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Ben Amí Fihman, el oficio de ser excesivo

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12/04/2017
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FOTOGRAFÍAS: ANDREÍNA MUJICA

Periodista, editor, escritor, Ben Amí Fihman escribe en París una novela de Caracas: El espejo siamés. El roman es la mezcla deliberada y libre de quimeras y fantasías, personas de carne y hueso con personajes que el autor extrae de la literatura. Será presentado el próximo 4 de mayo

No se le piden peras al horno, tal vez esperas sí. Con su primera novela a punto, después de un par de intentos —nunca fallidos, en su caso— y olorosa a memoria, a Caracas, a trance, a juego, a imaginario, fantásticamente escrita y signada por las pasiones que lo embelesan y las manías que lo persiguen, o sea, la literatura rusa y algunas obras de arte, ciertos hitos históricos —el holocausto y la glasnost— y las discusiones de los intelectuales franceses de la posguerra, como registra con conocimiento de causa la casa editorial que lo publica, Oscar Totdmann Editores, Ben Amí Fihman, el autor de El espejo siamés llega a Caracas el 19 de abril; y su vuelta a la patria en tan señero día estará más emparentada —emparantada— con las ganas de decir que «No» como Emparan, fiel a su costumbre de no ceder ni un ápice.

Grande —de genio y de figura—, hombre que se sale él mismo de todas las casillas, el bastón como prolongación de un brazo ejecutor hiperkinético, la sesera hirviendo en ideas, frases suculentas, conjeturas y sospechas, el olfato curtido y presto para desnudar la anatomía de un vino —su cuerpo—, así como detectar las pistas de la realidad, ya como editor, ya como novelista —a la ficción y a la realidad las reverencia con exacta devoción—, Ben Amí Fihman es el intelectual venezolano per sé asociado al verbo y a la carne, a la literatura y a la mesa, a la lengua, pues. Radicado en París, llega a la hora del berenjenal, él, que nunca fue vegetariano.

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“En 1988 esbocé el comienzo de lo que terminaría siendo El espejo siamés, cuando fundé Exceso, que absorbió todas mis energías, imaginación e ilusiones hasta 2007. Perdido ése, el timón de mi vida caraqueña por más de tres lustros, y quebrada la revista que me trajo a París”, suspira aún desde la otra orilla, “retomé el tema a partir de las primeras páginas que mantenía engavetadas hace unos años”. Exceso, la revista que fuera galardonada con el premio nacional de periodismo y que convocó las plumas más seductoras del país y más allá, se distinguiría por sus revelaciones, audaz contenido y deslumbrante escritura. Memorables los hallazgos dentro del patio presentados con elegancia y sin pruritos, desde el número cero; ningún asunto humano o urbano le sería ajeno, ningún secreto, tabú. De visión cosmopolita, podría decirse que fue una revista de sismografía, en la que cada página sería una aproximación a la piel de los protagonistas; y cada hoja, de parra. Él no se encoge de hombros.

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Intenso su itinerario de vida, antes de Exceso, esa entrega por capítulos de la realidad nacional, Fihman (Caracas, 1949) había dirigido en París la revista El ojo del Golem, celebrada por Julio Cortázar, había estado en Bogotá como agregado cultural de Venezuela en Colombia y había escrito para El Nacional la primera entrevista que un venezolano le hiciera a Jorge Luis Borges, de quien tenía enmarcada una carta suscrita por él en su oficina caraqueña de Exceso; y había iniciado estudios de cine en New York con Martin Scorsese como condiscípulo. Fue en New York, por cierto, donde vio por primera vez al celebérrimo escritor argentino: se lo topó en una calle, y allí mismo, tras confesarle su absoluta devoción, no dudó en arrodillársele. La entrevista de El Nacional fue publicada el 11 de enero de 1970.También había intentado entre esto y aquello —esto y aquello es su enjundiosa existencia— escribir largo. Entonces cuenta que bocetea su primera novela ¡En sexto grado! “Pero no pasé del primer capítulo”. Luego, en el año 1979, intenta de nuevo el género y el capítulo de arranque se publica en Nueva York en una revista cubana. “Esta novela tenía por título La bifurcación de las faldas y la paré durante mi convalecencia en París y, después, en Caracas, a mi regreso en 1981”.

Hombre de profundas disquisiciones y militante de la bohemia, imantado por lo epicúreo y los placeres varios, la noche y la cocina, incluye su currículum de pionero de la crítica gastronómica, el ser el fundador de la revista Exceso Cocina y Vino, publicación sin parangón en el patio, y del Salón Internacional de Gastronomía (SIG), que contó con la presencia de celebérrimos chefs como Santi Santamaría, Gastón Acurio, Alex Atala, Heston Blumenthal, Luis Aduriz Andoni y Sergi Arola, y la enóloga María Isabel Mijares. No olvidar que para la celebración organizada con el arribo de Exceso al número 100 —se le llamó celebracién— vino a cocinar para 100 invitados el mismísimo Joël Robuchon desde París. En las crónicas que derivaron de su paso por los mesones, tascas y restaurantes de la ciudad, recogidas semanalmente en la compilación que serán Los cuadernos de la gula y Esta boca es mía, él se atreve a tildar de distracciones, pero son más que el relato de la audacia o convención del menú que se esponjaba con el polvo royal de los sibaríticos años ochentas: ahí están Caracas y sus circunstancias. Como en El espejo siamés. Sí, Caracas siempre ha sido y ha estado. “Uno debe amar este maldito país, uno debe amar esta mierda de país. Hay que amarlo para poder tener coraje de hablar mal y no hablar mal por un estado enfermizo de la persona”, decía Cabrujas. Fihman: voltea para que te enamores. Y Fihman insiste. “La paré, paré la novela, me distraje demasiado con Los cuadernos de la gula, de éxito inmediato, y con La Guacharaca, mi creación en el mundo del espectáculo, que me llevó hasta a producir un tiempo un show en televisión”.

