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Fosa común en la PGV: el legado de Franklin Masacre

portada PGV Carlos Hernández
09/12/2016
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TEXTO: NATALIA MATAMOROS | FOTOGRAFÍAS: CARLOS HERNÁNDEZ

Durante siete meses, Franklin Masacre controló la Penitenciaría General de Venezuela. Allí operaba junto a su banda, “protegido” por los altos muros de la cárcel a la que podía entrar y salir sin restricción. Según Iris Varela, la fosa común encontrada dentro del penal, donde se contabilizan al menos 14 cadáveres, lo tenía como dueño. Su mandato terminó cuando el ministerio de prisiones ordenó el desalojo del lugar y hasta aceptó sus demandas de entrega, mientras la tuberculosis, la tortura y los asesinatos hacían correr a los encarcelados, o morir en el intento

Según declaraciones de la ministra de Asuntos Penitenciarios, Iris Varela, se sospecha que los tres pranes que en 2016 lideraron el motín dentro de la Penitenciaria General de Venezuela (PGV) puedan ser los responsables de la fosa común encontrada este centro de reclusión. La ministra dijo el lunes 13 de marzo que que los pranes Jean Manuel Montilla (El Chimaras), Nelson Barreto (El Ratón) y Franklin Hernández Quezada (Franklin Masacre) fueron reubicados en el área de máxima seguridad del Centro Penitenciario de Formación del Hombre Nuevo El Libertador, ubicado en Tocuyito, estado Carabobo, donde estarán a la orden de las investigaciones: “no habrá impunidad con estos crímenes”, dijo Varela.

Los sujetos estaban presos en el Centro para Procesados 26 de Julio desde el 28 de octubre de 2016, día en que se entregaron a las autoridades para dar paso al plan de pacificación en la PGV. Pero tras el desenterramiento de los cadáveres que estaban en una fosa común de la PGV, Varela ordenó sacarlos del penal de San Juan de los Morros.

Según la información señalada en Últimas Noticias, en esa fosa común, donde se han encontrado 14 cadáveres pero solo 9 con cráneos, “enterraban a los presos que morían torturados por ‘Franklin Masacre’, quien no toleraba que los reos se atrasaran con el pago de las causas, una especie de ‘impuesto por vivir’ que rondaba los Bs 2.500 cada semana”.

A María Lourdes Ramírez se le pone la piel de gallina y las lágrimas que reflejan dolor e impotencia se deslizan por su rostro cada vez que escucha el nombre de Franklin Masacre, el pran que sembró el terror en la Penitenciaría General de Venezuela (PGV) y que fue el autor material del asesinato de su hijo Víctor, un joven de 24 años de edad que purgaba condena por robo agravado. Él se atrevió a desafiar a Franklin y le costó la vida.

El  muchacho llevaba dos meses sobreviviendo al régimen represivo y de torturas que Franklin Masacre había impuesto en el penal guariqueño desde marzo de este año. Debía estar al día con el desembolso semanal de la causa para garantizar su seguridad. La tarifa era de dos mil 500 bolívares, pero en abril se atrasó unos días en el pago porque María no había reunido esa cantidad. Los luceros del pran no lo perdonaron. Lo mantuvieron aislado durante dos semanas en un cuarto oscuro, pestilente, con restos de excremento y orina. Solo se alimentaba de las sobras de arroz que sus captores le daban en tres cucharadas o cuando María, su madre, le llevaba algo los días de visita. Perdió más de 15 kilos durante el tiempo que duró castigado en esa celda. Lucía demacrado, con los ojos hundidos, la piel pegada al hueso y los labios blancos por la falta de hidratación.

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En aquel momento Víctor tuvo mejor suerte que un grupo de compañeros que entró en morosidad con el pago de la causa. “Él fue testigo cuando uno de los luceros agarró a tres presos y les cortó tres dedos de la mano derecha. Los gritos de dolor de los mutilados lo marcó y sembró en mi hijo un sentimiento de odio en contra de Franklin Masacre”, relata María. En mayo, uno de los luceros del pran le encomendó que fungiera como garitero en una de las torres de la penitenciaría. Esa noche, cuando vigilaba la zona junto a otros tres reclusos, se perdieron más de 100 mil bolívares de una droga que se había vendido. La responsabilidad recayó sobre los celadores de turno quienes debían reponer ese dinero en menos de 24 horas, pero fueron encerrados en una capilla evangélica al no tener tal cantidad.

