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Cuando estar libre te hace sentir culpable

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13/07/2017
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: VÍCTOR AMAYA | FOTOGRAFÍAS EN EL TEXTO: SHAKIRA DI MARZO, EFE Y DIÓGENES COLINA

Andrés Aguilar es uno de los estudiantes universitarios que fue apresado el 29 de junio en El Rosal, Caracas, y trasladado en un camión cava. “Los 25 del 350″ es el apelativo para él y sus compañeros de detención. Los cuatro días que duró el trajín dejaron huella en él, pero las ganas de vivir en democracia están allí, sin esposas

Es una sensación agridulce. La moneda de la fortuna tiene dos caras. Una se disfruta, otra se padece. Del agradecimiento a la culpa. “Yo salí, pero cuántos no siguen presos allí”. “Estuvimos en el foco del país y eso nos ayudó, pero quizá le quitó peso a los chamos de la UPEL en Aragua”. “Nosotros salimos pero muchos no”.

Por los pasillos de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Andrés Aguilar es conocido y reconocido. Su nombre estuvo en boca de buena parte de la comunidad universitaria luego de ser detenido el jueves 29 de junio en El Rosal por la Policía Nacional Bolivariana (PNB). Hubo marchas internas en apoyo a su libertad durante los tres días que estuvo encarcelado y yendo del timbo al tambo junto a otros 25 estudiantes.

Es un sobreviviente. Han pasado 100 días de protestas y la cifra de muertos oficial del Ministerio Público alcanza las 90 víctimas. Extraoficialmente se suman otros nombres. Los detenidos se cuentan por miles. El Foro Penal Venezolano (FPV) habla de más de 4.500 apresados, y más de mil que continúan en calabozos. Varios han sido procesados por tribunales militares. Otros, por justicia ordinaria. Andrés Aguilar tiene libertad plena, pero conciencia de vivir en dictadura.

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En 100 días de protesta, el ucabista ha marchado, ha corrido, ha gritado, se ha encapuchado, ha usado máscara antigás, ha izado la bandera tricilor, ha corrido de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), ha tragado “gas del bueno”, ha devuelto lacrimógenas y ha sido detenido. Una sola vez. La definitiva. La que ocurrió frente a las cámaras. El 29 de junio cayó en manos de los uniformados porque el subterfugio, la huida del forajido, lo condijo hacia donde no era.

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Esa mañana asistió a la marcha opositora acompañado por dos amigos. No iba como parte de una delegación formal del Movimiento Estudiantil, pero caminó junto a sus iguales: universitarios de varias casas de estudio. Luego de la lluvia y sin tanta bulla ni concurrencia, la movilización bajó a la autopista, donde se encontró con la GNB y sus prohibiciones y apóstrofes de guerra. Por allí no iban a pasar. “Nos regresamos hacia el puente Las Mercedes y allí también hubo enfrentamientos. Así que íbamos de regreso a la Av. Francisco de Miranda cuando comenzamos a escuchar las motos. Corrimos. En el edificio donde está el BOD el piso era resbaloso. Los chamos de la Universidad Simón Bolívar (USB) venían atrás. Allí vi la entrada del banco y pensé que era una agencia, pero cuando entro me doy cuenta que son unos cajeros automáticos, incluso había gente sacando plata. Fui de los primeros en entrar. El resto empezó a gritar que cierren las puertas, pero no había cómo. En eso escuchamos las motos, las lacrimógenas, notamos el humo, hasta que entró un policía y nos dijo ‘suban las manos y sálganse todos’”.

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Así comenzamos las 72 horas que Andrés Aguilar nunca olvidará. En su memoria quedará siempre el recuerdo de cómo fue arrodillado y amarrado con la trenza de sus propios zapatos, de cómo fue despojado de los únicos objetos que le hacían peso: su cartera, sus llaves y un celular que no volvió a ver, de cómo fue robado, de cómo entró en “disonancia” al seguir buscando cómo escapar, de cómo sintió la indignación que enmarca su rostro en las gráficas de ese día, de cómo contabilizó las 60 motos que los rodearon, de cómo escuchó a los funcionarios gritarles “guarimberos, terroristas, cállense la boca, si me reviras te reviento”, de cómo supo que estaba “jodido”.

