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El encanto ruinoso de Caño Amarillo

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27/07/2017
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FOTOGRAFÍAS: CRISTIAN HERNÁNDEZ

La capital está cumpliendo 450 años. Esta Venezuela convulsa no deja muchos caminos para celebrar este aniversario redondo. Sin embargo, desordenada y en guerra, la ciudad sigue teniendo mucho que ofrecer, incluso en lugares a los que no mucha gente se atreve a visitar, por temor o por desconocimiento. Caño Amarillo es uno de esos reductos de la Caracas vieja. En un tiempo más ostentoso fue la principal entrada a la ciudad, hoy se lucha porque sus áreas patrimoniales se conserven

Un par de niños se lanzan una pelota en medio de las ruinas. No están al cabo de saber que el empedrado sobre el que rebota el balón es patrimonio y tesoro de Caracas. Que en ese suelo aún se dejan ver los rieles del que fue el primer ferrocarril de la ciudad y que la pared carcomida al fondo era parte de la antigua Almacenadora Santa Inés a la que llegaba el tranvía. Caño Amarillo es más que una estación del Metro de Caracas. En algún tiempo, allí se encontró la casona presidencial y el edificio de la aduana postal. Tiene mucha historia, aunque se nos haya olvidado contarla.

A finales del siglo XIX era la puerta de entrada a la capital, que celebra su aniversario 450. Joaquín Crespo hizo alarde de sus dotes de caudillo y de su compadrazgo con Antonio Guzmán Blanco, de quien recibió las riendas del país. Compró los terrenos de Caroata y se mandó a construir una villa de campo. La llamó Santa Inés. Corría el año 1884, justo cuando comenzaba su primer período presidencial. Fue Crespo quien decidió bautizar el terreno como Caño Amarillo, en alusión a una estrategia militar que utilizó en la Batalla de San Fernando de Apure y que permitió a los guzmancistas hacerse con la victoria.

Cuenta Derbys López, de la Fundación Historia, Ecoturismo y Ambiente (Fundhea), que el ejército de Guzmán Blanco pretendía tomar Apure, pero los caminos estaban destruidos, así que Crespo decidió adentrarse por un caño, el lugar más difícil e inhóspito, cruzó el río y tomó la ciudad desde allí. El Caño Amarillo sirvió de pasaje para la revolución del mismo color. Santa Inés, el nombre de su villa, también tiene matices épicos, la nombró así por la Batalla ocurrida en esos parajes, uno de los triunfos decisivos en la Guerra Federal.

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Después de un siglo de vaivenes, la avenida principal de Caño Amarillo terminó por convertirse en zona de paso entre El Silencio y las parroquias 23 de Enero y Sucre; y la Villa Santa Inés desde la década de 1990 es sede del Instituto de Patrimonio Cultural (IPC), organismo encargado de resguardar los bienes culturales –tangibles e intangibles– del país.

Del ferrocarril a la clínica de reposo

El recorrido por el sitio no comienza en la casona, sino en su lateral oeste. Allí, a cada lado de los últimos vestigios de los rieles del tren están las columnas del arco inconcluso de Santa Inés: dos moles de ladrillos separados por una distancia aproximada de seis metros, que nunca llegaron a unirse. Crespo ordenó su construcción al maestro de obra catalán Juan Bautista Sales y Ferrer, quien se inspiró en el Arco del Triunfo de Barcelona. La pieza nunca se completó, los pilares quedaron a medio hacer, eso no le resta la majestuosidad, sí lo hacen los grafitis pintados sobre sus emblemas y detalles florales, y las botellas de ron vacías abandonadas a su suerte.

Una de las columnas tiene una puerta y una escalera interna que conduce hasta la cima, ubicada a unos siete metros de alto, pero no se puede subir. El paso vedado resguarda la casa de algún mendigo. Incompleta -y ahora “tomada”-, la obra de Sales fue declarada Monumento Histórico Nacional, según las Gacetas Oficiales Nº 29.354 del 28 de octubre de 1970 y Nº 35.441 del 15 de abril de 1994.

El arco precede a la Almacenadora Santa Inés, también en ruinas, que forma parte de los bienes patrimoniales del municipio Libertador. Un guía, del Centro de Documentación del IPC, adereza la historia con los rumores de la época: “Se dice que allí también funcionó la sede del Aserradero El Túnel, empresa cuyas acciones probablemente fueron del presidente Joaquín Crespo”. Alrededor del ferrocarril hubo otras muchas compañías que dejaron su huella en Caracas: hubo unas aguas termales que sirvieron como clínica de reposo, llamada Baños Hidroterapéuticos de Sans Souci, por el nombre del médico a cargo. El lugar se hizo tan popular que al barrio se le conoce por el apellido del galeno. Hubo también un hotel y las malas lenguas dicen que hasta un prostíbulo que funcionó a mediados del siglo XX.

