Ciudad Tablita: madera, hambre y olvido

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En Ciudad Tablita, en el sector Caucagüita del estado Miranda, se reúnen todas las desgracias. Pobreza, hambre, abandono, desempleo, enfermedades, desdichas familiares. Una trágica muestra del país a pequeña escala de una ciudad levantada con madera. Ahí el tiempo marcha distinto, cada quien anda en lo suyo, tratando de sobrevivir el día a día sin sucumbir en el intento. Dentro de tantas adversidades, comedores comunitarios atendidos por los propios vecinos del municipio Sucre son la muestra de la solidaridad en los momentos más oscuros

Un gallo canta en Ciudad Tablita. 155 escalones por debajo de la avenida principal de Caucagüita, en el municipio Sucre del estado Miranda, pequeñas casas con paredes de madera y techos de zinc se levantan sobre inestables pisos de tierra donde la maleza crece a su antojo por doquier. El sol resplandece con todas sus fuerzas porque faltan apenas minutos para el mediodía, mientras en casa de Verónica Reinoza han dormido poco. La lluvia de la madrugada los despertó de sopetón y pasaron la mañana moviendo peroles de un lado a otro porque el agua amenazaba con inundar la vivienda. “Es mejor si siempre estuviera el sol brillando”, suelta con ánimo la mujer de 42 años. Pero las calamidades no desaparecen con la luz del día. Ahora están a simple vista.

Casi 20 personas viven dentro de las cuatro paredes que sostienen el hogar de Véronica. Hace cuatro años dejó Punto Fijo, estado Falcón, para asentarse en Ciudad Tablita, al este de Caracas, con sus nueve hijos. Después vinieron las nueras y los 10 nietos. Dos de sus descendientes emigraron a Colombia recientemente y a uno de ellos no se le ve mucho la cara porque se la pasa pescando en alta mar. Ella misma se pone a sacar cuentas y se pierde. “Somos un montón en este ranchito”.

La cocina es el espacio que da la bienvenida al entrar a la casa: la nevera a la derecha, al frente una sencilla mesa de plástico, a la izquierda los fogones. No hay mucho más. En la segunda división hay tres camas: en una duermen Verónica, su hija de 14 años y su nieta de tan solo semanas de nacida. En las otras dos camas se dividen el resto de los integrantes de la familia. “Ahí se arreglan”. El baño es un cuadrado al final de la vivienda con un inodoro sin tapa, sin ducha ni lavamanos, pero lleno de tobos para almacenar el agua que pocas veces sale directamente por las tuberías, cada seis u ocho meses. Las moscas se pasean por el lugar a sus anchas como otros miembros del clan. El terreno fuera de la casa es la sala de estar y patio de juego.

Verónica baja la mirada y su voz alegre se le entrecorta por primera vez. Al mirarse los pies y ver unas cholas diferentes en cada uno, su desdicha la desborda. “Esto me da pena, de verdad. Me da vergüenza”, dice con lágrimas en los ojos. No trabaja, tampoco las otras cinco mujeres que viven con ella. Cuenta que aunque han buscado opciones de empleo, la retribución monetaria del sueldo mínimo no es suficiente incentivo. “Ahorita que lo aumentaron a 65 mil igual no alcanza”.

No entiende cómo hacen para alimentar tantas bocas. El poco dinero que entra a los bolsillos de sus hijos que trabajan no es suficiente, a duras penas para llenar el estómago con algo. De vez en mes, su hijo lleva pescado y con eso resuelven al menos una semana, lo cocinan o lo venden para comprar otros productos. La caja de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) no es una visita que reciban a menudo, si acaso cada dos meses. “Debería llegar una caja semanal porque eso trae una miseria de comida y yo recibo una sola. Nosotros estamos bien necesitados”, se queja.

Si la plata no rinde para la comida, menos para otras cosas como ropa y zapatos, eso debe esperar. “No tenemos para comprar todo lo que necesitamos”. Sus hijos pequeños se turnan entre ellos los únicos zapatos colegiales que tienen para ir a clases. Si uno va en la mañana, al otro le toca en la tarde. En el día, fuera de la escuela, a veces van descalzos. Verónica no entiende tantas penurias y prefiere atribuir su supervivencia a las deidades. “Estamos viviendo por la misericordia de Dios”, expresa sin más.

