Envejecer en Venezuela, rostros del desgaste

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Envejecer en Venezuela es duro. Ver el cuerpo deteriorarse y que la utilidad de los años de oro se pierda es triste, pero que lo que corresponde como beneficio por tantas décadas de servicio no alcance ni para un cartón de huevos es más que indignante, denigrante.

Desde hace mucho tiempo los bancos se saturan de ancianos que madrugan a las afueras de las sucursales para recibir una limosna. ¿Qué tanto hace un adulto mayor con ese dinero? Muchos ni siquiera piensan en la comida, porque la hipertensión y la diabetes les recuerda su dependencia a medicamentos de por vida y que de no consumirlos firmarían sus sentencia a una muerte lenta y cruel.

Isolina Ledezma, de 78 años, vive en Carapita, una barriada al extremo oeste de Caracas. Una vez al mes debe ir al Banco del Sur ubicado en Altamira, municipio Chacao, a más de 15 estaciones de Metro de su hogar. Es en ese banco en donde recibe la pequeña pensión. No ha salido el sol en la capital cuando la anciana se encuentra frente a la oficina bancaria esperando, y rogando, que no haya tanta gente. Ella sufre de asma y hay momentos en los que, por el frío y el ajetreo, siente que el aire se le escapa.

La “suerte” de Isolina no es la misma que la de sus coetáneos. Algunos viven en mejores condiciones pero, en soledad o en compañía de extraños, lo que suman a su existencia una tristeza agobiante.

Así es la de Leida Giménez, residente en una casa de cuidado para ancianos, privada, en donde recibe buenos cuidados y no le falta nada, pero la añoranza de su hija que vive fuera del país le afecta, aunque es ella la que costea todos los gastos de su estadía. “Me siento sola porque muchos de estos ancianos que viven aquí no hablan mucho, otros están enfermos y no pueden compartir conmigo como lo hace mi hija”, confiesa la mujer.

Quienes reciben ayuda deben peregrinar por las calles para buscar algún alma caritativa que les regale un plato caliente de comida, como lo hacen en la iglesia María Claret de Los Dos Caminos, el Centro Don Bosco de Boleíta y en el Centro Cristiano Catedral Renacer, ubicado en La Candelaria. Pero no son suficientes, nunca lo serán. La cantidad de ancianos en situación de pobreza es cada vez mayor.

Estas dos mujeres tienen el mismo temor: caer en cama. Ese riesgo, que la vejez no puede eludir, en Venezuela se volvió más común, empujado por la carencia de seguros médicos y de procuras de medicamentos, que lo empeora todo.

La alternativa forzada de estos abuelos es acudir a centros públicos de salud, edificios olvidados por el gobierno y convertidos en escenario de decadencia, deudas, tristezas y carencias. De ahí a que diariamente el gremio médico salga a las calles a protestar.

La alternativa forzada de estos abuelos es acudir a centros públicos de salud, edificios olvidados por el gobierno y convertidos en escenario de decadencia, deudas, tristezas y carencias. De ahí a que diariamente el gremio médico salga a las calles a protestar.

En un hospital venezolano la muerte es más tangible que en cualquier otro lugar, por la falta de insumos que reina en el país. Cada vez es más común escuchar ¨compre usted el medicamento porque aquí no hay”.

Esta vez fue Agustín Hernández, de 77 años, quien tuvo que resolver cómo encontrar lo necesario para tratar las secuelas de un ACV que sufrió en 2015. Recorrió seis dispensarios caraqueños para terminar en el Hospital Clínico Universitario (HUC).

Su esposa, Viviana García, quien además es diabética, se encarga de sus cuidados, mientras que los demás familiares se han convertidos en los incesantes buscadores de medicinas, cazadores de esos nuevos tesoros.

Viviana está delgada, como si el destino de los ancianos fuera volverse un cadáver antes que la muerte llegue a su puerta. “No dejo de comer pero me hace falta mi medicina y no me quiero morir”, suelta la mujer.

Estas situaciones vuelven el día a día intolerable, sumado a la falta de gas, agua, dinero y esperanza en un país cuya juventud huye a refugiarse en otras fronteras.