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Caracas: la que podía ser moderna… pero no

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La avenida Bolívar, luego de la demolición de 14 manzanas coloniales, se convirtió en un sueño de progreso. Sin embargo, todos los planes para ser de ella modelo de modernidad, belleza y civismo naufragaron en la desidia política. Los planos y diseños se engavetaron. Un problema mayor la sorprendió: Misión Vivienda y con ella la sobrepoblación sin infraestructura

Que sea río con gratas riveras y se cruce; no zanja, cortada, isla febril, repelente corrientazo. Que convoque, que lleve implícita la belleza, que se reconozca en la ciudad como la arteria vital en un cuerpo. Que por ella desfile sonriente y con su manita oscilante la reina de carnaval. Que haga un fotógrafo una toma estelar de la desnudez en todos los tonos de piel. Que los ciclistas la recorran. Que los políticos arenguen a sus seguidores y la congregación en paz sea posible. Tal es el propósito de una avenida.

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Lo que fue una carretera de la Caracas inexplorada, luego, en los treintas, fue soñada como remedo de similares dimensiones y en versión tropical de los Champs Elysee, por Maurice Rotival, especialmente invitado a hacer el trazo, y posteriormente devino autopista con vocación de corredor febril, en tiempos del dictador Marcos Pérez Jiménez, después, en los ochentas, retomó el buen camino cuando se repensó como avenida, ese contenedor amplio del tránsito que excluye el vértigo, que es más bien paseo que orillan lo verde, la luz, la vida. Caracas, ciudad jabillo, ciudad chaguaramos y ciudad mango, es también ciudad cebolla, con entretelas y capas superpuestas que no pocas veces hace llorar. Delineada la indecisión, he aquí que como promesa sin terminar y erráticamente intervenida, la Avenida Bolívar resume, además de encanto y por supuesto belleza ahora mismo amenazada, su sino portátil, su eterna tendencia a recomenzar de cero, la condición urbana del no conjunto, de improvisación, de olvido, de pulsión epiléptica en el recodo, en el azar. Así vamos. Vamos por partes, como diría Jack el destripador.

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Carlos Gómez de Llarena —currículo bien trazado: trabaja con Martín Vegas y Jimmy Alcok, sería pupilo de Jesús Tenreiro, obras suyas son premio nacional de arquitectura, suscribe la Galería de Arte Nacional y ahora mismo se prepara para alzar un edificio junto a su San Ignacio— fue quien se hizo cargo. Querían que solucionara ese ruido visual que eran las llamadas torres acostadas de las esquinas de Camejo y Cruz Verde, ambas bajitas, como agachadas a lo largo de sus 120 metros frente a las torres de El Silencio; para eso lo llamó Luis Herrera, sin duda, un buen gobernador de Caracas. Se erigía el Complejo Cultural Teresa Carreño, la ciudad estrenaba nueva caja de resonancia para las artes, y Gómez de Llarena no solo aceptó enmendar ese entuerto apostado del lado oeste de la avenida desprovista, justo donde debía hacer foco triunfal, y además propuso, embellecerla toda, de cabo a rabo, sus 1.600 metros.

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Las dos torres hermanadas, cosidas, remodeladas tanto su interior como su fachada, serían la sede del Palacio de Justicia, y se convertirían en unidad visual gracias a un arco celeste que conectaría ambas edificaciones y daría techo a una parte de lo que sería la gran plaza de la justicia, un territorio libre, amplio, franco, que le rendiría honores a la libertad, la amplitud, a la verdad: cinco mil metros en los que destacaría un Bolívar de civil para reafirmar la paz. Desembocadura de las avenida Sucre y San Martín, afluentes a la que sería la principal avenida caraqueña, que se conectaran reafirmaría por ambos costados el sentido democrático, universal, libertario del propósito —tres héroes americanos, dos de aquí— del proyecto que prosigue con Jaime Lusinchi en un gesto inusitado de continuidad de la gestión pública. Un largo jardín que flanquearía la Bolívar, el llamado Parque Vargas, sería una manera de celebrar la civilidad. Al presidente per sé enamorado le encantó al parecer honrar al médico, ah, su colega. Ejecútese, dijo.