Tres de sus hijas emigrarán a la limítrofe Colombia para formar parte de los millones de venezolanos que escapan de la crisis que azota la nación. Aunque sus nietos se quedarán con ella, Verónica espera no tener que quedarse en Venezuela por mucho tiempo más. El plan inicial los incluía a todos, pero las cuentas no daban. “Queremos vender el rancho para irnos, en 500 dólares con todo lo que está adentro”, explica. Liz, una de sus hijas, agrega: “Porque en este país todo es dólar y dólar como si fuéramos extranjeros”.

Si logra venderlo, también le dirá adiós a Ciudad Tablita. “Yo no quisiera salir de mi país. ¿Cuándo nosotros habíamos pasado por esta situación tan dura? Lo que nos está sacando de nuestro país es eso. Para nadie esto está oculto, no es un secreto cómo las cosas están marchando. El Gobierno es el que tiene a la gente engañada”. Y dice una vez más: “Nosotros no tenemos ayuda de nadie. Estamos viviendo por la misericordia de Dios, esa la que nos sustenta cada día”. Dejados en manos de la voluntad celestial porque la terrenal los condeno a vivir en la deriva.

"Salir de abajo" para hundirse más

Neida Albino llegó a Ciudad Tablita hace 20 años, cuando cumplió la mayoría de edad. Salió de oriente con destino a Caracas para encontrar oportunidades laborales.

Tocó la capital y ahí se quedó, una cosa la llevó a la otra: trabajo, pareja, tres hijos –una niña de seis años, uno de cuatro años y el más pequeño con un año de vida–. Su casa no existía cuando pisó el sector. Con la ganancia que le dejaba la venta de helados, además de la ayuda económica de su esposo, compraron bloques y cemento para levantar las paredes de su vivienda. Solo pudieron construir una pared y media, no alcanzó para más. El resto de la estructura la completó con tablas y zinc. “Por la situación no se ha podido construir más nada”. Su hogar de madera y láminas de aluminio confirman sus palabras.

Se mudó a la capital para salir del estancamiento en el que estaba el interior del país en comparación con Caracas, para progresar, eso que llaman “salir de abajo”. 20 años después, retrocedió, está más profundo en el hoyo. La crisis venezolana no discrimina posición geográfica en el mapa. “Ya ahorita estoy al estilo oriente, cocinando a leña y moliendo el maíz en la máquina. El problema del gas es un proceso, viene cada mes. No puedes depender de eso”. Resuelve a su manera.

La comida es una de las mayores preocupaciones para Neida. Desayunar, almorzar y cenar es un lujo que no se pueden permitir todos los días. No siempre comen tres veces porque el alimento no rinde para todo y todos. “Si tenemos para desayunar, ya no tenemos para almorzar”, confiesa mientras su hija de seis años come arepa con sardinas con el riesgo de que se vaya a dormir con el estómago vacío. El único sustento en el hogar es el que aporta su esposo como obrero de construcción, aunque “eso no da ahorita para nada. Esto es horrible”.

Cuenta que la crisis de salud pública también sacude la vida en Ciudad Tablita. “Aquí no hay medicamentos y hay muchos virus, fiebre, diarreas. Han muerto niños con hepatitis”, asegura. Neida espera que la mala situación mejore, aunque no suene tan convencida de lo que dice. “Esperemos que esto se arregle, que todo llegue a una solución. Deberían tomar en cuenta nuestros problemas”.

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Pobreza en carne viva

En seis años de gobierno de Nicolás Maduro, el heredero político del difunto expresidente Hugo Chávez, la crisis en la nación se profundizó. La decadencia económica, política y social ha sumergido a Venezuela en un abismo sin fin. Ciudad Tablita, por supuesto, no es la excepción.

Las proyecciones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI) afirman que Venezuela será el segundo país más pobre de América y el Caribe, después de Haití. Según los más recientes datos presentados por la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), 51% de los hogares venezolanos están en pobreza multidimensional, más de la mitad de la población. Las paupérrimas condiciones sitúan a Caracas, la capital que hace más de 50 años se jactaba de ser una de las urbes más avanzadas del Latinoamérica, como la ciudad con la peor calidad de vida de toda la región.

Otro dato desalentador: la esperanza de vida en la nación es 3,5 años más corta, situación que hasta la fecha solo se había registrado en Rusia después de la Unión Soviética y en Camboya tras la guerra, dijo Anitza Freitez, directora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) durante la presentación del informe.

