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Alejandro Otero, un genio sideral

alejandro otero por Vasco Szinetar
10/03/2017
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TEXTO: YOYIANA AHUMADA | FOTOGRAFÍA DE PORTADA: VASCO SZINETAR

El artista guayanés cumpliría 96 años y su obra será celebrada en un ciclo de charlas, organizadas por la recién creada Fundación Alejandro Otero-Mercedes Pardo. Alejandro Otero es uno de esos creadores irrepetibles, de luces y sensibilidad únicas. Su obra, tal como él mismo llegó a asegurar, “es una celebración de la aventura humana”

Cuando pase por el lado oeste de la Plaza Venezuela, bordeando la autopista, deténgase unos minutos a mirar la instalación que apunta hacia el cielo y juega con el viento. Se llama Abra Solar y fue concebida en 1982 por uno de los más grandes artistas venezolanos del siglo XX para representar al país en la LX edición de la Bienal de Venecia. Su obra se encuentra en la Universidad Central de Venezuela, Universidad Simón Bolívar, Universidad de los Andes, Represa de El Guri, Museo Jesús Soto, Museo Bellas Artes, Museo del Hombre y el Espacio en Washington, Massachusetts Institute of Technology (MIT), México, Bogotá o Milán, entre otros. En todas esas piezas maravillosas desperdigadas por el mundo reposa y a la vez bulle la inteligencia creadora de un artista que fue pintor, dibujante, escultor y escritor, un ser que sacudió los cimientos de las artes plásticas nacionales.

Alejandro Otero Rodríguez, nacido en El Manteco, Ciudad Bolívar en 1921, desarrolló su imaginario plástico a partir de un universo de caídas de agua, diamantes clandestinos y tierras feroces. Su infancia transcurrió en medio de la imponente naturaleza, Macizo Guayanés, donde tramó una relación con el aire y el agua —que luego se reflejará en su magnífica producción de esculturas civiles.

bocetos alejandro otero

Tal como reza el catálogo editado por el Museo de Bellas Artes Alejandro Otero para los niños, inspirado en la exposición Las estructuras de la realidad (1990): “Fue un niño que imaginó grandes espacios como las galaxias más allá del planeta Tierra. Pero también se encantaba en los espacios pequeños: miraba a los insectos detenidamente, construía dibujitos o pequeñas maquetas con maderas muy finas…”.

Este inquieto muchachito, que miraba al espacio sideral asomado a los charcos, vendría a Caracas a realizar estudios en la Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas con maestros tan rotundos para su trayectoria posterior como Edmundo Monsanto. En 1990, Otero escribiría para el catálogo de la exposición Cabré y Monsanto hacia la reinvención del paisaje “Insistía sobre Cézanne, sobre Matisse, sobre El Greco. Adoraba a los venecianos, pero ninguno de los más importantes, de los auténticos, se quedaba fuera, Giotto o Goya, Velázquez o Rembrandt, Modigliani o Reveron”.

abra solar

El hombre- país

María Elena Ramos, curadora independiente, investigadora, exdirectora del Museo de Bellas Artes, prepara un libro sobre los dibujos de Alejandro Otero, cuya obra ha seguido con fervor. “Empecé a trabajar en la Galería de Arte Nacional (GAN) en el año 1976 y él era un personaje que estaba muy presente allí. La primera vez que hablamos, más que una entrevista, le pregunte cosas. Al día siguiente me llamó para agradecerme. Ambos fuimos miembros del equipo que concibió la Escuela Superior Armando Reverón —hoy día IARTES—, junto a Víctor Valera, Mateo Manaure, Manuel Espinoza. En el año 1988 me invitó Oswaldo Trejo al Museo de Bellas Artes (MBA) como curadora independiente y Otero fue uno de los 50 artistas que participó en la exposición: La imaginación de la transparencia. Cuando empiezo a trabajar en el museo, en 1989, llevaba un año concibiendo una exposición Las estructuras de la realidad, sobre la obra de Otero para el Museo Soto. Cuando acepté trabajar en el MBA, me traje la exposición. En ese tiempo estaba el curador para la Bienal de San Pablo, Brasil, y se ganó el Premio Especial del Jurado. Esa exposición fue muy especial. Él estaba muy emocionado, y eso que no pudo llegar a verla”.

