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Así trabajaría el laboratorio del mal chavista

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Politólogos y exfuncionarios del chavismo, que no parecen mucho más clarividentes que cualquier vecino, especulan acerca de cómo funciona la toma de decisiones dentro de una cúpula sin un claro concentrador de poder como Chávez y que algunos definen como un Estado depredador

Son las 2:00 de la madrugada de un día de finales de abril y el cónclave, de rutina, se efectúa en un búnker subterráneo y secreto a prueba de bombardeos que, por motivos de seguridad, se ha construido en algún punto debajo de las inmediaciones de Miraflores. Las vestiduras son oscuras, las botas altas y el ritual no tan elaborado como el de una película sobre el Tercer Reich: una contraseña finaliza con la exclamación: “¡… y muerte!”. No hay fotos de Hugo Chávez en el recinto impregnado de nicotina. Cada uno lleva un arma en el cinto. En realidad ninguno confía en el otro.

Hermann, que últimamente ha estado participando en las reuniones como el tipo del que todos recelan pero que sabe de leyes, enciende un proyector de imágenes y exclama: “Compadres: les tengo la solución”. A continuación expone la viabilidad de una asamblea constituyente. “¿Constituyente? ¿Pero eso no requiere de un referéndum antes?”, se inquieta uno de los participantes, de nombre árabe. “No, chico, ¡qué referéndum! Léanse los artículos. En ninguna parte son categóricos. Ahí podemos tirar un mareo”, tranquiliza el obeso jurista con cierto aire a Jaba el Hutt. Un hombre que ha estado de espaldas todo el tiempo eleva un habano y desliza: “Es la jugada maestra para terminar de aplastarlos. Se los dije”.

Las anteriores líneas no son más que un ejercicio no demasiado inspirado que trata de responder las preguntas de las mil lochas: ¿cómo es el proceso de toma de decisiones dentro un régimen de corte totalitario pero aparentemente desprovisto de un único Big Brother? ¿Dónde está el piloto? ¿Cómo funciona el “laboratorio del mal” que probablemente anticipa y encamina las reacciones de sus adversarios políticos?

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Quizás la ficción se queda corta: después de todo, algunos de los operadores que hoy ocupan posiciones visibles en el oficialismo, como Tarek William Saab, Aristóbulo Istúriz, Iris Varela y el abogado Hermann Escarrá, ya formaron parte del privilegiado grupo de constituyentes que se reunían por separado en 1999 y quién sabe si desde entonces se planificó la trampa de una convocatoria espuria del poder originario. O el escenario opuesto: quizás todo se ha ido improvisando bajo ensayo y error y con una buena dosis de fortuna, tras desechar convenciones que antes se daban por sentadas: después de todo, por ejemplo, quizás sí sea posible gobernar dando por completo la espalda a la comunidad internacional.

Están todos los que son. ¿Pero son todos los que están? Es presumible que los que deciden sean efectivamente los rostros más visibles: un presidente nominal que probablemente no es el que siempre manda —Nicolás Maduro—, un diputado electo por lista que parece imprimir el tono a la hora de la radicalización y que después de todo encabezó la jugada maestra de la toma del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) en diciembre de 2015 —Diosdado Cabello—, el principal vocero militar —Vladímir Padrino—, el segundo a bordo acusado de negocios turbios por el Departamento de Estado de los Estados Unidos y que ingresó a la lista de sanciones económicas de OFAC —Tareck El Aissami. Pero… ¿y si no?

“En los regímenes fascistas se decía que, mientras más los veías, menos mandaban. Es posible aquí. Hay otros actores que no se ven que, quizás, tienen tanto poder como los que se han mencionado: los cubanos podrían seguir siendo importantes. Los llamados boliburgueses, los militares. Si hay otros, están bien escondidos, pero no lo descarto”, especula Fernando Spiritto, politólogo que dirige los estudios de posgrado de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

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Reparto de despojos

Lo que tenemos hoy en Venezuela es descrito en ciencias políticas como un Estado depredador. Básicamente es una camarilla cuyo objetivo es repartirse los despojos. O visto desde otro punto de vista: elevar impuestos y cobrarlos”, concluye Spiritto, que agrega: “La mejor imagen que describe al chavismo-madurismo es que está montado en un tigre. No puede darse el lujo de caer: si te bajas del tigre, te jodiste. No pueden jugar ya el juego democrático formal. No se conciben a sí mismos fuera del poder: no podrían. En mi opinión, el jefe económico de esta vaina sigue siendo Chávez. Pero después de su muerte, el chavismo ahora es una coalición de intereses bien delimitados: políticos, militares, boliburgueses. Maduro ha perdido poder, pero no diría que es una marioneta, sino que tiene muy reducida la maniobra ante lo que diga la coalición. El chavismo no es monolítico, pero sigue unido porque si se divide se cae. Sin el poder están muertos política y cuidado si literalmente. Todo el que crea que se debe negociar o introducir reformas queda automáticamente fuera. Pero la coalición está pegada con alfileres: cualquier movimiento pequeño podría hacerla caer”.

