Alí Lameda, tortura terrible

Un merecido homenaje a quien en vida despellejó palabras para hacerlas poesía. El larense Alí Lameda, criatura de talento singular, padeció el martirio de encontrarse preso por siete años en un campo de concentración de Kim Il- sung, el llamado Líder Supremo de Corea del Norte, abuelo del actual presidente Kin Jong –il

Alí Lameda, tortura terrible

El nueve de marzo, cuatro días después de la fecha oficial de su muerte, Hugo Chávez recibió el título de “Líder supremo”. Así lo llaman unos. No era la primera vez que un gobernante, incluso desaparecido, recibía este mote. De hecho, la dinastía comunista de Corea del Norte lleva tres con ese apelativo: Kim Il Sung y su hijo y nieto, este último en el poder, Kim Jong-il y Kim Jong-un.

Además, los jerarcas, ministros y militares del gobierno de Nicolás Maduro suelen aludir a Chávez como “Líder eterno”, “Comandante eterno” y “Gigante eterno” o hacer combinaciones con estas palabras, como “Comandante supremo”, “Gigante comandante eterno”, “Gigante infinito”… Esto tampoco es original, la Constitución de Corea del Norte estableció el cargo de Presidente Eterno de la República en 1998, cuatro años después de la muerte de Kim Il Sung. Y si el cadáver de Chávez no fue embalsamado y expuesto en exhibición permanente en un mausoleo exclusivo para su gloria, como lo están Kim Il Sung y su hijo, es porque el equipo de expertos rusos contactado para tal fin determinó que el cuerpo debía ser trasladado a Rusia por un lapso de siete u ocho meses para practicar el procedimiento. Sin dejarse amilanar, el 15 marzo de este año, el ministro de Comunicación e Información, Ernesto Villegas, informó que el Museo Histórico Militar permanecería abierto en horario estipulado para que las masas pudieran “rendirle honores” al mandatario fallecido. Y agregó que Venezolana de Televisión, “los domingos es de Chávez”, lo que significaba que el canal estatal repetiría las emisiones de Aló presidente. Sin ningún rubor, Villegas dijo que la idea era que “el programa, más visto, más largo, más educativo y creador de consciencia de la televisión venezolana” fuera difundido todas las semanas “para que el pueblo redescubra a Chávez”, cuyas supuestas hazañas están ya en los libros de texto escolar.

A dos décadas de su muerte, acaecida, otra vez, según versiones oficiales, el ocho de julio de 1994, Kim Il Sung sigue siendo el único presidente —sus sucesores y herederos consanguíneos tienen otros rango— que es materia obligatoria en las escuelas de Corea del Norte, lo mismo que la del “Comandante Supremo del Ejército Popular de Corea”, como se reverencia a Kim Jong-il, cuyo nacimiento, por cierto, según la biografía autorizada, fue presagiado por un pájaro. De paso, además de las estatuas consagradas a su rito, en las oficinas, aeropuertos, sedes de empresas estatales, transportes público y hasta en las casas, hay fotografías y retratos pintados de las tres generaciones de autócratas. Naturalmente, sus caritas aparecen también en los billetes y estampillas.

En fin, todo es muy rimbombante y ridículo en el régimen norcoreano. Pero nadie puede hacer el más mínimo esbozo de un chiste porque, como ocurre en todas las sociedades sometidas al culto a una personalidad, en ese país la mera sospecha de que se ha formulado un leve cuestionamiento al líder acarrea la acusación de traidor. Y en el caso de Corea del Norte, ese cargo conlleva cárcel y condena a muerte.

Este entramado de esperpento, represión y crueldad condujo a la creencia de que el caroreño Alí Lameda —12 de junio de 1923 – 30 de noviembre de 1995—había sido arrastrado a las mazmorras de Kim Il Sung por haberse permitido una alusión irónica acerca del dictador, cuando se encontraba en Pyongyang, adonde había ido a trabajar como traductor al castellano de los discursos del Líder Supremo. Su familia aún conserva las cartas donde el poeta comentaba el aislamiento al que sometían a los extranjeros en Corea del Norte, la gran pobreza que abrumaba a su población y los interminables discursos del tipo.

