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Colas, demoras y mafias: sin sufrimiento no hay pasaportes

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20/11/2018
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COMPOSICIÓN GRÁFICA: GABRIELA POLICARPIO | FOTOGRAFÍAS EN EL TEXTO: DANIEL HERNÁNDEZ

Largas colas, madrugonazos, esperas, mafias. Todas las trabas que alejan al más pintado de un derecho constitucional: la identidad. Tener un pasaporte en Venezuela es superar la más engorrosa carrera de obstáculos. Y allí están los ojos de Hugo Chávez, descoloridos en la fachada del Saime, viendo el drama de quien quiere huir. Clímax presenta la serie Venezuela, país sin identidad

Cinco personas sentadas en círculo sobre sillas de plástico conversaban entre ellas en una especie de picnic improvisado. Un joven sacaba de su bolso una arepa envuelta en una servilleta y se la llevaba a la boca con regocijo para intentar asfixiar el hambre. Dos señoras competían sobre quién había conseguido el kilo de azúcar más caro en el mercado. Algunos se protegían del frío con los pocos trapos que tenían encima, descansaban en colchonetas arregladas sobre el asfalto y a la intemperie. Eran más de las ocho de la noche y alrededor de 50 personas permanecían en la plaza Miranda de la avenida Baralt en Caracas. Esa noche, como ocurre desde hace al menos tres meses, había más visitantes de los habituales en el sitio y todos estaban en busca de lo mismo: el tan anhelado pasaporte venezolano.

Pasaporte-cita5Con la espalda pegada a la santamaría de un comercio y sentada sobre un banquito estaba Soraya Bueno. Era la primera vez que madrugaba “a la buena de Dios” en el centro de la ciudad con la finalidad de mantener su lugar en la larga lista de venezolanos que también querían el documento de identidad. A principios de año, después de tomarse las fotografías, estampar las firmas y registrar las huellas dactiloscópicas, a ella y a su esposo solo les faltaba cancelar el monto del pasaporte exprés. El procedimiento se detuvo, no pudieron pagar y de ahí no avanzaron más. En la sede del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime) del estado Vargas no les ofrecieron soluciones. En cambio, los mandaron para la oficina principal con la advertencia de que debían entregar un justificativo si querían tener el librito azul en sus manos. Con la esperanza de visitar a sus tres hijos y conocer a los nietos que viven en España, ambos se lanzaron hasta Caracas con todos sus documentos bajo el brazo.

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Llegaron al Saime de la avenida Baralt, en el centro de Caracas, un miércoles pasadas las 12 del mediodía sin saber muy bien cómo funcionaban las cosas y se llevaron un chasco: solo eran atendidas diariamente 500 personas en el área de “Atención al Ciudadano” y las listas que los mismos usuarios realizaban para llevar un orden y que pudiesen ser recibidos al día siguiente ya estaban repletas de nombres a esa hora. Soraya se anotó en las hojas para el día viernes, dos días después, sin muchas garantías de que lo esperado fuese a ocurrir. Las noticias desagradables no paraban: si querían asegurar su puesto, debían pasar la noche en las inmediaciones del organismo. ¿Tenían de otra?

“No nos vinimos muy preparados, pero nos vamos a quedar. No conocemos a nuestros nietos, así que de aquí no nos movemos”, soltó la sexagenaria con ánimo. La pareja solo llevaba encima los papeles, algo de dinero en sus cuentas bancarias y la ropa con la que se habían vestido esa mañana antes de salir de su hogar en La Guaira. Al caer la noche recorrieron las calles para comprar pan andino, pan de guayaba, jugos, y se aventuraron a pedir una hamburguesa para dos en uno de los perreros de la zona, aunque eso les descuadraba un poco el presupuesto que se vieron obligados a calcular a último momento, ese mismo día. Los bares cercanos eran los blancos perfectos si se quería utilizar el baño, pero otros preferían “hacer sus necesidades por ahí”. Cada quien resolvía como podía y la solidaridad ante el aprieto no faltó, así que se echaban una mano entre varios. Entre tantos desdichados, ellos eran los menos afectados. “Había gente que la estaba pasando mucho más negra que nosotros. Los que podíamos, compartíamos agua y comida con los demás”, relata Soraya al recordar a sus compañeros de pernoctas.

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La madrugada llegó acompañada de un fuerte chaparrón y de funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) que, sin ninguna contemplación, los sacaron de la plaza Miranda con la explicación de que “la avenida Baralt era muy peligrosa a esa hora” y que las pernoctas cerca del Saime no estaban autorizadas. Pese a las incomodidades, el agotamiento y el riesgo de ser víctimas del hampa, nadie quería perder de vista esa oficina.