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Nuevamente a Víctor lo dejaron sin comida y se abrigaba con láminas de cartón, no podía hablar con el resto de sus compañeros castigados, era vigilado las 24 horas. Si intentaba salir de allí, lo matarían. Al joven le dio sarna porque tenía tres semanas sin bañarse y los que compartían el espacio con él también se contagiaron. Su madre cuenta que mientras él cumplía su castigo, sin comida, sin cambiarse y desesperado con la picazón porque la erupción de la escabiosis había minado todo su cuerpo, Víctor fue visitado por Franklin Masacre y otros cinco hombres que formaban parte de “su carro” (comitiva). Cuando los vio pasar, él le comentó a otro de los castigados: “ahí va la bruja esa”. Al escuchar la crítica, uno de los acompañantes del líder, de piel oscura, alto, delgado y portando un fusil en señal de autoridad, lo haló por la franela curtida que llevaba puesta y le dijo: “Si eres hombre, repite lo que dijiste” y Víctor señaló al pran respondiendo: “tú eres una bruja y estoy obstinado de ti”.

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Esa frase fue su sentencia. Los hombres de Franklin Masacre lo llevaron a un cuarto cercano donde estuvo la primera vez por no pagar la causa. Allí le pegaron hasta debilitarlo y tres días después lo asesinaron y picaron. Sus restos los sirvieron como comida a unos cochinos que criaban en la cárcel. Cuando fue al penal a visitarlo y llevarle comida, a su madre uno de los luceros le dijo que Víctor estaba castigado, que le dejara la comida. “Pasé una semana sin saber de él hasta que recibí una llamada de parte de un recluso. Me dijo que a mi hijo lo habían matado”.

Ella y otros miembros de la familia se movilizaron a la morgue del hospital de San Juan de Los Morros, pero entre los cadáveres que fueron ingresados no estaba el de su hijo. Su angustia la llevó a contactar al director de la PGV. “No recuerdo su nombre, pero sí llevo en la memoria una frase que me dijo: ‘señora, no puedo garantizar la seguridad de las puertas del penal para adentro porque aquí gobiernan los pranes’”. María no supo más sobre lo que pasó con su hijo adentro de la cárcel. “Las paredes son testigos de los gritos, las masacres y las torturas que vivieron cientos de detenidos. Se habla de que semanalmente desaparecían a cuatro internos. Ese horror que vivieron nuestros familiares lleva el sello de Franklin”, expresa María mientras abrazaba a su nieta de 10 años, lo único que le quedó de su hijo Víctor.

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De delincuente común a pran

El ahora expran arrastra un prontuario delictivo que data del año 1996. En ese entonces Franklin Paúl Hernández Quezada tenía 24 años y vivía en Catia La Mar. Los vecinos de los bloques de La Páez, donde se crió, dicen que nunca quiso estudiar una carrera universitaria, se la pasaba con “los mala conducta” de la zona y de ese “compinchazgo” solo heredó malas mañas que derivaron en delitos. Desde lesiones personales hasta homicidios acumuló por varios años hasta que fue capturado en 2003. Entonces, pisó por primera vez la Penitenciaría General de Venezuela y durante su estadía de siete años conoció cada rincón de la cárcel, los movimientos y cómo se manejaba el negocio de la venta de droga.

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Hernández Quezada se hizo fiel colaborador de Graig Manuel Salcedo Rodríguez, alias El Trompeta, quien era uno de los pranes principales de ese centro penitenciario. De El Trompeta, aprendió a dirigir desde la cárcel los robos, secuestros y extorsiones a los comerciantes del casco central de San Juan de Los Morros. En 2010 cumplió su condena y continuó sus prácticas delictivas en Catia. Allí armó a más de 30 hombres y formó una banda que extendió sus tentáculos hacia el litoral central. La organización que lideraba se centraba en el secuestro, robo y extorsión. Franklin se convirtió en uno de los hombres más buscados por los cuerpos de seguridad, ya conocido como “Masacre”. En la cuenta de Twitter @OLP_ solicitados figuraba su nombre desde 2015. Mientras era rastreado por el oeste de Caracas y La Guaira, él ya se refugiaba en la PGV. Entraba y salía cuando quería porque estaba amparado por Nelson Alejandro Reyes, alias El Ratón, uno de los líderes que gobernaba el penal en sustitución de El Trompeta, quien fue ultimado en un enfrentamiento dentro de la cárcel.

