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Así es Rodríguez María Fernanda, la mujer del “majomenos”

Portada María Fernanda
08/02/2019
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FOTOGRAFÍAS: DANIEL HERNÁNDEZ

Una sublevación militar en un comando de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) en Cotiza fue la gota que derramó el vaso. Los vecinos del populoso sector caraqueño aprovecharon la oportunidad para salir a las calles a protestar el lunes 21 de enero. Entre cacerolas y bombas lacrimógenas, reclamaban por las precarias condiciones en la que viven. Allí estaba Rodríguez María Fernanda

La mujer no dejaba de golpear su olla con energía. Taca, taca, taca. “Todo caro, nada nos alcanza”, se quejaba en vivo frente a una cámara de televisión que transmite las noticias por Internet. Taca, taca, taca. “Somos grande, un pueblo grande”, soltaba con una bandera de Venezuela guindada del pecho. Y otra vez el taca, taca, taca a su cacerola, toda magullada de tantos trancazos. A ella nada la enmudecía, la indignación parecía inspirarla. Prometía salir a las calles a protestar, ese y cada día si le era posible. Le mentaba la madre a un mandatario escondido en su palacio, a quien comparó con un cerdo, mientras el pueblo pasa hambre, “qué arrecho”. Taca, taca, taca.

—¿Nombre y apellido?, le preguntó el periodista.

—Rodríguez María Fernanda.

MariaFernandafoto2No tenía ni idea del resultado de su testimonio. No lo quería, no lo esperaba. Al llegar a su hogar, varias horas después, le dieron la noticia. “¡Llamaron tus amigos de Perú, Chile, Ecuador diciendo que estás por allá!”, le contó su madre. No supo qué decir, quedó boquiabierta. El video se propagó como el fuego en sequía. Las cuentas en redes sociales replicaban su declaración, se compartieron cientos de memes con su rostro y hasta se crearon calcomanías para enviar por Whatsapp. La gente se carcajeaba de su espontaneidad, le aplaudían la osadía. Rodríguez María Fernanda se había vuelto viral.

MariaFernandacita3Ahora sus vecinos bromean con ella y le piden un autógrafo al verla pasar. Otros la tienen en sus teléfonos, inmortalizada en la memoria de sus equipos. En el colegio de su sobrino se emocionaron cuando supieron que ella había sido la protagonista del dichoso video. Su madre admite que el orgullo le hinchó el pecho al ver a la mayor de sus retoños diciendo todo lo que ella también hubiese querido espetar. Y la propia María Fernanda se ríe de sí misma al verse convertida en imágenes para el chiste. El rostro de la indignación que sienten todos los venezolanos que surgió de la manifestación en Cotiza.

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¿Quién dijo miedo?

A María Fernanda la despertaron con el sonido de los disparos. Era lunes 21 de enero de 2019 y el reloj marcaba poco más de las cuatro de la mañana. Las detonaciones, supuso, provenían de “allá abajo”, donde se ubica la sede del Comando N.5 de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) de San José de Cotiza, en el municipio Libertador de Caracas. Sin mucho que hacer, se volvió a acostar en su cama preguntándose qué estaría pasando en la zona. A las cinco, su tía la despabiló de un golpe: “¡María, los guardias están hablando por un video diciendo que salgamos a la calle!”. No aguantó dos pedidas: se levantó de un tirón, se vistió tan rápido como pudo, se escondió el pelo en una gorra y agarró la bandera tricolor. Se fue con el estómago vacío, no había chance para sentarse a desayunar, el país la esperaba. A las seis de la mañana ya estaba en la entrada de su barrio con una cacerola y un cucharón.

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A pesar de la arremetida de los cuerpos de seguridad del Estado en contra de los ciudadanos que decidieron dejar sus viviendas, no dejó de dar pelea ni un segundo. Ni cuando los gases lacrimógenos invadieron el ambiente, ni cuando los uniformados querían dispersarlos o cuando los rumores de que los colectivos llegarían para amedrentarlos se regaron por el boca a boca de los vecinos. Ella no se movió del sitio, no la espantaban ni queriendo. “Tragué lacrimógena pareja y me dije ‘María, pa’ lante, no tengas miedo’. Estuve ahí como hasta las dos que nos corretearon bien feo. Si no, todavía estaría allá abajo luchando”. La más resteada.

Considera tener razones mayúsculas para pararse firme sobre el asfalto. “Yo me dije que me iba a quedar ahí porque quiero luchar, quiero estar defendiendo mi país porque quiero que Venezuela cambie, que sea mejor, que vuelva a ser lo mismo que antes. Porque nada hago con hablar si no salgo, si no protesto, si no hago nada. ¿Que vienen los guardias? Que vengan esos desgraciados, que me echen plomo si les da la regalada gana. Moriré por mi país, pero moriré por gusto, no cobarde metida en una casa sin hacer nada”, expresó al recordar ese momento.

