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Alfredo Peña, la piedra que rodó

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Fue un personaje que se granjeaba antipatías. Chavistas lo mismo que opositores lo considerarían traidor. Algunos lo inculpaban de haber filtrado el chavismo en el diario El Nacional, error que nadie le perdonaría. Pero también fue el periodista agudo que lanzaba la pedrada que descolocaría al contrincante

Hombre público cuya impronta polarizaba la platea, un periodista de lengua de hacha que no se andaba con supuestos, consideraciones y vistas gordas, un devoto del escándalo, un habitante del conflicto, Alfredo Peña —su apellido, su consigna— se fue de este mundo en la más estricta intimidad de la familia, lejos del país, exiliado. Vida intensa la suya, antes de enfermarse, el estrés y el dolor de cabeza serían sus estados de ánimo cotidianos, y el parsel, su caramelo, sobre todo durante su pasantía en el poder político. Síntomas del workaholic que por años fue y cuya metodología de vida intentó infructuosamente desactivar Luis Francisco Chan Cheng, el médico de cabecera de su entonces amigo el presidente Chávez. No cabe duda de que el doctor de tendencia holística fracasó a la hora de inyectarles sosiego a este par de hombres hechos, más que de pasión, de azogue. Las agujas se quedaron cortas. No llegaron al nervio.

Una postal de su biografía lo ubica saliendo apenas de la adolescencia en la Rusia recalcitrante de la Guerra Fría a donde recala en un momento aciago de su existencia. No queda claro si fue a estudiar o ser tratado, lo cierto es que algunas fuentes recuerdan cierta descompensación psicológica o emocional del joven comunista, atenazado por las circunstancias, un cierto ir a la deriva en la navegación. Cualquiera puede desfallecer, dudar, tener un declive en el trazo de la trayectoria, todos. Pero de ser una crisis existencial el caso, la viviría intentando escapar de la mirada impaciente y de ceño fruncido de los copartidarios que le habrían hecho saber, sin remilgos, su decepción. Pudo producir la crisis, la tensión que lo mina tras querer ser parte de la militancia roja y no haber tenido “el suficiente guáramo”, al decir de algunos, para una misión de iniciación: le encargan que entre a un cine, someta al proyeccionista y coloque en el proyector un aviso a favor de la causa de la igualdad social para asombro o aplauso del público. A la hora señalada, no es capaz de cumplir con aquel cometido. Se paraliza. Y se raya. Otro episodio confuso, en lo que su participación respecta, es “El Porteñazo”, el alzamiento de la izquierda en 1962 en el que se supone que estaba involucrado, según él mismo decía; pero nadie da fe de ello y más bien es consenso que estuvo desaparecido de la escena y de los predios comunistas por mucho tiempo.

Revolucionario fallido, cabe deducir a las primeras de cambio, hombre más de ideas que de acción, hará entonces el único desmentido, uno a su favor: desconocerá la supuesta condición de fragilidad que le endilgan, y a ojos de la platea reducirá la fama de timorato con creces hasta volverla mero rumor, habladuría malintencionada, convirtiéndose, en contrapartida, en el periodista inclemente que fue y que alzará su voz áspera para cuestionar a diestra y siniestra con maneras implacables a los erráticos. El niño que en las calles paupérrimas de Lara adentro llega un día con una naranja a casa y es conminado por la abuela a devolverla, aun cuando el frutero jura que se la regaló, deberá fajarse por encima de carestías y privaciones hasta salir airoso de la circunstancia. Se moldea a sí mismo, se talla como las piezas terrosas de su Duaca natal y se convierte en la figura que fue. Serán la información y sus circunstancias poderosas el traje a la medida, la fórmula, el salvoconducto con el que exorcizará los diablos propios y ajenos, y se convertirá en Peña. En piedra. En lanzador de peñonazos.

Talante azorado que coincide con la legión de desesperados de entonces —ay, los desesperados, siempre apurados, siempre al borde, siempre en cuenta regresiva—, aunque apostópor la democracia y luego por la pacificación, no dudó ni pizca cuando en el momento dado el teniente coronel llamó a hacer fila detrás de sí en medio del caos en el que se planta como el salvador necesario. Con Hugo Chávez coincide en el diagnóstico de los males que hay que borrar, que hay que cambiar, que hay que superar y vuelve a las andadas. Vuelve al extremo del que nunca se deslindó el crítico acérrimo del “revisionista” MAS —ah, las vueltas de la vida, será clave en las negociaciones entre el partido naranja y Chávez, cuando Teodoro Petkoff deja su criatura. Vuelve al tono sin concesiones. Vuelve al barranco. Crítico de tantos, y por un buen rato de Teodoro Petkoff y de Pompeyo Márquez, luego de Salas Römer y con fijación de algunos empresarios a quienes les leía la cartilla y de políticos a quienes les veía las costuras, la honestidad vaya adelante, se alió con el que ¡se consideraría impoluto!