El 24 de septiembre de 1967, Lameda asistió a una cena ofrecida a los empleados del Departamento de Publicaciones Extranjeras y tres días después nueve agentes de la policía coreana irrumpieron en su apartamento y lo arrestaron. “Me dijeron que había sido puesto bajo arresto como enemigo del Pueblo Democrático de la República de Corea”, testimonió Lameda.

Tras un juicio de opereta, fue sentenciado a 20 años de trabajos forzados, acusado de sabotaje, espionaje y de introducir infiltrados a Corea —solo había llevado a su mujer, de Alemania del Este—; y encerrado en una celda de castigo en el campo de prisioneros de Sariwon, donde estuvo esposado por tres semanas y durmió en el piso sin cobija ni ningún tipo de lecho, en temperaturas heladas. Transferido a las edificaciones del campo de prisioneros, fue encerrado en celdas sin calefacción, sufrió congelación de los pies y se le cayeron las uñas.

“El hambre era usada como forma de control”, dijo a Amnistía Internacional, que recogió su testimonio. “Lo que nos daban a los prisioneros era no más de 300 gramos de comida al día. Las condiciones de la prisión eran atroces. No nos cambiábamos de ropa en años, como tampoco los platos donde comíamos. El lugar carecía de instalaciones sanitarias mínimas. Luego estaba el aislamiento total de los presos, los jóvenes guardias que venían recién asignados al campo expresaban su asombro ante tales condiciones”.

Por uno de ellos supo que estaba en el campo de concentración de Sariwon, donde entre seis y ocho mil prisioneros trabajaban 12 horas diarias ensamblando partes dejeeps. Un médico le informó que se encontraba en una sección especial del campo donde estaban retenidas 1200 personas enfermas, lo que no le ahorró sucesivos simulacros de fusilamiento. Nunca se le permitió ningún tipo de comunicación, ni llegó a recibir una sola carta de sus familiares o amigos. Jamás le permitieron tener un libro ni papel y lápiz para escribir. Y la comida consistía en un tazón de sopa y un poco de arroz al día.

“La comida de la cárcel era apropiada solo para animales. Por meses, los presos éramos privados de comida aceptable. En mi opinión, es preferible ser golpeado, si es posible, que ver un diente reducido a polvo y soportar una golpiza. Pero estar continuamente hambriento es peor. Ellos no me golpearon ni torturaron tanto como a otros. Sin embargo, en una ocasión un guardia me dio una paliza, me pateó con sus botas y me pisoteó los pies descalzos que tenía terriblemente hinchados por no haberlo saludado o algo así. Yo no fui torturado. Pero si por tortura entendemos infligir dolor de manera sistemática, si el hambre terrible y un estado continuo de asco por los mugrientos recintos están bajo esa definición, entonces sí. Fui torturado”, sigue la transcripción de Amnistía Internacional.

“De hecho, los golpes fueron usados como un modo de persuasión durante los interrogatorios. Desde mi celda podía oír los gritos de otros presos. Pronto aprendes a distinguir cuando un hombre llora de miedo, dolor o locura. No podía cambiarme de ropa en lo absoluto, de manera que un preso con tal limitación pronto está cubierto de sucio, viviendo en esas celdas asquerosas, que también eran húmedas. En los primeros ocho meses de mi detención estuve enfermo con fiebre. Creo que a ratos perdía la conciencia. Las celdas eran extremadamente pequeñas, quizás dos metros de largo por uno de ancho y tres de alto. Allí no hay derechos para los presos, ni visitas, ni cigarrillos, ni comida, ni oportunidad de leer un libro o periódico. Tampoco de escribir”.

Para no volverse loco ni aplastarse la cabeza contra un muro, se dio a repetir sin cesar los versos que iba “escribiendo” sin otro soporte que su memoria angustiada. Así compuso mentalmente El viajero enlutado, libro de más de 100 de sonetos. Vale apuntar que Mariano Picón Salas había escrito, en 1954: “Alí Lameda, que está en la mejor lista de los venezolanos tenaces y silenciosos, ha concluido la obra poética de extensión más vasta que se haya realizado en el país desde los tiempos de Juan de Castellanos… Alí Lameda no fuera poeta si junto a la visión de una Venezuela vista, leída, padecida y conjurada en la diversidad de sus climas, paisajes, hombres y tensiones históricas, no mirase también, como los profetas de Israel, los encendidos collados del porvenir…”.

