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Emigrar por tierra, huir como sea

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11/09/2017
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TEXTO: PIERINA SORA | PORTADA: FABIOLA FERRERO | EL ESTÍMULO

Los altos precios, la diáspora de las aerolíneas y la restricción de los dólares han hecho que cientos de venezolanos tomen la opción de subirse a un autobús que los lleve hasta un nuevo lugar. Las horas, días invertidos en un asiento no muy cómodo, los malos ratos y el abaratar los costos, valen la pena. He aquí cinco historias de paisanos que tomaron la decisión de salir del país en bus por la frontera

Cientos de cubanos desesperados por el régimen de los Castro se lanzan al mar y, en el mejor de los casos, logran llegar en varios días llegar hasta las costas de Estados Unidos. Los venezolanos, hartos de la escasez de alimentos y medicinas, la inseguridad, la inflación y el poco poder adquisitivo, toman las carreteras para abandonar al país que los vio nacer.

“La salida es Maiquetía”, decía cierta conseja popular de muy reciente data, nacida en socialismo del siglo XXI. Pero el costo de los pasajes, la limitación de las divisas y ahora el adiós de las aerolíneas internacionales le restó al aeropuerto internacional su primacía. Cada vez son menos las fotos sobre la Cromointerferencia de Color Aditivo de Carlos Cruz Diez. Irse por tierra es menos ceremonioso, poco fotografiable, sin adioses románticos ni últimos recuerdos sobre colores que se han convertido en símbolo de despedidas.

La partida comienza, entonces, en un terminal de autobuses, en el mejor de los casos. Los destinos, aquellos que se puedan alcanzar sin alzar vuelo: Colombia, Brasil, Chile, Argentina, Ecuador, Perú. El asfalto los une con Venezuela y con los sueños desesperados de quienes se van.

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Partir a Colombia con 360 dólares

Con la vida en un bolso mochilero de 17 kilos, Ricardo* salió en un autobús desde Caracas hasta Maracaibo, en enero de 2017. Partió desde su natal Guatire para cruzar la frontera colombo-venezolana. Al menos su viaje fue “corto”. Al de 26 años le esperó un día entero en cuatro ruedas. Confiesa que aunque trabajaba en una empresa del Estado, el sueldo no le alcanzaba para comenzar una vida independiente de sus padres. También, decidió tomar el rumbo para conseguir un trabajo que le permitiese ahorrar y llevarse a su pareja meses más tarde. “Decidí emigrar para conseguir una base estable y vivir con mi pareja. Preferí arriesgarme por mi cuenta y ver qué tal me iba en otro país”.

Los preparativos de Ricardo comenzaron desde marzo del año pasado. Desde entonces se ocupó de legalizar y apostillar documentos, solicitar el pasaporte y ahorrar tan solo unos 360 dólares que le permitieron mantenerse los dos primeros meses en su nueva ciudad: Barranquilla, Colombia.

Luego de pasar doce horas en carretera, llegó a Maracaibo y se montó en un carro por puesto que lo llevó hasta Paraguachón, punto fronterizo entre Venezuela y Colombia. Prefirió irse en un vehículo particular, don otras tres personas que pagaran para iniciar el trayecto conjunto, pues a los autobuses, aunque son más económicos, “los paran mucho”. Pagó unos 20 mil bolívares por subirse al carro de quien aprovecha de hacer su agosto, en cualquier mes. “Son aproximadamente cinco a seis horas de viaje generalmente en un Malibú donde van cinco personas. Este no hace paradas sino hasta el puesto de migración colombiana”.

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Al llegar, el conductor se detuvo para que sus pasajeros sellaran el pasaporte. A Ricardo no le fue bien en la entrevista. Afirmó que iba de vacaciones por tres meses. Hubo sospechas, y negativa. Salió de la oficina de Migración Colombia sin el sello húmedo en el documento. Pero eso no lo detuvo. Continuó su viaje hasta Maicao, a unos 10 kilómetros de Paraguachón. Lo que sí hizo fue cambiar el plan de viaje, pues debió regresar a la frontera a pasar 72 horas para reintentar la aprobación migratoria. Lo hizo con la ayuda de cinco mil bolívares dispuestos para “mojarle la mano” a algún funcionario. Finalmente lo obtuvo.