El gobierno de Nicolás Maduro ajustó el 29 de abril de 2019, por segunda vez en lo que va de año, el salario mínimo de 18 mil bolívares a 65 mil bolívares, incluyendo el valor del ticket de alimentación. El sueldo mínimo representa menos de 12 dólares al calcularlo con el tipo de cambio oficial informado por el Banco Central de Venezuela, el ingreso más bajo de América Latina, además de estar por debajo del límite de pobreza extrema del Banco Mundial por salarios menores a 1,9 dólares diarios.

Un venezolano gana unos 40 centavos de dólar al día. No importan los aumentos, ya que las cifras nunca son suficientes y el salario se disuelve en las manos de los ciudadanos al tener que enfrentar devaluaciones y niveles elevados de hiperinflación –proyectada para finales de 2019 en 10.000.000% por el FMI–. No hay monto que resista.

La Encovi también reseñó que 89% de los venezolanos no tiene ingresos suficientes para comprar alimentos. 3.700.000 es la cantidad de desnutridos en Venezuela, de acuerdo con el informe por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) presentado a finales de 2018. La cantidad de personas subalimentadas podría llenar un país entero, como es el caso de Uruguay. “La prevalencia del hambre casi se ha triplicado entre el trienio 2010-2012 (3,6%) y el trienio 2015-2017 (11,7%)”, reza el documento. Venezuela se posiciona en el primer lugar del ranking de desnutrición en la región.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, Venezuela atraviesa una “emergencia humanitaria compleja” que afecta a 5,3 millones de ciudadanos, según información suministrada por la Comisión de la Asamblea Nacional para el seguimiento de la Ayuda Humanitaria. La debacle ha ocasionado que al menos 3,4 millones de venezolanos hayan tenido que emigrar y estiman que la cifra podría aumentar a más de cinco millones a finales de año.

Distancia para sobrevivir

El poco o mucho dinero que la mamá de Paola Álvarez le envía a su hija desde el extranjero es parte de la fuerza monetaria que la ayuda a tapar las carencias, aparte de lo que el padre de sus hijos le entrega constantemente.

Su madre emigró hace un año a Perú y ese es el mismo tiempo que tiene la joven de 22 años viviendo en Ciudad Tablita. Explica que antes estaba alquilada en el sector Turumo del mismo municipio Sucre y que vivir en la localidad con nombre de madera tiene una ventaja, a su manera de ver: “Por lo menos esto es propio”.

Paola vive con sus tres hijos en la pequeña vivienda. El más grande tiene cinco años y el más pequeño solo tiene dos. Samuel se mantiene sentado en el piso, desnudo, mirando el mundo con curiosidad. “Tiene una discapacidad motora”, suelta su madre con desasosiego.

Cuenta que hay unos días más difíciles que otros, sobre todo los que tienen que ver con el menor de sus retoños. “El bebé es lo más complicado. La leche, los pañales”. No necesita decir mucho más. No cuenta mucho con la caja entregada por el Gobierno “porque supuestamente tiene que llegar cada 15 días y a veces llega un mes sí y al otro mes no”. Ella también ve con buenos ojos la posibilidad de una emigración hasta el vecino país peruano. “Lo he considerado, pero ahorita está en pausa”.

Su vecina, Kimberly Barragueta, lo repite varias veces. “Yo como que me voy del país… Estoy que me voy fuera del país”. Su situación, afirma, es demasiado grave”. Tiene tres hijos a los que mantiene con un sueldo mínimo y confiesa que muchas veces no sabe cómo hacer para rendir la plata. “Si estoy en el mercado y digo ‘¿compro comida o compro ACE para lavar?’. ¿Sabes lo grave que es que un niño te diga que tiene hambre y responderle que no hay comida?”. La crisis, la rutina, el día a día le parece insostenible. “Yo le pido a Dios todos los días que esto mejore. Me llevaré a uno de los niños y dejo dos con mi abuela. Ya estoy verde”.

Una ayuda no está de más

Una inmensa olla sopera con caraotas negras borbotea sobre los fogones de la cocina de Henry Vivas. Su madre prepara el almuerzo de ese día y el olor sobrepasa el umbral de la puerta de entrada.

El comedor de la iniciativa Alimenta La Solidaridad está ubicado en el sector La Embajada de Caucagüita, municipio Sucre, en el hogar de Vivas, habilitado para que 75 niños, cuatro de ellos con discapacidades, llenaran sus estómagos de lunes a viernes al mediodía.

