Diablos y santos negros La devoción de junio

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Tres razas encontradas, como enseñaban en las escuelas las maestras. Somos mezcla del blanco, el indio y el negro. Este último vino hace siglos de manera obligada a tierras extrañas y trajo consigo la añoranza de sus raíces africanas. La raza africana de los esclavos le ha impreso una característica única a todo ámbito donde se ha visto inmiscuida. Ejemplo de ello es la religión católica, donde lograron imponerse, haciendo de la mezcla cultural algo maravilloso y perdurable.

Una de estas mezclas entre religión y cultura racial es la celebración a los santos. Indios y negros fueron obligados a creer en las deidades del invasor español. El mismo blanco que sometió al aborigen y trajo al encadenado, les enseñó a rezar hasta hacerlos aceptar a los nuevos venerables. No se podía ir contra la corriente. El tiempo hizo el trabajo de la sumisión. Los negros y los indios también creyeron que el Dios católico podía escuchar sus plegarias.

Durante todo el año, en Venezuela hay muchas celebraciones eclesiásticas pero es junio el es que tiene tres fechas importantes donde se deja notar el aporte negro: las fiestas de San Antonio de Padua, de San Juan Bautista y de San Pedro apóstol.

El calendario tradicional concentra las más conocidas fiestas religiosas durante los meses de mayo y junio, con la llegada del solsticio de verano. Primero está el Velorio a la Santísima Cruz de Mayo, manifestación de devoción hacia el santo madero, donde convergen el rezo, la declamación de décimas y los cantos de fulías, dependiendo la región.

Su práctica es diversa e involucra distintos rituales antes de iniciar los cantos o luego de completarlos. Esto varía en cuanto a la hora, si es de noche o de día, si es en la costa o en el centro del país, en oriente o en occidente; lo que indica que su celebración no tiene exclusividad en un territorio pues tiene lugar en todas las regiones con características similares.

En junio destacan las celebraciones de cuatro prácticas religiosas, dos de ellas reconocidas por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad: la Parranda de San Pedro de Guatire y Guarenas, y Los Diablos Danzantes de Venezuela.

La fiesta de Los Diablos Danzantes se establece contando nueve jueves luego del Jueves Santo, el día de Corpus Christi que en 2019 corresponde al 20 de junio. En 11 poblados del país se convocan las exaltaciones, con sus particularidades y distribuidas en los estados Miranda (San Francisco de Yare), Aragua (Cata, Chuao, Cuyagua, Ocumare de la Costa, Turiamo), Cojedes (Tinaquillo), Vargas (Naiguatá), Guárico (San Rafael de Orituco) y Carabobo (Patanemo y San Millán).

Entonces, innumerables promeseros salen a las calles a brindar culto y rendirse ante el Santísimo Sacramento, venciendo el bien sobre el mal.

San Antonio de Padua es un santo portugués que fue venerado en la población del Tocuyo, en el estado Lara, una de las más antiguas de la colonia española. Desde esos tiempos de antaño se vive la fiesta patronal cada 13 de junio.

El día anterior se le hace al santo un agasajo en forma de velorio, siendo devotos y cultores los presentes en dicha ceremonia. Rezos y música hacen la velada. Ya muy temprano, cuando amanece el día 13, salen por la calle cargando al santo lusitano.

Todo es una fiesta y empieza la batalla. Es la entrada folclórica para comenzar a festejar. Es un combate de varas de madera donde se simula un enfrentamiento entre promeseros.

Aparte de la batalla, en el tamunangue hay siete sones, ritmos donde bailan hombres y mujeres en honor a San Antonio. Cuatro larense, tambor de cuero. Esta celebración tiene una ruta larga en el pueblo de El Tocuyo durante todo el día. La fiesta se llena de energía porque el licor artesanal no puede faltar, el cocuy de penca que va orgullosamente de mano en mano. Cada familia en este pueblo le da un toque personal a este brebaje. Algunos le ponen semillas y otros le agregan frutas.

“¡Salve, San Antonio!”, grita la gente. La influencia negra se ve en el tambor del músico, cuero que lleva palo todo el día. En otros lugares del estado Lara se le rinde honor a la efigie, como en Carora y Barquisimeto, pero es en El Tocuyo donde se siente el sabor a pueblo, donde el sombrero acompaña al anciano y donde la mujer se engalana con faldas de colores y flores en la cabeza. San Antonio bendito.

San Juan Bautista, quien bautizó a su primo el Cristo redentor, es un santo venerado en toda la nación, siendo Miranda, Aragua, Vargas y Guárico los estados donde más se puede palpar la fuerza de esta celebración católica.

Es Barlovento la tierra del afrodescendiente donde San Juan Bautista es el santo más importante. Una devoción vistosa y morena, tan hermosa como las mujeres del pueblo. Negras con ojos claros, rayados o con un toque de la miel en el iris. Hasta verdes se pasean. Son promeseras inigualables.

En Curiepe se nota a leguas quién es el baquiano y quién el turista. Sudor y tambor, un poco de seducción al son del “culo’e puya”. En la esquina contraria a la iglesia se baila tambor, no como lo hace el promesero, sino con movimientos más mundanos, más comunes. La noche se va entre licor y fiesta.

Al día siguiente la misa es lo importante. San Juan Bautista niño está dentro de la pequeña iglesia pero la espera de que el santo salga a la calle es ansiosa, larga. Son horas de pedir, de gritar, y se pide y se grita que salga la imagen para ser bailada. La muchedumbre en la puerta de la iglesia se impacienta y cuando ya falta poco parece que hay un trance colectivo, una hipnosis.