MariaFernandacita2La olla que llevaba en manos, una tortera roja que su tía le prestó para que fuese a manifestar, sufrió su rabieta. La cacerola salió del gabinete de la cocina como nueva, y volvió casi hecha añicos. “Yo se la volví ñoña porque le daba con furia, con ganas. Estaba fina, estaba redonda”, explica con emoción, la misma que la invadía el 21 de enero. Y no pierde tiempo para hacerla sonar una vez más con un cucharón. Taca, taca, taca. “Que lo escuche todo el mundo en esta mierda, así de fácil”. Taca, taca, taca.

María Fernanda es apacible, pero cuando la euforia la invade habla rápido, sin tapujos, moviendo las manos a diestra y siniestra. No tiene filtros ni pelos en la lengua. “Yo soy clarita, así como tú me ves. No soy mala, soy clara”, afirma. Es espontánea, echadora de broma y ríe con facilidad. Confiesa que decir “¿majomenos?”, ahora su frase emblema, es una costumbre.

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Su batalla personal

María Fernanda Rodríguez nació hace poco más de 36 años. Sus abuelos, sus raíces, provienen de Barlovento, la tierra que se mueve al ritmo del tambor del estado Miranda. Pero ella es de Cotiza de nacimiento, asegura con orgullo. Ahí también creció y sigue en el mismo hogar que sus antepasados levantaron hace décadas.

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Actualmente son ocho bajo el mismo techo: su madre, dos tíos, una prima, dos sobrinos, su hija y ella. Aunque sobre sus hombros solo lleva la carga económica de su progenitora y su pequeña de 12 años, a quien sacó adelante como madre soltera tras divorciarse de su pareja.

La joven llegó hasta el quinto año de bachillerato, de ahí no estudio más. “Por flojera, por dejadez, fue falla mía. Decidí ponerme a hacer otras cosas”, confiesa. Así que se inició en el oficio de la peluquería e hizo cuanto curso o taller se le cruzara enfrente: barbería, desrices, tintes, uñas acrílicas y pare de contar; diplomas que todavía conserva pegados en una pared de su habitación. Ella misma se ha encargado de pintar y trenzar todo su pelo, en el que a veces puede tardar hasta seis horas en arreglar. Por eso y por más se ganó el apodo que le dio su hija: “Mamá glamour”, que lleva con placer en su cuello.

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Tras pasar algunos años trabajando asalariada, en noviembre de 2018 decidió independizarse para tratar de mejorar sus ingresos con clientes particulares, a domicilio. “Me va bien, gracias a Dios, pero ganes lo que ganes no te alcanza para nada”. Su estómago y el de los suyos lo saben.

El tema de la comida es de los asuntos más complicados para ella. La plata no alcanza para todo lo que necesitan comprar y optan por rendir las porciones, repetir lo mismo varios días seguidos o no comer. Los víveres que reciben por el CLAP no son suficientes. “Tenemos la caja, ¿y el complemento de eso dónde queda? Mi hija me dijo el otro día: ‘Mamá, estoy cansada de comer arroz con caraotas’. A veces lo único que tengo es granos para mañana, tarde y noche”. Explica que les ha tocado ingerir alimentos solos, sin ningún aderezo o condimento. “Antes cocinábamos las caraotas con cebollita, con un sofrito para que tuviera ese gustico sabroso. Ahora las cocinamos sin aliño, solo con sal porque ni para eso nos queda. ¿A quién le gusta comer así? A nadie”.

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Pocas veces degustan proteína animal. Si compran huevos, comen uno por cabeza, hay que guardar para después. “Yo ya no como pollo, ni sé cómo es. Ya se me olvidó, no recuerdo su color. Tenemos siglos sin saber de eso porque si compro carne, no compro más nada”.

Cuando no hay cómo responder al sonido de las tripas, irse a dormir sin nada en el estómago es la alternativa, excepto la niña. Ella es prioridad. “Lo triste es que tú tengas una hija que te diga que tiene hambre y no tener nada que darle. Me ha pasado”.

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La salud es el segundo dolor de cabeza en la vida de María Fernanda. Miriam Urbina, su madre, tiene 61 años y sufre de artrosis grado 5 en las rodillas, además de ser hipertensa. El trastorno degenerativo de las articulaciones le dificulta poder desplazarse por los tres pisos de la casa con facilidad y mucho menos ir a trabajar. Así que vive casi postrada en su cama, en el último piso de la vivienda. Los padecimientos de su tío Omar Urbina –un glaucoma que lo dejó totalmente ciego– no pudieron ser atendidos tampoco.

MariaFernandacita1María Fernanda cuenta que vivir en Cotiza tiene sus pros y sus contras. ¿Lo positivo? Es un barrio tranquilo, dentro de lo que cabe. ¿Lo malo? Los servicios. Su casa está repleta de botellones de todos los tamaños para almacenar agua pues nadie sabe cuándo llega.

