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En el Vargas la delincuencia sí tiene buena salud

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16/12/2016
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COMPOSICIÓN FOTOGRÁFICA: ANDREA TOSTA | FOTOGRAFÍAS: DAGNE COBO BUSCHBECK

A las carencias de insumos y al déficit de personal médico ahora se suman los asaltos en servicios completos de los centros de salud. El Hospital Vargas, centro de referencia nacional, lo padece. Otorrinolaringología, Oftalmología, Hemodinamia, Endocrinología y Ginecología son algunos de los servicios que han sido desvalijados

Como si no fuera suficiente con la crisis de insumos y de equipos, al Hospital Vargas lo desangran desde adentro. El lunes 28 de noviembre un médico hacía las veces de caletero. Iba y venía con una carretilla cargando mesas, equipos y empujando camillas. “Nos mudaron los amigos de lo ajeno”, era la explicación que daba a sus colegas cuando en broma le preguntaban por qué no ejercía la “majestuosidad de su cargo”.

El asalto en el Servicio de Cirugía de Tórax y Neumonología ocurrió a mediados de noviembre. La unidad tenía su sede en el edificio de Consulta Externa, uno de los anexos hechos a la estructura original. “Se llevaron lo poco que quedaba: desde material médico-quirúrgico hasta el microondas. Ahora nos vamos a reubicar en el edificio principal, donde se hacen las endoscopias”, añade el doctor.

Los asaltos en el Hospital Dr. José María Vargas no son de ahora, lo nuevo es la saña y la frecuencia con que se repiten. Calculan que en el centro de salud pueden ocurrir hasta 10 hurtos por mes. “Hubo alevosía, las puertas las violentaron todas, y el salón de clases también. Los pupitres los volvieron trizas”, agrega, sin revelar su nombre.

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Otorrinolaringología, Oftalmología, Hemodinamia, Endocrinología, Ginecología forman parte de la lista de servicios que han sido robados en los últimos meses, además de la oficina de Atención Social y las cátedras de Parasitología y Microbiología de la Escuela José María Vargas. En el hospital proliferan las rejas al mismo ritmo con el que escasean los insumos.

En Oftalmología han entrado a robar en tres oportunidades. La sala se encuentra en el último piso del edificio de Anatomía Patológica, el mismo donde está la morgue. Para llegar hay que subir varios pisos de escaleras porque el ascensor no funciona. Es un edificio desahuciado: es oscuro, le faltan vidrios y funciona como depósito; algunos pisos son basureros. La sala fue reinaugurada en enero, recibió dotación con el apoyo de la Misión Milagro y se esperaba que atendiera entre 50 y 60 consultas por día, pero la magia de lo nuevo les duró poco. Desde entonces los han asaltado en tres oportunidades. “Lo pusieron bellísimo, con implementos nuevos; pero los asaltantes eran tan malas personas que se llevaron tarjetas madres de los equipos que no pudieron sustraer para que igual no pudieran funcionar. Los ladrones sabían lo que hacían. Es maldad, es vandalismo, incluso se orinaron encima del escritorio de la sala de reuniones”, señala Daniel Sánchez, jefe del servicio de Anestesiología. Allí siguen trabajando, pero con los mismos equipos que tenían antes de la remodelación.

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María Teresa Rossomando, de Endocrinología, cuenta que en su servicio el hurto ocurrió cuando estaban de vacaciones. Se llevaron su tensiómetro personal, la laptop del seminario y otra computadora: “Se metieron cuatro o cinco veces entre agosto y septiembre, cuando no hay nadie, los fines de semana y en las noches. Creemos que entran por la ventana. Hasta la licuadora que teníamos se robaron. Eso nos baja el ánimo porque sentíamos que la tenían agarrada con nosotros. Al final dañan a los pobres pacientes”.