Franklin Masacre fue amasando poder y respeto en el penal. En marzo de este año asumió el control de la cárcel. Reclutó a 800 hombres que fueron ejecutores y cómplices de sus crímenes. Aquel que se atrevía a desacatar sus órdenes era torturado o asesinado, como le ocurrió a Víctor y a otros internos como Wilman Bermúdez. Un preso contó que a él lo mutilaron delante de 15 internos en el patio central porque no rindió cuentas del cobro de una extorsión.

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Días de violencia

El reinado de Franklin Masacre en la PGV duró apenas siete meses. Culminó en octubre de este año y su mandato estuvo signado por una cadena de hechos violentos que desencadenaron en el desalojo del penal y su posterior entrega. El secuestro de 42 trabajadores carcelarios en la prisión, a cambio de que el Ministerio para el Servicio Penitenciario le enviara mil 500 presos de otras cárceles para que continuara el cobro de la causa y así aumentar su capital, fue uno de los episodios previos a la desocupación de la cárcel.

Alexis Castro, uno de los internos que fue reubicado en la cárcel 26 de julio –vecina de la vieja PGV, creada en la estructura de un supermercado no terminado- fue testigo cuando días después de la toma de rehenes llegaron más de 50 buses colmados de reclusos provenientes de Tocuyito, El Rodeo y Tocorón. A ellos los ubicaron en los pasillos de los pabellones que eran vigilados por los hombres de Franklin Masacre. Algunos no llevaban ropa y debían conformarse con las migajas que le daban los luceros porque primero comían ellos y, si sobraba, le daban al resto de la población. A Franklin Masacre el Ministerio para el Servicio Penitenciario le cumplió su exigencia y los trabajadores que por una semana permanecieron como rehenes en el comedor, fueron liberados siete días después.

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La actuación del pran era admirada por muchos reclusos. En videos que el propio varguense distribuía en Internet, se mostraba denunciando la situación de hambre y escasez de medicinas en el penal, atestado de casos de tuberculosis que dejó, al menos, 10 reos fallecidos. Pero otros rechazaban sus fechorías, y hasta sobraba quien quería destronarlo. Según Alexis, uno de los que aspiraba propinarle un golpe de Estado era un preso apodado El Manco. El 15 de septiembre, fecha del cumpleaños de Franklin Masacre, fue escogido por Manco para tumbarlo. Era un día de visita. Alexis recordó que había más de 8.000 personas, entre internos y familiares. Se instalaron toldos y mesones con variedad de pasapalos.

El “líder negativo” –como lo calificaría el Gobierno- había contratado grupos de reguetón para prender la rumba que se extendería por tres días, y que previamente se había anunciado por los grupos de whatsapp y en una pancarta gigante colocada en la entrada del penal que decía: “asiste, no te pierdas el rumbón del año”. A las 2:30 pm, mientras bailaban al ritmo de la salsa, un estruendo dispersó a los invitados que se habían concentrado en la discoteca y en el patio. Se trataba de una granada que fue lanzada por el hermano de El Manco para quitar del medio a Hernández Quezada. El estallido dejó 27 muertos y 11 heridos, pero la celebración continuó hasta la madrugada. Alexis resultó herido por las esquirlas en los brazos y las piernas.

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“Permanecí dos semanas en el hospital. Los restos de la granada se incrustaron en los muslos, casi no podía moverme del dolor y salí barato. Mi mejor amigo, José, no sobrevivió, quedó desmembrado. Su esposa lo reconoció en la morgue de San Juan de Los Morros por un tatuaje de un halcón que tenía en su brazo derecho”, relató el encarcelado. Hay familiares que hasta la fecha desconocen el paradero de más de 50 presos. Se manejaron varias listas, no los encontraron en las morgues y presumen que fueron enterrados en las fosas comunes que excavaron en los pabellones dos y tres.