Cuando al santo le da el sol, la alegría satura y condensa el aire. El negro curiepeño y los turistas se juntan sin mezclarse pero conviviendo porque lo más importante es celebrar el día del hombre que decía que no era digno en desatar las sandalias de nuestro Señor.

El mismo pueblo el día 25 le rinde honores a su San Juan más viejo, el San Juan Congo. También San Juan chiquito, pero es el santo vinculado directamente con el sincretismo de las deidades africanas disfrazada con la imagen del santo de los cristianos. Se trata de una celebración más íntima y netamente festejada por los promeseros y habitantes más arraigados a las entrañas de Curiepe y Birongo.

Con el pasar de los días ya se va terminando junio pero, en Guatire, está por iniciar una fiesta trascendental. Cada día 29, se conmemora a San Pedro el apóstol. Una tradición que inició con una leyenda, una historia de esclavos de las haciendas de caña.

Según la tradición, el relato que se transmite de boca en boca, una esclava de nombre María Ignacia, que vivía en algún lugar de Guatire o de Guarenas (en la época colonial ambos poblados estaban enclavados en misma unidad político-territorial llamada “Cantón de Guarenas”), viendo que su hija Rosa Ignacia no se curaba de una fiebre muy alta (“una calentura”), le pidió a San Pedro que intercediera por la sanación. Si lo hacía, ella le prometía salir a bailarle y a cantarle todos los 29 de junio, el día de su santoral.

La niña sanó y la noticia de la promesa que había hecho María Ignacia se regó por toda la zona. Los demás esclavos decidieron acompañarla en su compromiso por las polvorientas calles.

Años más tarde, María Ignacia enfermó y murió. Entonces, su marido decidió nunca romper la promesa que ella había hecho, y decidió vestirse con sus ropas, abultar su abdomen con trapos (para simular embarazo) y salir a “parrandear”. Lo acompañaban sus dos hijos varones. Así los esclavos siguieron pagando la promesa todos los 29 de junio: un hombre se viste como María Ignacia, con una muñeca en sus brazos (Rosa Ignacia) y dos niños que siempre le bailan cerca.

Algunos cultores argumentan que son sus dos hijos, y otros que su presencia simboliza también la unión entre los partidos políticos de la época, liberales y conservadores, que realizaron un pacto para no politizar la celebración.

La tradición ha continuado hasta nuestros días. Se ha mantenido gracias a la voluntad de los cultores quienes por más de un siglo cantaron y bailaron en las casas y las calles del pueblo, improvisando sus versos y dándole gracias al Santo Patrón. Antonio Núñez fue figura clave durante casi un siglo, y antes de morir entregó la parranda a su hijo, Pablo Núñez, quien actualmente promete continuarla.

En Guatire, la costumbre fue impulsada desde principios del siglo XX por Martín Rosas, Justo “Pico” Tovar, Celestino Alzur y, más adelante, por Ángel Plaza y Manuel Ángel Rojas. También existen en esa localidad siete agrupaciones dedicadas al fomento de la Parranda de San Pedro, siendo las principales la adscrita al Centro de Educación Artística “Andrés Eloy Blanco” y la conformada por la Fundación “Parranda de San Pedro del 23 de Enero”.

Ahora, con el crecer de la tradición, muchas calles ya tienen sus propias parrandas, multiplicando la tradición. En las escuelas también se ve esta creciente devoción por el santo de la llave del cielo. Dos días antes de la fiesta del santo, las parranditas también salen a recorrer las veredas, como la escuela de la cultora Fidelina Tachón, que siendo barloventeña echó raíces en Guatire.

Los parranderos se visten con levita y pumpá (uno de ellos lleva la imagen del santo, otro lleva una bandera amarilla y roja) y se mueven a ritmo de cuatro y maracas. La percusión se logra con unos pedazos de cuero de animal amarrados a los pies a manera de sandalias (cotizas). También van acompañados por dos niños impúberes, vestidos de rojo y amarillo (con trajes parecidos a arlequines), que se conocen como “tucusitos”.

El personaje más llamativo vuelve a ser un hombre vestido de mujer que carga una muñeca de trapo, una “María Ignacia” que porta la muñeca “Rosa Ignacia”. Los dos tucusitos hacen las veces de sus otros dos hijos. Todos llevan la cara pintada de negro con betún, o lo que ellos llaman “negro humo”.

El Valle de Pacairigua se viste de negro, amarillo y rojo para hacer cultura, manifestaciones condensadas entre mayo y junio que son la amalgama perfecta de tres razas que originaron la base folclórica que le da sello a nuestra identidad como venezolanos, con cultores que cada año dan testimonio de hacer lo imposible por seguir pidiendo a sus santos por el bien de la nación.

Comunicador visual egresado de la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas en las menciones Diseño Gráfico y Fotografía. Cuenta con 18 años de experiencia en la fotografía documental y fotoperiodística. Trabajó en la extinta Cadena Capriles y participó del especial OLP: La máscara del terror oficial en Venezuela, de Runrunes. En El Estímulo y sus marcas logró ser por dos años consecutivo merecedor del Premio a la Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa. Además, desarrolla un seriado de ilustraciones editoriales con carácter crítico relacionado a la Venezuela de la actualidad, que fue expuesto en la colectiva República Colapsada Vol. 2, en New York en 2017.