De acuerdo a la explicación que dio en una conferencia de prensa el director de Migración Colombia, Christian Krüger, un total de 300.748 venezolanos entraron desde 2010 a Colombia para establecerse. De ese total, 47.305 personas están en condición regular, y 153.443 ciudadanos “superaron el tiempo de permanencia” otorgado para una visa. Entre 100.000 y 140.000 no registraron su ingreso o entraron al país de manera ilegal. Desde agosto, el gobierno de Juan Manuel Santos otorga un Permiso Especial de Permanencia (PEP) a quienes hayan ingresado al país hasta el 28 de julio de 2017, sin importar cómo llegaron a esa nación o si estaban residiendo de manera ilegal.

Hasta Argentina a pesar de todo

A Héctor Fonseca no le importó emigrar en autobús y pedir cola. Partió desde Caracas hasta Puerto Ordaz. Después alcanzó hasta Santa Elena de Uairén. Solo entonces dejó atrás los temores. Estaba muy lejos para arrepentirse. Como mochilero, hizo autostop hasta la “línea” entre Venezuela-Brasil. Fonseca sintió que alma volvió a su cuerpo cuando vio un cartel que rezaba “Bienvenidos a la República Federativa de Brasil”.

Cambiaba el territorio y hasta el idioma, pero no el método de llegar de un lugar a otro. Por eso entabló una conversación con un gandolero en Boa Vista para que lo llevara hasta Manaos. Así, de parada en parada y de cola en cola, se ahorró un “montón” de plata que igual no tenía. “Apenas pude reunir 75 mil bolívares y 200 dólares. Los bolívares los cambié a riales y los dólares los fui cambiando poco a poco porque quería llegar con eso para alquilar algo”, asegura con voz de orgullo.

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Una vez superado los primeros tramos de su travesía se dio cuenta que la ruta que llevaba la estaban haciendo algunos cubanos, colombianos, puertorriqueños, surafricanos y muchos de sus paisanos. Se vio rodeado de quienes tenían la meta de llegar hasta el destino abaratando los costos al máximo, sin pensar si quiera en tomar una ruta aérea. Apelando a la bondad ajena logró una seguidilla de aventones que lo hicieron cruzar más fronteras. “Estuve 15 días en carretera con otras personas que llevaban la misma ruta que yo. Comí pan y galletas. Me bañé muy poco. Llevé dos bolsos y fui dejando ropa en el camino para no cargar con tanto peso”.

Finalmente, cruzó el gigante brasileño, tocó Uruguay y continuó hasta Argentina. Allí lleva instalado ocho meses. Aquellos 200 dólares aguantaron lo suficiente para brindarle un pequeño sustento, pero consiguió trabajo rápidamente en el área de gastronomía. “Uno viene con ínfulas de que se las sabe todas más una o de que vienes a buscar trabajo en tu área. A cualquiera le puede ir bien y por eso yo estoy en lo que estoy”, sentencia.

Fonseca culmina su formación como bartender, muy alejado a lo que hacía en Caracas donde formaba parte del Sistema Nacional de Orquesta de Venezuela y estudiaba Comunicación Social en la Universidad Santa María. A sus 26 años abandonó la carrera y decidió una nueva vida porque “las condiciones del país estaban hechas mierda por donde lo vieras”. Cuando escogió el sur lo hizo anhelando llevarse a su familia. Hasta entonces, espera que “Dios les dé fortaleza y puedan aguantar la situación de Venezuela”.

Una familia a bordo

Kariut Ramírez dejó hace nueve meses Venezuela con la intención de darles una mejor vida a sus dos hijos, de 10 y 14 años de edad. Tras ir y venir desde Manaos hasta Caracas, mientras “tanteaba el terreno”, decidió emigrar con su esposo y retoños. En autobús con salida desde Colegio de Ingenieros, en Caracas, alcanzó hasta Puerto la Cruz y después hasta Puerto Ordaz. Eucatur es la línea que optó para este viaje.  Cuenta que Manaos y Boa Vista son las paradas obligatorias que realizan estos transportes que parten desde Puerto Ordaz. Expresa que escogió esta opción porque para la fecha, noviembre 2016, el presupuesto para cuatro pasajes aéreos rondaba tres millones de bolívares y no “podía reunirlos”. “De Caracas para Puerto Ordaz nos cobraron 25 mil bolívares, de allí para Boa Vista 105 mil y hasta Manaus 100 reales porque ya se paga en la moneda local que serían como 108 mil bolívares, más o menos”, relata desde su destino y vía telefónica. Los montos se quedan fríos con la devaluación.

