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Bebés abandonados, el presente de la revolución bolivariana

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26/07/2018
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TEXTO: FRANCIS PEÑA Y VÍCTOR AMAYA | FOTOGRAFÍA: TWITTER DARVINSON ROJAS

“Donde comen dos comen tres” reza el refranero popular. En hiperinflación esa máxima queda vetusta. Donde comían dos, quizá ahora puede hacerlo uno solo. Una boca adicional es una carga que no todas las familias pueden asumir. El abandono de niños ha aumentado como consecuencia de la emergencia humanitaria que padece Venezuela, a pesar de que el Estado haga silencio

A ellos no les toca retozar en cunas sino en aceras. Tampoco escuchan los arrullos de su madre sino los de un extraño. Hay bebés que nacen sin nadie que los abrace. Con una hiperinflación de 128,4% tan solo en julio de 2018, que según cálculos conservadores del Fondo Monetario Internacional puede alcanzar el 14.000% al cierre del año, el dinero se pulveriza y las alternativas más dantescas se cruzan por la mente de quien tiene más de una boca que alimentar. Trenes del metro, puertas de iglesias o directamente en la basura, cualquier sitio es escogido como destino para el infante al que le es negado un hogar.

El domingo 13 de mayo se celebraba el Día de las Madres en Venezuela. Una de ellas decidió no serlo más. Ese día, un bebé amanecía en la acera que conecta la esquina de Candilito con la de Urapal, en el callejón La Chancleta, detrás de la iglesia La Candelaria, en Caracas. No fue una equivocación: lo habían dejado adrede, cubierto con una manta que lo protegiera del frío, al menos. Fue visto a las 9 de la mañana.

Adentro de la iglesia, el sacerdote Gabriel oficiaba la eucaristía. Afuera, la policía llegaba. Alguien había llamado reportando el incidente. Terminada la repartición del pan y el vino, y dictado el “pueden ir en paz”, los abrazos dieron paso al intercambio de información: encontraron un niño abandonado en la calle, ya se lo llevaron, parece que lo mandaron al hospital J.M. de los Ríos, cómo es posible que eso haya ocurrido, la madre es una desnaturalizada. Y así. Hasta una fotografía del pequeño corrió por conversaciones de Whatsapp. El cura la recibió también. “Era domingo y no había nadie por aquí. La mamá no se atrevería a dejarlo en las puertas de la iglesia porque alguien la vería. No me sorprendería tampoco si ella misma fue quien avisó a las autoridades”, dice.

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El bebé fue recibido en el hospital con atención médica y luego fue asignado por el Consejo de Protección del Niño, Niña y Adolescente a una familia temporal, que velaría por él por un lapso de 30 días o hasta que apareciera un familiar, y si no ocurría un tribunal de colocación familiar le asignaría una familia por un período de tiempo mayor o una entidad de atención.“Pobrecita, no me imagino la situación en la que alguien debe estar para hacer algo así”, suelta el párroco Gabriel.

El caso de ese niño no es el único. En medio del marasmo económico y social venezolano, no son pocos los que terminan en cajas de cartón o mochilas en las puertas de orfanatos, hospitales y hasta trenes del Metro de Caracas. No hay cifras oficiales de cuánto han aumentado los abandonos, pero se presume van en ascenso en un país donde algunos padres deciden desprenderse de sus vástagos al no poder costear siquiera su propia alimentación.

Leydenth Casanova es vicepresidente de la Fundación Colibrí, una organización dedicada a apoyar a pacientes para la obtención de medicamentos, insumos médicos y otros recursos, y habla con certeza de un número: han visto un incremento de 70% con respecto a hace tres años cuando recibían cuatro denuncias en total. En lo que va de 2018 ya contabilizan 16 llamados, seis de ellos solo en mayo. “Antes nos conmovía y escandalizaba mucho recibir una llamada de denuncia de algún niño abandonado, pero ahora se ha vuelto tristemente rutinario”, afirma.

 

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En 2017, Fundana (Fundación amigos del niño que amerita protección) calculaba en 30% el aumento de casos de menores, la mayoría bebés, que eran entregados a la asociación, por sus padres o por el Estado, encontrándose muchos en situaciones críticas de desnutrición. “Hay gente que ya ha tenido voluntariamente decir que ya no pueden, y los traen aquí”, lamentaba Nathalie Abuchaibe, directiva de la fundación a la revista Playground. “Ya son situaciones de vida o muerte. Que si siguen con sus padres los niños van a morir de hambre. Aquí han llegado familias que sus hijos han tenido que morir, lamentablemente. Que eran cinco hermanos, y ha muerto uno, antes de entrar el resto”, revelaba Abuchaibe.