Vivas nació en Guasdalito, estado Apure, pero tienes unos cuantos años recorriendo la zona intentando ayudar a los más necesitados y desamparados. Aunque es paciente con fallas renales y se dializa tres veces a la semana, ha encontrado el tiempo para armar una escuela de fútbol sala para 60 niños y habilitar un comedor popular.

Pero él no es el único. Delia Iriarte es la que lleva el control en unas listas hechas a mano de quién entra, quién sale, quiénes comen y quiénes no. Ve un plato lleno, lleva la comida hasta cada niño y anota. Esa es su tarea. Además, también ayuda a cortar, pelar y organizar los alimentos cuando les son entregados por el programa a cargo de Roberto Patiño. La mujer de 66 años cuenta que el menú siempre varía entre granos, carne molida, ensaladas de papas, huevos, arroz y vegetales. Pero el golpe de la crisis lo han sentido todos, incluyéndolos. “Ya no nos han traído ni harina, ni pasta, ni pollo. Ya tampoco nos traen fruta”.

Sin embargo, hacen lo que pueden con lo que tienen. Recuerda que durante los apagones de marzo de 2019 tuvieron complicaciones para la entrega de alimentos y entre todos los colaboradores del comedor sacaron productos de sus casas para no fallar en el almuerzo diario que sirven a los niños. Decidió poner a la orden su tiempo libre para ayudar en el comedor, luego de que sus hijos y sus nietos se fueran a Colombia hace un año. Desde entonces, ahí está cada día. Anotando, sirviendo, ayudando a que más niños tengan con qué llenar sus estómagos vacíos.

A varios kilómetros de ahí, en la calle Bolívar de Turumo, está el comedor de Alimenta La Solidaridad que lidera Karina Quintana llamada “Mi refugio”. Ella misma propuso que su casa fuese acomodada para que entraran 80 chamos y 12 mujeres lactantes a recibir el almuerzo cada día de la semana, de lunes a viernes. Dice con orgullo que hace un año y dos meses que trabajan hasta con las uñas para que el comedor se mantenga en pie.

Cinco mujeres de la zona, madres de los niños que asisten al comedor, son las encargadas de hacerlo funcionar. Son ellas quienes se reúnen desde las 8 de la mañana para organizarse, empezar a cocinar para que cuando el reloj marque las 12 del mediodía, ya se estén sirviendo los almuerzos. Les preparan arroz con pollo, arroz con auyama, papas con queso, sopa, minestrones, bollitos. Y los atienden por orden de llegada y si se quedan cortos con el espacio, “los sentamos en las escaleras” que bajan hasta su hogar.

Karina es la encargada de escoger a los pequeños que formarán parte de “Mi refugio”. Son los mismos niños de la zona, que ella conoce y ha visto crecer. Los selecciona dependiendo de sus necesidades y carencias. Incluso, comenta que tiene una lista de espera de niños que deben seguir incluyendo en el comedor. Cuando alguno de ellos se marcha del país junto a su familia, otro ocupa su lugar.

Durante la semana, la joven está entregada 100% al trabajo en el comedor, sin otro empleo que le complique el tiempo que puede dedicar al programa. Los sábados los utiliza para tomar clases y poder terminar su bachillerato. Luego de eso, planea estudiar enfermería. “Quiero poder ayudar con mi profesión en las necesidades de la comunidad”. Ese es su norte.

Periodista venezolana egresada de la Universidad Católica Andrés Bello en 2017. Interesada en el periodismo narrativo, el fotoperiodismo y la producción de historias en formatos multimedia. Divide sus pasiones entre la escritura y la fotografía. Y decidió que así quiere contar historias que (la) conmuevan: con palabras y muchos clics. Patea la calle con un bolso cargado de libretas, mucha curiosidad y ganas de caerle a preguntas a la gente. Formó parte del seminario de Periodismo Narrativo de la Cigarrera Bigott y participa en la segunda cohorte del Diplomado de Nuevas Narrativas Multimedia “Historias que laten”. Ha colaborado con La vida de nos, Caracas Chronicles y su proyecto "Los cuartos vacíos de la migración venezolana" fue publicado en The New York Times, Vanity Fair Italia y reseñado por Buzzfeed News. Ganadora del premio Excelencia Periodística 2018 de la Sociedad Interamericana de Prensa en la categoría Cobertura Noticiosa por las protestas antigubernamentales de 2017.