Abandonar el lugar no parecía ser una buena alternativa si se quería el librito azul, ya que los responsables de llevar el control de las listas hacían una comprobación cada tres horas. Si no era la plaza, los espacios que rodean el Teatro Municipal o las escaleras que conducen a la Plaza Caracas también funcionaban como refugio. No tenían mucha opción más que quedarse, adaptarse y esperar.

El cupo en la lista también se defendía durante el día. Eso hicieron Soraya y su esposo Adolfo, quienes permanecieron casi todo el día del jueves en las adyacencias del Saime para asegurar que sus nombres no fuesen borrados. La mujer cuenta que los funcionarios del organismo respetaron las listas de los usuarios y les aseguraron que serían atendidos al día siguiente en ese mismo orden. Así fue.Pasaporte-cita4Los recibieron el viernes a primera hora del día, a las siete de la mañana. El primer filtro era frente a las cintas de seguridad en la parte trasera del edificio, en las que un funcionario revisó todos sus documentos: justificativo, nacionalidad de sus hijos, cartas de trabajo, papeles de residencia en España, partidas de nacimientos y un sinfín de hojas más. Se ocuparon de llevarlo todo, para no perder el viaje. “Si no cumplías con los requisitos, te sacaban de la cola”, expresa semanas después de haber pasado la prueba de fuego de los funcionarios. Adentro fueron divididos por trámite, pasaporte exprés o prórroga. Pagaron sin mucha complicación y a las 10 de la mañana ya estaban fuera de las oficinas.

La espera para ellos no termina: semanas después, todavía no tienen los documentos que le permitirán reencontrarse con sus seres queridos, a pesar de la promesa de tener el documento en tan solo 72 horas. El estatus de su trámite en la página web del Saime les recuerda que solo falta un paso. “Si Dios quiere, pasaremos juntos las navidades”, dice con firme optimismo.

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Para las prórrogas, que nacieron en noviembre de 2017, los tiempos andan a un ritmo distinto. El pasaporte de Ricardo Márquez* se venció en agosto de 2018. Con planes de viajar a Estados Unidos en diciembre por motivos laborales, probó con pedir la prórroga de su documento de identidad desde junio para “salir de esa tortura”. Pero el martirio apenas comenzaba.

Pudo hacer el pago correspondiente al trámite y ya, no más. En el Saime de Charallave, estado Miranda, le informaron que dichas solicitudes se habían paralizado debido a una falla en la plataforma. Entonces escuchó una única recomendación: “venga una vez por semana para revisar”. Así lo hizo por un mes, pero la respuesta fue siempre la misma, ninguna solución. Una trabajadora le recomendó que fuera con una carta explicativa hasta la sede central en Caracas.

“Cuando fui me quedé loco de lo que se ve ahí. Había gente que llevaba dos días y hasta tres durmiendo en la calle, gente que te decía que tenías que quedarte a juro y porque sí para que te pararan bolas”, relata Ricardo. El veinteañero se negó a sumarse al desorden y prefirió buscar un gestor, pero pagar entre 400 y 500 dólares por obtener la calcomanía que extiende la vida de su pasaporte “me parecía un abuso”.

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La desesperación y el alza de los boletos aéreos a Estados Unidos hicieron que “una oferta” de 200 billetes verdes le hiciera ojitos, hasta que un amigo le contó que dormiría frente al Saime con el mismo objetivo. Se animó. “Yo la primera vez que fui le pregunté a todo el mundo en la cola qué había que llevar, porque cuando le preguntabas al funcionario te salía con patadas y te trataba a las mil mierdas”. Hombre precavido vale por dos, él y el amigo.

Ricardo pisó la zona del Saime principal un lunes a las cuatro de la tarde. El listado para el martes había alcanzado las 500 personas, pero desde ese momento se estaban anotando quienes pretendían ser atendidos el miércoles. Ahí se apuntó él. “Esa noche nos quedamos a dormir y todo es un desastre. Uno piensa que es uno el que está sacrificado, pero hay gente que viene de más lejos, de El Tigre, Mérida, Barinas. Gente de todo tipo, con niños, recién llegados con su mejor maleta”, dice.

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Pasaron la noche frente al centenario Teatro Municipal, con los ojos bien abiertos en caso de que la policía quisiera echarlos. Es tan solo uno de los inconvenientes. “Los drogadictos de la zona llegan ahí a malandrear a la gente, diciendo que te van a apuñalear. Yo lo que hacía era ignorarlos”.

Tras las diferentes revisiones que se hacen de las listas durante la madrugada, Ricardo pasó de estar en el puesto 208 al 110. “El martes a las seis de la mañana empezó a aparecer un verguero de gente que supuestamente estaban anotados en una lista que había hecho un funcionario del Saime. Eso es un despelote entre el desorden y la corrupción porque es evidente que cualquiera le paga a esas personas para que los anoten y te evitas dormir y amanecer ahí”.

