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Emilio Rentería: lágrimas de oro

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Un acercamiento íntimo y muy personal, que hace el periodista Ignacio Benedetti, muestra el espíritu luchador y sensible de Emilio Rentería. El jugador de fútbol venezolano que, por su talento y compromiso al balompié, ha conquistado fama. Las canchas, las mismas en las que ha proyectado su fuerza, lo pusieron en un rincón indeseado: el de repudio por su color piel. En Chile, donde vive por ser parte del equipo San Marcos de Arica, ha recibido insultos y vejaciones racistas

Desde que el mundo es mundo, el ser humano se ha empeñado en dos cosas: hacer de este planeta el lugar más hostil posible; y demostrar que los siglos pasan pero la estupidez queda. La más reciente muestra la vivió el futbolista venezolano Emilio Rentería, blanco de insultos racistas por parte de hinchas de un equipo de fútbol rival en la liga chilena.

Usted me va a disculpar que hable en primera persona, pero con este caso he perdido un poco la formalidad. En pleno siglo XXI, Chile, el país con el desarrollo sostenido más significante de Suramérica, deja en evidencia una carencia. No es que Chile sea una sociedad intolerante —eso sería reducir el problema a un caso particular. La especie humana tiene muy dentro de sí un gen que la hace sentir desprecio por el prójimo. Ha inventado un millón de excusas que justifiquen esa necesidad de autodestrucción, tales como el color de piel, la religión, la orientación sexual, la nacionalidad o hasta los gustos culinarios. Excusas todas que intentan respaldar el desprecio que sentimos por nuestros semejantes.

Emilio Rentería es la víctima más reciente de esto que trato de explicar. El futbolista venezolano lleva dos fines de semana consecutivos recibiendo insultos y gestos racistas que han minado su espíritu, tal es así que en una conversación radial que sostuve con él, me manifestó su intención de rescindir el contrato laboral que lo une como delantero en su equipo chileno San Marcos de Arica para abandonar el país austral. Por supuesto, que hay quienes quieren convencerlo de que desista y siga adelante —ignorando que nadie está en capacidad de juzgar lo que siente un ser humano cuando es humillado en su más profunda esencia.

Emilio no es un recién llegado a este mundo de idiotas. Su carrera hacia el estrellato comenzó muy temprano cuando, inspirado por el sueño de ser futbolista profesional como su ídolo y pariente Cristian Cásseres, decidió escapar a los vicios y los atajos que ofrece cualquier barrio de Venezuela. En Nuevo Horizonte de Catia, Caracas, su lugar de nacimiento, es reconocido como una estrella. Él y Cristian han puesto en el mapa esa pequeña comunidad, y nada de eso pasa debajo de la mesa. Por su fuerza y deportividad esa barriada al oeste del valle ya no es noticia únicamente por los actos delictivos, sino que también llama al exhorto y a la reflexión: la gran mayoría de gente tiene buenas intenciones y ganas de salir adelante.

El nombre de Emilio se hizo conocido a partir de un torneo Suramericano Sub-17 allá por el año 2001, cuando la selección venezolana que él integraba se hizo dependiente de sus largos y potentes disparos. Su fortaleza física, así como su atrevimiento a salirse del puesto natural de delantero, llamó la atención de varios cazatalentos europeos que a partir de ese momento le siguieron la pista, hasta que en el año 2004 fue contratado por el Levante español, club que para aquel entonces jugaba en la segunda división castellana.

Gracias a esa oferta, Emilio lograba imitar aún más el camino de Cristian… su ídolo. Pero al igual que el menudo delantero, figura del desaparecido Deportivo Italchacao, su vida en el exterior no fue sencilla. Las diferencias culturales, así como las deficiencias en la alimentación que caracterizan a nuestros atletas, siempre terminan pasando factura y Rentería no pudo consolidarse en el exigente balompié ibérico. Así que armó sus maletas y regresó a Venezuela para intentar recuperar el ánimo y el fútbol, pero no fue sino hasta mediados de 2007, gracias a su llegada al Caracas F.C., y con la ayuda de Noel Sanvicente y Rodolfo Paladini, que logró la estabilidad que todo jugador necesita. Desde ese momento, y a pesar de uno que otro percance físico, su dedicación le ha permitido hacer vida en las ligas de Uruguay, Estados Unidos y, más recientemente, Chile.

A partir de su incorporación al conjunto capitalino la vida le cambió. El Caracas F.C al que llega Emilio venía de quedar eliminado en octavos de final de la Copa Libertadores con una nómina de futbolistas de mucho renombre. Destacaban: José Manuel Rey, Jorge “Zurdo” Rojas, Iván Velásquez, Wilson Carpintero, Habynson Escobar, César “Maestrico” González, Andrés Rouga y Edder Pérez. Una vez finalizada su participación en el torneo continental, el equipo prescindió de todos estas figuras con la intención de darle rienda suelta a los nuevos valores que se habían formado en la cantera. A estos jóvenes se les sumó un frágil Emilio Rentería que venía de muchas lesiones y pocos partidos con el desaparecido Unión Atlético Maracaibo.

En la etapa de pretemporada tuve la oportunidad de pasar unos días con el equipo en la ciudad de Maracay, y pude observar todos los trabajos que realizaban bajo las instrucciones de Sanvicente y Paladini. Fui testigo de cómo, por instrucciones de la nutricionista Mariana Iglesias —el secreto mejor guardado del fútbol venezolano—, Emilio daba pequeños pasos para convertirse en el futbolista que es hoy. En los ratos libres, y cuando viejos amigos lo permitían, conversé mucho con Rentería y me impresionaba que detrás de esa apariencia de futbolista centrado y decidido se escondía un joven muy penoso, con un carácter extremadamente jovial y una sonrisa fácil. No en vano se ganó rápidamente el cariño de sus compañeros y del camarógrafo que siempre me acompañaba en esos viajes.

Luego vinieron los periplos por el continente y el país, en medio de lo que fueron, sin duda alguna, los mejores años de su Caracas. Confieso que en ningún momento encontré un gesto destemplado por parte de Emilio. ¿Sabe que es difícil? Que un futbolista quiera atender a un medio de comunicación luego de perder un campeonato o quedar eliminado de una competición, pero Emilio, a pesar de toda esa frustración, siempre tuvo un gesto amable para los periodistas que requrían de su verbo sencillo y honesto.

Por ello, luego de saberse los insultos racistas que ha venido sufriendo en los últimos tiempos, los venezolanos no pueden hacer más que solidarizarse con sus lágrimas; lágrimas de alguien que ha tenido que luchar mucho para llegar hasta dónde está. Pero no se confunda, estimado lector, el llanto de Emilio no es el de un derrotado; su dolor es el mismo cuando nos damos cuenta de que el mundo en el que vivimos no es justo.

Cierro esta nota sin antes dejarle la posibilidad de que usted mismo escuche a Emilio en esa charla que sostuve con él hace un par de días en mi programa de radio. Yo me retiro, no sea cosa que me siga quejando y se me caiga una lágrima a mí también.