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El fin de los estereotipos, el nuevo cine de sexualidad diversa

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29/06/2019
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TEXTO: AGLAIA BERLUTTI

El séptimo arte pierde los tabúes ante el amor gay luego de décadas de censura, burlas y moralismos. Un repaso por su historia da cuenta de las trabas a la representación, y sus consecuentes rupturas, título a título, mientras en Venezuela la tarea aún está comenzando a tomar forma

El cantante Elton John jamás fue tímido al mostrar su orientación sexual, y la película Rocketman de Dexter Fletcher tampoco lo es al celebrarla. Por primera vez en la pantalla grande —y sobre todo, en una película comercial— el sexo entre dos hombres fue romántico, lujurioso y, sobre todo, realista.

Atrás quedó la dura y un poco desconcertante de Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), en la que el sexo fue una mirada al dolor y al desarraigo, antes de contener un ingrediente erótico. Lo mismo podría decirse de la ternura de las diferentes escenas sexuales de Call Me By Your Name (Luca Guadagnino, 2017), mucho más poéticas y amables que la plasmada por Lee, pero cuyo principal objetivo era brindar un sustento metafórico al sexo entre dos hombres.

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Al contrario, en Rocketman el sexo dejó de ser una insinuación, un símbolo o un proceso incómodo, para ser una celebración a la vida y al placer. La película dibuja un panorama que hasta hace menos de dos décadas habría resultado impensable: la evolución de la temática LGBTI como algo más que una rareza argumental o una percepción sobre algo sucio que sólo se hace en secreto. En Rocketman, todo es brillante, estridente y muy vistoso: el sexo también lo es y esa es su principal diferencia con Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2019), en la que la sexualidad de Freddie Mercury (Rami Malek) se desvanece en escenas en las que se insinúa que algo cruento ocurrirá y no será a la vista del espectador. Rocketman rompe el tabú por todo lo alto.

Por supuesto, el cine es un reflejo de las épocas y costumbres a la que pertenece, y el prejuicio contra la orientación sexual ha sido lo suficientemente fuerte como para que el cine refleje el amor gay de manera sigilosa e incompleta. Para el mundo cinematográfico, llegar a la plenitud sincera de Rocketman ha sido un trayecto largo y trabajoso, que reconstruyó el lenguaje y la forma en que se concibe el amor en la pantalla grande.

Una breve cronología sobre el amor y sus misterios

Mientras en Europa, el cine mostraba indicios de indudable apertura con el tema gay y lésbico —como la ya clásica Anders als die Andern (1919) de Richard Oswald— en Hollywood la figura del hombre gay —la mujer lesbiana no existió durante buena parte de la historia del cine— se resumía a un estereotipo burlón y picaresco, que aunque evitaba señalar de manera directa la orientación sexual del personaje, mostraba a la homosexualidad como digna de burla.

Los llamados “sissy” solían mostrarse disfrazados de mujer, con maquillaje exagerado y cuerpos delgados, que dejaban entrever su “verdadera naturaleza”. Se trataba de un canon recurrente que se utilizó en películas como Nuestros superiores (1933) de George Cukor o La alegre divorciada (1934) de Mark Sandrich. La mirada sobre el hombre gay era sobre todo moralista: en todas las ocasiones se dejaba muy en claro que se trataba de un comportamiento “desviado” y digno de crítica.

La situación se hizo aún peor con el llamado “Código Hays”, que tenía por objetivo censurar temas inmorales dentro del cine y, en especial, los que podrían afectar “la moralidad y las buenas costumbres” de la sociedad norteamericana.

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De 1934 a 1967, toda película estrenada en Hollywood debía evitar mostrar desnudos, cualquier insinuación sobre el acto sexual (lo que incluía besos apasionados, caricias más allá de la espalda y brazos) y, especialmente, cualquier elemento que pudiera sugerir un comportamiento sexual “perverso”. La larga lista de prohibiciones incluía también la prostitución, el aborto y, al final, cualquier tipo de referencia a lo sexual más allá de lo que se consideraba decoroso.

Hollywood tuvo que enfrentarse a un decálogo del “quién es quién sexual”, a través de todo tipo de limitaciones en argumentos y guiones, incluso las tradicionales comedias en la que los “sissy” solían tener una enorme importancia. También, el Código se afanó por limpiar cualquier tipo de insinuación sobre la orientación sexual de los personajes, aunque algunos directores encontraron maneras de (de)mostrar la sexualidad de los suyos.

En La Soga (1949) de Alfred Hitchcock —en la que dos compañeros de clase asesinan a un tercero— el departamento en que los personajes conviven es un pequeño espacio en el que sólo puede verse una cama matrimonial. Un truco semejante utilizó Howard Hawks en la película Río Rojo, en la que los personajes de Montgomery Clift y John Ireland mantienen una relación cercana, física y con cierta tensión sexual. En determinado punto, ambos personajes “comparan” sus revólveres mientras intercambian miradas insinuantes.

