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El teatro como espejo de una Venezuela reprimida

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06/10/2017
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TEXTO: HUMBERTO SÁNCHEZ AMAYA | FOTOGRAFÍAS: TRASNOCHO CULTURAL

Durante la intensificación de las protestas se presentaron obras con tramas que se vinculan inmediatamente con la crisis política, económica y social del país. La catira del general, Terror y Sopa de tortuga son algunas de ellas. Hay creadores que aseguran que se mantiene una polarización en el sector, entre quienes consideran que en debe haber denuncia y otros que piensan que al público hay que darle lo que pide

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El experimento se realizó un fin de semana. Fue el domingo 23 de abril de 2017, momento en el que se agitaban cada vez más los ánimos por las protestas en contra de Nicolás Maduro. Fresca era la indignación por las imágenes de personas que escapaban por el río Guaire de la represión de Guardia Nacional, el sentimiento aumentaba cuando se recordaba a los muertos que se sumaban entonces por la arremetida de los cuerpos de seguridad. Sin embargo, ese día, la gente decidió tomar un respiro. La convocatoria se hizo un día antes por redes sociales. Héctor Manrique invitó a sus seguidores en Twitter a que se acercaran al Trasnocho Cultural a ver teatro, pero no cualquiera, sino aquel con piezas contundentes en contra de una realidad agobiante. La iniciativa se llamó Teatro en Resistencia.

Ese domingo, con entrada libre, los entusiastas pudieron elegir entre Terror, Chamaco y La granada, cada una con tramas imposibles de no comparar con la situación que atraviesa el país. “La gente está en un ambiente intoxicado y el teatro permite reflexión desde distintos puntos. Además, tratan sobre problemas de fondo del hombre venezolano”, dijo ese día Manrique a El Nacional.

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El público respondió; exaltado y ansioso por hacer una pausa en medio de la vorágine que apenas daba sus primeros tumbos. Fue una distensión, pero no evasiva. “Esto nos sirve también para conocer ideas, otros planteamientos antes de volver a la lucha”, dijo una de las personas que hacía cola para ver Terror, la popular pieza que tiene entre sus principales encantos que el público pueda elegir si uno de los protagonistas es culpable o no por haber derribado un avión secuestrado que iba a ser estrellado en un estadio repleto de público.

Pocos días antes, el gobierno seguía con su pretensión de instaurar la normalidad. Había comenzado el Festival de Teatro de Caracas, iniciativa que generó críticas por producirse en medio de la sangre derramada en cada manifestación. Pero la ciudadanía no se quedó callada. El día de su inauguración, el 21 de abril, un grupo de artistas desplegó frente al Teatro Municipal de Caracas, una de las sedes de la actividad impulsada por el ex ministro de Cultura Freddy Ñáñez, una pancarta que decía: “Salimos del Guaire limpios de conciencia”.

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En ese ambiente se dio la génesis de Teatro en Resistencia, experiencia que se ha repetido en varias oportunidades y que sumó a su oferta, entre otras obras, a Fresa y chocolate, uno de los montajes más exitosos del Grupo Actoral 80, dirigido por Manrique, quien públicamente se ha opuestos a ese teatro comercial calificado como banal o escapista. En 2015, por citar un caso, Manrique y Norkys Batista, protagonista de Orgasmos, polemizaron porque el primero aseguró que la oferta teatral estaba repleta de títulos que eran “un canto a la estupidez”.

Para la directora y escritora Ana Melo, que en junio estrenó Sopa de tortuga –que toca el tema de la emigración-, existe una tensión entre dos posturas. Una está determinada a denunciar y estudiar la situación sociopolítica del país, mientras que la otra tiene como objetivo sobrevivir, por lo que tiende a la inmediatez y a ofrecer al público lo que se da por sentado que le gustará. “Los que están en el medio no ven cómo sostener la vocación en los momentos en los que las ganancias son muy pocas. Surgen entonces tensiones y preguntas en momentos en los que la crisis genera inquietudes y las personas quieren expresarse. En esos casos, el teatro sirve para hablar de las piedras que se tienen en el zapato. Son tiempos que están sacando lo peor y lo mejor del teatro”.

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Considera que entre lo mejor está el surgimiento de nuevos autores, además de las formas ingeniadas para conseguir materiales, los nuevos formatos para lograr los estrenos. En el otro extremo, coloca al desgano y la sensación de que se hace algo que no genere dinero. “Muchos se preguntan cuánto tiempo le dedicarán al teatro cuando no se tiene para sobrevivir. Sacrificios de tantas horas con tan pocos beneficios”.

¿Y en qué lugar se encuentra ella? “Estoy donde creo que debo obedecer al llamado que hace la situación. Hay que hacer lo que es propio. En mi caso, la escritura, y vivirla en el contexto en el que uno se desenvuelve. Si estamos en la precariedad, hay que seguir. No me imagino sin un sentido de utilidad en mi vida. No quiero condenar al teatro comercial porque es comprensible que en tiempos difíciles la gente trate de galopar lo mejor que puede. Al final, se confrontan puntos de vista y eso moviliza. Aunque haya posiciones radicales, el mismo teatro busca su camino, se abre paso y llega a un lugar, personal o colectivo. Eso no surge desde la comodidad, sino desde la tensión”.

Sin materia gris

Una de las obras que se estrenó durante la efervescencia de la conflictividad de las protestas fue La catira del general, escrita y dirigida por Javier Vidal, quien se inspiró en el encargo que hizo el dictador Marcos Pérez Jiménez al escritor Camilo José Cela para que escribiera una novela que se convirtiera en paradigma del llamado Nuevo Ideal Nacional.

