estado aterriza en medio de una catastrófica crisis, la más grave que nos haya tocado vivir en mucho tiempo, en la cual la mayoría de los venezolanos ha estado pugnando para que se abran caminos constitucionales y consultivos que le permitan desanudar la situación actual. Es imposible sacar a estas elecciones de su contexto. Para quien esto escribe, votar es, hoy, otra jornada de protesta.

Votar es un ejercicio civil con unos límites y unas posibilidades. Se vota en democracia y se vota en muchas dictaduras. En algunas tiranías se vota de manera adocenada y obediente. En otras, como la dictadura nuestra, el voto es un instrumento, un recurso para desobedecer, para desmentir, para contradecir. Un arma movilizadora frente a unos Poderes Públicos corrompidos y sin moral. El voto forma parte de un fuero personal que ningún ciudadano consciente debería delegar.

El marco hegemónico chavista tiene una fisiología que los ciudadanos han sabido comprender con el paso de los años. Votamos, metidos en una agónica lucha, aún a sabiendas del carácter forajido de los miembros del TSJ y el CNE. La aparente contradicción existente en torno al marco del sufragio, el ejercicio de las libertades públicas y la sordidez del chavismo no deben tomar a nadie desprevenido. Eso no es culpa de los ciudadanos opositores: es una responsabilidad de los organizadores de la dictadura. Llevamos 18 años en esto: todo el mundo vota, y todo el mundo sabe que vivimos en un régimen político complotado y golpista, integrado por ministros impresentables y jueces sin probidad.

La tragedia venezolana no se llama Videla ni Velasco Alvarado. Se llama Nicolás Maduro. Para poder aceitar su maquinaria de control sobre la ciudadanía, y fortalecer los controles políticos que le permitan llevar adelante sus objetivos, el chavismo organiza citas electorales. Siempre se han hecho bajo la presunción de que, en el marco de una sociedad de masas, con un estado que administra mucho dinero por la explotación petrolera, esas son elecciones que se pueden ganar. Las cosas funcionaron un tiempo.

Los supuestos que animan la obtención de victorias dentro de los mandos chavistas han desaparecido. A la dirigencia psuvista le cuesta admitir que sus señuelos electorales ya no son efectivos. En el país hay un estado de opinión consolidado. Salir a votar, a castigar a los corruptos, a contradecir al gobierno, a escoger candidatos distintos a los que proponga el PSUV, se constituye, hoy, en una excelente oportunidad para colocar un nuevo ladrillo en las jornadas nacionales de protesta de estos meses. 2018, entretanto, está aguardando por nosotros.

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