Y así, la lista sigue sin que los empleados del hospital vean que se tomen correctivos. La seguridad en el Vargas tiene la fortaleza de un miliciano de la tercera edad. Son ellos quienes se ubican en las entradas del hospital dispuestos a revisar bolsos y carteras. No se mueven de las puertas, no patrullan. Junto a los milicianos hay un cuerpo de seguridad –“los mismos de toda la vida”– que no se dejan ver mucho por los pasillos del nosocomio.

Para Alfredo Villarroel, médico internista, ni uno ni otro sistema se adapta a las necesidades del hospital, a cuya emergencia llegan alrededor de 50.000 pacientes al año. La complicidad interna campea como la teoría principal que explica los robos, pero nadie se atreve, sin pruebas, a hacer ningún señalamiento.

Villarroel asevera que lo más grave es que junto con las computadoras se llevaron la información de los pacientes: “Con la carencia de material perdemos el respaldo digital de los archivos e historias médicas, que además se utilizan para nutrir las diferentes investigaciones. No se puede olvidar que este es un hospital docente, así que se ve afectada la formación del personal médico de pre y posgrado”.

El edificio de Consulta Externa se ha ido quedando vacío. Ginecología también se mudó después del asalto. El miedo del médico de Cirugía de Tórax es que al quedarse solo pudieran invadir el inmueble.

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Triste aniversario

Entre julio y agosto de este año, el Vargas celebró su aniversario 125. La construcción del edificio principal fue decretada en 1888 por el presidente Juan Pablo Rojas Paul. Tendría 1.000 camas e imitaría al Hospital Lariboisiére de París. En tres años ya estaba construida la obra. Lo inauguró Raimundo Andueza Palacios en 1891; y desde que cumplió su primer centenario el hospital, cuyo edificio principal es Patrimonio Nacional desde 1970, pareciera estar en una constante restauración.

Ahora lo está de nuevo, las columnas tienen la pintura desconchada y los trabajadores esperan que esta vez le devuelvan el tono rosa pálido que creen es el original.

Hace un siglo el Vargas imitaba la modernidad, pese a que fue construido para la Venezuela rural. En ese entonces el Distrito Federal tenía 85.424 habitantes y la población total del país era de 2.554.626 personas. De vuelta al presente, habría alrededor de 230 pacientes internados en el centro asistencial, a los que no se les puede garantizar ni el desayuno, según denunciaron enfermos y personal médico en una protesta realizada el 17 de junio; y en otra denuncia hecha por personal del hospital a principios de noviembre que indicaba que no habían recibido los alimentos que distribuye Mercal. Los servicios tampoco prestan los baños, según se lee en carteles pegados en las puertas de las salas de hospitalización. “No hay agua”, exponen como disculpa.

Incluso las áreas recientemente entregadas como la Emergencia para adultos sufren la falta de aire acondicionado. Su reinauguración se hizo en abril de 2013. En agosto de 2014 falló el aire y no ha vuelto a funcionar.

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Los insumos también escasean. Villarroel afirma que los pacientes que van a operar deben llevar hasta la bata para los cirujanos. Sánchez completa: “Prestamos el local y los especialistas, pero el material lo compran los pacientes”. Los médicos que se atrevían a llevar insumos para diagnóstico ahora se lo piensan porque al salir los milicianos los revisan y si no cargan la factura encima los acusan de estar sustrayendo bienes del hospital.

“Hace falta todo, empezando por el recurso humano, nada más tenemos seis anestesiólogos, por ejemplo, y mucho material y equipo. Tengo 18 años pidiendo un laringoscopio de fibra óptica y nada. En cambio en los CDI lo tienen y no saben cómo utilizarlo. Incluso durante el boom petrolero, el Vargas siempre ha estado castigado. Es lo malo de la medicina basada en la política”, lamenta Sánchez.

Sus colegas coinciden en la letanía. El médico internista Luis Gaslonde destaca que “la historia del Hospital Vargas es la historia de la medicina venezolana. Los nombres de la mayoría de los centros de salud del área metropolitana de Caracas son de médicos formados aquí, fundadores de cátedras de medicina y de la Academia Nacional de Medicina”. Sin embargo, del Vargas no se roban a los pacientes porque todavía están vivos.

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