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Si el norte es una quimera, París es el santo grial de la arquitectura; un modelo que produce justificadas babas no solamente aquí. La belleza en los balcones, la primorosa herrería y forja de la pasamanería pública, la ambición estética de cada picaporte, la exhalación de las cortinas como holanes en las ventanas, detalles de la puesta en escena de una ciudad en tacones que se mira a sí misma con pestañas cargadas de rímel son los detalles de una puesta en escena acicalada y exquisita históricamente seductora. Y como toda ciudad que se precie, exhibe puntos icónicos, míticos, esos que, como dice Carlos Gómez de Llarena, son como los solistas de la orquesta. Un punto y aparte es Los Champs Elysee, los Campos Elíseos, “la mejor avenida del mundo”, como diría el director de Una Eva y dos Adanes, Billy Wilder. Maurice Rotival vino a Caracas por arquitecto y por francés con la idea entre ceja y ceja de hacer una señera y señora avenida, hermosa y garbosa.

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Luego de reconsiderar su plan, el plan Rotival, y que se decidiera que la Avenida Bolívar dejara de ser sueño, por seis casi casi se logró. “Iba a haber torres bajitas a los lados que habitarían profesionales, y seguramente se convertirían en consultorios, bufetes, oficinas, no importa”, dice Gómez de Llarena. “El colegio Andrés Bello está, míralo aquí; y vemos también los elegantes chaguaramos trasplantados que pese al rumor agorero de graderías prendieron en la zona verde… la que ahora corre riesgo; quedan unos cuantos de los más de 500 bancos hechos con madera de roble y marco de acero, como sofás, colocados en las amplias aceras —ay, los robaron. Fue erigida buena parte de los corredores peatonales cubiertos y la verdad faltaron pocas cosas, la plaza de la concordia, una suerte de cruz de 300 metros de norte a sur y 200 de este a oeste, terminar el techado del Palacio…”, acota Carlos Gómez de Llarena. “Que por supuesto que se puede terminar como también, recobrar el espíritu de avenida para la fiesta”, dice orgulloso de las medidas de su obra, no 90 60 90, pero casi:aceras de 10 metros de ancho a cada lado, 20 de área verde, los seis de los dos corredores cubiertos y los 36 metros de la vía, de los canales de circulación, casi casi los Champs Elysee.

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Vino Misión Vivienda y como pájaro de mar por tierra, como ballena encallada, colocó en resquicios e intersticios edificios cuadrados como cubos o cajas, sin fachada, sin fisonomía, sin belleza, de calidad ramplona para que fueran baratos y fueran habitados por los que tienen menos recursos. ¿Era más sensato mejorar la calidad de vida de los habitantes para que tengan mayor poder adquisitivo, acaso un proceso más lento pero más perdurable o era más conveniente ubicar donde fuera estos módulos ciegos, de estética socialista —valga el oxímoron— y que la vida resolviera luego la forma de vida, la sustentabilidad? ¿Es una tontería la belleza, tener una avenida bonita? ¿Para qué serviría propiciar una riña tan dispar y descabellada entre la elegancia y la urgencia? Edificios todos con ventanas de 1.5 metros —¿Será un negocio fabricarlas? ¿No las compra el gobierno al contratista enchufado que las produce como única opción? ¿Eso se llama darse también el vuelto?— no hay definición ni el distingo necesario, correcto, imaginativo de la vida en el espacio interior. Da lo mismo si es la ventana del baño, de la habitación, de la cocina o de la sala. Triste. Lo feo lo es.


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Pero no es esto todo. Comienzan las consecuencias de esta movilidad, sin plan ni inducción, producida por fórceps. Como los edificios bendecidos por Farruco Sesto no tienen una planta baja de cafés y comercios —“el socialismo detesta eso, esa alegría que da la vida citadina”, asegura el arquitecto exdecano de la Facultad y cerebro insigne del Instituto Metropolitano de Urbanismo Marco Negrón— ambiente que daría encanto a la Bolívar, ni nada, los vecinos quieren cercar las zonas verdes que son espacio público para hacer parques infantiles acotados para sus niños; que viva la privatización. Quieren también hacer canchas de bolas criollas. Pero ni para eso ni para jugar baloncesto se construyeron amplias aceras. No para interrumpirlas. Justamente se pretende liberarlas en la ciudad de kioscos, de avisos, que permitan el fluir de coches de bebés.

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“No, no es justicia social. La ciudad se pone patas arriba”, desliza Marco Negrón. “Es arbitrariedad, desdén por la civilidad, absoluta ignorancia, mi ilusión es que con el tiempo estas construcciones sean remodeladas, que quizás los inquilinos las vendan a quienes tengan más poder adquisitivo, y pueda adecuarse a la imagen que se espera de la Avenida Bolívar”, vuelve. Como ha ocurrido en el mundo, con viviendas que no tejieron sino descosieron más aun el tejido social, Carlos Gómez de Llarena cree que incluso podrían desaparecer. “Buscas en internet y hay muchas que fueron desocupadas y luego boom las tumbaron”.

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