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Aeropuerto Simón Bolívar: máquina del mal

climax2
29/08/2016
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FOTOGRAFÍA: AP IMAGES

Cuando se logra tener boletos aéreos entre manos, comienza otra tragedia. El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar es una máquina del mal, expendio de venganzas y humillaciones militaristas Todo comienza con la vergüenza. Viajar, salir del país, da vergüenza. Aunque el pasaje se adquiera con dinero bien habido, aunque provenga de una invitación ganada a pulso. No importa. De la nada surge una suerte de vergüenza étnica o culpa judeocristiana que el gobierno gerencia a sus anchas. Parece decir: “si puedes viajar, pues jódete”.

Era domingo, día de hartazgos. La cosa arrancó mal cuando quien me atendió en el mostrador de Iberia preguntó a quemarropa si viajaba sola. De inmediato pidió mi número telefónico, advirtiéndome que la Guardia Nacional podría llamarme para revisar la maleta. Las mujeres sin compañía tienen cejas peligrosas. Media hora después, mientras intentaba equilibrio para ponerme los zapatos, sonó el teléfono móvil: “Su equipaje ha sido retenido, debe presentarse en la puerta de embarque para ser conducida a una revisión”.

Lo de ser conducida era literal. Me colocaron un chaleco fosforescente y me hicieron caminar medio aeropuerto tras una mujer de verde. Tres veces me revisaron el pasaporte, me mandaron a sentar, me volvieron a llamar. Me señalaban. Finalmente, me llevaron a un hangar donde parte de la prueba consistía en reconocer muy a lo lejos la maleta propia. Puesta sobre el mesón y abierta, el Guardia Nacional comenzó a sacarlo todo. Miró con la frente fruncida pantaleta por pantaleta, se abanicó con cada libro, olisqueó una franela, abrió chocolates con intenciones de pasarle la lengua, preguntó si tenía familia lejos, que para qué viajaba. Yo sudaba del calorón, la furia y el esfuerzo por hacer que aquel joven soldado me viera segura, serena, simpática. Fui liberada tras firmar una planilla. Me tranquilizó ver que medio avión también bajó a desnudar sus pertenencias.

Ya había escuchado historias similares. Uno termina pensando que aquello no está mal si brinda seguridad. Pero también se cuenta que es una práctica terrorista y hamponil, que hay cuartos aislados donde hacen beber laxantes en busca de verdades inexistentes, que no pocos euros y dólares se quedan camino a la rampa de salida.

Al comenzar el embarque otra rareza tropical: hombres de un lado, mujeres del otro. Ello para que el manoseo por venir lo perpetrara un Guardia Nacional del mismo ¿sexo? En ese momento, con una hora de retraso, todo era aleatorio. Unos iban a un mesón y otros directo al vientre del Airbus.

El regreso no se hizo menos pisoteador. Una hora de cola para traspasar un supuesto sistema automatizado de inmigración, que consiste en un agente que ojea el pasaporte con maniobras de zurdo, hace maliciosas preguntas y pone cara de tener la vida de los viajeros en sus manos. Y la tiene. Todo mientas echa un vistazo a su celular.

El susto de las maletas no acaba hasta que llegan y se comprueba que no han sido violadas. Luego viene pasar el equipaje por unos rayos X que dos agentes miran con igual dosis de desgano y perversidad. Y preguntan: “Qué son esas cosas cuadraditas que trae”. No saben reconocer libros: quizá nunca han visto un libro.

Cuando finalmente conseguí llegar a los brazos del esposo, sentí que mis sagitarianas ansias de viajar han caducado para siempre. Que aunque pueda volver a salir como turista quizá no lo haré y mucho menos sola. Que estoy vieja y cansada para franquear los menosprecios del país. Que contra mi voluntad soy ya bolo alimenticio del régimen.

El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía es una máquina del mal, un expendio de humillaciones, maltratos, amenazas y venganzas con rudo semblante militarista y gobiernero. El viaje implica ese túnel, sobrevivirlo es taquicardia y osadía.