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El hueco en la cama de Luis Eduardo González

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15/12/2017
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TEXTO Y FOTOGRAFÍAS: ADRIANA L. FERNÁNDEZ

Luis Eduardo González cayó herido en una pierna el 17 de julio en Naiguatá, estado Vargas. “Escudero de la resistencia”, enfrentó la represión durante meses hasta que una bala lo postró sobre el asfalto. El proyectil lo condenó a perder la extremidad y lo obligó a renacer. Ahora tiene de nuevo la oportunidad de caminar

“Me desperté. Como si hubiese pasado sólo un día”, cuenta Luis Eduardo González, de 19 años de edad. Estaba mareado, aturdido. Se sentía extraño.

“Miré y vi un vacío en la cama. Brinqué del susto”, recuerda. “Pensé que tenía la pierna doblada o algo… pero levanté la sábana y había un hueco. Mi pierna no estaba”.

Luis llamó al doctor a gritos, desesperado.

—¿Qué pasó con mi pierna? ¿Por qué no está mi pierna? ¡Ayer la tenía!

—¿Cuál ayer? Estuviste inconsciente por cinco días. Luis, era la pierna o la vida –contestó el doctor.

cita5González no sabía si era en una pesadilla, si estaba soñando. Trataba de recordar, de hilar los eventos pero el dolor podía más. Le dolía el cuerpo, los recuerdos, la pierna, el alma. Le dolía todo.

Entró al hospital después de ser herido en una protesta. En el tercero fue donde lo atendieron, ingresó por una infección que casi lo mata. Salió con una extremidad menos a enfrentar otro tipo de muerte. “Despertar ese día me destruyó. Estaba vivo por fuera y muerto por dentro”.

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El escudero

“Mi pasión son los deportes, especialmente el fútbol. Ir al gimnasio, el teatro y la música. Mis grandes amores son mi familia, mis amigos y mi país”. Se define a sí mismo. Nacido en Sarare, estado Lara, vivió en el terruño 18 de sus 19 años, junto a su madre Mallelis Morillo.

“Yo fui mamá, papá y todo”, cuenta la mujer. Ella ha trabajado toda su vida pero, como en millones de hogares venezolanos, el dinero cada vez rendía menos. “Ya la plata sólo alcanzaba para comer”, reafirma. Las cuentas se hicieron difíciles de pagar. Entonces, el joven abandonó el hogar para mudarse a La Guaira y estudiar Comercio Internacional en la Universidad Simón Bolívar. Era julio de 2016.

“El 19 de abril de 2017 me uní a la resistencia –precisa Luis–, ese día decidí que tenía que estar al frente. No era justo ver cómo otros chamos perdían la vida, y yo en mi casa”. Ya entonces los caídos en las calles durante las refriegas sumaban 10 personas, y los heridos y detenidos se contaban por centenares.

cita4Atlético, alto y delgado, el de Sanare se movía rápido, con agilidad, sin miedo, siempre en la primera fila frente a los escuadrones de la represión. “Yo era escudero. Era lo que más me gustaba”, ilustra. “Tenías la vida de otros en tus manos. Allí, todos dependíamos de todos”, ratifica sobre la labor de quienes se organizaban como células para enfrentar al “enemigo” y, a la vez, “proteger” a quienes más atrás manifestaban su descontento.

Mallelis Morillo se preocupaba por tal arrojo. La valentía tiene un precio y ella no quería que llegara la factura. Le había pedido varias veces que no saliera más, que se resguardara, pero su hijo estaba convencido.

Tres meses después, el muchacho recibió once impactos de perdigón en el cuerpo. Hubo sangre y hubo dolor. La consecuencia: quedó postrado en cama, sin poder volver a la calle. Varios balines se quedaron alojados bajo su piel, complicando su movilidad. Pero el asfalto seguía caliente. Comenzaba julio y las protestas no cesaban. “Me sentía inútil, desesperado”.

Diez días más tarde, un grupo de jóvenes opositores planificó salir a protestar en Naiguatá. Eran sus vecinos. “Allá nadie protestaba nunca. No porque no tengan razones, sino porque es La Guaira, y es peligroso”, explica González.  “Todo estaba planeado pero nada salió como planeamos”.

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Una bala, un destino

La medianoche había pasado y el puente de Naiguatá estaba sin luz, iluminado apenas por barricadas de fuego. La noche no sería tranquila. A la una de la madrugada se escuchaban los gritos y las lacrimógenas detonando. Alrededor de esa hora, entre el sonido profundo de las lacrimógenas, se escuchó también un sonido seco y neto. Una y otra vez.

Era 17 de julio de 2017, un día después de la consulta popular convocada por la Asamblea Nacional y en la cual participaron más de siete millones de venezolanos. La calle se estaba enfriando ante la expectativa de la Asamblea Nacional Constituyente pero en Vargas, un grupo de estudiantes de la Universidad Simón Bolívar no quería descanso. Ningún medio reportó la protesta. Quizá por eso nadie sabe lo que realmente pasó esa noche, durante la primera manifestación de la “resistencia” en esa entidad.

