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Con la Constituyente, pasarse por el forro la comunidad internacional

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24/07/2017
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: ZONA CERO

Corea del Norte, ¿capital Caracas? La posibilidad de un régimen que después del 30 de julio se aísle del resto del planeta, o al menos de la civilización occidental, es sopesada por los especialistas. ¿Y si fuera posible, después de todo, pasarse por el forro a la comunidad internacional en pleno siglo XXI?

Si dicen bala, es una bala. Los venezolanos han desechado la práctica de detectar sutilezas en los actos de los que les oprimen, aunque pudiera decirse que a mediados de junio ocurrió un gesto simbólico. El lunes 19, en Cancún, Delcy Rodríguez dio la patada formal a la asamblea general de la Organización de Estados Americanos (OEA) “No reconocemos esta reunión como tampoco reconocemos la resulta que de ella devenga”. Bajándose del avión, anunció su renuncia a la cancillería para lanzarse a la Asamblea Nacional Constituyente (ANC).

Por supuesto, tuvo un sustituto, pero el mensaje es claro: Venezuela puede vivir sin relaciones internacionales, al menos las convencionales. Se concentrará en su proceso interno —que en la hipótesis más extrema la aislará de la civilización occidental. Parafraseando una canción de Franco de Vita: bienvenidos a la Corea del Norte del Sur. Un país sin elecciones libres, derechos humanos o acceso a Internet.

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Estamos en la era de la globalización, hemos escuchado una y otra vez. Ningún hombre es una isla, decía el poeta John Donne. Pero, ¿y si fuera posible pasarse por el forro a la comunidad internacional y salir ileso en pleno siglo XXI?

Después de todo, el Estado policial en que se ha convertido Venezuela —en palabras de su propia fiscal general— se ha estado comportando como una versión cancerígena del superhéroe adolescente Peter Parker: ha descubierto que puede fugarse de la casa por las noches y no le pasa nada. Ha descubierto que puede trepar por las paredes y no le pasa nada. Ha descubierto que puede lanzar telarañas de las muñecas y no le pasa nada. Hasta ahora se ha aprovechado de un entorno permisivo.

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Multilateralismo en desbandada

El internacionalista Carlos Romero reconoce que hay razones para ser pesimista en un vecindario global donde no solo campean guapetones como el norcoreano Kim Jong-un, una especie de Ñoño de El Chavo provisto de juguetes atómicos, sino reptiles mucho más inclasificables como el ruso Vladimir Putin y el turco Tayyip Erdoğan, quizás uno de los mentores menos reconocidos de Nicolás Maduro.

“Los organismos multilaterales no están en su mejor momento. Los países grandes, entre ellos Estados Unidos y su nuevo gobierno, anteponen sus intereses nacionales y han venido quitándole presupuesto a las Naciones Unidas (ONU) o reduciendo sus actividades de cooperación. China hace su política exterior sin tomar en cuenta acuerdos anteriores. Es un momento de anarquía y Caracas está sacando ventaja de esas tensiones”, concluye Romero, que advierte que un experimento social radical en Venezuela nunca quedará 100% aislado: “Se ha ido arrimando al club de lo que pudiéramos llamar gobiernos iliberales, con modelos internos en extremo antidemocráticos y que pretenden romper el statu quo internacional, como Rusia y Turquía”.

El Juggernaut con el que suele asustar el oficialismo o con el que suspiran algunos de sus opositores más radicales, unos marines desembarcando en la Vela de Coro cual Miranda en la corbeta Leander, parece un escenario muy improbable, a menos a mediano plazo. Después de todo, las más recientes intervenciones directas de Estados Unidos en territorio latinoamericano —Granada en 1983 y Panamá en 1989— ocurrieron en países relativamente pequeños y la última de ellas cuando el hijo único de Nicolás Maduro era un lactante. Donald Trump le ha estado enseñando los dientes al grupo que controla el poder en Venezuela: históricamente los republicanos son los gavilanes del Pentágono, pero los demócratas se han distinguido como los capaces de distinguir banderas y complejidades en el mapamundi.

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Despacito

El brazo internacional tarda, pero no olvida. Él va a la velocidad de la pereza mientras la crisis venezolana avanza en Fórmula Uno y choca como Pastor Maldonado, pero se maneja en sus propios tiempos geológicos. “Allí están las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), al igual que sus detallados informes. También las dos Evaluaciones Periódicas Universales que han hecho las Naciones Unidas a Venezuela y los dos informes presentados por el Secretario General de la OEA, así como las denuncias que vienen alimentando expedientes en la Corte Penal Internacional”, sopesa la también internacionalista Elsa Cardozo.