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Cuando Margarita Márquez se mudó a Sans Souci, el ferrocarril todavía funcionaba. En Caño Amarillo confluían dos líneas, lo que lo convertía en el punto de entrada más importante de la ciudad. La del ferrocarril Caracas-La Guaira y la del Gran Ferrocarril de Venezuela (hacia Valencia). El primero fue mandado a construir por Guzmán Blanco, en 1881, y se le encargó al consorcio La Guaira & Caracas Railway Company formado en Londres. De allí la denominación popular de “el ferrocarril inglés”. El sistema se inauguró en 1883, con motivo del centenario del nacimiento de Simón Bolívar, para empuje de la modernización nacional. Pero una leyenda negra reza que Guzmán Blanco lo que quería era un medio más expedito para llegar a la Guzmania, en las costas del ahora estado Vargas, cerca del punto final del recorrido.

Márquez nunca pudo subirse a ese tren –que dejó de funcionar en 1951, después del deslave de Macuto–, ni al otro, encargado por Guzmán Blanco a Friedrich Alfred Krupp en 1887, traspasado al año siguiente a la compañía anónima Grosse Venezuela Eisembahn Gesellschafts, e inaugurado en 1894.

“Recuerdo que la gente iba a El Encanto, aunque no sé dónde era eso –reconoce a sus 80 años–. Hay una vía férrea que sale por Sans Souci y todavía se ve. La gente debería venir más para acá, hay cosas muy bellas, como El Calvario y la Villa Santa Inés”, invita. Frente a la casona se conserva la estructura de la Antigua Estación del Gran Ferrocarril Central de Venezuela (Caracas-La Guaira y Caracas-Valencia). Ahora está identificado como del Metro de Caracas y, salvo una parte del techo, es muy poco lo que queda de la estructura original de finales del siglo XIX. Editza Serrano, con 40 años viviendo por la zona, lamenta que parte de las vías hayan dejado de ser visibles. Fueron tapadas por subsecuentes asfaltados.

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La villa

Santa Inés fue concebida a la usanza neoclásica europea, lujosa y rodeada de jardines. Tuvo dos etapas de construcción, que coincidieron con cada uno de los períodos presidenciales de Joaquín Crespo: el primero en 1884 y el segundo en 1894. Es entonces cuando el caudillo decide convertir la casa de campo en casona presidencial. Para eso contrató al mismo maestro de obras del arco inconcluso: Juan Bautista Sales y Ferrer.

El catalán comenzó por cambiar el enrejado, que en principio estaba hecho con troncos de madera, y mandó a hacer uno más seguro para el mandatario y los suyos, esta vez en hierro forjado en Alemania y unido a base de pernos. La verja está adornada con detalles florales y en el área de la entrada todavía está el escudo de la familia en el metal, pintado de dorado. Otro aditamento fue la capilla –que hoy funciona como depósito– y cuya entrada en la parte superior conserva los relieves que conmemoran la batalla que le da nombre con las figuras de caballos, cañones, soldados y muertos. Y la fachada tiene varios mascarones hechos al gusto del caudillo, que mezclan la mitología griega con las cruzadas de la Edad Media.

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No obstante, el Presidente nunca pudo disfrutar su mansión. Fue asesinado en La Mata Carmelera, en Cojedes, el 16 de abril de 1898. Su esposa, misia Jacinta, quedó en la ruina y tuvo que vender la casona al Ferrocarril, que la ocupó en 1907. Fue entonces cuando comenzó su declive.

De casona presidencial pasó a ser sede administrativa. Allí funcionaron las oficinas del Gran Ferrocarril de Venezuela (de 1907 a 1943), de la Cartografía Nacional (a partir de 1944) y de la Cartografía Militar (desde 1955). No es sino hasta 1985, cuando las Fuerzas Armadas Nacionales entregan la casa al Consejo Nacional de la Cultura (Conac) para su restauración, que no se ejecutó sino hasta la década de 1990. En 1994, el IPC la toma como su sede.

La Villa Santa Inés es de cuatro pisos, incluyendo un sótano, su patio es ovalado y al fondo tiene un puente colgante, que servía de paso entre la vivienda principal y un área que se presume era de servicio. “Es lo más valioso que hay por aquí. No todo el mundo sabe que fue una casa presidencial, al igual que desconocen que aquí hubo un ferrocarril, que está la academia de Reverón y que en el Bar La Estación cantó Carlos Gardel antes de morir. La gente de por aquí lo sabe porque es un conocimiento que pasa de generación en generación, pero los de otras zonas de Caracas no tienen idea”, opina el carpintero Martín Amezquita, con más de 40 años residenciado en Caño Amarillo. El vecino invita a sus conciudadanos a pasearse por ahí, aunque reconoce que la inseguridad les juega en contra.

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Santiago Brito, encargado del Bar La Estación, lamenta que haya bajado el número de gardelianos que iban a cantar tangos cada 24 de junio, fecha en la que falleció el cantante. “¡Claro que la gente tiene que venir! Aquí llegó Gardel en el ferrocarril en 1935. Aquí al turista se le trata con respeto”, subraya.

Pero peculiaridades en Caño Amarillo hay más: bienes patrimoniales como el Viaducto Unión, hecho en la década de 1880, que comunicaba el Paseo Guzmán Blanco –Parque El Calvario– con el antiguo Camino a La Guaira; y la extinta fábrica de chocolates La India, fundada en la década de 1860 por los hermanos Fullié, nacidos en suiza.