La fachada de aquel edificio se convirtió en una galería de ojos. Las miradas cojeaban, el ánimo se había esfumado y la valentía renqueaba frente a la bota. Testigos por doquier comenzaron a documentar el evento. “La policía lanzó lacrimógenas para crear una cortina de humo y sacarnos. Terminamos medio ahogados. Desde los edificios gritaban mientras nos pararon y nos movieron. Había prensa, así que empezamos a gritar nuestros nombres y la universidad”, cuenta que se vio rodeado de nuevos amigos, alumnos de la USB uniformados de amarillo y con el logo bien grande en el pecho.

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“Yo pensaba que si nos montaban en motos, nos podíamos liberar: te caes con todo y moto, brincas, sales todo golpeado pero corres y estás libre”, fantaseaba en un paroxismo de angustia el muchacho de 20 años cuando la realidad lo golpeó: “vimos el camión 350 y escuchamos un ‘móntense’. No había nada que hacer”. Los detenidos se inventan cómo eludir la cana. En internet y redes sociales corren hasta instructivos para ello. Pero los funcionarios se adelantan: “si se lanzan del camión les pasamos las motos por encima”, escucharon de boca de un uniformado.

La puerta trasera del vehículo era la entrada a la boca del lobo, oscura y fría. Subieron ellos y el gas lacrimógeno. Las puertas se cerraron casi por completo, dejando una apertura para que el aire se limpiara un poco. Era la única rendija por donde podían ver, mientras soltaban sus amarras algunos y otros llamaban a familiares y representantes estudiantiles, el camino que siguieron hacia Plaza Venezuela. “Había más de dos teléfonos que de alguna manera se salvaron”, dice Andrés. Del 350 pasaron a un camión, “de esos verdes con el que los mueven”. Bajo la lluvia hicieron el trasbordo. Empapados arribaron a El Helicoide.

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Estudiante de Psicología, habla de ironía. Un nombre identifica el recinto al que fueron confinados. “Nos procesaron en el salón Hugo Chávez. Los policías nos llamaban guarimberos y terroristas, pero después otros nos empezaron a decir que teníamos que haber corrido más, que nos habíamos dejado agarrar, hablamos mucho con ellos”. Con pistolas al cinto, algunos funcionarios soltaron perlas: “ustedes están sonadísimos”, “se volvieron famosos”, “tanta prensa hace que tengamos que hacer el proceso completo, sino capaz los hubieran soltado ya”, “así como tu papá no deja de trabajar para llevar comida a la casa, yo hago lo mismo pero mi trabajo es reprimirte”, “ustedes son la misma causa, los 25 del 350″ (el camión, no el artículo de la constitución). El mote se lo pusieron los carceleros.

Con la misma ropa

El Helicoide “es como una comandancia más”. Hay oficinas, salones, barracas, pasillos y patios de entrenamiento. “No nos acercaron a los calabozos ni a los presos que están allí, y solo de vez en cuando vimos a los Sebin”, rememora Aguilar. Pero no todo el tiempo estuvieron allí. Con las mismas ropas, mojadas, sucias, malolientes, sin cepillarse y con apenas  unos bocados —el primer día, arroz con pollo, y luego alguna arepa que la Federación de Centros Universitarios (FCU) de la Universidad Central de Venezuela (UCV) logró llevarles— fueron ruleteados al Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc) para la reseña, luego a El Llanito para unos exámenes toxicológicos, también a una oficina de la avenida Lecuna para más registros, después al Palacio de Justicia y a una sede de la PNB en La Yaguara. “Cada vez que salíamos del Helicoide veíamos a la gente afuera. La primera vez logré ver a mi mamá lloré cuando empezó a correr detrás del camión”.

