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“Yo decidí montarme en el Panabus y no volver a bajarme”

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17/07/2019
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FOTO: DANIEL HERNÁNDEZ

Magda Miranda y Rubén Cuárez conocen lo que es sobrevivir en la calle, ahora la vida les dio una oportunidad con el Panabus y no piensan desperdiciarla

“Estábamos desesperados, sin dinero, pasando frío y necesidades, ya perdíamos toda esperanza cuando caminando por una calle encontramos a la gente del Panabus, quienes nos ofrecieron una nueva oportunidad para comenzar una nueva vida”, dijo Magda Miranda una mujer de 32 años de edad quien junto a su pareja Rubén Cuárez y su hijo Jhudiel tuvieron el infortunio de vivir dos años en las calles de Caracas.

Los 9 meses del embarazo de Magda lo pasaron en una situación deplorable. Durmiendo en las riberas del Río Guaire, sobre cartones tirados en el piso, muchas veces pasaban días sin comer y cuando el hambre ya era demasiada, se veían obligados a buscar alimentos entre los montones de basura.

Es la dura realidad a la que se vio sometida la pareja que se conoció en el barrio de La Vega, al oeste de Caracas. Ambos vivían alquilados en una casa de vecindad, donde fruto de su amor se gestaría el pequeño Jhudiel, que hoy tiene dos años.

Rubén recuerda como fue el inicio de su tortuosa odisea. “Inmediatamente que la dueña de la casa se enteró que Magda estaba embarazada, nos corrió de la habitación, cambió la cerradura, ni siquiera nos permitió sacar nuestra ropa, nos quedamos sin nada y nuestra primera noche en la calle la pasamos en la entrada de emergencia del Hospital Pérez Carreño, allí pasamos varios días”.

Sin opciones, la pareja conoció la dureza de no tener un techo para ampararse o abrigarse. Compartieron con hombres, mujeres, jóvenes, niños solos, y ancianos. Durante los nueve meses del embarazo de Magda vivieron en distintos lugares como el centro de Caracas, el Mercado de Coche, y Las Mercedes.

“Estando en la calle, se llega el momento en que no importa bañarse, cambiarse de ropa, lo más importante es buscar la comida, convivir con las otras personas de la calle y buscar un lugar en donde poder dormir. Lo más importante es sobrevivir a la violencia”, relata Rubén.

“Mi mujer no se controló su embarazo. Los médicos le mandaban a realizar una serie de exámenes, a comprar medicinas pero no teníamos dinero para comer, mucho menos para atender esos temas. Sabíamos que era importante, se trata de la salud de nuestro hijo. Me daba mucha tristeza ver como crecía la barriga de mi mujer y ella seguía durmiendo en el suelo, alimentándose mal y pasando trabajo ”, recuerda Rubén.

El 21 de octubre de 2017 Magda comenzó a sentir los dolores de parto. “Nos fuimos hasta el hospital Periférico de Coche, pero nos dijeron que no tenían implementos para atenderla. Luego fuimos al Materno Infantil Hugo Chávez en El Valle y tampoco la atendieron, al final llegamos al Hospital Clínico Universitario y allí nació nuestro hijo, Jhudiel, que llegó a este mundo sin un pañal que ponerse, ni ropa le tenía” , rememora Rubén en medio de lágrimas.

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Magda, por su parte, recuerda que tras el parto logró quedarse más tiempo del necesario en la institución. “Estábamos bajo techo, el niño era atendido y yo tenía la comida asegurada, pero llegó el momento de abandonar el hospital. Pasé de ser una paciente en una sala de un centro médico a dormir con mi hijo recién nacido en los alrededores del lugar. Yo cuidaba al bebé mientras que mi marido buscaba comida, y dinero para los pañales. Lo mantenía con leche materna pero había días que yo no comía”.

Días después volvieron a un buscar refugio en las riberas del Río Guaire, en un lugar que para llegar tenían que escalar una pared de varios metros. Cuenta Rubén que ayudaba a subir a su mujer y luego se amarraba el niño a la cintura subía la pared, siempre con miedo que caer al vacío, pues le teme a las alturas.

El nacimiento del bebé hizo más difícil la situación para la pareja que luchaba, infructuosamente, por evitarle penurias al menor. “Por las condiciones insalubres en las cuales nos encontrábamos a mi hijo se le infectaron varias partes del cuerpo con sarna y presentaba signos severos de desnutrición”.

A pesar de todas las adversidades ni Rubén ni Magda cayeron en drogas, o delincuencia.

“En los días más difíciles iba a la Iglesia de Santa Teresa y le pedía al Nazareno de San Pablo que me mandara una señal que toda esa situación cambiaría, y me mandó el Panabus. Conocí este programa, nos atendieron, nos ayudaron a lograr puestos de trabajo, nos dieron atención medica para curar la enfermedad de mi hijo, ya no estamos en la calle, ahora vivimos en una humilde vivienda en la zona de La Pastora -al noroeste de la capital- y seguimos nuestro proceso de reinserción productiva a la sociedad”, dijo Rubén.

Fue tanto el impacto positivo de Panabus en la vida de Rubén, que ahora forma parte del equipo de captadores de personas en situación de calle y muestra a otros necesitados la esperanza de volver a empezar.

“Yo decidí montarme en el Panabus y no volver a bajarme, a través de la fundación logré salir de la calle, ahora mi familia tienen un mejor futuro. Ahora soy uno de los captadores de la calle, soy el primer contacto de las personas en situación de calle con el programa, conozco ese mundo y creo poder ayudar a más personas, que vuelvan a tener esperanza, que vuelvan con su familia y se reincorporen a la sociedad, así como yo lo logré”, señaló Rubén.

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