Entonces, desde la dirección de El Nacional le entregó más que páginas y titulares, espacio peligroso, al de Sabaneta, y fue así como el conductor de programas de radio y televisión de brutal sintonía dejó una carrera de éxito —sus contratos conmocionarían al gremio y alrededores no solo por las millonarias ganancias en tiempos del dólar a 50 sino también por la forma fraudulenta de emisión—, para irse a Miraflores, donde estaba su despacho de ministro de la Secretaría de la Presidencia, cuando, promesas mediante, aún era posible ir a Palacio a entrevistar a un Presidente y a su ministro, la calle de acceso estaba abierta, y los guardias no la tenían tomada haciendo el feo papel de bardas de púas. Miraflores no era un búnker, la libertad de expresión no era, no del todo, asunto de subterfugios, aguas subterráneas que circulan con apremio, redes de a toque y diarios sin papel y enflaquecidos. Y él siempre, en ese sentido, libró por todos.

Periodista que se inicia en Tribuna Popular, voz del Partido Comunista de Venezuela, en 1999 asume el cargo de Ministro, pues, y los que trabajaron con él dan fe de la eternidad de su jornada, de su hacer hiperkinético, del rimero de papeles que debía considerar para firmar que lo enloquecía, de su permanente prisa. En alza —“concentró entonces mucho poder y aceptación”, valga la redundancia—, luego será el constituyente más votado del país en la Asamblea Nacional. Y en 2000, cuando se postula como candidato para la Alcaldía Mayor de Caracas —novedad burocrática que desbanca en tiempos de borrones y cuentas por cobrar a la Gobernación del Distrito Federal— por el Movimiento V República (MVR), gana y se instala en la plaza Bolívar, donde debería estar Antonio Ledezma el ignorado, el preso. Cabe añadir que Peña no se mantendrá tampoco en las buenas con el gobierno por mucho tiempo. Este triunfo lo hará parte de las primeras fricciones internas desde su vinculación al chavismo, estará en medio del pequeño huracán que de fogosidad media se prende entre el gobierno de Hugo Chávez y el partido aliado Patria Para Todos (PPT), que aspiraba a que Aristóbulo Istúriz, exalcalde de Caracas, fuera el candidato. El romance rojo comienza a hacer aguas.

El hombre que solo descansaba en vacaciones cuando viajaba a Uruguay, de donde es su esposa, y entonces, aprovechando el asueto, se enfermaba y pasaba los días libres en cama —sus defensas se rendían—, en octubre de 2001 convoca a una rueda de prensa en la que decide, vaya sorpresa, romper pajitas con sus conmilitones: tiene la ocurrencia de emplazar públicamente a Chávez a combatir la delincuencia y el caos que ya se ha espesado. Peña, además, quería que se instalara en el país, en calidad de asesor, el comisionado William Bratton, de la policía de New York —ay, el imperio—, el que había logrado restaurar en buena medida la calma en la capital del mundo con sus planes de prevención modernos y su teoría de la “Ventana rota” —toda ventana rota debe restaurarse antes que el hampón se apropie del sitio con tufo a abandono, ergo, a guarida—; Peña estaba persuadido de que tales ideas prenderían con igual acierto en esta tierra de gracia. Por eso increpa a Chávez y lo conmina a que combata con “plomo al hampa” y no a los medios. Listo. No solo sería desoído.

La ruptura con Chávez quedó sellada definitivamente. Peña, desde entonces, cambió el discurso y se hizo acérrimo crítico del Presidente venezolano y, por si fuera poco “no se opuso a las manifestaciones y concentraciones de la oposición”. Claro que respetar los derechos civiles del adversario produjo consecuencias: después de los sucesos del 11 de abril de 2002 —él celebraría el 13 su cumpleaños, no el regreso de Chávez al poder— los seguidores del gobierno lo acusan de haber mandado la Policía Metropolitana a atacarlos. Peña, además, habría dado la orden de cerrar Catia TV. Horror. Traidor es el rótulo que le colocan y de una vez comienzan las acusaciones. Difícil momento, decide no lanzarse a la reelección como alcalde en las elecciones de 2004, tras alegar que las elecciones regionales “son fraudulentas”, o sea, más leña al fuego. De inmediato es imputado por malversación específica de fondos y no extraña que en 2005 la Fiscalía lo cite para que sea procesado por las muertes del 11 de abril de 2002.

Pero, de pronto, ya no está, no atiende el teléfono, ha vuelto a desaparecer de la escena. Solo que esta vez al reaparecer es tajante: declara desde donde está,en la ciudad estadounidense de Miami, que no volverá a Venezuela hasta que se restablezca el estado de derecho. Su decisión es poner tierra de por medio, no dar la pelea, conocerá de cerca la dimensión de los colmillos del contrincante. En 2007, se le dicta una orden de aprehensión, pero, como lo juró, no volvió. Y, enfermo de cáncer, no hará caso a desaires ni provocaciones, menos a reclamos y sentencias. La vida se le reducirá en la convalecencia, y no solo por el padecimiento que le da cruenta guerra. Cuenta el escritor Fernando Núñez Noda, en las redes, que vio cómo en un restaurante en Florida, un venezolano se le aproximó y, ya parado frente al conspicuo comensal, inició su discurso de reclamo por su pasado chavista, un monólogo que dedica a culparlo de los males del país. Cuenta que se las cantó frente a todos y que él no se defendió, no dijo ni pío, que escuchó en absoluto silencio.

Autor de libros de entrevistas editados por el Ateneo en los que está el país, parte del tinglado, el periodismo en los tuétanos, la muerte le llega antes de ver el cambio anhelado el 6 de septiembre de 2016 allá, en la quimera del norte.