No solo “escribía”. También pensaba. Se preguntaba por qué había caído en desgracia. Es posible que alguna vez hubiera dejado escapar un par de palabras pronunciadas con entonación mordaz. Pero no era por eso que lo habían castigado. Un día —después se lo contaría a su familia— supo que su inhumano presidio era un castigo al Partido Comunista de Venezuela. Un castigo ordenado por Fidel Castro, en represalia porque el PCV no se le había subordinado. Este terrible atisbo solo lo diría públicamente Alí Lameda una vez. En abril de 1975, antes, incluso de regresar a Venezuela, en una entrevista que sostuvo en Berlín —donde estuvo meses reponiéndose— con su cuñado, el periodista Carlos Díaz Sosa, quien fue un incansable bregador por la causa de la liberación del venezolano preso por Kim Il Sung.

Al ser interrogado por los motivos de su detención, Lameda reveló que había sido víctima indirecta de la decisión del Partido Comunista de Venezuela de ir a la pacificación, puesto que esta opción del Comité Central del PCV fue respetada por todos los partidos comunistas del mundo, menos los de Cuba, Corea y Albania.

“Cuando en 1967 fui detenido en Corea, la dirección del Partido Comunista de Cuba, por boca de su primer secretario, había condenado y estigmatizado a la dirección del PCV, acusándola de traidora, reformista y pusilánime, y de haber vendido suciamente la revolución venezolana. Con esto se inició una soez y gigantesca balumba de insultos y anatemas contra los dirigentes comunistas de Venezuela, a quienes se les acusó, incluso, de haberse apropiado de no sé cuántos millones de dólares —obtenidos como ganga y limosna en varios países socialistas, entre ellos Cuba— y de haberse convertido en agente a sueldo del imperialismo yanqui. Para algunos dirigentes de Cuba, Venezuela era una especie de provincia cubana donde había que repetir a toda costa la revolución que ya triunfaría en la isla”, le dijo Alí Lameda a Carlos Díaz Sosa, en esa entrevista, publicada por El Nacional, el 20 de abril de 1975.

Cuando Díaz Sosa le preguntó cuál era la clave del conflicto, Lameda le respondió que: “el punto crucial del asunto giraba en torno a la vía armada o a la vía pacífica. Los compañeros coreanos, cuyo país para entonces contaba con una sola representación diplomática en América Latina: Cuba, y mantenía excelentes relaciones con el gobierno y el Partido Comunista de ese país, se hizo eco de esa campaña. […] El hecho que todas las diligencias que hiciera el PCV ante el gobierno de Corea pidiendo que le diesen al menos información sobre mí no tuviera éxito alguno, prueba que la dirección del Partido del Trabajo de Corea se sumaba a la posición de los dirigentes comunistas de Cuba, condenando también lo que a los ojos de estos era una traición del Comité Central del PCV a la revolución venezolana e internacional”.

“Esa situación fue mencionada a lo largo de todo el juicio”, refrenda el periodista Díaz Sosa. Razón que asiste a Lameda para sostener que “el juicio contra mí vino a ser también un juicio al PCV y su posición política de aquella lamentable época”.

“Es claro que si Fidel Castro hubiese hecho alguna intervención por mí ante las autoridades de Corea del Norte, donde su influencia es muy grande, mi situación habría mejorado enseguida. Pero yo tal vez no tuve suerte. La dirección del Partido Comunista de Cuba había roto en 1967 con la dirección del PCV y una campaña furibunda se desató en Cuba contra los dirigentes comunistas venezolanos. En esta febril, muérgana, venenosa y virulenta campaña se afirmaba que muchos dirigentes marxistas de la revolución venezolana, como Jesús Farías, Pompeyo Márquez, Eduardo Gallegos Mancera, Guillermo García Ponce, Eloy Torres, Teodoro Petkoff, Argelia Laya, etc., habían traicionado la revolución convirtiéndose en muy bien retribuidos agentes imperialistas de la CIA, y era necesario ajustar cuentas con ellos y destruirlos. Esta sucia y fangosa ola de calumnias me alcanzó a mí en la ergástula donde me consumía”, agregó Lameda.

