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En torno a un poema de Eugenio Montejo

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14/06/2017
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TEXTO: IBSEN MARTÍNEZ | FOTOGRAFÍA: VASCO SZINETAR

Unos versos del poeta y ensayista, Eugenio Montejo, son la excusa para recordarlo hoy y siempre, a nueve años de su muerte

1.-

El mito de Orfeo, tan frecuentado y enigmático, le sugirió una vez a Montejo un poema que yo, en lugar de asociarlo con Rilke o con el sesudo y bien averiguado ensayo de Ivan Linforth, tan caro a los junguianos, invariablemente asocio con Thelonius Monk y con  Dinu Lipati y con Bud Powell y —les juro que no es una boutade de aficionado al jazz latino—, también con “Chano” Pozo.

La cosa funciona en los dos sentidos: puedo estar escuchando, por ejemplo, “Pannonica” de Monk, o “Celia” de Bud Powell, o la “Partita #1” de Bach por Lipati, u “Only Child” de Bill Evans o las “suites francesas” de Bach por Glenn Gould y me da —whisky y neuroreceptores mediante— por trastear con la Antología de la poesía hispanoamericana moderna, compuesta por Guillermo Sucre, hasta dar con el poema de Montejo. O bien voy del poema al estante de los discos compactos.

El único de esos mis intérpretes favoritos, muertos todos en plena juventud, pero que siguen haciendo música —igual que la cabeza de Orfeo, aun cercenada por las Ménades tracias, siguió cantando mientras flotaba a la deriva en el Hebro hasta encallar con todo y lira en la isla de Lesbos—, y que no fue pianista es “Chano” Pozo. Tratar de explicar esa excepción me derrota por completo.

La cosa se manifiesta tal como se las cuento: me tomo unos tragos al final de la jornada y me da por escuchar, pongamos por caso, temas y temas de Bill Evans. Siempre llega un momento, en que al borde del “bueno, ya estuvo bueno: ¡ a dormir!”, me da por pensar en mi hermano muerto prematuramente —también él pianista— y en el poema de Montejo del que, sin ayuda de la Antología, sólo puedo recordar el primer verso :

“Orfeo, lo que de él queda (si queda).”

Lo comparto enseguida:

 

2.-

ORFEO

Orfeo, lo que de él queda (si queda),

lo que aún puede cantar en la tierra,

¿a qué piedra, a cuál ánima enternece?

Orfeo en la noche, en esta noche

(su lira, su grabador, su cassette),

¿para quién mira, ausculta las estrellas?

Orfeo, lo que en él sueña (si sueña),

la palabra de tanto destino,

¿quién la recibe ahora de rodillas?

Solo, son su perfil en mármol, pasa

por entre siglos tronchado y derruido

bajo la estatua rota de la fábula.

Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta,

a todas las puertas. Aquí se queda,

aquí planta su casa y paga su condena

porque nosotros somos el Infierno.

 

Muerte y memoria, 1972

3.-

El extraordinario ensayista que fue también Montejo resplandece en su discurso de aceptación del VII “Premio Internacional Octavio Paz”.

Hacia el final del mismo, Montejo interroga la idea que cada quien se hace del poeta en los tiempos actuales y de “cuál misión se le supone tácitamente encomendada”.

El poeta ofrece algunas respuestas, como la del brasileño Casiano Ricardo, por ejemplo.  O la de Mallarmé que, a más de un siglo, no han logrado todavía reducir a tópico. Al cabo, Montejo llama la atención sobre una que, en sus propias palabras, “cuenta con el prestigio de provenir de la era prehispánica, ya que se debe a los Náhuatl. Para ellos, que veneraban las formas de expresión noble y cuidadosa, según afirma Miguel León Portilla, el poeta o narrador, el Tlaquesqui, era aquel que al hablar hace ponerse de pie a las cosas”.

No sé si a usted, pero a mí me parece que esa definición náhuatl, le calza cabalmente al poeta que los venezolanos no hemos perdido, pese a su muerte acaecida en 2008,  y que pudo escribir, en “Trópico absoluto”, cosas como: “Prefiere tu silencio y déjate rodar, / la teoría de la piedra es la más práctica”.