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Avenida Bolívar, donde el chavismo y la indigencia compiten

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19/09/2016
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FOTOGRAFÍAS: CRISTIAN HERNÁNDEZ

La avenida Bolívar se atiborra con las típicas inseguridades adolescentes. Políticos de uno y otro bando compiten para ver quién reúne, per cápita, más metros de su kilometraje. En 2014 el municipio Libertador se cerró a la oposición así que en estos tiempos el chavismo solo rivaliza ahí contra sí mismo y contra la delincuencia que tomó sus aceras

Cada día, sin falta, Edinson Quiñones visita la avenida Bolívar, en Caracas. No la recorre. Quiñones es un punto fijo en la esquina que da entrada al terminal del Nuevo Circo. Vende café a quienes desde las 3:30 am se disponen a abandonar la capital con dirección a los Valles del Tuy; y a medida que el sol se alza cambia el elixir del somnoliento por agua fresca, cigarrillos y chucherías. A su lado hay un mercado creciente. “A la orden los tostones, a la orden… Con ajo y con sal”, grita una mujer a pocos metros. Su leco compite con el de otro hombre que ofrece la “malla” de cebolla o pimentón a Bs. 300 y con el de un mototaxista que sobrepone su voz a la del resto. El vendedor de café prefiere el bullicio al desplazamiento. Nada lo mueve de esa esquina, no porque no transite la avenida sino porque 23 años en el sitio lo han enseñado a convivir con malandros y lateros. Si tiene que ir, por ejemplo, al Museo de los Niños, no camina. Paga con gusto los 45 bolívares del pasaje antes que acercarse al bulevar de las banderas. “Es demasiado inseguro”, justifica, y advierte que no hay que pasearse por los lados del Museo de Arquitectura ni por el de la Estampa y del Diseño Carlos Cruz Diez porque una banda seguramente lo dejara sin teléfono.

La avenida Bolívar es un paseo que tiene alrededor de dos kilómetros de extensión. La estatua del “Libertador” vestido de civil marca su inicio o su fin, dependiendo del extremo de Caracas del que se mire, y al lado contrario termina o comienza con el Museo de Arte Contemporáneo. Su kilometraje además se ha convertido en medida de poderío. Por más arte que se dibuje en sus bordes lo que importa es pintarla, en estos tiempos, de rojo. Pero cuando no hay mitin o campaña la amplia calle refleja el abandono. Más allá de su belleza nadie tiene una palabra positiva para calificarla.

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“Mire”, señala otro vendedor que ofrece sus servicios en la Plaza del Bolívar Civil. El dedo de Carlos Alberto Suárez apunta a un pozo de agua de lluvia. El charco no debería existir. El agua se acumuló en donde tiene que haber baldosas. El índice no para de moverse: “Por allá es un baño público, por ahí seguro te roban y ve cómo crece el monte”. El baño público es una jardinera ubicada junto a uno de los muros cercados por el Palacio de Justicia, la maticas también se cuelan entre las separaciones del piso y el asalto ocurrirá en las escaleras que bajan al Mercado de Cruz Verde. “Este gobierno tiene al país destruido. Nada recibe mantenimiento o limpieza; cuando esto queda al lado de un tribunal por el que pasan jueces y magistrados”. Suárez vuelve a señalar, esta vez un par de pendones que cuelgan de las torres del inconcluso Palacio de Justicia: “Lo único bonito que hay aquí son las fotos de Simón Bolívar y Hugo Chávez. Esas las cambian cada dos meses o cada vez que se deterioran por el sol y la lluvia”.

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En el resto de las jardineras conviven las contradicciones. El monte o supera la altura de un hombre adulto, o simplemente no existe. Más que jardineras son ceniceros o camas para la indigencia. Las lámparas tampoco funcionan, pese a que el alumbrado de la avenida Bolívar fue instalado a finales de 2004 con paneles solares.

Volver a los orígenes

Cuando el 31 de diciembre de 1949 se inauguró la avenida Bolívar representó durante tres décadas una barrera insalvable entre el norte y el sur de la ciudad. La vía fue dibujada por primera vez en el Plan Monumental de Caracas, mejor conocido como Plan Rotival, publicado en 1939. “La gran preocupación de la época era el tráfico vehicular. Para ese entonces, las vías se compraban con un sistema de arterias. Si no llegaba el carro, era como que no bombeaba la sangre. Una visión evidentemente equivocada”, explica el arquitecto Marco Negrón.