Siete años exactamente duró su tormento. El 27 septiembre de 1974, Kim Il Sung lo dejó salir, ya estaba al borde de la muerte, por petición del mandatario rumano Nikolai Ceausesco, quien, a su vez había recibido la solicitud del presidente Carlos Andrés Pérez de gestionar la libertad del caroreño. Y la misma diligencia había hecho Rafael Caldera en una visita del rumano a Caracas, cuando aquel era presidente de la república. Los gobiernos de Caldera y de Carlos Andrés Pérez habían puesto a Alí Lameda como condición para iniciar los diálogos dirigidos al establecimiento de relaciones diplomáticas con el régimen de Kim Il-Sung, arreglo que este deseaba a toda costa.

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—¿Es una piedra en la vía del tren?—preguntó el segundo embajador que vino con ese encargo.

—Exactamente—le contestó Efraín Schat Aristiguieta, secretario de la Presidencia del gobierno de Caldera —luego sería canciller en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez—, quien se tomó al asunto como una prioridad de Estado.

En esa entrevista del año 1975, hecha en una habitación del hotel berlinés, Lameda le dijo a Carlos Díaz Sosa: “y fue el doctor Caldera, ilustre personalidad del país y como tal de América Latina, quien siendo Presidente de la República y con motivo de la visita que hiciera el compañero Ceausescu a nuestro país, pidió a este que gestionase ante el gobierno de Corea del Norte el asunto de mi libertad, como exigencia especial del Gobierno venezolano, atendiendo así al reclamo de la misma que cundiera por todo el país”.

A renglón seguido, anota Díaz Sosa: “confrontada la actitud del presidente Caldera con la indiferencia de la generalidad de los países socialistas, nos llama la atención. Lameda tomó la situación con calma y comentó ‘que un líder socialcristiano, jefe de Estado, se hubiera tomado la molestia de pedir al jefe de un Estado socialista que solicitase la libertad de un escritor comunista, preso en otro Estado socialista —cosa que hasta entonces no fue posible lograr de ningún jefe de Estado socialista— sin duda que es algo contrastante… Pero así es el corazón de nuestra Venezuela. A esta doble petición del doctor Caldera, siguió la de Pompeyo Márquez en conversación con el Presidente Ceausescu, informándole más detalladamente quién era yo. Y no bien regresó este a Rumania, gestionó ante el Gobierno de Corea mi libertad, pidiendo le informasen con amplitud cuáles eran las condiciones en que yo vivía. Esto se tradujo en un inmediato mejoramiento de mi situación. Ya libre me invitó a venir a Rumanía, donde pasé tres meses atendido en forma espléndida por los compañeros rumanos’”.

Las relaciones entre Venezuela y Corea se restablecieron en noviembre del 1974, pocos meses después de que los coreanos cumplieran con el requisito puesto por Carlos Andrés. Algo muy ejemplar y admirable” agradeció Lameda. “Y ello si se tiene en cuenta, ante todo, que yo soy un escritor ubicado en orbe político muy distinto del suyo, y que en principio no era lógico esperar que un hombre como él —caudillo de primer plano de un partido y una militancia a la que nunca me unió ningún lazo— lograra rescatar definitivamente a un comunista de la cárcel de un país comunista. Pero Venezuela tiene una lógica, quizá por tanto infortunio, desgarrón histórico y azarosos vaivenes que nos ha tocado soportar, que le fijan coordenadas humanas muy especiales”.

Alí Lameda pisó La Guaira en enero de 1976. Se había pasado 17 años fuera de Venezuela. A su regreso retomaría su columna en El Nacional y se incorporó al servicio diplomático como agregado cultural en las embajadas de Checoslovaquia, Paraguay, Grecia y la República Democrática Alemana, donde en 1983 le correspondió organizar los actos del bicentenario del nacimiento de Bolívar. Según asegura su hermana Nelly, no volvió “a asistir a reuniones del partido ni nada de eso”.

Murió en Caracas, en 1995. Nunca más habló de las razones por las que estuvo preso. Y jamás logró recuperar los miles de manuscritos que le confiscó el gobierno del “Líder supremo”.