La oscuridad, los gritos, las detonaciones y la adrenalina demoraron el entendimiento de lo ocurrido cuando al lugar arribó la Policía municipal de Vargas, vestían sus uniformes aunque en vehículos sin marcas. Uno de ellos desenfundó su arma, apretó el gatillo y el silbido en el aire confirmó que había que correr.

cita3“Yo no conocía el lugar muy bien. No sabía a dónde correr. Lo único que tenía para esconderme era un árbol, pero era pequeño”, recuerda Luis. En su precario refugio escuchaba las balas pasarle por los lados. Unos segundos después, un disparo le dio en la pierna, hubo silencio. “No duré ni diez segundos consciente. Nunca contamos con que nos iban a disparar así, como si no fuésemos gente”.

González afirma que el pelotón pertenecía al “Grupo Goncalves”, una supuesta unidad especial de funcionarios armados. En la comunidad guaireña, mencionarlo espeluca a más de uno. Allá susurran que el terror lo fundó Néstor Andrés Goncalves, secretario de Seguridad Ciudadana del estado Vargas. “Revolucionario y al 10.000% comprometido con volver nuestro Estado el más seguro de Venezuela”, se lee en su biografía en Twitter.

En cualquier caso, lo que hubo aquella noche del 17 de julio en Naiguatá fue una balacera. “¿Cómo le van a disparar a unos muchachos así? ¿Cómo?”, cuestiona Mallelis Morillo, entrecortada, aguantando las ganas de jadear y con un llanto que no puede detener. “Yo lo venía presintiendo: Yo soñé a mi hijo muerto en una barricada”.

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Comenzó el ruleteo

Luis Eduardo González quedó tendido en la calle, sangrando, pálido. No había cómo parar los borbotones de la herida ubicada justo debajo de la rodilla izquierda. La ambulancia que iba a rescatarlo quedó accidentada en una de las barricadas antes de poder llegar al sitio. “Tuve que esperar hasta las cinco de la mañana que llegara otra”, recuerda el muchacho las más de cuatro horas que pasó entrando y saliendo de estados de consciencia.

Cuatro días después, y con tan sólo una férula, a Luis le estaban dando de alta en el Seguro Social de Vargas, referido al Hospital Pérez Carreño. “Todo se ve bien”, le dijeron los doctores al despedirlo. “Pero yo sabía que todo estaba mal”, cuenta González.

cita3En sus manos, un informe médico lleno de jerga clínica, de esa que no se descifra hasta que se vive: vena poplitea; drenaje venoso; edema; pérdida total. “Yo no entendía casi nada en el informe pero cuando leí eso último supe que no era verdad lo que me habían dicho, que nada estaba bien”.

En el Hospital Pérez Carreño, ya en Caracas, inició una fase diferente de su pesadilla: sobrevivir al sistema de salud pública venezolano. Ingresó para ser ubicado en el suelo, pues no había camilla disponible. Entonces, escuchó por primera vez la palabra que marcaría su vida: amputación. “Eso fue como si me cayeran a tiros otra vez. Como si me hirieran no una sino mil veces”, narra Luis con su voz trémula y ojos vibrantes, humedecidos.

Algunas vez te has sentido en peligro? sabes esa horrible sensación de que algo malo te va a pasar? así me sentía yo en las calle “CARACAS” Y no me sentía en peligro por parte del hampa, si no de nuestras Fuerzas Armadas Nacional. La Guardia Naciónal detona sus armas de fuego para reprimir a unos jóvenes con sed de libertad con sed de superación, y estar atrás de un escudo de madera no es fácil, y cada vez es mas difícil, escuchas cuando los perdigones chocan con tu escudo, puedes tener la vista nublada por gas lacrimógeno o peor aun puedes estar ahogado. Pelear por Venezuela no es nada fácil, nos enfrentamos con personas crueles sin miedo a quitarte la vida, solo con ganas de golpearte y reprimirte. Los escuderos corren muchísimo peligro, ya que son primera linea, tienen mucha responsabilidad debido por la simple razón de que al que cubres confía plenamente en ti! es ahí cuando piensas en los 3, porque también tratas de pensar en quien tienes adelante tratando de quitarte la vida solo por querer un mejor futuro. Esto de ser escudero no es fácil “Yo soy escudero” escude a los mas grandes guerreros que puede tener Venezuela, soldados en franela y morral. Cuando ves que hay muchos muertos te da miedo, pero igual te quieres quedar por tu país, por tu futuro. La realidad de estar detrás de un escudo, es dura. Para una parte de Venezuela eres un “Libertador, Héroe, Valiente” para otros eres “Maliante, terrorista, Guarimbero” unos te aplauden y te lloran, otros solo te insultan y maldicen. En mi casa dejo a mi mamá con el corazón chiquitico, aunque no sabe realmente lo que estoy haciendo, sospecha que salgo, pero yo no les confirmo nada. Desde que empecé la calle mis amigos, que algo sabían, sólo me exigen una cosa y es que avise al salir y al llegar. Dejas de compartir con tu familia… es muchísimo sacrificio, dejas todo solo por una cosa “LIBERTAD”. Nunca esperas, ni te imaginas que algo verdaderamente malo pueda pasarte, pero esa es la realidad, una vez que pisas el alsfalto, te expones a la muerte. A mi me paso, casi muero, pero sigo aqui.. de pie, con mayor sed de libertad. -Nos vemos en el asfalto- Foto; @marilyfotografia