Pasaporte-cita3La pequeña esperanza de que los atendieran el mismo martes no duró mucho. Les anunciaron que no los recibirían y que una persona del Saime los anotaría en otro listado para garantizar su lugar al día siguiente. A las 10 de la mañana, una trabajadora escribió sus datos en un papel y les anunció que debían presentarse el miércoles a las seis de la mañana.

“Para que te dejen entrar tienes que tener un justificativo válido. Solo aceptan las cartas con motivos de salud, deporte, trabajo y educación. Todo con sello húmedo, firma y teléfono. Si no los tienes, no te dejan pasar. Les sabe a mierda que tú les llores, no hay derecho a réplica o pataleo. Dicen que atienden a 500 personas, pero es mentira porque rechazan a un gentío. Lo vi con demasiada gente”, cuenta el joven. En su caso, y por fin, pasó ese filtro y logró entrar al recinto. Entonces un funcionario recibió sus documentos, canceló el trámite inicial en el sistema y le activó una nueva solicitud de prórroga por la que debió volver a pagar. “No estuve ahí ni tres minutos”. Una odisea con un final corto y decepcionante.

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Esa misma tarde, Ricardo recibió un correo electrónico. Al día siguiente le sería entregada la prórroga. “Para que veas que sí hay material. Ellos mismos son quienes crean todo este desastre y la corrupción. El que tiene los dólares, se evita toda la humillación”. Él transitó la suya para lograr una calcomanía “que va a durar dos cagados años”.

Quien tenía dinero no pasaba tanto trabajo. Personas que merodeaban por las largas colas ofrecían “arrimarte” unos puestos más cerca a cambio de bolívares soberanos, y hasta de 10 dólares. “Hace semanas atendían a 500, ahora solo pasan 200 y si acaso. La brecha se vuelve cada vez más pequeña y tener el pasaporte es cada vez más difícil”, se quejó una señora sentada en unos escalones cerca del Saime.

Dormir en la calle y hacer la cola no era garantía de nada. María Montoya lo sabe. A la joven de 22 años la rebotaron la primera vez, tras haber amanecido allí. Llegó un viernes desde el estado Guárico y las listas estaban llenas, así que se acercó el domingo a las siete de la noche para que, si tenía suerte, la atendieran el lunes. Así fue. Pasó a las oficinas después de más de 130 personas, pero la alegría duró poco. “Tu carta de trabajo no procede porque le hace falta membrete. No puedo hacer nada por ti”, escuchó. Como un plomo.

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María desea emigrar a Chile de forma legal. Para ello, debe solicitar la Visa de Responsabilidad Democrática chilena que exige pasaporte con al menos 18 meses de vigencia. Al suyo le queda menos. La guariqueña viajó a la capital porque las oficinas regionales del Saime “no funcionan en ninguna otra entidad del país”. Semanas después viajó de nuevo a Caracas, volvió a anotarse en la lista y se preparó para amanecer a la intemperie. Tres cachitos, tres compotas, un paraguas y un suéter la acompañaban en la acera. Desde allí vio, durante toda la noche, la frase “Nuestra misión es tu identidad” que brillaba en la fachada del Saime. La muchacha esperaba que la segunda, y no la tercera, fuese la vencida.

Infierno de cinco letras

En 2014, el entonces director general del Saime, Juan Carlos Dugarte, anunció que las colas para tramitar el pasaporte serían disminuidas para el año 2015. Las palabras se las lleva el viento.

Las filas frente a la sede principal del Saime en el centro de Caracas son múltiples, kilométricas y desbordan las aceras que rodean el edificio. El artículo 56 de la Constitución reza: “toda persona tiene derecho a obtener documentos públicos que comprueben su identidad biológica, de conformidad con la ley”. Cédulas de identidad, partidas de nacimiento y pasaportes. Un derecho que el Estado no garantiza.

En las afueras del organismo, fuertemente custodiado por uniformados, reina el caos. Gente que va a solicitar información y no encuentra dónde pedirla, personas en busca de soluciones que son despachados con el rabo entre las piernas y decenas de individuos que esperan y esperan por tener en sus manos el libro azul. Una espera que desespera. Hay más de 130 oficinas del Saime, pero todo se reduce a “la principal”, la de Caracas.

Pasaporte-cita2Los venezolanos que quieren el documento se tienen que conformar con tres opciones, una más engorrosa que la otra: aguardar hasta que el procedimiento se resuelva por la vía regular, y a la buena de Dios –solo algunos afortunados son “premiados” con esperas menores a cuatro meses–; tomar los “caminos verdes” y pagar entre 500 y 2.000 dólares que engrasen el proceso; o acampar en la sede central por días o semanas. En ese caso, según los usuarios, solo cuatro motivos son aceptados: los referentes a salud, trabajo, educación y deporte. “Yo me calé la cola, dormí en la calle, metí la carta y me negaron la solicitud. No voy a emigrar ni tengo problemas de salud. Simplemente quiero mi pasaporte”, detalló una señora que viajó en vano desde Táchira.