También, el Código Hays se aseguró que la sexualidad del personaje tuviera un peso importante en su destino final. Ningún hombre cuyo comportamiento que pudiera interpretarse como gay —y eso incluía a los hombres solteros— sobrevivía a la película. O de hacerlo, debía dejar un claro mensaje moral. Eso fue lo ocurrió en De repente, el último verano (1959) escrita a cuatro manos por Tennessee Williams y Gore Vidal, en la que el director Joseph L. Mankiewicz tuvo que tomar decisiones creativas para dejar claro el personaje de Catherine (Elizabeth Taylor), que termina encerrada en un psiquiátrico para salvaguardar la memoria del hijo de Violet (Katharine Hepburn), un hombre gay.

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Para finales de los años sesenta, el Código Hays se hizo menos restrictivo, pero aun así siguió teniendo un considerable peso sobre las decisiones que directores y guionistas tomaban sobre las películas que llegaban a la gran pantalla. La evolución en la calle, y el reclamo de derechos y visibilidad para la comunidad gay que se llevaba a cabo en norteamérica, tuvo un inmediato reflejo en Hollywood.

En 1969, se estrenó Cowboy de medianoche de John Schlesinger, primera película catalogada para adultos en merecer un premio de la Academia y que simbolizó de alguna manera el final del Código Hays en la meca del cine. El retrato de Schlesinger sobre la historia Joe Buck (Jon Voight), un prostituto callejero, no sólo fue un momento de ruptura en la historia del cine sino, también, en la forma cómo se interpreta la orientación sexual en la pantalla grande.

Con el movimiento LGBTI en pleno apogeo, los estrafalarios años ochenta encontraron a Hollywood reconstruyendo mitos y símbolos sobre la sexualidad. La década se inició con la película A la caza (1980) de William Friedkin, en la que Al Pacino —vestido en cuero y con ademanes de matón— mostró por primera vez en pantalla lo que se suponía era el submundo de la comunidad gay. La película desató polémica y también el reclamo de grupos y organizaciones de derechos civiles por mostrar una percepción sobre la orientación sexual sesgada y perversa. Aún así, el largometraje de Friedkin tuvo un considerable éxito y abrió la puerta a otros proyectos semejantes.

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En 1982, la película Su otro amor de Arthur Hiller abordó por primera vez la temática del amor adulto entre dos hombres. La historia de un médico casado (Michael Ontkean) que se enamora de un escritor (Harry Hamlin) recorre un camino emocional inédito que permitió al filme profundizar a nivel emocional sobre la psicología de sus personajes, algo que hasta entonces no había ocurrido.

El cine fantástico y de terror también tuvo su aporte a la evolución del cine con temática LGBTI con El ansia (1983) de Tony Scott, en la que una vampira encarnada por Catherine Deneuve tiene un tórrido romance con Susan Sarandon, a la vez que promete la inmortalidad a su amante David Bowie.

Para la última década del siglo, la lucha por el reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBTI y sus alcances llegó al cine comercial con Bajos Instintos (1992) de Paul Verhoeven, en la que Sharon Stone interpreta a una escritora bisexual acusada de asesinato. La cinta levantó revuelo por sus escenas de sexo explícitas y, también, por no disimular la sexualidad de su personaje. Muchas organizaciones civiles consideraron ofensivo que el personaje de Stone fuera el asesino y hubo protestas a la entrada de cines para reclamar “una representatividad más justa”.

La película que daría el golpe de gracia al prejuicio de la homosexualidad en pantalla sería Philadelphia (1993), dirigida por Jonathan Demme y protagonizada por el hasta entonces actor de comedia Tom Hanks, que ganó el Oscar a la mejor interpretación gracias a su interpretación de un abogado gay infectado de Sida. La obra fue algo más que un suceso taquillero y de crítica: fue la primera en analizar la dinámica de las relaciones gay en pantalla —con Antonio Banderas como pareja de Hanks— y, a pesar de que recibió críticas por el poco afecto entre ambos, cruzó la línea del intercambio físico entre personajes del mismo sexo.

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En 1997, la película Dentro y fuera de Frank Oz puso de relieve el complicado proceso de aceptación de un gay adulto, en el que es quizás uno de los acercamientos más sensibles al tema. Kevin Klein encarna a un hombre que debe admitir su propia sexualidad, a un paso del altar. A pesar de su tono humorístico, el filme logró analizar con enorme sutileza los conflictos emocionales e intelectuales relacionados con la orientación sexual y se convirtió en un éxito de taquilla que además incluyó un apasionado beso homosexual de casi un minuto en pantalla entre Klein y ese símbolo de la masculinidad de los años sesenta como lo es Tom Selleck.