abra solar cristian hernández

De los disidentes al Siglo XXI

Otero plasmó, junto a otros importantes artistas venezolanos, su pensamiento acerca de la forma de concebir el arte nacional. Lo hizo, en principio, en una revista y luego en un movimiento llamado Los Disidentes. Colocaba la piedra angular del abstraccionismo geométrico y daba un paso hacia la modernidad distanciándose de las formas tradicionales de la enseñanza del arte. Fue un defensor de la abstracción pero en el sentido de Picasso, como el Cézanne de los árboles, que va despojando la figura hasta convertirlo en un octágono. Ramos recuerda su trabajo de Las Cafeteras, 1946, donde progresivamente el artista va vaciando al objeto hasta dejarlo expuesto en su estructura. Sostiene que Otero mantuvo su capacidad de dibujo figurativo aun trabajando sus esculturas en la computadora. En Diálogos del arte de Editorial Equinoccio, entrevistas realizado por la autora, Otero dirá que sus esculturas cívicas “tenían más realidad que una mata de mango”. “Yo quisiera trabajar en una investigación sobre el color visual en la computadora donde ya no es un color químico, sino físico que se expresa en forma de ondas, de luminosidad”, dijo en 1989 para la revista Arsterisco.“El trabajo con la computadora servía no solo para inventar piezas nuevas, como si fuera un dibujo, sino también para meterse en el fuste de una obra que ya existe”, comenta Ramos.  Este trabajo culminó en un libro que lleva por título Saludo al siglo XXI editado por Armitano Editores.

espejo solar alejandro otero

“Yo soy un enamorado de mi tiempo”

En una entrevista, Otero comentó que de niño veía volar los aviones y al igual que a Da Vinci, le apasionaba contemplar la suspensión del aparato en el aire. Detrás del mecanismo del vuelo, vinieron el espacio sideral y las posibilidades para surcarlo. Su inquietud lo llevó a los Estados Unidos para el momento de la llegada del hombre a la luna. En 1970, estando en el MIT, con la beca Guggenheim, llegó a trabajar con los ingenieros de la NASA. Y más tarde una obra suya seria colocada en el Museo del Hombre y el Espacio en Washington. “Ese el honor más grande que he recibido en la vida, que mi obra estuviera allí, en el lugar consagrado a las aventuras más extraordinarias del hombre en cuanto a la conquista del espacio”, se alegró alguna vez. Para Ramos, Alejandro podía estar ocupado en las experiencias del ser humano llegando a la luna y al mismo tiempo estar atento a su espacio íntimo. Verbigracia: cuando trabajaba en una escultura para el Museo de los Niños en los años 70, se le posó una mantis religiosa en la ventana. El cuerpo del animal le dio la solución estructural y fue el origen de las esculturas El Abra y luego de La Aguja Solar que está en el Guri. El bichito le abrió las puertas: “A mí no me define el interés por lo tecnológico, o lo científico, sino por la temática en cuanto a las posibilidades y las conquistas científicas y tecnológicas que ha hecho el hombre y han provocado el avance de la humanidad”, aseguró en entrevista de Arsterisco.

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El tema del color. Los coloritmos

En Otero hay una pasión semejante a la de Cruz Diez por el color, pero que es más amplia y toca más terreno. La pasión central es abarcar el espacio. Cercar es la palabra que él usaba. Buscando penetrar el espacio, o crear el espacio. Cercar es comprehender, pero también cercar es penetrar. ¿Dejó escuela? No en el sentido tradicional, pero hay muchos artistas jóvenes que siguen su obra y hacen interpretaciones: Juan Araujo hizo trabajos muy interesantes a partir de sus pinturas, Pedro Núñez, trabaja sobre sus hélices y obras cívicas. Como tributo a la hermosa amistad entre la investigadora y el artista en la revista Imagen a poco de su muerte, 13 de Agosto de 1990, María Elena Ramos escribió: “Otero acompañará las visiones no solo del arte sino del mundo y las galaxias, la visión de cualquier espacio que exista para ser cercado…”.