Pero ser aceptado no es el final del camino. El infierno tiene niveles, como lo sabía Dante. “Si te aprueban el caso allá adentro, te dicen que son cinco días hábiles para darte el pasaporte. Y tienes que hacer la cola una y otra vez para que nunca esté listo. Todos los días me dicen ‘ven mañana’. Esta es la cuarta vez que vengo y siempre te vienen atendiendo después de la una de la tarde para decirte que no está listo”, comentó Patricia Fuentes, quien inició la renovación de su documento en el año 2016. Aún no lo tiene.

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Camino empedrado

Ni los aumentos en la tarifas para los trámites del pasaporte hicieron que las colas disminuyeran. La vicepresidente Delcy Rodríguez informó el 5 de octubre que la renovación costaría 7.200 bolívares soberanos, y la prórroga 3.600. Tras la nueva reconversión monetaria y el “paquetazo” económico lanzado por el mandatario Nicolás Maduro en agosto, el salario mínimo se acordó en 1.800 bolívares soberanos. Es decir, se necesitarían cuatro o dos sueldos mínimos, respectivamente, para costear las gestiones.

“Yo me vine pensando que habría menos personas. La gente como que pide prestado o saca los reales hasta de las piedras con tal de sacarse el pasaporte”, comentó un señor en los alrededores del Saime de la Baralt. “¿Cómo pretenden que uno tenga 7.000 soberanos para sacar un pasaporte cuando apenas uno está contando el dinero para ver si le alcanza para comer? Eso es un lujo, lo que quieren es dejarnos encerrados en este país por siempre”, declaró una madre soltera con uno de sus hijos en brazos. El cambio de precio la agarró en plena cola.

Pasaporte-cita1En las oficinas consulares venezolanas en el extranjero, el precio es 200 dólares para la emisión y 100 para la prórroga. En noviembre debía comenzar a cobrarse en petro, tan virtual aún. En cualquier caso, el pasaporte rotulado con República Bolivariana es de los más caros del mundo, por encima de países como Reino Unido (90 dólares), Francia (90 dólares), Finlandia (50 dólares), Estados Unidos (110 dólares) y Canadá (128 dólares), de acuerdo con la lista Passport Fees Around The World 2018. En América Latina, lleva la delantera a Argentina o Brasil. Eso sí, pagar más no abre tantas puertas. Según la firma Henley & Partners, Chile, Brasil y Argentina están en el Top 20 de pasaportes más poderosos del mundo, junto a las grandes potencias; mientras Venezuela es el puesto 36.

La escuela pudiera estar en Cuba, que entrega sus pasaportes a ciudadanos fuera de su territorio por un valor de 415 dólares y seis años de vigencia; durante los cuales también debe pagarse otros 200 verdes cada dos años para mantenerlo vivo, según denuncias hechas en Estados Unidos.

Un documento problemático

Las recientes dificultades con el pasaporte venezolano se empezaron a registrar en el año 2016, cuando el propio Juan Carlos Dugarte admitió que existía demora de varios meses en la entrega de los pasaportes por falta de material. En 2017 se agudizaron los inconvenientes y en marzo de ese año se creó la opción de trámite exprés, para acelerar el proceso pagando más. Un bálsamo que duró poco, muy poco. Que no se permitía el pago, que el botón no hacía nada, que el sistema no avanzaba; las denuncias pulularon por meses. Ahora, ya no existe, el método desapareció sin explicación.

Las tramas de corrupción dentro del Saime fueron aceptadas por representantes del chavismo, quienes prometieron aplicar “mano dura con las mafias”. El ministro Néstor Reverol nombró a Gustavo Vizcaino Gil como el Director General del organismo, en junio de 2018. El nuevo encargado reconoció que la imagen del organismo “se fue abajo” y aseguró que la recuperaría.

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Pero todo cambió para que nada cambiara. Tener un pasaporte vigente dentro o fuera del país es un suplicio. Tanto, que el 4 de septiembre 11 países de la región acordaron aceptarlos vencidos a los venezolanos que migran.

Mientras, en Caracas, Elena González atesora el correo electrónico que certifica que solicitó su pasaporte en noviembre de 2016. Dos años después, su espera no ha terminado. Ojalá le tocará la suerte de salir en la lista de los pasaportes liberados que ha comenzado a publicar el Saime. Su trámite igual no progresa, “pasaporte por imprimir” le indica el sistema. Ya ella no reclama, ni lo lamenta. Su drama es otro: un robo la dejó sin cédula de identidad y el ente no le permite solicitar ese documento, tan básico, porque la otra gestión “sigue abierta”. El chingo y el sin nariz.