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Diabéticos en Venezuela: al borde del coma

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14/11/2016
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TEXTO: MARÍA EMILIA JORGE M.

Como la mayoría de los enfermos crónicos venezolanos, los diabéticos deben recorrer farmacias para encontrar jeringas y agujas para insulina, tiras reactivas para glucómetro y tratamientos como metformina, sitagliptina, linagliptina y hasta la propia insulina. En el Día Mundial de la Diabetes, tres historias muestran cómo familias de estratos socioeconómicos diferentes enfrentan esta afección

La diabetes no conoce de clases sociales”. Palabras más o menos, los diabéticos y los endocrinos repiten esa frase como un mantra y como una advertencia. Y es cierta. Lo que diferencia a unos pacientes de otros, sobre todo en tiempos de escasez, son las posibilidades con las que cuentan para hacerle frente a la afección.  En el país, para 2014, había entre 1,9 y 2,1 millones de diabéticos, según cifras de la Federación Internacional de Diabetes. A esa cantidad, Imperia Brajkovich, presidenta de la Sociedad Venezolana de Endocrinología y Metabolismo, le agrega 18% de la población que podría ser prediabético, condicionados por obesidad y sobrepeso.

Pedir prestada una banda reactiva

Reina Palencia tiene 62 años y reside en La Vega, en Caracas. Los últimos 16 los ha vivido como diabética. Cuando fue diagnosticada, su médico tratante le recomendó asistir a las charlas que dictaban en el Hospital Domingo Luciani: “Eran cuadernos y cuadernos que me ponían a llenar identificando cómo me sentía cuando tenía el azúcar alta o baja. Gracias a eso aprendí a reaccionar”.

La edad le ha agregado otro factor a su condición: también es hipertensa. Conseguir los medicamentos se ha convertido para ella “en una peregrinación”. Toma Humulín R —insulina de acción intermedia— y Galvus Met —pastillas para complementar el tratamiento, la dieta y los ejercicios, y nivelar la glucemia en pacientes con diabetes tipo 2. “La insulina no es tan costosa, el rollo es encontrarla”. Desde hace meses no consigue tiras reactivas para glucómetro —que permiten medir al instante los niveles de glucosa en la sangre. Las tiras vienen en cajas de entre 10 y 100 unidades. En un día un diabético debe medirse el azúcar hasta 7 veces.

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Reina no trabaja. Se mantiene con la pensión que recibe del gobierno y que luego del aumento del 1° de noviembre está en 27.091 bolívares mensuales. Con eso intenta pagar las medicinas y sus hijos la ayudan económicamente para comprar la comida.

“El otro problema es que los laboratorios no tienen los reactivos”. Las pruebas de hemoglobina glucosilada revelan los niveles de glucosa en la sangre en los últimos cuatro meses. Reina, además, fue operada de la rodilla y tiene dolores cuando camina distancias muy largas. Las pruebas de laboratorio que debía llevar a su última consulta médica no pudo hacérselas porque no consiguió dónde. “Lo intenté, pero ya no podía seguir caminando y gastando en pasaje para buscarlo. Le pedí una tira reactiva a un vecino y le llevé eso a la doctora”.

El drama del tratamiento moderno

La bomba de insulina es uno de los adelantos de los que disponen las personas con diabetes. Es un aparato pequeño que contiene un reservorio de insulina. Se conecta al cuerpo a través de un catéter y se programa para que suministre cierta cantidad durante el día. Jonathan Barra, de 36 años, vive en Barquisimeto, estado Lara, y usa esta forma de tratamiento.

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Aunque destaca los beneficios de tener un mecanismo de administración mucho más preciso que una jeringa o una pluma, ha sufrido las intermitencias en la importación de los insumos. Servimed, la única empresa que trae al país las bombas de insulina con dólar preferencial de 6,30 bolívares, tuvo problemas de inventario en julio de este año por falta de liquidación de divisas por parte del Centro Nacional de Comercio Exterior. Hace dos semanas informaron que los usuarios de bombas podían buscar insumos por hasta tres meses, pero que no importarían nuevas bombas. “Me tocó alargar la vida de los catéteres. En vez de cada tres días, los cambiaba cada seis o siete. Corremos el riesgo de contraer infecciones y la piel se lastima”. Los reservorios de insulina que deberían usarse una sola vez, Jonathan los usaba hasta ocho veces. Tampoco él consigue las tiras reactivas para el glucómetro.

Jonathan puede comprar los materiales para su tratamiento dentro del país, pero traerlos por su cuenta del exterior no. “Un mes de insumos de catéteres y reservorios, que es lo básico, son 180 dólares mensuales —342.900 bolívares al cambio paralelo del lunes 14. Si le sumamos cinco sensores mensuales, son 500 dólares —952.500 bolívares”. En cambio paga unos 20 mil bolívares al mes por todo.En las clínicas y hospitales del país han reportado varias veces la falta de dextrosa y de Glucagón. Ambas medicinas son utilizadas para atender emergencias de pacientes diabéticos.

La posibilidad de tener reservas en la nevera

La necesidad de tiras reactivas, lancetas —agujas para pincharse el dedo—, plumas y agujas para inyectar la insulina hacen que Mariola Osechas recorra Caracas. Su hija de 14 años fue diagnosticada con diabetes hace dos años. “Tuve que comprar tres marcas diferentes de glucómetros para usarlo según la cinta que consigo. Mi hija se tiene que medir la sangre por lo menos ocho veces al día, sin contar que haya una subida o una bajada brusca de azúcar y entonces requiera más medidas”, cuenta Mariola, quien vive en Prados del Este, en Caracas.

 

Aunque con esfuerzo, ha logrado paliar la escasez con compras en el exterior. Las agujas para la pluma de insulina las consiguió en Estados Unidos. “Hay una diferencia de precio bastante elevada. Allá una caja me costó 90 dólares —171.450 bolívares al cambio paralelo del lunes—, cuando aquí la compras en 1.500 bolívares. Mi hija usa las insulinas Humalog y Lantus. En la nevera tengo un stock pequeño, lo que me permite la fecha de vencimiento, porque no me puedo dar el lujo de que la niña se me quede sin insulina”. Recuerda que la no administración del tratamiento puede ocasionar un coma diabético.

Aunque Mariola considera que sería beneficioso tener más alimentos sin azúcar, explica que ha logrado mantener la alimentación balanceada de la familia y de su hija. “Las frutas tuve que eliminarlas de la dieta. Las que más se consiguen son melón y lechoza, pero a ella no le gustan, y las manzanas, duraznos y fresas no hay casi y cuando hay están a precios inmanejables”.