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Pero por fin la cocina, la termina y ahora la presenta. Llega a un acuerdo con Todtmann y helo aquí, con una novela local, caraqueña, “casi costumbrista”, desliza, “aunque compleja, como los ojos faceteados de una mosca, para usar la expresión de Julio Cortázar. Me sentí con fuerzas para resistir después que Victoria De Stefano me asegurara que ‘había novela’ y que el cineasta argentino Alejandro Saderman, desde Buenos Aires, después de hacerme algunas observaciones sobre el siamés ruso de mi Santos Luzardo, me dijera que no dejaba títere con cabeza”, anuncia, pues, lo que leeremos.“Sí, hasta ahora me desempeñaba narrando tras los barrotes de la short story —como en los cuentos reunidos en La quimera del norte, título agotado en Monte Ávila—, cuando no transformaba una crónica, un reportaje o una entrevista en relato”. Significa pues que a la tercera va la vencida. Fihman comenta tajante: “Salí del cuento”.

Novela que es la mezcla deliberada y libre de quimeras y fantasías, personas de carne y hueso con personajes que extrae de la literatura, amores e imposibles a un mismo tiempo y espacio, Ben Amí Fihman espera que la novela, “si es que se la puede llamar así”, encuentre suficientes lectores y que éstos “sean indulgentes”. Lean: “Que sepan querer como yo a algún personaje: Mario O’Connor Martínez, director suicida de Instante, y su amada Wiera, que cayó en Caracas, donde cantaría en la boîte del hotel Potomac, después de haberlo hecho, acompañada por el pianista de Polanski, en el último café del ghetto de Varsovia, o Santos Luzardo O’connor, sobrino de aquél, enamorado de Marisela, la hija de la insaciable Bárbara, famosa entrevistadora de televisión. Espero que se sientan a sus anchas en esa Caracas, capital de la Gran Venezuela, de la que, según sentencia del periodista Ewald Scharfenberg, ésta sería la novela”.

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Viene con la sorna guindada en la comisura de los labios, esos de gran conversador y de cultivado goloso a un encuentro que ha de ser difícil, ver la ciudad deshilachada, desmelenada, menos cosida, menos coqueta, luego de un lapso de subjetividades y malas referencias. “¿Expectativa? No deprimirme ante lo que voy a encontrarme en Caracas. No hacerlo pese al contraste que se me será servido entre los recuerdos y la ciudad que me vio nacer y crecer y enfermar y fracasar y triunfar y lo que acabo de ver en un documental trasmitido por un canal de televisión francesa hace unas semanas”.

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Pero también tiene entre sus planes volver a pasearse por el Centro, quiere ir a “la esquina de Gradillas, La Candelaria, El Silencio, Piedras a Puente Restaurador,  y visitar las tumbas de mis abuelos en el Cementerio General del Sur sin que me asalten. Traerme de vuelta el volumen de los cuentos completos de Salvador Garmendia que acaba de salir. Saludar a Pancho Massiani, si fuera posible… pocas otras expectativas más llevo, volver a ver los amigos, reencontrarme, luego de cuatro años y medio de ausencia, con las paredes de la casa de mis padres —la de mi abuela, al frente, ya la reemplaza un edificio— y beberme unos tragos con Luis y John en Tarzilandia, visitar a Andrés Rodríguez en El Mesón, a Yuman Lei en Chez Wong y, por supuesto, a Armando Scannone en la quinta Santa Fe, si me recuerda, y sentarme en la oficina que dejé en Los Cortijos de Lourdes, a pared de por medio con el depósito de medias Chachachá, que han resistido a tantos años de arbitrariedad y defunciones desde 1999… Y reunirme con gente de Exceso”.

Después de varios años fuera del país, que no de ausencia, Fihman viene especialmente para compartir con los lectores de su novela y hablar de ella en el Festival de la Lectura Chacao, que tiene lugar, como siempre, en la plaza Francia de Altamira —ay Francia— entre el 21 y el 30 de abril; está en la agenda del día 24 de abril, a las 6 de la tarde una tertulia con Fausto Masó que luce imperdible. Y planeada, por supuesto, una presentación formal que ha sido pautada en la Villa Planchart el 4 de mayo. “¡Ah! No te he dicho que El espejo siamés, que así se llama ese libro extraño, escrito por un mono con ojos de mosca, se publica en Oscar Todtmann Editores gracias a la celestial intervención de Valentina Marulanda que debió influir en Alfredo Chacón, su viudo, él la leyó y luego la recomendó a Carsten Todtmann”, suelta. “Sin embargo, estaba dedicada desde el principio a Elisa Lerner y Pablo Antillano”, explica acaso a modo de disculpa.

Los hilos invisibles: el 5 de abril, día de su cumpleaños número 68, Manuel Gerardo Sánchez, otro hijo de este Zeus, presentaba también su segundo libro de cuentos en Caracas y decía: “La palabra es el puente, la conexión, la manera de subsanar”. Las letras están de plácemes. Son la artillería y la paz.