Vidal es experto en llevar a las tablas obras inspiradas en hechos históricos. De él también son Diógenes y las camisas voladoras, sobre la demencia del diplomático Diógenes Escalante, y Compadres, inspirada en Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro. “En esta oportunidad, con La catira del general, quise demostrar la sumisión del intelectual frente al ogro del dictador”.

De niño, Vidal escuchó de Cela gracias a conversaciones familiares. Con el tiempo, se adentró en su obra, por lo que no le fue difícil trabajar al personaje. “Luego del estreno, empezaron a surgir bastantes vínculos con la actualidad: los días de represión, los presos políticos, el plebiscito. Ha habido muchos elementos que el público ha asociado con su realidad sin yo proponérmelo”.

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Asegura que el teatro en Venezuela, en este contexto de represión y zozobra, aún no sufre de los niveles de censura y autocensura que puede haber en otros ámbitos. “Uno puede encontrar un lugar mientras estamos cada vez más arrinconados como sociedad. Ocurre en cualquiera de los géneros que uno trabaje, desde la comedia hasta el drama. Afortunadamente también los encargados de estos espacios, las salas de teatro, nos han dado la libertad para expresarnos. Ellos podrían fácilmente sentir el terror que sufre cualquiera de que el Sebin se aparezca de un momento a otro”.

La cartelera de 2017 ha tenido entonces piezas de incontestables similitudes con el día a día nacional. Allí se suman también los montajes de 1984 -el totalitarismo en su máxima expresión-, Cartas de amor a Stalin -enmarcado en la represión de una feroz dictadura-, y Cuando tengamos que irnos -sobre la emigración-, entre otros.

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Para el dramaturgo Vidal, el teatro se ha salvado por la ignorancia que asegura hay entre quienes gobiernan. “Hablamos de unas personas impresentables que solo piensan en obtener ganancias del narcotráfico. No creo que les quede tiempo de leer libros o de prestarle atención a las obras. Tampoco tienen personajes en los que se puedan apoyar como tuvo Pérez Jiménez con Laureano Vallenilla Lanz. ¿Cuál es la sustancia gris de este narcoestado?”.

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El tema país

En las tablas se ha discutido sobre Venezuela desde hace décadas. La llamada Santísima Trinidad del teatro nacional, integrada por José Ignacio Cabrujas, Isaac Chocrón y Román Chalbaud, escribió sobre los dilemas venezolanos desde distintos puntos de vista. El periodista Abraham Salazar recordó en un reportaje recientemente publicado en El Nacional que, por ejemplo, Una noche oriental de Cabrujas se desarrolla en el paso de la dictadura a la democracia en 1958, mientras que En el día que me quieras ubican al espectador en los años de Juan Vicente Gómez. En el texto se rememora cómo Chocrón trató el espinoso tema de la distribución de la riqueza en Asia y el Lejano Oriente. Eso sí, en el trabajo, algunos entrevistados coinciden en que la idea de democracia no ha sido aprehendida en el teatro local, sino más bien ha prevalecido la denuncia.

Ahora, si bien la turbulencia de los meses recientes ha hecho que las ofertas mantengan sintonía con las desavenencias que afectan a la República, a Vidal le gusta recordar que la crítica en el teatro venezolano no es un asunto recién sacado del celofán. “En estos tiempos aciagos, ha tenido un mayor abanico. En la democracia nos criticábamos incluso entre nosotros por los montajes de clásicos que algunos consideraban extranjerizantes. Creo que esa línea progresista de izquierda estaba equivocada. En el país la firma de la dramaturgia nacional ha estado por encima de la de otros países. Hace unos días entregamos los premios de la Fundación Isaac Chocrón y contamos 48 temporadas nada más de dramaturgos venezolanos entre septiembre de 2016 y agosto de 2017”.

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Prefiere no hablar de escritores de derecha o de izquierda, pues califica la tendencia predominante en  la actualidad como antifascista. “Eso sí, hay teatro que apoya al régimen, estos grupos que forman parte de los festivales de Jorge Rodríguez, que toman a Aquiles Nazoa, César Rengifo o Román Chalbaud y fuerzan sus temas”.

Dificultades

La directora Diana Volpe suele presentar sus montajes en La Caja de Fósforos, ese espacio que se aleja de las tendencias más convencionales para dar cabida a historias más intimistas, experimentales y desgarradoras.

Antes de hablar de la relación de la pieza con su contexto, recuerda lo rudo de estos tiempos para sobrevivir. “Los costos para producir son cada vez más inmanejables, pero constato siempre la determinación de cada uno de los que estamos en esto para continuar. En este momento, una obra con dos o tres actores y una escenografía sencilla no baja de 15 millones de bolívares. Esa es la cifra aproximada sin contar volantes y pendones”.

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Con respecto a la temática, ella prefiere no generalizar. Acepta que cada compañía tenga un objetivo en sus relatos. “En La Caja de Fósforos nos interesa el teatro de todas partes del mundo, especialmente ese en el que cualquier puede reconocerse. La gente que acude a nuestros montajes sabe que encontrará calidad”.

Y es para ella éste el parámetro con el que se deben juzgar las obras: la calidad. “No creo que el teatro malo sea el que nos haga reír. Para mí el teatro malo es el descuidado, en el que no haya atención a los detalles, como la actuación, por ejemplo. Todo puede ser teatro bueno, todo nos puede llevar a la reflexión”, asegura.