La década cerró con la que quizás es una de las películas más duras y emblemáticas acerca de la exploración de la orientación y la identidad sexual: el largometraje independiente Los chicos no lloran (1999) dirigido por Kimberley Peirce llevó al gran público la vida de un joven transgénero, encarnado por una jovencísima Hilary Swank. La historia de Brandon Teena (víctima de un crimen de odio) rompió el tabú sobre la forma en la que el cine analiza a las personas transgénero y envió un poderoso mensaje sobre los prejuicios.


El nuevo milenio representó un recorrido profundamente sensible a través de historias que ponen de relieve el valor del amor y la diversidad sexual en pantalla. La década del 2000 comenzó con el biopic del que fuera uno de los poetas más reconocidos del ambiente literario cubano: La vida y obra de Reinaldo Arenas —quien sufrió los rigores y el prejuicio del régimen de Fidel Castro debido a su orientación sexual— llegó a la gran pantalla con Antes que anochezca, de Julian Schnabel.

El mismo año, Stephen Daldry rompió esquemas y estereotipos con la ya mítica Billy Elliot, en la que además de cuestionar los esquemas de la masculinidad tradicional, abordó el tema del descubrimiento de la sexualidad temprana a través del mejor amigo de Billy.

2005 fue quizás uno de los más importantes en la evolución del cine LGBTI: desde el estreno de Transamérica de Duncan Tucker hasta la icónica Brokeback Mountain de Ang Lee (ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, Bafta a la mejor película y ganadora de tres premios Oscar), los personajes de orientación sexual diversa llegaron al gran público rompiendo el esquema de la sexualidad resumida o teñida de misterio o, incluso, de cierta tendencia al señalamiento moral. Sobre todo, la película de Lee creó un nuevo de planteamiento sobre la diversidad sexual que es quizás la puerta abierta a los progresos de los que hoy disfruta el cine con temática sexodiversa.

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En 2008, Mi nombre es Harvey Milk de Gus Van Sant reflexionó sobre la vida de Harvey Milk, una de las figuras políticas más emblemáticas de la comunidad gay, que resultó asesinado en 1978 por Dan White. Al año siguiente Un hombre soltero (2009) de Tom Ford creó una elegante y profunda visión sobre la sexualidad adulta y sus vicisitudes. Con un Colin Firth contenido y profundamente humano, la película mostró el recorrido emocional de un hombre en su identidad y llevando a cuestas los tabúes sobre su sexualidad.

Finalmente, en 2016, la película Moonlight de Barry Jenkins se alzó con la estatuilla a mejor película del año en Hollywood, lo que convirtió la historia de un niño marginado y atormentado por su sexualidad en todo un recorrido emocional que rompió los últimos tabúes de la Meca sobre el tema. La cinta (todo un prodigio de cine intimista) medita con inusual sensibilidad el trayecto emocional de un hombre gay afroamericano en busca del amor y la aceptación. En 2017, la poética Llámame por tu nombre de Luca Guadagnino meditó sobre el primer amor adolescente y, esta vez, los protagonistas fueron dos hombres. Algo que también hizo al año siguiente Yo soy Simón, del director Greg Berlanti, que convirtió al romance gay adolescente en algo cotidiano.

Venezuela, un paso atrás

En el cine venezolano la evolución ha sido mucho más lenta y complicada. En 2012, el director Miguel Ferrari ganó el Premio Goya por su película Azul y no tan rosa, primer gran acercamiento del séptimo arte nacional a la temática de la sexualidad diversa.

En 2014, Mariana Rondón meditó sobre la masculinidad tóxica en la multipremiada Pelo Malo, que le valió todo tipo de reconocimientos internacionales y nacionales. Con Desde allá (2016) de Lorenzo Vigas, el tabú sobre las historias de sexualidad diversa en la gran pantalla nacional se transformó en un símbolo de evolución cultural. También en 2016 se estrenó “Tamara” de la directora Elia K. Schneider, adaptación libre sobre la vida de la primera diputada transgénero venezolana Tamara Adrián.

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En la cinta chilena Una mujer fantástica (2017) de Sebastián Lelio, el personaje de Marina (interpretada por la actriz trans Daniela Vega) camina por la calle mientras una ráfaga de viento le empuja con fuerza. Ella está a punto de caer, resbala, pero continúa caminando: la escena entera se convierte en un discurso involuntario pero feliz sobre la inclusión, el poder de la voluntad y la libertad personal.

El cine que refleja la vida de la comunidad LGBTI ha recorrido un trayecto muy parecido al de Marina: un testimonio empático y profundamente sentido sobre la necesidad de continuar en la búsqueda del respeto y la aceptación, a pesar de todos los obstáculos. Un triunfo silencioso de enorme valor cultural.