En 2018 la situación es aún peor. En mayo, se hizo viral un mensaje vía Facebook y otras redes sociales que afirmaba que en Fundana habían recibido esa semana el mayor número de bebés abandonados en su historia. “Por eso estamos buscando gente que quiera venir a darle el amor y cariño que todo bebé necesita así sea 1 hora al día cualquier día de la semana”, rezaba el escrito. Incluso la diputada Manuela Bolívar replicaba el texto en sus redes, que se completaba con los datos de contacto de la fundación tanto en San Bernardino como en Caurimare.

Clímax buscó confirmar el dato con Fundana. Los números de teléfonos incluidos en el escrito viral no fueron respondidos, a pesar de corresponder con los publicados en la página web oficial. Buscar reacciones dentro de la propia organización también resultó imposible pues se optó por no declarar a la prensa ni especificar cuánto era esa “cantidad más grande en su historia”.

Con o sin números, en Fundana continúan atendiendo a los infantes, incluso aquellos cuyo estatus es de semi abandono, cuyas familias van a verlos pero no pueden mantenerlos. “Las familias no es que quieran abandonar a sus hijos y traerlos aquí, pero es que no tienen otra manera de sostener esa situación. Hemos visto familias quebradas de dolor porque no es lo que quieren, pero no pueden hacer otra cosa. Vienen todos los días a ver a sus hijos”, comentaba Abuchaibe en 2017.

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En junio de 2018 María cumple tres meses acudiendo como voluntaria a Fundana. Con 22 años cumplidos, pasó el proceso de inducción requerido para incorporarse al trabajo. “Todos los niños quieren demasiado cariño y voy, aunque sean solo dos horas. Estoy con los bebés porque me encantan. Lavo teteros, recojo su ropa, los cargo. Hay muchos niños que llegan en una situación muy mala o traumatizados, pero en Fundana les dan una buena vida. Yo cuando fui la primera vez me enamoré y seguí yendo”, comenta la muchacha.

Los miércoles son días de visita y hay quienes no esperan a nadie. No tienen a quién. Los voluntarios de la fundación pueden ir y estar con ellos, pero con la condición de no repetir de niño, para no convertirse en un reemplazo familiar sino en una figura de acompañamiento. “Siento que estoy ayudando, me encanta. Cuando estoy estresada, busco ir porque me da tranquilidad. Trabajar con los bebés es una de las felicidades más grandes porque los ves crecer”.

 

Uno de los programas de Fundana, sí, es el de Colocación Familiar, mediante el cual niños y niñas que no pueden vivir con sus padres tiene la oportunidad de crecer en una familia sustituta de manera transitoria o definitiva. Para ello se requiere una medida legal de protección dictada por un juez de un tribunal de protección del niño y del adolescente.

El abandono tiene rostro

Desde la Fundación Colibrí, Leydenth Casanova enumera los tres tipos de casos que manejan: la madre que decide irse al dar a luz, aquella que desaparece luego de pedirle insumos a su bebé enfermo, y los abandonos que se hacen en sitios públicos como el metro o la calle. Las redes son su principal contacto y las denuncias que reciben vienen mayormente de ahí. Sus seguidores los etiquetan o les escriben directamente para informar de algún bebé abandonado y solicitar apoyos en medicinas, ropa o juguetes. Otros escriben ofreciéndolo. A veces también reciben informaciones anónimas directamente desde los centros de salud. “Son pocos los directores de hospitales que pueden buscar ayuda directamente, normalmente lo hacen bajo cuerda y nos dicen qué necesita el bebé y la edad”, detalla la vicepresidenta de la organización.

Las causas del abandono de niños han mutado. La incapacidad de los padres de asumir la responsabilidad y los cuidados del pequeño se hace evidente cuando la miseria lo arrasa todo. Según la Encuesta de Condiciones de Vida de 2017, la pobreza por ingresos en el país alcanza el 87% de la población, 9 de cada 10 venezolanos no puede pagar su alimentación diaria, 8 de cada 10 declararon haber comido menos por no contar con suficiente alimento en el hogar o por la escasez, más de 8 millones de venezolanos ingieren dos o menos comidas al día y las que consumen son de baja calidad nutricional, principalmente tubérculos, mientras que 64% de la población ha perdido aproximadamente 11 kilogramos de peso en el último año por hambre. Además, se registró un aumento de 30% en la mortalidad materna. Por su parte, registros de Cáritas Venezuela estiman que la desnutrición infantil en niños menores de cinco años ya supera el 16%, por encima del umbral de emergencia establecido en estándares internacionales (15%), según la doctora Susana Raffalli, investigadora de esa organización.