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El sábado entraron al tribunal por primera vez. Llevaban más de siete horas en los calabozos donde también esperan presos comunes, un lugar oscuro y apestoso que no ha sido limpiado hace años. “Nos mantuvieron juntos pero divididos entre hombres y mujeres. Cuando subimos al juzgado eran ya las ocho de la noche y vimos a los abogados, y a la secretaria del juez que estaba muy nerviosa. Los defensores nos decían que era muy difícil lograr la libertad plena, que estuviéramos preparados para todos los escenarios. Cuando el juez entró, nos dijo que la audiencia sería al día siguiente, siempre excusándose: ‘se escapa de mis manos’, nos comentó como haciendo ver que procesarnos no era del todo su voluntad”.

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Esa noche llegaron a las tres de la mañana al Helicoide y durmieron como siempre: esposados unos con otros. Cuando despuntó el sol, salieron de nuevo al centro de Caracas. Luego de tres horas, comenzó la audiencia. Fiscalía solicitó libertad plena. Los abogados concurrieron. El juez pidió un receso irregular de media hora que se transformó en una pausa de tres. “Allí empezamos a sentir ese frío, los nervios. Afuera los familiares cantaron el himno y muchos empezamos a llorar”. Cuando volvió el titular del Tribunal 43 del Área Metropolitana, y habiendo repasado una a una las medidas que pudiera tomar en contra de los muchachos en un discurso largo “que nos tenía en vilo”, dictó la libertad plena. Hubo sonrisas, alegría, llanto, agradecimiento. Pero también consejo: “Váyanse, celebren en su casa pero no se queden aquí más tiempo”, escucharon de los abogados los muchachos mientras eran conducidos, en fila india, hacia cada uno de sus padres.

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“Estaba mi mamá, mi papá, mis vecinos, mis amigos, compañeros de la universidad”. A Andrés lo recibieron con abrazos y con orgullo. “Estando ya en mi casa todo me pareció un mal sueño. Me supe libre, pero me sentí culpable porque mucha gente no ha salido. En el Palacio de Justicia vimos a unos chamos de Vente Venezuela presos, a otros de la Universidad Santa María, recordé a los de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) de Maracay”.

La resiliencia

Andrés Aguilar admite que ha bajado su ritmo, que cree que la lucha es en la calle, sí, pero no solo “guerreando” como hasta ahora lo había hecho. “Las ganas de marchar siguen ahí pero siento ansiedad luego de lo que me pasó. Hay miedo”, admite al anunciar que volverá a salir “pero quizá no vaya al frente”. También, desliza, cree que hay que diseñar nuevas formas de mostrar el descontento. Evolucionar la protesta. Cambiar los métodos.

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“Yo no conozco la democracia. Esto es una lucha de ideales, el nuestro es lograrla, y el de ellos es mantenerse en el poder. Por eso la lucha sigue. No me arrepiento de nada, quizá solo de no haber corrido más ese día”, comenta. Su vida estará marcada para siempre por la represión, por haber sufrido la acción de la PNB y la GNB. “Yo he visto guardias malos, que se les nota la cara sonriente mientras atacan  los manifestantes”. Pero también por hacer vida en tiempos de “resistencia”, aliado como es ahora de su grupo de compañeros detenidos ese 29 de junio. Hasta su novia surgió de la lucha. “Estábamos saliendo nada más, pero cuando me llevaron ella fue quien avisó a la directora de la escuela y quedó identificada como ‘la novia de Andrés’”, ríe.

Andrés Aguilar no se quiere irse del país, aunque sabe que afuera las oportunidades son más plausibles. Es una ambigüedad que siente a diario, la mente se le pinta de Cromointerferencia de color aditivo, pero el corazón sigue latiendo a ritmo de consignas, anhelando una libertad que en papel tiene pero en realidad no. “Quiero vivir en democracia, y quiero que sea aquí”.