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Hace semanas, recuerda, pasaron al menos 25 días sin agua. “Teníamos todos esos días sin agua y el día de la marcha (23 de enero) mandaron el agua. Eso era para que la gente no saliera, se quedara llenando potes, lavando, limpiando. Pero la gente fue viva, hizo todo eso temprano y con la misma se fueron a su marcha. Yo quedé impactada”, relata. Casi un mes puede parecer mucho tiempo, pero pueden llamarse afortunados. “En este sector llega el agua de vez en cuando, así sea un chorrito. Pero allá abajo donde fue la protesta del 21, tenían un año sin agua. Tenían que contratar cisternas, bajar al módulo de la GNB o ir hasta cerca de la montaña”, comenta Yamileth Urbina, tía de María Fernanda.

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El transporte es otro pesar del mismo calvario. Por las mañanas es más probable conseguir alguna camioneta, aunque el tiempo de espera entre una y otra se hace eterno. A medida que avanza el día, es peor. Ya en la tarde es imposible abordar una unidad. A María Fernanda le toca caminar, mucho. “Gracias a Dios que mis clientas son todas cerca. Yo ando a pie y con mi mochila a todas partes. Las piernas a veces me duelen de tanto caminar, pero duro más esperando un carro que yéndome a pie”. Comenta que, además, el problema es la tarifa, que nunca es la misma. “Uno te cobra 50, otro 100, otro 30. Ninguno se pone de acuerdo en cuánto te va a cobrar”.MariaFernandafoto11

Es su lucha propia, más allá de los militares sublevados el 21 de enero. “Por eso salí para la calle, por eso hablo y dije lo que dije. Porque somos un país grande para estar amedrentados y vivir así en pobreza”, asegura. “¿Cómo es posible que hay gente que todavía diga ‘estamos bien’? No estamos bien. Yo lo que hago es trabajar para mi hija y mi mamá. No para darles lujos, sino para sobrevivir”. Ante las amenazas de quitarle la caja CLAP, María Fernanda vuelve a soltar lo que siente, sin pelos en la lengua. “A mí no me van a callar la boca por una caja. A mí no me calla nadie”.

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Salir hoy, mañana y siempre

María Fernanda confía en Juan Guaidó, en sus convicciones y en sus ganas de prosperar. “Tengo fe en él, por lo que he oído, por lo que me han dicho. Se ve que es un muchacho que le quiere echar pichón y quiere cambiar Venezuela”.

Hace rato que vive desencantada por las formas de gobernar de Nicolás Maduro. El problema, para ella, no es por política o ideologías. Quien no lo haga bien, no merece el puesto en el Palacio de Miraflores. Dice, sin muchos rodeos, que al hijo político de Hugo Chávez no lo quiere ni en foto. “Un presidente que deja morir al pueblo de hambre, no es presidente. Un hombre que no le importa matar a su gente, no es presidente. Un presidente que actúe así, no puede seguir aquí”.

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“Hay que buscar a Rodríguez María Fernanda. Así sea tocando puerta por puerta en Cotiza”. Esa fue la indicación de Víctor Amaya, nuestro editor, en reunión de pauta. Nadie sabía nada de ella, quién era, qué hacía. El único dato era Cotiza. Víctor quería saber cómo vive, cuál es su lucha y por qué su olla estaba tan “esguañingá”. Fue él quien nos mostró el video y desde el primer instante me convertí en su admiradora.

—¿Quién hace la pauta?—preguntó Víctor.
—Ve tú que eres fan— dijo Alexandra Sucre.

Acepté entusiasmada con la idea de que quizá nunca la encontraría. Al día siguiente estaba en una moto en búsqueda del rostro que se había convertido en mi meme favorito. Llegué a un estacionamiento y le dije a un señor de dónde venía y a quién buscaba. Negativo. “Métete en ese callejón. Quizá viva ahí”. Un muchacho me ayudó con una vecina, mostré el video y la respuesta fue instantánea: “Eso no es aquí, es más arriba. Yo te acompaño”.

Llegamos a la supuesta calle. Los vecinos dijeron haberla visto, pero no conocían su nombre. Alguien soltó lo que quería oír: “¿Ves esa casa? Ahí vive”. Toqué con cautela la puerta entreabierta. Una mujer asomó la cabeza y supe que estaba en el sitio correcto. Era su tía, una Rodríguez María Fernanda con más años. “Ella está trabajando, ven mañana”.

Fui con Daniel Hernández. La mujer del #majomenos nos recibió como a unos viejos amigos, con abrazos y café. Y hablamos mucho. De que es peluquera y manicurista, que es madre soltera y que, para mi sorpresa, tiene 36 años. Nos contó que en Cotiza el problema de los servicios públicos es un dolor de cabeza y que muchas noches se va a dormir sin probar bocado. Nos presentó a su madre quien no puede caminar por la artrosis y a su tío ciego por falta de medicamento.

Nos mostró su olla magullada que le había prestado su tía el 21 de enero. Dijo que le dio con fuerza hasta volverla ñoña, cansada de tanta precariedad. Se enteró de su “fama” en redes sociales por unos amigos fuera del país. Le mostré el sticker que guardo en mi Whatsapp. “Me encanta. Esa es mi frase: #majomenos”. Ahora, después de conocerla, también será la mía.