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Una trabajadora social de la Clínica Popular del Seguro Social en Catia, en Caracas, cuenta que a lo largo de sus 10 años de trayectoria en ese recinto ha tenido que lidiar con más de 10 casos de abandono de recién nacidos. Ella, que prefiere mantener su nombre en reserva, dice que el asunto no es algo nuevo, pero las motivaciones han cambiado así como la capacidad de hacerse cargo. “Hace tres años hubo un caso de unos padres fármaco dependientes que dejaron al niño en sala de parto. En ese momento era fácil decir que entre todos los médicos le comprábamos un pote de leche al bebé, pero hoy en día no se puede”. La mujer admite que “incluso les decimos a las mamás que no podemos darles de alta porque corremos el riesgo de que ellas se vayan y no regresen a buscar a sus hijos”.

Luego del parto y si el recién nacido necesita estar en una incubadora, los médicos tienen que asegurarse que la madre no se vaya del recinto y lo deje solo. En ocasiones han dado de alta a la mamá solamente y ella se va para no volver o lo hace una sola vez a la semana para llevarle lo mínimo necesario a su hijo. “Traen un pañal y dos tomas de leche como mucho. Todo lo demás que le corresponde al bebé como su aseo e higiene tenemos que asumirlo nosotros y hasta llamarlas para que recuerden que tienen a su hijo ahí. Hay que meterles presión y decirles que las tenemos localizadas, que vamos a meterlas presas si dejan de ir”, cuenta la trabajadora social. Pero a veces la huida es rápida y cuando no logran ubicar a ningún familiar del pequeño, llaman a una casa hogar que pueda atender al infante.

Marianella Hernández, investigadora y profesora del Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) de la Universidad Central de Venezuela, explica que anteriormente el abandono de niños estaba ligado a un trastorno psicopatológico de la madre. Actualmente el drama es otro. Incluso, ella misma ha escuchado una frase demoledora: “doctora, llévese usted a este niño”.

Niños de la basura

Los niños abandonados pierden el nombre, se quedan solo siendo un número y, como escribió Eduardo Galeano, son “los nadie: los hijos de nadie, los dueños de nada”. Un abandono no es cosa sencilla. El niño que lo sobrevive puede arrastrar hasta crecer la falta del calor familiar que no recibió. Jessica tiene 16 años y nunca conoció a su mamá. Su familia paterna se ocupó de ella, pero no puede controlar el resentimiento que tiene por dentro cada vez que se la nombran. “A veces me llama, pero yo no quiero saber de ella”, dice molesta antes de pedir no continuar la conversación. Dentro del infortunio, tuvo suerte. Pero a algunos la vida no le alcanza ni para pronunciar su primera palabra.

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Luisa Pérez tiene tres años trabajando en el aseo de Petare, la barriada más grande de América Latina, recogiendo basura. En los residuos hay más que desechos. Revela que no pocas veces ha encontrado bebés muertos, algunos con cordones umbilicales todavía y coágulos de sangre alrededor de su cuerpo. “Al mes puedo conseguir de uno a dos bebés. A veces hemos hasta contado cinco abortos”, detalla.

Cuando ocurre, el procedimiento que sigue siempre es el mismo. Empieza llamando a la policía local y, cuando llegan al lugar, esperan al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) para que levanten el cuerpo. Ella no está segura del destino final de esos fetos.

Ha tenido la mala suerte de siempre lidiar con la muerte. A ella no le ha tocado recibir niños vivos en bolsas o mochilas, ni atestiguar el momento exacto en que alguien se desprende de un recién nacido. Pero algunos de sus compañeros sí. A uno le pasó en el barrio 5 de Julio, también en Petare. El hombre recibió una bolsa más pesada de lo normal y al abrirla no pudo contener un grito por el bebé que encontró adentro. “Él vio a la persona que le dio la bolsa, pero cuando empezó a buscarla de nuevo no la encontró”, cuenta Pérez.

Con 48 años y tres hijos, Luisa admite que no puede ponerse en los zapatos de quienes abandonan niños. Tampoco entiende por qué los dejan muertos en la basura. “Si nosotros no abriéramos las bolsas ni sabríamos lo que estamos tirando en los camiones. Imagínate cuántos habremos tirado a la basura sin darnos cuenta”. Al último bebé con el que se topó presume lo asfixiaron, todavía tenía sangre en la nariz cuando lo encontró. Fue en abril y dice que luego de ese encuentro, le costó conciliar el sueño. “Soñaba con él de grande, siendo feliz. No entiendo por qué no me los pueden dejar vivos para llevarlos a una maternidad. No es bueno, no se siente bien”.

