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Dandi o bohemio: la tremendura del círculo

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05/01/2016
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COMPOSICIÓN FOTOGRÁFICA: ANDREA TOSTA

En los albores del cuarto lustro del siglo XXI dos viejas figuras estéticas siguen causando curiosidad: el hombre muy atildado al vestir que mientan “dandi” y el que anda y luce al descuido bautizado como “bohemio”. ¿Con la ocasión de los estrenos navideños es posible un híbrido de ellos, un balance revitalizador?

Una cualidad los une y los separa: la rebeldía. Los dandis, élite nacida en el seno de las burguesías francesa y británica de finales del siglo XVIII, se alzaron en contra del romanticismo imperante que amaba “tantas ridiculeces”, entre estas, el gusto por lo bucólico o viajes a lugares exóticos, mientras que ellos preferían la ciudad y sus placeres; o bien fueron en detrimento de los excesos estéticos y filosóficos de la aristocracia tras la búsqueda de una sobriedad de imagen y una profundidad menos ampulosa en la manera de pensar. Los bohemios, tribu urbana decimonónica con asideros en la cultura gitana, tradicionalmente llamados en Francia bohémien por haber llegado desde la región de Bohemia, actual República Checa, detentaron un estilo de vida con una escala de valores diferente a la de la sociedad sedentaria y burguesa: se opusieron a la obsesión material, puesto que lo consideraban superficial y una barrera para su libertad; y más bien blandieron armas por una permanencia en el mundo de las ideas, el conocimiento, la creación artística, el enriquecimiento intelectual, el interés por otras manifestaciones culturales.

Una fórmula individual los une y los separa: la manera de vestir. Los bohemios se han tenido por individuos con vocación de artista o intelectual, de aspecto despreocupado, apariencia llamativa pero desordenada, ajenos a las directrices de comportamiento, etiqueta, estética. Los dandis, ¡por favor!, fueron unos exquisitos que se distinguieron gracias a sus atuendos. Y aunque se ha caído en el error de pensar que su estilo de vestir era muy recargado, fue lo contrario. La sobriedad y el desprecio por los adornos fueron dos de las principales novedades que introdujeron. En un mundo como el de la Edad Moderna, en que lo hombres lucían ostentosas prendas de colores histéricos y usaban maquillaje, los dandis aportaron la idea de la sencillez, que no simplicidad. Verbigracia George Brummell, quien habiendo nacido en Londres, amigo del rey Jorge IV, tenido por el primer ministro de la moda y el buen gusto, sorprendió en una de esas tenidas de alto coturno al lucir el blanco y negro. En busca de esta sencillez, él y sus iguales hicieron desaparecer las pelucas versallescas, los puños bordados o las condecoraciones. Aspiraban al difícil y quizá imposible arte de pasar “notoriamente” desapercibidos.

Un hecho los une y los reúne: ambas figuras se esculpieron con el cincel del contrapelo; los dandis por imponerse desde su trinchera como nueva clase dominante sobre el orden establecido por la nobleza, ya de capa caída; los bohemios por romper —más inconsciente que conscientemente— con la disciplina del buen gusto dandi, que al masificarse había dejado de ser un símbolo reservado del patriciado urbano para devenir uniforme, por lo que había que incluirle cabelleras al garete, estampados inconexos, piezas incongruentes… layers de desenfado, descontrol, desapego. Así, un hechizo los ha traído vivos a esta esquina del siglo XXI: ambos estilos siguen definiendo —mutatis mutandis— la moda de nuestros días, y dieron el primer y segundo paso, respectivamente, para que el hombre contemporáneo conquistara la más abstracta de las libertades, pero también la más tangible: la libertad de atuendo, la libertad de imagen.

Los dandis, así antes como ahora

En Inglaterra se contabilizaron unas 50 novelas, publicadas entre 1825 y 1830, con un dandi como protagonista. Es decir, ¡unas 10 por año! De allí que muchos estudiosos insistan en decir que el dandi nunca existió, que es un producto de la ficción, que fue la literatura la que ayudó a crear el mito. ¿Características de los dandis? No provenían de familias aristocráticas, y en caso contrario solían ser aristócratas de nuevo cuño; tampoco eran originarios de clases sociales bajas. Los dandis eran burgueses o hijos de burgueses; no porque los obreros o campesinos sufrieran algún tipo de prohibición para serlo, sino porque solo las familias burguesas disponían de suficientes recursos para educación, vestido y, quizá lo más importante, preocupación por la imagen dada en su esfera, ya fuese esta correcta o incómoda. En tanto, no formaban parte de un círculo cerrado por razones de sangre sino gracias a sus talentos estéticos e intelectuales. Eran personas estrictamente urbanas, cosa lógica por cuanto la burguesía nació en las ciudades y en estas pululaban los clubes y las posibilidades de visitar almacenes, exposiciones, ferias de muestras y tiendas. Estaban relacionados con los avances de la época, tanto que solían incorporar esos inventos a su vida cotidiana y, desde luego, a su imagen: el caso de los pantalones, las fotografías, los viajes en tren. Los dandis eran, e incluso buscaban ser, personas fuertes de carácter, propensos a dar respuestas altaneras, manteniendo actitudes altivas o siendo directamente polémicos.

