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No hay hambre en las calles del hambre

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20/07/2015
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TEXTO POR: KETHERINE LEDO
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FOTOGRAFÍAS: ROBERT MOGOLLON

Una fotografía desoladora. Estas calles, que otrora se abarrotaban de rumberos furibundos, ya no están manchadas de mostaza ni mayonesa. Los bolsillos rotos y los malandros sueltos barrieron con los estómagos necesitados. Mientras tanto, los perreros siguen calentando las planchas del negocio: “uno con todo, por favor”

La rutina casi obligada de comerse un “asquerosito”, luego de haber disfrutado de una buena rumba valenciana, se ha roto. Toca volver a casa y saciarse con lo primero que se encuentre en la nevera. No hay plata, lo que hay es hambre. Y es que como ha pasado con el resto del país, “se ha vuelto muy caro comer en la calle” y también da miedo pararse en un perrero, tentar a los delincuentes y pasar, así, en un mordisco, a formar parte de la estadística.

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Según cuentan algunos trabajadores de puestos de comida rápida, serían dos los factores que han dejado casi desoladas estas calles y avenidas, en las que años atrás no cabía un carro, ni un alma etílicamente confundida. Aseguran que la inflación y la inseguridad han hecho que las ventas hayan bajado en algunas zonas de la ciudad, hasta 50 por ciento, cifra que empeora con el paso de los meses.

Para conocer mejor esta realidad tocó hacer la rutina completa. Salir con amigos, tomar algo en un local y al final buscar un sitio donde matar el hambre. Aunque parece sencilla, esta tarea no resultó fácil porque las zonas donde había locales de comida rápida —que abrían casi hasta el amanecer— al menos en el municipio Naguanagua, permanecen cerradas desde medianoche.

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Una regulación que fue impuesta desde hace poco más de tres años por la Alcaldía de ese municipio impide que los puestos se mantengan abiertos al público pasadas las 12. Hacer cumplir esa ley era un trabajo arduo, puesto que muchos seguían ofreciendo comida a los hambrientos jóvenes que los visitaban tras acabar el último sorbo de cerveza. Hoy, la realidad es otra. Ya no es necesario que comisiones de la Policía Municipal correteen a los muchachos, ya que antes de las 12 la mayoría bajó sus santamarías debido a que la demanda es casi inexistente.

Ricardo, un joven que trabaja en un puesto de parrillas de Mañongo, recuerda que antes el escándalo en esa calle se extendía al menos hasta las cuatro de la madrugada. La venta era muy buena y la propina mejor. Él cree que la gente ya no tiene dinero para salir a comer como lo hacía antes. En ese lugar la parrilla más barata cuesta 380 bolívares y de ese plato solo come una persona. “Muchos prefieren irse a casa y comerse allá cualquier cosa. Otros ni siquiera salen, sino que simplemente hacen su propia parrilla con amigos y bórralo”.

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En esa misma calle está Miguel, el único perrero que se atreve a violar la ley para permanecer con su puesto instalado hasta entradas las horas de la madrugada, en lo que parece ser el porche de su humilde vivienda. Él vende solo perros pequeños y cada uno cuesta 100 bolívares. El año pasado el mismo perrito costaba 45 y se vendían muchos más. Su puesto es pequeño, pero muy completo. Los perros salen calientitos y por lo general son deleitados por trabajadores de una línea de taxi cercana y una que otra alma perdida que por casualidad transita después de la medianoche. “La gente por fin entendió que esta ya no es la calle del hambre de antes. Sin embargo, a mí me va bien. La venta ha bajado pero así está todo ahorita”.

De la inseguridad no habla, pero en caso de presentarse un robo, tiene la oportunidad de correr hacia atrás y encerrarse en su casa. Miguel trabaja casi hasta las 3 de la mañana y al cerrar, casi pega una jornada con otra, pues debe irse a esa hora a la Distribuidora La Reina, ubicada en La Candelaria, donde a diario se reparten 80 números a vendedores de perros calientes que buscan desesperados materia prima a buen precio para sus negocios.