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La conclusión médica era ineludible. No había otra alternativa. El tiro destruyó una vena importante y la sangre había dejado de circular hacia el pie.

Pero la esperanza del paciente siempre es de hierro. Buscaría otra opción, otra opinión, otro diagnóstico, otro futuro. Acudió a la Emergencia del Hospital Universitario de Caracas (HUC) cuando su pie izquierdo ya estaba negro. Los galenos optaron por practicarle una fasciotomía, abriéndole la pierna por los costados y liberar fluidos. El objetivo era evitar que los tejidos murieran. “Tenía los músculos expuestos. Los doctores tenían que meter la mano en la herida y yo lo veía, lo sentía. El dolor era insoportable”, detalla.

Recluido y bajo observación permanente, se dio cuenta de que el músculo comenzó a oscurecerse. Un procedimiento de emergencia cortó las porciones muertas. Cuando ocurrió, “supe que el fútbol ya no era una posibilidad”.

cita2De vida o muerte

—Mamá, si tienes que escoger entre mi vida y mi pierna, déjame ir. Yo no quiero vivir así –imploró el hijo a su madre un día.

—Está bien –respondió la señora Morillo, llorando, con la esperanza de nunca tener que tomar esa decisión.

La pierna izquierda de Luis estuvo abierta durante dos meses, mientras los doctores intentaban evitar la amputación. “Cada día el dolor era más insoportable”, recuerda el muchacho. Cerca del tobillo comenzó a formarse una mancha negra. Poco después, el paciente colapsó.

“Me levanté de madrugada. No podía respirar bien. Mi corazón latía muy rápido y mi tensión empezó a bajar”, relata. Cumplidas las maniobras médicas para estabilizarlo, y con resultado negativo, fue ingresado a Terapia Intensiva para estabilizar la presión arterial con medicamentos. Las dosis comenzaron a ser tan altas que fue necesario entubarlo a una máquina que respirara por él. Era 14 de septiembre y González sufría un shock séptico.

Al día siguiente la mancha negra del tobillo reveló su causa. Una infección muy grave se había diseminado desde allí hacia el resto de su cuerpo, lo estaba matando. La decisión médica cumplió el juramento hipocrático: salvar la vida del paciente. “Ese día me amputaron la pierna por encima de la rodilla”.

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La meta es caminar

Luis Eduardo González despertó cinco días después con un hueco en la cama. Desde entonces, la recuperación ha sido lenta y dolorosa. “A veces siento que el mundo se me viene encima”, dijo Luis cuando cumplía su tercera semana de rehabilitación.

“Aquí trabajamos el lado emocional y práctico de su lesión”, dijo Minalvis Gil, la terapeuta ocupacional. “Nos enfocamos en el síndrome del miembro fantasma, porque a veces piensa que la pierna está ahí”. Su doctora, Stephanie Loungo, activó una recaudación de fondos en dólares para comprar una prótesis que permita a su paciente volver a la universidad.

cita1La meta se consiguió gracias a la donación de 188 personas en los dos meses que González ha vivido en el HUC. Ahora, toca aprender a caminar de nuevo. Suena más sencillo de lo que es. “Mi hijo es un guerrero. Lo fue antes y ahora lo es todavía más”, dice Mallelis Morillo, secando sus lágrimas. Mudada a Caracas para cuidarlo desde el incidente, ha pasado semanas al lado del muchacho, admirando su valentía.

La mujer admite que nunca interpusieron denuncia alguna ante la Fiscalía sobre el tiroteo. Sin independencia de poderes, exponerse así podía perjudicarlos más, pensaron. No existe ninguna investigación abierta por este caso. “Justicia para mí es que esto no sea en vano. Yo salí, no porque no hubiese opción, sino porque no quería quedarme sin hacer nada. Yo lucho por esa Venezuela que vi mientras estuve en la calle, donde todos dependíamos de todos, donde nos arriesgábamos por salvar al otro, aunque no lo conociéramos. Por eso, nuestros escudos de madera eran más fuertes que la moral de todos ellos. Hoy no tengo una pierna, pero lo volvería a hacer una y mil veces más por Venezuela”.