“Conocí a Alejandro Otero cuando estudiaba en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, en una charla que daba sobre su mural “Policromía”, 1956, instalado en la fachada. A partir de ese encuentro el mural representó una referencia que fortalecía mi interés por el arte, desde esa arquitectura sensiblemente humana propuesta por Carlos Raúl Villanueva en la Ciudad Universitaria. Pienso que la impronta que nos ha dejado como herencia es ese sentir libertario que siempre otorgó a su vida y obra. ¿Su obra favorita?  Es El Ávila desde los Guayabitos“, realizada en sus inicios, perteneciente a Alfredo Boulton. Cuando vi esa obra en su casa me cambió la mirada sobre el paisaje de Caracas, del arte venezolano. La serie Líneas coloreadas sobre fondo blanco, realizada en la década de los cincuenta. La liberación de su apasionado gesto creativo aún me sigue despertando emoción. La serie Ortogonales, en especial los realizados en enero de 1952. Recientemente he realizado como homenaje unas obras dedicadas a esa serie, destacando el estudio sensible de su policromía. Su forma de colorear sobre papel, suerte de urdimbre existencial. Igualmente, a ese mural de la Facultad de Arquitectura, frottages que buscan destacar ese cuerpo arquitectónico-urbano que lo distingue. El Mástil reflejante, 1958- Las Mercedes, Caracas, prácticamente pasa desapercibido, tampoco se salvó de hacerle un frottage a su ficha técnica. Pareciera que apuntara al cielo como sensación celebratoria del arte. Sus Coloritmos son igualmente especiales para mí, en ellos Alejandro retrata toda su emocionalidad, su existir. Conmueven, se tornan en miradas introspectivas”, comenta Alberto Asprino, curador y artista plástico.

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“Desde el punto de vista de sus estatutos estéticos, promovió una extraordinaria sinergia en cuatro recursos plásticos fundamentales: el espacio, el tiempo, el movimiento y la luz. Logró un dinámico equilibrio entre ellos y supo solventarlos en maravillosas realizaciones, independientemente de que fuesen dibujos, grabados, pinturas o esculturas. Su capacidad para integrar su obra al entorno. Así como se habla de la escultura integrada a la arquitectura, Otero replanteó una dimensión más abarcadora del asunto, como es la integración de las esculturas de escala cívica al medio ambiente. Hizo revivir el interés por el entorno que rodea y por el contexto, así como por el cielo que sirve de fondo a las esculturas de gran escala. En este orden, reivindicaba la exclamación de Herbert Read: “el mejor fondo para una escultura es el cielo”. En la perspectiva de la gestión cultural, dejó sentir el peso de su buen criterio y el alcance de sus visiones en muchas acciones, en donde especialmente se destacan la instauración del INCIBA y la creación de la GAN. En los aspectos del patrimonio intelectual, supo desarrollar un cuerpo teórico de reflexiones acerca del arte y la cultura. Sustantiva fue su contribución durante la polémica pública sostenida con Miguel Otero Silva acerca de los atributos estéticos de la abstracción y la figuración”, también hace glosas y loas Víctor Guédez, crítico de arte, ensayista especialista en ética gerencial.

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Como los anteriores entrevistados, otros muchos se deshacen en encomios y buenos recuerdos. No hay quien no aplauda su labor. Alejandro Otero fue y será siempre un punto de encuentro y reflexión, como pasa con los grandes del mundo. “Fue un investigador incansable, de una sensibilidad muy particular, atípica que asumió muchos riesgos, como corresponde a los grandes creadores”, pone el punto final el artista Rolando Peña.

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