Ni siquiera los que han estado alguna vez dentro del chavismo agregan teorías demasiado esclarecedoras con respecto a las que saldrían de la boca, por ejemplo, de un diputado opositor. “¿Quiénes mandan aquí? Las mafias. Yo tengo la tesis de que, a raíz de la muerte de Chávez, se instala un grupo que venía actuando a espaldas suyas o con su conocimiento, pero cuyas acciones consideró que no revestían importancia. Después de su desaparición física ese grupo se desató”, opina el mayor general del Ejército, Clíver Alcalá Cordones y prosigue: “Mafia es una manera de definirlo. Está dirigida a los negocios fuertes del Estado: el petróleo, la destrucción del aparato productivo para favorecer las importaciones, el decreto del arco minero que mutila a la nación”.

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“El proceso bolivariano ha tenido varias etapas. Luego del sabotaje petrolero de 2002 se radicaliza el discurso. Los que apostábamos a un modelo económico diversificado fracasamos, y me inscribo en esa fracaso”, admite Oly Millán, que ocupó brevemente el ministerio de Economía Comunal en 2006. “Chávez quedó atrapado en ese agotamiento. Parecía que si la gente le era leal en lo personal, eso bastaba para ser leal a un proyecto de país. Surge una nueva casta, lo que llamaríamos los ‘Hijos de Chávez’: grupos de poder con manejo discrecional y privilegios para obtener divisas rápidamente a través de las importaciones”.

Toda reacción viene de una acción

Las hipótesis acerca de cómo se toman las decisiones en lo que ha sido comparado también con un barco de pasajeros a la deriva secuestrado por piratas —una de tantas metáforas que se escuchan estos días en los espacios de opinión que sobreviven en los medios radioeléctricos— pueden llevar a elucubraciones infinitas como el laberinto de los espejos de Umberto Eco.

¿Y si cada acción que ha emprendido la oposición ha sido planificada previamente también en un laboratorio del mal? ¿Y si llevar a la gente a la calle era parte de un guión para imponer luego la Asamblea Constituyente? ¿Y si desde un principio se buscó que la Asamblea Nacional (AN) elegida en diciembre de 2015 no tuviera otra opción sino terminar declarándose en rebeldía? ¿Y si violar el hogar y usar armas de fuego contra manifestantes estaba escrito en un manual diabólico del desgaste, por no hablar del desgaste del hambre?

“¿Qué las protestas que comenzaron en abril hayan sido inducidas? No lo creo. Basta hablar con la gente: está arrecha de verdad. Yo sí veo que ahora sí hay una rebelión popular, no es una figura retórica. ¿Que las protestas le convengan a corto plazo para ganar tiempo, reprimir un poco aquí y allá y le hayan permitido lanzar la bomba atómica de la Asamblea Constituyente? Es probable, pero dudo que funcione a largo plazo. La ANC también puede verse como una medida desesperada para evitar elecciones a cualquier costo. No soy optimista sobre los acontecimientos inmediatos de Venezuela, pero teóricamente el gobierno debe llegar a un umbral en el que alguien dentro de la coalición diga: hasta aquí llego, esto es insoportable”, desmiente Fernando Spiritto.

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“El gobierno no es bruto. Ha manejado esto de manera muy inteligente y también muy perversa. El discurso inmediatista de la oposición acerca de que Maduro siempre está a punto de salir lleva a elevados niveles de frustración”, contrasta la exministra Oly Millán y prosigue: “El gobierno muestra hoy unos niveles insoportables de arrogancia que son, lamentablemente, la expresión de alguien que se siente con el control del Estado. Lo primero que debieron hacer los diputados electos en 2015 fue convocar asambleas de ciudadanos en sus circuitos y profundizar la democracia. La élite de poder que ha amasado gran cantidad de recursos a partir de la extracción delictiva de la renta petrolera ha cometido cualquier cantidad de atrocidades, consciente de que no han tenido una oposición sensata, coherente e inteligente. Eso le ha dado potestad incluso para eliminar ahora su obstáculo principal: la Constitución de Chávez”.

“Más que una trampa planificada, se diría que se han impuesto las trampas de las lógicas iniciales de los actores: la del desánimo ante la opción pacífica, en el caso de la oposición, y la apuesta total del Estado-PSUV de que solo es posible sobrevivir aplastando al adversario. Alguien dentro del poder debería tumbar barreras, pero cuando te curas del chavismo, dejas de ser chavista. Estamos en una circunstancia en que la moderación no parece tener cabida”, matiza —y se angustia— el también politólogo Guillermo Aveledo Coll.

Como laboratorio para teorías políticas que incluyen metáforas de tigres, jinetes tártaros y carteles criminales, lo que vivimos en Venezuela es probablemente único en la historia y un objeto de estudio apasionante. El problema es cuando estás metido dentro como ciudadano.