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De la justicia social al fracaso chavista

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Colas, comunas, control político, opositores presos. La lista de similitudes del sistema venezolano con experiencias históricas se abulta, a 10 años de que Hugo Chávez declarara el carácter socialista de su “revolución”. Mientras la propaganda oficial enumera supuestos logros del modelo de socialismo aplicado en el país, se acumulan evidencias de que el proceso venezolano también sacó la peor cara del poder

Que había que buscar la máxima felicidad social. Que lo principal era el sacrificio por los demás, la búsqueda de la igualdad, la lucha contra el individualismo que destruye el mundo. Que la batalla debía ser absoluta contra el capitalismo, la corrupción y la burocracia. En definitiva: que la única opción a la patria socialista no podía ser otra cosa que la muerte. Así, con esa vehemencia, el ex presidente Hugo Chávez defendía la idea del Socialismo del siglo XXI, una propuesta que ganó adeptos y que ahora se ve manchada por las señales del fracaso.

Desde el principio, Chávez formuló ideas que abogaban por la justicia social. Pero fue el 30 de enero de 2005, durante el V Foro Social Mundial en Brasil, que mencionó abiertamente su intención de avanzar con el proyecto del Socialismo del siglo XXI. La fuente de inspiración fue el concepto desarrollado, esencialmente, por el alemán Heinz Dieterich,  quien hizo una revisión del socialismo en el siglo XX, de sus virtudes y desaciertos, para darle forma a una perspectiva renovada: a su juicio, el énfasis debía estar en la democracia participativa y, entre otras cosas, en una economía con precios que se ajustaran al valor del trabajo. Es decir, una visión socialista que asumiera los errores del pasado y se adaptara a los nuevos tiempos. Por cierto, Dieterich estuvo en contacto con el ex presidente, pero en 2007 se apartó.

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Pese a los recelos, Chávez le dio impulso a algunas propuestas que iban por ese camino. José Rafael Mendoza, analista político y profesor universitario, señala que hubo algunos guiños al socialismo que, sin embargo, no se terminaron de profundizar: “Lo que el Gobierno apunta como socialismo es la distribución de la riqueza por el Estado, la concepción de que el Estado es el promotor esencial del desarrollo económico, y que se debe forjar una economía planificada bajo la direccionalidad gubernamental”. Allí entrarían, por ejemplo, las expropiaciones y nacionalizaciones, algo que también se evidenció en la Cuba de los años sesenta, específicamente con las propiedades estadounidenses. En el caso de Venezuela, de acuerdo con un estudio de la Confederación Venezolana de Industriales, citado por El Universal, entre 2002 y 2013 el Gobierno intervino 1.284 empresas, la mayoría del sector industrial y de la construcción.

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En los primeros años, dice Nícmer Evans, politólogo, psicólogo social e integrante del movimiento Marea Socialista, comenzó a construirse un socialismo a la venezolana. Hugo Chávez, dice, defendió la preponderancia de las raíces a través del bolivarianismo y, además, comprendió que el gran reto era acabar con la dependencia del petróleo. Ahora, también formula algunas críticas: “Un socialismo aplicado a una economía monoproductora dista mucho de las concepciones originales de Marx. Aquí no se ha desarrollado ni capitalismo ni socialismo, sino rentismo petrolero”. Según el Banco Central de Venezuela, en el primer sexenio de Chávez, 83,4% de los ingresos en divisas obtenidos por exportaciones provenía de las ventas de crudo y combustibles. Entre 2007-2013 la cantidad se elevó hasta el 93,85% en promedio.

Los matices del fracaso

Además de las acciones contra la propiedad privada, la propuesta que hacía llamarse socialista dejó sembradas otras semillas en Venezuela. En primer lugar, está la escasez. Una encuesta de la consultora Datanálisis, publicada en junio de este año, indicó que en mayo sólo en Caracas hubo 60,7% de desabastecimiento; a eso se suma que 76,1% de los consumidores no consigue o consigue con poca frecuencia lo que necesita, y que 89,7% de los habitantes del país tiene que hacer colas para adquirir los productos más básicos.

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Salvando las diferencias obvias de los contextos históricos y los factores más allá de la política local, el desabastecimiento también fue un problema de los ciudadanos de los países soviéticos. El Daily Mail publicó en 2014 una serie de fotografías de los últimos momentos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, antes de su disolución en 1991. En muchas imágenes se aprecian largas filas de personas, con abrigos y sombreros, que esperaban para comprar alimentos. También alrededor de esa época, algunos medios reseñaban una fuerte escasez en Cuba, que empujó al Gobierno a hacer recomendaciones curiosas: por ejemplo, que la gente empezara a preparar recetas con hojas de yuca o boniato y semillas de calabaza.

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Bajo el gobierno comunista de Le Duan, en Vietnam, se veía el mismo panorama de colas y racionamientos, a lo que se sumaba una economía deprimida y controlada fuertemente por el Estado; en 1987, un año después de la muerte del líder, llegó a registrarse una inflación de 700%. Venezuela no ha alcanzado esos extremos, pero el Fondo Monetario Internacional advirtió que a finales de 2015 la inflación podrá ser mayor de 100% y la consultora Ecoanalítica pronostica que la subyacente quizás alcance 400% en diciembre de este año.