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En la Fundación Colibrí no rescatan niños, esa es tarea de las autoridades, pero sí reciben donaciones tanto de Venezuela como del extranjero para los pequeños. “Hemos recibido paquetes por envío puerta a puerta o por empresas de envío, otros por ángeles viajeros anónimos que las hacen llegar directamente a la fundación y también trabajamos con la Red de Ayuda, una red de alianzas entre otras fundaciones en otras ciudades de Venezuela y nos ayudamos mutuamente”, cuenta su vicepresidenta.

No obstante, cuando la crisis se hace transversal y la hiperinflación afecta a todos, la capacidad de ayudar disminuye. El 19 de marzo de 2018 un bebé se hizo viral en las redes sociales. Usuarios que se movilizaban en un tren de la Línea 1 del Metro de Caracas lo encontraron debajo de un asiento, dentro de un bolso y a pesar de su trasladado al Hospital J.M de los Ríos y la alta difusión del caso, Leydenth cuenta que no recibieron las donaciones que esperaban. “Pensábamos que nos iban a sobrar, pero no fue así. Se resolvió, sí, pero fue algo que nos asombró mucho. La gente tomó el caso solamente para criticar a la mamá o juzgarla, pero no para tener una acción efectiva”.

Desde hace mucho tiempo el gobierno no habla de la niñez abandonada. En 2008, el Instituto Autónomo de Consejo Nacional de los Derechos del Niño, Niña y Adolescente cifraba en apenas 512 los niños en situación de abandono dentro de instituciones gubernamentales, según informó su entonces presidenta Litbell Díaz Aché. Una década más tarde, la opacidad se impone. El Estado no informa sobre la cantidad de niños abandonados en resguardo gubernamental, ni se da cuenta del funcionamiento de las Casas de Abrigo ni los Centros Comunales de Protección Integral (CCPI).

No es lo único que ha cambiado. Litbell Díaz asumió la dirección estadal de Anzoátegui del Ministerio de Agricultura Urbana, según designación en Gaceta Oficial N° 41.114 de fecha 15 de marzo de 2017 donde también se designaba a su hermana Anabel Díaz Aché como Viceministra de Formación y Cultura Agrourbana del mismo ministerio. El 11 de julio de 2018, Anabel, ahora directora de Gestión General de Asuntos Sociopolíticos de la Alcaldía de Caracas, escribió en Aporrea: “Es doloroso reconocer hoy que, como Revolución, hemos retrocedido en la implementación de estas políticas públicas al punto de que la situación de máxima vulnerabilidad de nuestros infantes y adolescentes ocupa nuevamente la agenda mediática, sin que desde el Estado hayamos reconocido de forma autocrítica nuestros errores en la materia y nos encaminemos a la necesaria rectificación que la grave situación amerita”.

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Entretanto, el gobierno ha creado bonos de dinero asociados a Lactancia Materna, Embarazadas y Parto Humanizado. El 19 de junio de 2018, Nicolás Maduro decretó que las ayudas aumentarían a 3.000.000 de bolívares mensuales, pero no hay subsidio que valga en hiperinflación. “Tienes un bono que se te vuelve nada. Imagínate a una madre en un barrio que no tiene suficiente comida, ni agua, ni luz, ni gas, ¿cómo mantiene la higiene de los niños?, ¿cómo compra comida?”, reitera la investigadora Marianella Hernández.

El 12 de marzo de 2017, el gobernante anunció la creación del CLAP maternal, que distribuiría pañales, fórmulas lácteas y alimentos para recién nacidos. Más adelante, 11 de julio de 2017 se activó el “Plan Nacional de Parto Humanizado”, que incluía un millonario estipendio para formar a diez mil promotoras comunales, según el mandatario.  “A nacer libres y felices, aprobado”, dijo en esa ocasión Maduro.

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Desde entonces, los aumentos se han ido sucediendo. El bono pasó de 700 mil a 3 millones de bolívares, dando cuenta de una inflación de 429%, al menos. Aún así, lo que las madres reciben no llena sus bolsillos y mucho menos el estómago de sus hijos. Para la primera semana de julio, un pote de leche costaba entre 12 y 26 millones de bolívares, mientras un paquete de 20 pañales podía encontrarse, con suerte, en 7 millones. Y los precios varían cada pocos, pues se calcula que la inflación en Venezuela es de un 25% semanal, según cálculos de la Asamblea Nacional. Además, nada garantiza que los productos puedan estar disponibles en los anaqueles.

“Cuando se tiene que dar un beneficio a la población es porque no es independiente ni autónoma. Hay un fracaso en hacer independiente a esa población. Al dar un bono, se espera que sea temporal mientras quien lo recibe supera la etapa en la que necesita ayuda. Pero aquí no vemos ningún acompañamiento con educación ni desarrollo de capacidades”, replica Marianella Hernández desde el Cendes-UCV.