¿Dandis legendarios de carne y hueso? Los escritores Oscar Wilde, Lord Byron, Charles Baudelaire, Jules Barbey d’Aurevilly, el cónsul George “Beau” Brummell, el primer ministro británico Benjamin Disraeli, y el conde Robert de Montesquieu, quizá la excepción de la regla por cuanto descendía de la aristocracia. ¿Dandis de ficción? Dorian Gray, el obsesivo Des Esseintes, Eugenio Oneguin, Grigori Pichorin, James Bond. ¿Dandis actuales? La lista es caprichosa y peca de olvidadiza, pero incluiría a Nick Wooster, Mariano Di Vaio, Sam Lambert, Mr. Kurino, Angelo Flaccavento, Antonio Picardi, los hermanos Derrick y Kirk Miller, Simone Marchetti, Elie Top, los mismísimos Tom Ford, Ralph Lauren, Valentino y Luca Rubinacci. Quizá no todos son burgueses, ni altaneros, ni encarnizados intelectuales, ni rebeldes con o sin causa, pero su imagen los precede allende fronteras.

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Los bohemios: ¿Existe la moda?

Dicen las enciclopedias que “bohemia”, como nombre o definición de un grupo cultural, aparece en la obra Escenas de la vida bohemia (1847-1849) de Henri Murger, suerte de novela-ensayo o ficción biográfica de escaso valor literario y sociológico, pero que sirvió de inspiración a grandes obras posteriores en diversos campos del arte. Valgan ejemplos como la ópera La Bohème de Giacomo Puccini, la Louise de Gustave Charpentier y la Carmen deGeorges Bizet. Y por supuesto París como escenario original del fenómeno socio-literario. Dirá Murger en la obra precursora de marras: “La Bohemia es el estado de la vida artística; es el prefacio de la Academia, del Hospital o del depósito de cadáveres”. Dirá el escritor español Antonio Espina: “La bohemia no es otra cosa que la miseria disimulada con cierta belleza, el hambre sobrellevada con humorismo”. Lo cierto es que la conforman individuos que, viviendo en sociedad y alimentándose de ella, se apartan de sus normas configurando un modelo más de la alternativa social.

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Adictos a los cafés, el noctambulismo, el vestir como al descuido, las letras y el arte, con especial énfasis en el teatro, los bohemios de todos los tiempos procuraron vivir “aquí y ahora”, en el desapego a las cosas materiales. Sin embargo, en ese desenfado del estilo de vida nunca desestimaron lo estético, al punto que por denostar de lo demasiado atildado, de lo demasiado producido, generaron un código visual interesantísimo, posterior al bohemio crudo: el bohemio burgués o bohemio chic, que toda una ironía, se diferencia de su predecesor por incluir símbolos de estatus: marcas de lujo que se mezclan con baratijas, telas exquisitas con otras de baja factura, camisas formales con piezas del diario, desayunos en panaderías de poca monta pero almuerzos en sitios secretos y cenas en sofisticados restaurantes… un low and high que iba y que va en la busca de una moda sin otras reglas que las propias, de una manera de vivir que no atiende guiones ni alimenta apariencias, que apenas persigue seleccionar al descampado lo mejor de dos mundos.

¿Los nuevos bohemios, o al menos los más recientes? Los hipsters del siglo XXI, un subcultura de jóvenes contestatarios de clase media quienes se han establecido por lo general en urbanizaciones que experimentan procesos de elitización: Notting Hill en Londres, Le Marais en París, Williamsburg en Nueva York, Condesa en Ciudad de México… Se asocian a tendencias musicales indie, a una moda alejada de las corrientes predominantes —que incluye artículos vintage, ropa usada—, a posiciones políticas progresistas, al consumo de alimentos orgánicos y productos artesanales como cervezas locales. Suelen frecuentar cafés culturales, bares pequeños o restaurantes acogedores, y sus áreas de trabajo son las creativas, humanas o tecnológicas. Comenzaron usando lentes de pasta, luego le sumaron las barbas pobladas y ahora sobrellevan una competencia capilar entre bigotes como manubrios de bicicletas antiguas y cortes de pelo entre glam y malandro. Sí, se caracterizan por una sensibilidad variada, alejada de lo mainstream y afín a estilos de vida alternativos. Sí, también engrosan como los dandis y los bohemios esa lista de los estetas rebeldes.

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