El proyecto desarrollado por los franceses Henri Prost, Jacques Lambert y Maurice Rotival proponía una avenida a la usanza de los bulevares parisinos; con calles anchas para facilitar la vida social y comercial; pero la dictadura de Marcos Pérez Jiménez prefirió hacer una autopista. Desde sus orígenes la avenida Bolívar sirvió para marcar diferencias. Sin intersecciones y encima de un gran terraplén; para construirla no importó demoler unas 20 manzanas al sur del casco fundacional pues la Caracas de entonces conservaba la ambición guzmancista de asemejarse a París. Se hicieron canales vehiculares anchos, que permitían cruzar del Este al centro, sin voltear a la periferia. El historiador Jesús Sanoja Hernández entrevistado en el libro La utopía: Medio siglo de búsqueda describió la experiencia de quien por entonces utilizaba la autopista: “El pasajero o tripulante podía tocar ciertos edificios… sin encontrar una venturosa salida que lo condujera a ellos”.

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El gobierno de Jaime Lusinchi fue el siguiente en posar la mirada en la avenida. 35 años después de su inauguración se propuso un plan de renovación urbana que permitiera retomar la continuidad norte-sur que se había perdido. Se conformó una comisión presidencial dirigida por el Premio Nacional de Arquitectura Carlos Gómez de Llarena, acompañado de otros cuatro profesionales del diseño también merecedores del reconocimiento: Fruto Vivas, Tomás Sanabria, Juan Andrés Vegas y Antonio Cruz Fernández; y en 1984 aparece el decreto presidencial que comenzaría a dar vida al Parque Vargas. Gómez de Llarena subraya sin modestias que ese ha sido “el proyecto más importante de planificación urbana que se pensó para Caracas. En el mundo no había precedentes exitosos de la conversión de una autopista en una avenida peatonal con aceras, semáforos, árboles y mobiliario urbano. Fuimos ejemplo para otras ciudades de Latinoamérica y publicados hasta en Italia”. Con este proyecto la avenida pasó de tener 36 metros de ancho a 100 metros de ancho de pórtico a pórtico.

El arquitecto afirma que siempre, desde su fundación, la avenida sirvió para medir fuerzas políticas: “Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba… La avenida es un centro de encuentro político porque es la columna vertebral de la ciudad. Se puede comparar en importancia con los Champs Elysées de París, la Quinta Avenida de Nueva York, el Paseo de la Reforma de México o con la Avenida de Mayo en Buenos Aires. Es y debe ser el escenario por excelencia de cualquier mitin público”. Es plana, lleva el nombre del Libertador y está cerca de Miraflores, son otros tres atributos que atizan el pulso.

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Estos escarceos monumentales ocasionaron que en los tiempos de Juan Barreto como alcalde metropolitano se planteara un proyecto para convertirla en una avenida exclusiva para mítines y concentraciones; con una plaza para que “el líder” hablara desde lo alto, recuerda Negrón. “Era un absurdo, afortunadamente no lo hicieron, porque representaba además una visión bien fascista”. Y Gómez de Llarena remata: “La avenida está maltratada y tuvo un destino diferente al que estaba previsto, por culpa de políticos de segunda categoría que han querido transformar lo que se hizo muy bien hasta comenzados los noventa”.

La Bolívar ha sido espacio para la desnudez política y también para la literal. En marzo de 2006, el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick empelotó el corazón de estas ciudad con aspiraciones cosmopolitas: 1652 personas —con el auspicio del Ministerio de la Cultura, la Fundación de Museos Nacionales y el Museo de Arte Contemporáneo— posaron desprovistos de ropa para su lente, encaramados en la civilidad de la estatua.

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Resucitar la acera

Ahora en la Bolívar, lo social se limita a lo político. Solo en el Nuevo Circo y La Hoyada hacen vida los mercaderes. En el resto del trazado la soledad se impone. Sin importar que la avenida esté flanqueada por al menos cuatro edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela —que truncaron el desarrollo definitivo del Parque Vargas. Ni la Galería de Arte Nacional con su plaza en eterna construcción, los museos; la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas, la ciclovía o los parques de bolsillo —cuyos toboganes también son cama de indigentes— han logrado resucitar unas aceras —caminar allí representa los mismos riesgos que la práctica de algún deporte extremo.

Víctor Artis, arquitecto especialista en vialidad, es de los que preferiría cortar por lo sano, desaparecer la avenida y convertirla en parque y que de este modo sea un real espacio para el encuentro y no un medidor de diferencias. Al tiempo que reconoce que ahora no es viable porque antes habría que construir la avenida este-oeste 16, desde la autopista Francisco Fajardo hasta la Plaza Capuchinos en San Martín, y concienciar a la ciudadanía de que es más costoso moverse en vehículo particular que en transporte público.

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Para revivir esas aceras, hace falta más que los comercios socioproductivos que debieron ser instalados en la planta baja de los edificios de Misión Vivienda y que en algunos casos hoy son basurero. Tanto Negrón como Gómez de Llarena coinciden en que es necesario el comercio de lujo, como funciona en cualquier centro de capital: restaurantes, cafés, cines, librerías, tiendas de ropa. Sin eso difícilmente la Bolívar se convertirá en una gran avenida.

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