“Una dimensión que no deja de tener importancia, no obstante la polémica sobre su eficacia, es la de las sanciones unilaterales, como las impuestas por Estados Unidos a altos funcionarios del gobierno venezolano y las que pudiera decidir la Unión Europea. A partir de 2014, y con especial intensidad desde finales de 2016, el escrutinio de lo que sucede en Venezuela ha dejado su huella y no dudo que ha reducido su margen de maniobra económico y político pues, aunque aún conserva cierta influencia, ya no moviliza a la Alianza Bolivariana y Petrocaribe como hasta hace tres o cuatro años”, agrega Cardozo.

Sería hora, por cierto, de que La Haya contemple crímenes económicos. A lo mejor con esos gallos amanece más temprano.

Se podría alegar que no le queda otra, pero la joven diputada opositora Marialbert Barrios, vicepresidenta de la Comisión de Política Exterior de la Asamblea Nacional (AN), insiste: no es posible el aislamiento en una época en que todo el mundo tiene una camarita. “Desde el mismo Juan Germán Roscio hemos tenido relaciones internacionales muy dinámicas y el mismo hecho de que seamos un país petrolero nos hace depender del comercio exterior”.

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Barrios descarta que la foto 2017 de los gigantes regionales —la volatilidad de Trump o un Brasil virtualmente decapitado— juegue en contra de la resistencia civil a Maduro: “Cuando en la oposición decimos que no queremos una intervención extranjera lo hacemos con responsabilidad. Una cosa es la dinámica política interna de cada país y otra cosa son las reglas de derechos humanos reconocidas hoy por todas las naciones. La comunidad internacional está pendiente, alerta, atenta y vigilante de lo que sucede y llegando hasta donde puede llegar”.

“El factor más importante como freno a una actuación más consistente por parte de los países del hemisferio son las fragilidades internas de los que tendrían más posibilidad de ejercer presión o persuasión”, desliza Elsa Cardozo.

¿El engendro redentor?

Complete la frase: el 30 de julio se impone una Asamblea Nacional Constituyente  y… “Es difícil imaginarlo, pero el proyecto constituyente tal y como ha sido planteado, impuesto por la fuerza e ignorando la debida consulta y las penurias que consumen al país, quizás sí apuesta a algo similar a un régimen como el de Corea del Norte. Solo que la resistencia a esa propuesta ha demostrado ser muy grande, por manifiesta y perseverante. Eso, antes y más que el entorno internacional, lo hace lucir hasta ahora improbable”, argumenta Cardozo.

“Estamos en el tránsito entre un modelo de autoritarismo electoral a uno de autoritarismo corporativo. Lo que se ha asomado de la ANC tiene como norte reducir la capacidad electoral de los ciudadanos. Es presumible que aumente entonces la presión de la comunidad hemisférica. El mayor reto para la oposición será internacionalizar el caso venezolano”, especula Carlos Romero, que asoma la intervención de un actor inesperado: Cuba.

Sí, el mismísimo Bebé de Rosemary desde la óptica de un opositor consuetudinario a Hugo Chávez y Nicolás Maduro. La semilla del diablo y el espejo del mal. “Hubiera esperado de La Habana una posición más seria. Me he preguntado cómo ha porfiado tanto en lo indefendible, siendo un país cuya diplomacia ha tenido participación en procesos de pacificación en Angola, El Salvador, Sudáfrica o Colombia. Su pasividad con respecto a Venezuela es decepcionante”.

Romero dijo estas palabras justo antes de que el presidente colombiano Juan Manuel Santos se llegara hasta La Habana para pedir, en las mismas narices de Raúl Castro, el desmontaje de la constituyente venezolana. Por allá como que fumea.

Ni el puño de hierro del bloque económico ni el guante de terciopelo de Barack Obama han conseguido, hasta ahora, una democracia en Cuba. ¿Cómo meter por el carril, entonces, a una Venezuela que bota tierrita y no juega más?

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“Entre esos extremos hay medidas que pueden concertarse para lograr eficiencia tales como sanciones ‘inteligentes’, dirigidas a limitar o bloquear vínculos específicos de personas o grupos puntuales, y restricciones o condicionamientos para el acceso gubernamental a recursos, así como medidas persuasivas con incentivos y garantías de cumplimiento”, recomienda Cardozo.

Y aquí puede entrar en juego otro actor sorpresa: la burguesía roja. Escribe el periodista sudafricano R.W. Johnson a propósito de la caída del Apartheid: “La minoría de 10% de población blanca se sintió tan aliviada como la mayoría negra. Era el fin de los boicots y de las sanciones, de ser tratados como parias y de los sentimientos de culpa”.

Lo malo es que antes pasaron 43 años. Y Corea del Norte va para septuagenaria y nadie en la cúpula da señal de remordimientos. Pueblos del mundo: si no nos vemos más, que al menos sirva nuestro ejemplo. Salir del marxismo es como Simbad “El marino” tratándose de quitar de encima al Viejo del Mar.