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Y es que a los puestos de comida rápida también ha llegado la escasez. “Muchas salsas no se consiguen, sino muy por encima del precio justo, mientras que las salchichas han casi triplicado su valor en lo que va de año”, cuenta. Madrugar para obtener un numerito y hacer la cola es lo único que le permite obtener productos a un costo razonable.

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En la torre Banaven…

Entonces como en Naguanagua lo que se encuentra son locales cerrados y calles tan solas y oscuras que inyectan miedo. Hay que manejar un poco más hasta llegar a la “Torre Banaven”, una de las más famosas calles del hambre de Valencia que le debe su nombre a un enorme edificio que se levanta en el sitio.

Allí las opciones son múltiples. Los comensales pueden disfrutar de tostadas, perros grandes, pequeños, pepitos, hamburguesas, especialidades hechas con pernil, e inclusive postres en un puestico donde venden hasta tortas “Tres leches”. Toda esta gente se mantenía en el sitio a bordo de sus trailers grises hechos de metal, de donde salía un vaporón típico de las planchas encendidas donde se preparan las carnes de los platos chatarra por los que se desarrolla una preferencia inexplicable a las 4 de la mañana.

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Ahora, unos pocos son los que se quedan hasta esa hora. Los demás recogen temprano, pues no tiene sentido desgastarse tanto si no hay clientela. José, uno de los pocos vendedores que sigue apostando, está solo en su tráiler. Permanece recostado de la ventanilla apoyando su quijada sobre la mano izquierda. Acodado en su soledad, a las 2 de la madrugada no hay un alma. Las mesas lucen vacías, pero espera que el panorama mejore antes de las 4 cuando le toque recoger.

“La venta está así de floja porque la gente no tiene dinero. El perro más barato cuesta 180 bolívares y es sencillo. El especial cuesta 250 porque lleva tocineta y queso rallado por encima”, da su receta. El vasito de refresco vale 60 y tiene más hielo que bebida. Casi se consume en dos libaciones. “Las ventas aquí han caído al menos 50% en comparación con el año pasado, y creo que es porque el poder adquisitivo del venezolano está por el suelo. Antes esto era un solo bochinche”, recuerda viejos pero alegres tiempos.

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José se siente seguro en el sitio ya que las patrullas de la Policía Municipal de Valencia y de la Policía de Carabobo dan sus vueltas con regularidad, evitando así que los “choros” hagan de las suyas. No obstante, sí cree que a las personas les da miedo salir a las calles.

En la zona sur

Boris tiene 15 años trabajando con su puesto de perros calientes en la avenida Este-Oeste de La Isabelica, donde está una de las calles del hambre más grandes del sur de Valencia. Con desgano confiesa que nunca antes había vivido un panorama tan duro como el que está atravesando. Sus ventas han bajado hasta 60%. “Si yo antes vendía 120 productos, ahora con suerte me compran 50. La gente ya no viene porque tiene miedo de salir”.

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Son las 8:00 de la noche y Ramón está sentado en una mesa con dos amigos. Los tres se comen “sendos” perros especiales de los que chorrean las salsas y el queso de año. Aunque este trío siempre iba al sitio a comer pepitos de carne, degustarlos no es posible ya que su precio aumentó a 750 bolívares. Pedir una hamburguesa tampoco es una opción porque la más barata cuesta 500. Es por eso que esta noche Ramón y sus dos amigos pidieron dos perros especiales cada uno. Tendrán que pagar 500 por persona más la bebida.

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“Siempre veníamos y nos comíamos unos pepitos que son muy buenos, pero ahora con estos precios no se puede. Todo está muy caro y la calle está muy peligrosa. Por aquí no pasan policías, sino los que llegan a comer también, y los malandros hacen de las suyas, por eso ahora venimos más temprano para evitar peligros”, dice Ramón mientras mastica y traga.

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Estar preocupado es una condición normal del venezolano de ahora. Angustia es lo que se percibe de algunos vendedores de comida chatarra, otros simplemente están resignados. Resignados a que no pueden hacer nada para cambiar lo que está ocurriendo. Resignados a que, pese a todo, hay que seguir lavando el tráiler, rellenando los potes de salsa y poniendo a calentar los panes y las salchichas. Resignados a seguir ordenando las sillas y las mesas para recibir a la corta concurrencia —que tiene hambre pero que ya no la mata en estas calles.