En la China de Mao la actividad agrícola se ordenó a finales de los años 50 fuera mediante comunas para evitar que los campesinos obtuvieran beneficios directos de su trabajo y se notara una “indeseada tendencia al capitalismo”. La producción disminuyó fuertemente aunque a Pekín se informaban resultados abultados para tapar el fracaso. Desde la capital se subían las cotas y se defendía que había comida para todos, usando como referencia la mentira, visto que ninguna comuna quería quedar mal ante el partido. La consecuencia, también impulsada por sequías, fue la Gran Hambruna China: tres años entre 1958 y 1961 con más de 15 millones de muertos por inanición, según cifras oficiales. Las independientes calculan más del doble. Antes, en Ucrania la colectivización agrícola ordenada por Stalin en 1929 desató una hambruna que causó más de 1,3 millones de muertos, a pesar de que el país era conocido como “el granero de Europa”.

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Ahora, ¿la crisis económica tiene que ver con el modelo socialista? Ezio Serrano Páez, doctor en Historia y profesor de la USB, señala que no necesariamente es así: “El socialismo reclama padres diversos y es un concepto plagado de relaciones incestuosas. Ese sistema siempre será ineficaz y conducirá a la pobreza si insiste en renegar del homo economicus. La URSS, Cuba, Corea del Norte y ahora desdichadamente Venezuela se encaminaron por esa vía. Es decir, es un fracaso el socialismo contra natura, el que impide el lucro, aunque sea básico, el que limita en extremo la creación productiva del hombre. No creo que todos los socialismos en escena posean esa nota tan brutal”. Y menciona el ejemplo de China que ha crecido económicamente, pero en medio de la barbarie política.

China, que se autodenomina socialista –aunque muchos lo consideran un capitalismo de Estado–, tiene largas listas de personas privadas de libertad por razones políticas. La Fundación Dui Hua, dedicada a la defensa de los derechos en ese país, indica que hasta marzo de 2015 había 5.700 presos por motivos políticos y religiosos. La persecución de defensores de derechos humanos también se ha hecho común allí: de acuerdo con la organización China Human Rights Defenders, entre enero y diciembre de 2014 fueron encarceladas, durante al menos 5 días, 966 personas que se dedican a esa labor.

La perversión del poder

El historiador Gerardo Vivas, profesor jubilado de la Universidad Simón Bolívar e integrante del Instituto de Investigaciones Históricas Bolivarium, advierte que no es adecuado agrupar a todos los estados considerados socialistas en un solo saco. Para él, las generalizaciones son peligrosas: bajo el nombre de socialismo, dice, se pueden esconder formas comunistas radicales, como el maoísmo de China, el estalinismo de Rusia o el polpotismo de Camboya. “Si se habla de la República Democrática Alemana, fíjese en el uso pervertido del término, de la Cuba actual o de la Venezuela chavista, que cuentan con testimonios del control absoluto, con una corrupción de generales, jueces y buena parte del alto gobierno, entonces habría que considerarlos regímenes absolutistas y no socialismos o eficacia del poder. En estos casos, su constitución esencial y su desempeño político apunta a alcanzar el poder, a abusar de él y a rehusarse a entregarlo”, explica Vivas.

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Evans apunta que el resultado nefasto de algunos modelos que llevan el nombre del socialismo ha contribuido con su mala racha. En el caso venezolano, dice, hubo una intención de Chávez de rectificar que luego se vio interrumpida por su muerte. “Pero Nicolás Maduro, al decir que continúa con el proyecto y darle una impronta autoritaria, mancha la democracia participativa. Y se estigmatiza el socialismo como una experiencia de autoritarismo”, explica. Hay datos que lo ilustran: además del caso de Leopoldo López, condenado recientemente a casi 14 años de prisión, existen otros testimonios. De acuerdo con la ONG Foro Penal Venezolano, 78 personas  están presas por razones políticas y 2.059 ya se encuentran en libertad pero con medidas judiciales. A eso deben sumarse los casos de tortura que se han denunciado, el afán por controlar los medios de comunicación, la poca disposición a aceptar las críticas dentro de sus propias filas.

Precisamente por razones relacionadas con este asunto, Evans señala que el modelo de la Unión Soviética fue un fracaso: la persecución política después de la muerte de Leon Trotski no es digna de emulación. Durante la Rusia de Stalin se desarrolló la Gran Purga y los juicios de Moscú a finales de los años treinta. Además de esas ejecuciones y de las denuncias de torturas, un estudio publicado en 1993 por la revista American Historical Review señala que en 1953, año de la muerte del mandatario ruso, había poco más de 460.000 presos políticos, denominados “contrarrevolucionarios”. De todos modos, el también disidente del PSUV insiste en que la primera etapa, la de la Revolución Rusa, sí fue positiva, pues se generó debate, los trabajadores se involucraron, hubo adelantos científicos, se hicieron esfuerzos para crear una alternativa diferente al capitalismo. También, asegura, están otros países como Noruega, Finlandia o Suiza, que se autodenominan socialistas y que han demostrado ser exitosos en sus contextos. Lo mismo opina de Ecuador y Bolivia. “Hay unas mixturas que se deben analizar, pues también se pueden definir dentro del campo del socialismo”, dice Evans.

Entonces, ¿qué funcionaría en Venezuela? A juicio de Evans, se debe buscar un modelo propio, que considere las necesidades y capacidades de los habitantes, con base en la producción de materias primas, en la tecnología, en el turismo con enfoque social y, entre otras cosas, en la defensa de los trabajadores. Para el analista político José Rafael Mendoza, hay que revisar el modelo socialista y entender las particularidades de la idiosincrasia de quienes nacieron en esta tierra. Aquí, dice, funcionaría un sistema mixto: un Estado que tenga incidencia y que ejerza el control, sin excesos, y un sector privado que pueda intervenir y dinamizar la economía. Serrano Páez opina que para acabar con la pobreza y la exclusión tampoco es indispensable el socialismo y la revolución: la historia ha demostrado, dice, que más bien hacen falta instituciones democráticas que generen confianza e igualdad de oportunidades.