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La mejor visual de Caracas es desde el aire

yaaa
01/08/2017
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FOTOGRAFÍAS: CORTESÍA DE TRAFFIC CENTER

La Caracas que conocen peatones y conductores no es la misma capital que se ojea, entre el vértigo y la emoción, a más de 2.500 pies de altura. Su verdor, su arquitectura, su vialidad, sus barrios en todo su esplendor deslumbran hasta al más vernáculo. 450 años después de su fundación se muestra esplendorosa, pero a la distancia

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2.500 y 4.000 pies de altura sobre Caracas no se atisban huecos ni insultos entre conductores, ni vallas rayadas por los graffiteros o aceras mal pintadas. No hay basura sin recoger desde hace días o buhoneros invadiendo bulevares. A medida que un helicóptero alza su vuelo aparentemente precario, el valle capitalino va cobrando una vida casi lógica dentro de su anomia característica, mientras resplandece con la luz matutina. El redescubrimiento de la ciudad a través del aire comienza, inevitablemente, con El Ávila. El cerro ya asumido como identidad criolla muestra un verde enaltecido por los halos matinales. Sus curvas, recovecos, incluso el cortafuego, se muestran como nuevos, atractivos, deslumbrantes, con un perfil digno de fotografiar.

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El sol se refleja en las autopistas como si fuesen ríos, tal como brilla el río Guaire, aunque el color marrón no se aclare con la altura. La evidente contaminación del canal fluvial se nota a leguas, como implorando el tan mentado y olvidado saneamiento prometido. La Francisco Fajardo, la Valle-Coche, la Prados del Este, los distribuidores que las empalman, todas grandes arterias de una ciudad que bombea vida más allá de movilizar ciudadanos en automóviles, cual células que deben alcanzar su punto de llegada lo antes posible.

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Casi entretejidas, vías rodean los estadios de béisbol y fútbol de la Universidad Central de Venezuela (UCV) que le dan toques de color al verde panorama que el jardín botánico brinda. No muy lejos está Plaza Venezuela, con sus jardines adyacentes más marrones que verdes, rodeada de edificios con décadas de historia, sin esfera de Pepsi ni taza roja de Nescafé sobre ellos ya. Solo la resistente publicidad de Polar se mantiene sobre la torre bautizada con el nombre de la empresa, de la bebida, del oso, y con una reciente valla a color del Seniat politizando la vista a pocos metros.

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Los vestigios de cuando la era democrática venezolana pujaba edificaciones en el país permanecen a pesar del discurso gubernamental de fracaso de la mal llamada “cuarta República”, a pesar de las expropiaciones no remuneradas características de la era chavista. La torre de Seguros La Previsora en Sabana Grande es el vivo ejemplo. Con un simbólico “Gobierno Bolivariano de Venezuela” bajo su nombre luego de expropiarse en 2010, se diferencia de las demás de la zona desde cielo y tierra por su estructura casi piramidal, que exuda arquitectura del siglo pasado. Las rojas torres gemelas de El Silencio al final de la avenida Bolívar se reconocen desde aquel edificio, que hasta el sol de hoy da la hora en un reloj digital.

Instituciones educativas, esas que conservan caché a pesar del surgimiento paulatino de demás casas de estudio, se reconocen a leguas en el trayecto. El Colegio Santa Rosa de Lima y su famoso “castillo blanco”; el Colegio La Salle de La Colina con sus amplias canchas bordeando El Ávila; la UCV, con su invaluable arte y su ciudad universitaria, patrimonio cultural de la humanidad decretado por la Unesco; la Universidad Simón Bolívar escondida entre la bruma y alejada de la ciudad entre el verdor de una montaña, con sus obras arquitectónicas, su jardín cromático y su aire colonial.

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La vegetación es uno de los sellos distintivos de la ciudad, a pesar de los árboles talados para que la ampliación de la autopista Francisco Fajardo fuese una realidad. Un valle que hace honor a su nombre, a pesar de la civilización. Las calles del noreste y sureste de la ciudad se tiñen de verde y hacen casi invisible al asfalto. Al recorrer la autopista Valle-Coche vía oriente, el helicóptero se topa con pinos y neblina propios de zonas como Hoyo de la Puerta y Los Guayabitos. Arriba, los pulmones vegetales de la urbe despuntan entre arquitectura y vialidad. El parque Los Caobos, el Jardín Botánico de la UCV, el Caracas Country Club y sus campos de golf, el Parque del Este, todos con unas dimensiones que deslumbran, en las que provoca desconectarse del llamado “Caracaos”.

Los rascacielos capitalinos parecen bonsáis entre las grandes edificaciones mundiales. Están signados por la vulnerabilidad de las placas tectónicas bajo sus bases. Caracas dio la pelea en el continente con las torres gemelas de Parque Central hasta 2003 cuando la Torre Mayor de Ciudad de México les robó el título de las más altas de América Latina. El reflejo azulado de los cristales que cubren sus fachadas casi por completo se reconocen a lo lejos, aquel azul intenso tiene un efecto de choque con su entorno más próximo: San Agustín del Sur, barrio casi bicolor con el rojo de sus ladrillos no frisados y el gris de sus techos de zinc.

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La ambivalencia arquitectónica se percibe cuando se sobrevuelan zonas populares. Mientras urbanizaciones del centro de Caracas como La Candelaria o del este como La Castellana, Altamira, Los Palos Grandes, se caracterizan por su planificación cuadriculada en avenidas y transversales, en el valle habitan edificaciones sin más planificación que la supervivencia. En Petare, un poco más al este, se evidencia el resultado del pasar del tiempo y la falta de atención gubernamental: precarias viviendas que se adueñaron de los cóncavos y convexos de la montaña y la forzaron a convertirse en uno de los barrios más grandes de América Latina. Como una línea fronteriza, la autopista Francisco Fajardo divide clases sociales, perspectivas, realidades. Desde el aire o desde tierra, los ranchos son una problemática visible y abrumadora de punta a punta, que persiste incluso en las adyacencias de la autopista Gran Mariscal de Ayacucho vía occidente, no muy lejos de la también planificada urbanización Miranda en el municipio Sucre.

Caracas, la de los helipuertos inutilizados. La del cerro El Ávila y su energía contagiosa. La que sorprende con sus incontables piscinas escondidas detrás de las fachadas residenciales, con una de las más visibles en el Hotel Tamanaco en Las Mercedes – zona comercial actualmente agujerada por las obras del metro capitalino, también ocultas para los peatones fisgones.

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