Ramírez rememora su experiencia,como ejemplo para quienes no tengan cómo pagar un boleto aéreo. “Son tres días de viaje, pero de verdad vale la pena. Yo estaba asustada porque no es lo mismo llegar en un vuelo que por un autobús. Trajimos solo sándwich y galleticas como para picar porque cuando la unidad hizo las paradas podíamos comer. Yo vi que algunos venezolanos no lo hicieron porque el valor cada plato era costoso, pero yo preferí comprar por los niños. No los podía mantener con pequeñas cosas”.

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La madre de 36 años recomienda discreción y responsabilidad. “Hay que llevar toda la documentación al día. Si van llevar dólares que los lleven muy discretos porque revisan en todas las alcabalas y los guardias siempre quieren quitarles los dólares a las personas. Son unos ladrones con uniformes”. Además, remata que se debe llevar objetos extras como una almohada, cobija, papel higiénico y medicamentos básicos.

Un reportaje publicado por la BBC en diciembre de 2016, aseguró que la gobernadora de Roraima, Suely Campos decretó Estado de Emergencia en Boa Vista y Paracaima, localidades fronterizas con Venezuela, ante la oleada de venezolanos.

El futuro de una hija

Nueve días pasó Manuel* en un autobús para llegar hasta el lugar donde “le echaría bolas”. Con dos maletas de 25 y 5 kilos, equipaje límite que acepta la empresa, metió todo lo necesario para comenzar una vida de cero. Su destino claro siempre fue Chile. Desde Venezuela partió con Rutas Las Américas, compañía que brindaba  el servicio de transporte terrestre desde Caracas hasta distintos países de Latinoamérica. Pagó 500 mil bolívares por el ticket, hace meses. Se llevó en sus zapatos unos 500 dólares que tenía destinado para el pago del alquiler y comida durante los dos primeros meses, al llegar. Dejó atrás su trabajo como diseñador gráfico y fotógrafo y a su esposa con cuatro meses de embarazo.

“En Chile trabajo como conserje de un edifico. Es complicado, pero al menos le mando a mi esposa algo de dinero para que pueda alimentarse y vaya a las consultas y me sobra para pagar el arriendo y demás, en Venezuela esto era algo imposible”, confiesa con voz queda. Manuel sabe que no va a presenciar el nacimiento de su hija, pero se ilusiona con poder llevarlas a un país que cuenta con mejores servicios. Como él, tantos otros. Según Panorama, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) indicó en un informe de 2015 que en países de América Latina se encontraban 133.381 venezolanos, mientras que las cifras del Departamento de Extranjería y Migración del Ministerio del Interior, en Chile, revelaron que allí viven ocho mil venezolanos.

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Irse para comer mejor

Samuel Valera, de 24 años, dejó a Venezuela porque “comía mucho” y considera que satisfacer a su estómago en Venezuela es un lujo. “Yo como demasiado y me fui porque no aguantaba más. Mi vida estaba estancada. Sentía que no producía, o no tanto como yo quería y para tener más oportunidades y calidad me largué. Además quería ayudar a mis padres”, asegura en conversación vía Facebook.

Es oriundo de Guatire y tiene dos títulos: Técnico Superior en Turismo y chef de cocina profesional. Sus conocimientos le han valido de mucho porque vocifera con orgullo que es polifacético en Quito. Actualmente se desempeña como ayudante de cocina pero también “le mete” al barismo. “En el local que paguen bien ahí estoy”.

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Valera gastó durante su viaje de noviembre de 2016 170 dólares, más 30 mil bolívares que cambió a pesos cuando llegó a Cúcuta y llevó a dólares para sumar 300 verdes más. Era la reserva para alquiler y comida de los dos primeros meses. Entretanto, preparó unos panes y arepas para aguantar la “pela” de la travesía. Nada lo detuvo. El temor de irse por tierra pudo más que la idea de que luego sería tarde, el temor a quedarse “encerrado”.

 

*Nombres cambiados por petición de los entrevistados