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Dentro de la cárcel se colaron rumores de una posible intervención del penal, a cargo del Ministerio para el Servicio Penitenciario. Había tanquetas y las detonaciones por enfrentamientos internos continuaron un mes más hasta el 28 de octubre, cuando los pranes Franklin Masacre, El Chimaras y El Ratón se entregaron, no sin antes haber cobrado más de 50 mil bolívares a cerca de 300 internos que saltaron la cerca y se refugiaron en la cárcel 26 de Julio, ubicada al lado de la PGV.

Gonzalo Ruiz, hijo de Marina Urrieta, fue uno de los que trepó la cerca. Tres días antes, su madre tuvo que depositar 55 mil bolívares en una cuenta bancaria a nombre de una pescadería de San Juan de Los Morros, para que Franklin Masacre no ordenara dispararle y su hijo pudiera irse a la cárcel 26 de Julio –bautizada así por el día en que se fundó el ministerio que encabeza Iris Varela. Cuatro días después, Gonzalo Ruiz fue trasladado junto a otros 600 reos a Tocuyito. Los 4.500 presos restantes que estaban recluidos en la PGV fueron reubicados en El Rodeo, Tocorón y Fénix.

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Gonzalo fue auxiliado por un preso de Tocuyito que le dio albergue en una pieza de tabla y zinc, de apenas cinco metros por cuatro. Duerme con él en un catre porque no hay espacio para más. Allí también se paga una causa semanal de mil bolívares. “Pero los pranes no son tan estrictos como en la PGV, que un retraso en el pago podía costarle un dedo o un encierro en una celda”, comentó su madre Marina Urrieta.

A Franklin Masacre, El Chimaras y El Ratón les habían asignado Tocuyito y Puente Ayala como centros de reclusión, luego del desalojo de la PGV, pero la población de esos centros se opuso y están aislados en la cárcel 26 de Julio. No tienen mando y fueron uniformados para acoplarse al Nuevo Régimen Penitenciario.

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Rechazo a la reapertura

La ministra Iris Varela aclaró que la PGV no sería cerrada, sino sometida a un proceso de recuperación que también implica la implementación del Nuevo Régimen Penitenciario. Aún no ha dado fecha de su reapertura, pero fuentes ligadas a su despacho indican que los trabajos de remodelación van a paso lento por déficit presupuestario. Sin embargo, los vecinos de Vista Hermosa y Bella Vista, dos urbanizaciones que se ubican a 10 minutos de la cárcel, han hecho varias reuniones en rechazo a que esos espacios sean nuevamente usados para albergar a condenados por la justicia

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Eli Blanco integra uno de los mil 600 grupos familiares que se oponen a la reapertura de la Penitenciaría General ubicada en San Juan de los Morros. Cuenta  que durante los enfrentamientos registrados en los últimos meses, los proyectiles impactaron en los tanques de agua de las casas vecinas. “Vivo con mi mamá, mi hermana y mi sobrino, un pequeño de cuatro meses de nacido, y tuvimos que mudarnos por cuatro días a casa de un familiar en las afueras de San Juan, por seguridad. No podíamos dormir y prácticamente estábamos atrapados en nuestras viviendas por los tiroteos que duraban hasta 40 minutos. Para salir hacia el centro debíamos pasar una carretera de tierra porque los accesos principales estaban cerrados por las tanquetas apostadas cerca del penal”.

Cuando la situación se calmó, Eli y su familia retornaron a su casa. La fachada de la segunda planta tenía las marcas de dos proyectiles que impactaron durante las refriegas.

Hubo familias que por más de 15 días se marcharon a Caracas y Valencia porque a través de los grupos de Whatsapp se comentaba que Franklin Masacre iba a volar hospitales y escuelas si el Ministerio no accedía a sus peticiones. “Fueron momentos de angustia, de pánico, que no deseamos que se repitan. No queremos que vuelva a funcionar esa cárcel y menos que Franklin Masacre siga preso en San Juan”, dice Blanco. La última palabra la tendrá la ministra Iris Varela.

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